El cabaret del infierno Capítulo 1 La misión #2
2%

Capítulo 1 La misión #2

Vincent se caló su sombrero, salió del local, velozmente, mirando en todas las direcciones, mientras se cerraba las solapas de su abrigo, y se perdió entre la niebla.

Desde entonces, Théo había estado custodiando la misteriosa entrega en el armario de su casa.

Paradójico escondite para un elemento tan supuestamente peligroso.

Ni por un segundo había podido quitarse de la cabeza la extraña mirada de Vincent y, por las noches, las pesadillas no le dejaban dormir.

Jamás había tenido ese tipo de sueños, ni siquiera cuando, en el frente, le metieron una bala en el costado y otra en la rodilla.

Se levantó y comenzó a dar vueltas por su pequeño piso. Abrió el armario, desabrochó las correas de la bolsa y contempló, por enésima vez, aquel objeto envuelto en terciopelo que casi parecía observarle a él también.

—Yo ya no estoy para estas cosas —pensó en voz alta.

Se preguntó por qué demonios se habría metido en ese lío.

No debería haberlo hecho, ni siquiera por el dinero.

Era un militar retirado, un hombre normal que, a sus cuarenta y tres años, no tenía por qué meterse en problemas y solo quería que le dejasen caerse muerto en paz.

Había nacido en una corrala en los suburbios de París, entre gritos y olor a basura, y ahora podía vivir de una forma decente.

Se sentía asquerosamente solo, pero al menos tenía tiempo libre para pintar acuarelas, hacer figuritas de barro y leer —a paso de tortuga— algunos de los libros que no había leído.

Eso le habría gustado a su madre, que siempre quiso que estudiara.

Su padre, en cambio, le hubiera mandado a paseo.

Despacio, extendió la mano y, por primera vez, tocó el objeto envuelto en terciopelo, clasificado como Código Cinco.

El paño negro era más denso y sedoso de lo que había pensado.

Debajo de las múltiples capas de tejido se intuía una superficie dura.

Percibió una leve vibración. Resultaba incluso agradable.

Aumentaba despacio, mientras recorría la superficie con los dedos.

Apretó un poco más. De pronto, una fuerte sacudida eléctrica recorrió su brazo.

Retiró la mano, como si le hubieran mordido, y, al alejarse, tropezó con la cómoda y cayó al suelo.

Empezó a sudar, se sentía mareado. Se levantó, tambaleándose.

Pensó en experimentos del Gobierno, en inventos de ese servicio de inteligencia para el que trabajaba Vincent y del que él nada sabía. ¿Qué podría ser aquello?

Miró el reloj: casi eran las tres, tenía que salir volando: hoy era el día de la entrega. «Gracias a Dios», pensó. Cerró la bolsa, se la colgó al hombro y salió de la casa, deseando deshacerse de esa cosa, fuera lo que fuera.

París le recibió con su abrazo más sigiloso.

La noche era negra como una cloaca. Se preguntó si no sería mejor dejarse tragar por ella y olvidarse de todo.

Al fin y al cabo, nadie le echaría de menos.

Tomó un atajo hacia el Atlantis, atento a todo cuanto le rodeaba, para que nadie le siguiera.

En el silencio de la noche solo se oía el eco sordo de sus pasos.

A medida que se acercaba a la zona roja de la ciudad, a la altura del Moulin Rouge, comenzó a cruzarse con algunos habitantes de la madrugada parisina: borrachos durmiendo en la calle, artistas callejeros, vagabundos, prostitutas.

Tomó un pequeño atajo, a través de un estrecho pasaje, ansioso por entrar de lleno en el gentío de la cercana Place Pigalle.

Al llegar al final, en el recoveco de la esquina, a su derecha, vislumbró una sombra alargada, y tuvo la certeza de que había alguien ahí observando, más bien acechando.

Se le cerró la garganta. No porque pensara que le estaban vigilando, sino porque la presencia, fuera lo que fuera, no parecía humana.

Pensó en un enorme perro suelto, pero su intuición le decía que no era un perro; era otra cosa.

Con el corazón desbocado, decidió girarse y afrontar lo que tuviera que ocurrir.

Allí no había nada. Le pareció percibir un olor extraño…

«Théo, respira, estás empezando a alucinar, viejo amigo».

Aceleró el paso bajo la lluvia, apretando la bolsa contra su cuerpo.

Eran las tres de la mañana, hacía frío y se merecía una copa.

Levantó la vista y, al otro lado de la plaza que se extendía ante él, vio brillar las luces del Atlantis.

* * *

París, Pigalle

Cuando Ginebra llegó a la Place Pigalle, eran las tres de la madrugada. Llevaba tiempo andando, perdida en las imágenes que había visto en sueños. ¿Tendrían algo que ver con Luchas esos hombres del laboratorio con los que había soñado? Vestían batas blancas, no uniforme nazi.

Lucius Ferdinand Fleedermaus tampoco llevaba uniforme nazi cuando lo conoció, hacía seis años, en Londres.

Apareció en su vida una noche de invierno, en una fiesta, presentándose como un brillante diplomático militar alemán, dispuesto a todo por ella.

