El cabaret del infierno Capítulo 1 La misión
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El cabaret del infierno

El cabaret del infierno

Por Izara Batres

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Capítulo 1 La misión

La misión

Ginebra despertó sudando, gritó, se tapó la boca con las manos y tomó aire hasta que logró tranquilizarse.

Todavía podía escuchar los disparos y el grito desgarrador de aquel hombre en esa especie de laboratorio.

Las imágenes del sueño desfilaron por su mente como un tiovivo: la bolsa marrón, los cuerpos en el suelo, las sombras alargadas…

Y después, las espirales, las formas indescriptibles, los símbolos, y un hombre que permanecía de espaldas a ella en lo que parecía una cripta.

Se levantó de la cama y fue al pequeño lavabo de su buhardilla. El agua fría la ayudó a despejarse.

—Algo se acerca —dijo, sin saber de dónde procedía esa oscura certeza—. Estver… —murmuró.

¿Habría sido solo un sueño? ¿O estaba volviendo a «ver» cosas?

¿Y cómo, en nombre de Dios, podía saberlo?

No conocía de nada a aquellos hombres con batas blancas, e ignoraba el origen de esas extrañas palabras.

Tomó aire, se secó el cabello negro, empapado de sudor, con una toalla, sin poder controlar el temblor en las manos.

«Das pena», le hubiera dicho Lucius. Salió del lavabo y miró a su alrededor.

La buhardilla se limitaba a una habitación con cama y un ventanuco romboidal que daba a la calle.

Necesitaba salir de allí. En el cajón de la vieja mesilla le quedaba algo de dinero de las clases particulares y del que le había dado John Waxley cuando tuvo que dejar Londres, huyendo de Lucius y de un pasado que no le correspondía.

Tras perder a su familia y quedarse sola en París, John Waxley, el mejor amigo de su padre, la cobijó bajo el ala de la Sección Seis de Inteligencia Militar de Londres.

Siempre pensó que ser agente secreto sería como en los libros que había leído; sin embargo, la realidad rara vez estaba a la altura de los sueños: triunfar como escritora, encontrar, tal vez, un amor, un camino…

Nada salió como ella imaginaba. Y ahora esas visiones habían regresado.

A veces eran premoniciones o simplemente percepciones, otras veces no tenían ningún sentido o lo adquirían más adelante; siempre resultaba imposible saberlo y eso la desquiciaba desde que era niña.

Su amiga Claire le decía que era una privilegiada, Waxley pensaba que debía poner esas habilidades al servicio del Gobierno, y su abuela lo llamaba «el don», pero, para ella, ese don era una condena y no un regalo.

Cogió unos cuantos billetes del cajón. Al cerrarlo, la fotografía en sepia de sus padres tembló.

La sujetó firmemente, sin mirarla. Nunca la miraba, la hacía llorar, pero tampoco era capaz de quitarla de allí.

Era el único resquicio de un pasado en el que las cosas tenían sentido.

Se vistió rápidamente, se puso la gabardina y el sombrero, y salió.

* * *

París, Clichy-Batignolles

Apresuradamente, Théo entró en el café que hacía esquina con el edificio destartalado en el que vivía.

Siempre quedaba allí con Vincent cuando había algún tipo de urgencia.

Últimamente, los encuentros por amistad, sencillamente para pasar ratos juntos, eran cada vez menos habituales.

Vincent le saludó desde una de las mesas y Théo respondió a regañadientes.

La rodilla le estaba matando, como siempre que estaba a punto de llover.

«Olvidé tomar los malditos calmantes», se dijo, mientras se sentaba frente a su amigo.

Vincent, pálido, con barba de días, ataviado con su abrigo color tabaco y su sombrero, le miró y habló en voz baja.

—Escucha, necesito tu ayuda —le dijo con su característica voz ronca y algo afónica. A Théo le llamó la atención que Vincent hubiera pedido café. Para su amigo, quien no bebía alcohol no era digno de llamarse hombre.

—Vincent, ya sabes que yo…

—Sí, sí, te estás haciendo mayor, estás solo, estás triste, bla, bla.

Escucha, Théo, necesito que me guardes esto un par de días, como si te fuera la vida en ello —dijo, mostrándole una bolsa marrón grande y rectangular, de piel, tipo Satchel, con cinta bandolera para colgarla al hombro—, solo mientras hago…

unas gestiones, ya sabes, para despejarme el camino de salida.

Te lo compensaré muy bien —añadió, poniendo sobre la mesa un sobre hinchado en el que, supuso Théo, había un buen fajo de billetes.

—Vincent…

—Nos vemos en el Atlantis. Dentro de dos días, a las tres de la madrugada. No lo olvides. Solamente tienes que traerme esto —pidió deslizando la pesada bolsa sobre la mesa.

—¿Qué hay aquí? —preguntó Théo.

—No creo que te convenga saberlo —añadió Vincent, mientras removía el café con la cuchara.

Théo percibió cierto nerviosismo en el movimiento y, por el rictus tenso de su mandíbula, supo que Vincent estaba apretando los dientes.

Solo le había visto hacer eso dos veces en su vida, ambas cuando estuvo al borde de la muerte—. Esta mierda sabe a gasolina —masculló.

Théo abrió los cierres de hebilla de la bolsa y la solapa se abrió como una gran boca parda, mostrando un pequeño maletín y una especie de paquete envuelto en paño.