Dedicó un año entero a conquistarla, hasta que generó la ilusión perfecta, a la medida de lo que Ginebra Wilde deseaba —«Creo que te quiero desde una vida anterior a esta, Ginebra, no había conocido jamás a nadie como tú», le aseguraba—.

Llegó a ver atractivo a ese hombre de pelo rapado, mirada torva y mandíbula prominente.

El edificio de expectativas no tardó en derrumbarse y se hizo añicos con la entrada de Lucius en el Partido Nazi.

Y después, la enfermedad, la reclusión, las amenazas —«¡No irás a ningún sitio sin mí!

No olvides que conozco a mucha gente, zorra judía, no estarás a salvo en ningún lugar»—, y el golpe final… que no quería, no podía recordar.

Caminó por el bulevar de Clichy, cerrándose la gabardina, sintiéndose inútil, ingenua y cansada, una vez más.

Las luces de neón de los pocos bares que permanecían abiertos se reflejaban, intermitentes, en el suelo mojado, como trazos de óleo desarticulado bajo la lluvia lenta.

El Sena emitía su característico murmullo y desprendía una humedad que se filtraba en todas las arterias de la ciudad, en las casas, en las tuberías, en las venas.

Buscó el agradable cobijo del Atlantis, un bar de jazz en el que había pasado algunas noches de soledad y paredes líquidas, pero también de vuelo más allá del espacio y el tiempo.

Se acodó en la barra, pidió un bourbon y dejó que el jazz que tocaban en directo la envolviera como una niebla asquerosamente plácida.

Encendió un cigarro y dio unas cuantas caladas, mirando a su alrededor.

Estaba habituada a estar alerta. «Solo unos minutos, por favor; quiero estar en paz unos minutos», pensó.

Expulsó el humo despacio. El espejo que estaba detrás de la barra le devolvió una mirada de ojos grandes y cansados, vulnerable, a su pesar.

Sus ojeras resultaban cada vez más grandes, a causa del frecuente insomnio que le provocaba el dolor, y algunas arrugas de expresión empezaban a hacerse visibles.

Tosió varias veces. Nunca había podido fumar con el glamur de las mujeres de las películas: las primeras caladas la relajaban, pero el resto solo le generaban picor en el pecho. Aplastó el cigarro contra el cenicero.

A unos metros, en la barra, un tipo le guiñaba un ojo y elevaba su cerveza, sonriendo. Le dio la espalda. Se desabrochó la gabardina, bebió un trago de su bourbon y se apoyó —más bien se hundió— en la barra. Poco a poco, perdió la noción del tiempo.

* * *

Atlantis, el club de jazz más famoso de París, e incluso de Francia, durante «los felices años veinte», había quedado reducido, tras la crisis de 1929, a un viejo icono decadente del art déco y de la bohemia parisina, por el que circulaban intelectuales irreverentes, universitarios burgueses, artistas borrachos o nostálgicos.

Cerraba al amanecer y, en las madrugadas, era un mosaico de humo, música en directo y, probablemente, la mejor selección de licores que se podía encontrar en París.

Théo recorrió el local buscando a Vincent, abriéndose paso entre clientes que bailaban y bebían, asediado por memorias que creía muertas.

Algo le incitaba a desenterrar una época especialmente oscura de su vida, que se había esforzado por hundir en las profundidades del olvido.

Intuía que, en cuanto se deshiciera de aquella maldita bolsa, los recuerdos de lo que sucedió tras la guerra le dejarían en paz.

Aquella noche había una animación especial en el Atlantis, tal vez para compensar el clima depresivo en el que se estaba sumiendo la ciudad en los últimos meses.

—Hay tensiones en el Gobierno, lo sé de buena tinta —decía un caballero que fumaba en pipa—. Aquí muchos están tan tranquilos pensando que el nazismo solo afectará a los judíos alemanes.

—¿Sabes qué, Maurice? —interrumpió otro hombre—, creo que estás siendo muy alarmista. Eso es lo que eres, un alarmista y un cenizo.

—A mí me da igual lo que penséis, yo os digo que hay que protegerse. Por eso mi mujer y yo nos vamos la semana que viene a…

Théo recibió un empujón y perdió la pista del diálogo.

—¡Perdone! —dijo un borracho, mostrando una sonrisa a la que le faltaban varios dientes.

Théo intentó encontrar un hueco en la barra.

Al final del largo mostrador de madera, le sorprendió la imagen de una mujer.

Tenía una silueta especialmente elegante, llevaba una gabardina beis, y un sombrero de ala curvada, bajo el que asomaba un cabello negro, ondulado y brillante.

A través del espejo pudo ver que tenía los ojos del color de la miel, o del brandi, según la luz que le diera desde arriba.

Acompañada por la melodía de Night and Day que tocaban en el escenario, parecía una actriz de Hollywood.

Si había que pasar el rato allí, mientras llegaba Vincent, mejor que fuera cerca de aquella dama.

—Buenas noches, amigo —dijo el barman.

—Hola, Jacques, ¿has visto por aquí a Vincent? —preguntó Théo.