—Théodore, escúchame, te digo que no te conviene… —insistió Vincent.

—Vincent Siena, escúchame tú a mí: si voy a ayudarte quiero saber a qué me expongo —reclamó Théo. Ya no era ese joven imbécil dispuesto a todo por el amigo que le había cuidado en la guerra.

Vincent chasqueó la lengua y miró a su alrededor. A excepción del camarero y un viejo borracho que hablaba solo junto a la ventana del fondo, no había nadie en aquel antro. Se inclinó y le habló en susurros.

—Ese maletín tiene dentro explosivos en forma de documentos. Pruebas de extorsiones, fotos comprometidas, transferencias bancarias, todo lo que podría comprometer a los nazis —explicó—. Koch iba a utilizarlas para llevarse una buena pasta y salir del país.

—¿Los nazis? Colega, esto es serio. Lo siento, pero…

—Baja la voz, maldita sea, y escucha —interrumpió Vincent—: me he jugado la vida para conseguir lo que hay aquí. No creerías las cosas que he visto… Espero poder contártelo en su momento, pero necesito que guardes esto —rogó, incidiendo en la palabra «necesito», casi con desesperación.

Théo observó el otro paquete que había dentro de la bolsa, un objeto envuelto en terciopelo negro, doblemente lacrado. ¿Quién perdería el tiempo en envolver un objeto en un carísimo paño de terciopelo y sellarlo con lacre?

—¿Y eso qué diablos es? —preguntó, acercando la mano para cogerlo.

Vincent le agarró la muñeca tan fuerte que le dolió, y le miró a los ojos.

—Ni se te ocurra tocarlo —le dijo. Lo peor no eran las palabras en sí, sino la mirada. Una mirada que jamás había visto en Vincent, ni en los peores momentos de la guerra. Su rostro áspero y anguloso estaba contraído. Esta vez sí había verdadero miedo en sus pupilas.

—De acuerdo, no te preocupes, pero ¿no puedes, al menos, decirme…?

—Es un Código Cinco, Théo. Un maldito Código Cinco. Te lo explicaré todo más adelante. No lo toques, ¿de acuerdo? No lo hagas.

Théo se preguntó en qué clase de lío se habría metido su amigo.

Sabía que Vincent trabajaba en la retaguardia secreta de lo que llamaban el servicio de inteligencia militar del Ministerio de Guerra y Defensa Nacional francés, nada menos.

Un nombre largo e incomprensible. Lo que sí comprendía es que su amigo se jugaba el pellejo a menudo.

—¿Le has requisado todo esto a alguien del ministerio?

—Digamos que ese alguien consiguió hacérmelo llegar.

—¿Quién es ese alguien, Vincent?

—Derek Koch. Un funcionario de los gordos, del ministerio.

Trabajaba en Inteligencia, dirigía un equipo de investigaciones científicas, y tenía contactos por toda Europa.

Desapareció sin dejar rastro, igual que dos científicos de su equipo, Jean Faure y Renaud Lambert.

El tipo pensaba vender a los nazis el maletín y el maldito Código Cinco por una suma escandalosa, aunque en el último momento se arrepintió, y me contó que habían matado a los científicos, que él lo sabía, pero no tenía pruebas.

Los hicieron desaparecer. Uno de ellos, Renaud Lambert, logró sacar del laboratorio la bolsa marrón con el Código Cinco y el maletín antes de morir, y Koch la rescató de un sótano en desuso.

Lo que hay en ese paquete de terciopelo, sea lo que sea, es muy peligroso, porque me pidió que lo protegiera con mi vida.

Poco después, Renaud desapareció. Y si quieres saber la verdad, te diré que esto va más allá de los nazis.

Solo alguien o algo muy poderoso hace desaparecer personas y pruebas así como así. Hay más cosas detrás de esto.

—¿Qué cosas?, ¿quiénes están…

—Ahora yo también tengo que desaparecer, y espero que no sea yéndome al otro barrio. Mi vida corre peligro, y no es una maldita broma. Debo irme. Toma esto —dijo Vincent, acercándole el sobre—. No seas cabezota, no se lo he robado a nadie.

Théo titubeó. No quería aceptar la misión, no podía aceptarla.

Su amigo le había salvado la vida cuando le hirieron en la Gran Guerra de 1914.

Durante años se había sentido en deuda con él, pero la realidad era que Vincent no valoraba su amistad lo suficiente, o así lo creía.

Le trataba como a una especie de hermano pequeño que no sabía defenderse.

Y este encargo era demasiado arriesgado.

Necesitaba el dinero, claro que lo necesitaba.

Por culpa de su condenada rodilla estaba viviendo de una pensión y de los trabajillos que hacía como «chapuzas» del barrio, pero al menos tenía paz, podía vivir tranquilo.

¿Realmente estaba dispuesto a perder eso por… ?

—¡Cógelo, diablos! —insistió Vincent acercándole el sobre—. Créeme, puede que te haga falta.

Rápidamente, se levantó, metiéndose la mano en el bolsillo, como hacía siempre que quería comprobar si la pistola estaba en su sitio, y miró a su alrededor.

—Recuerda, dentro de dos días, a las tres de la madrugada, en el Atlantis.

—Oye, ¿qué quieres decir con que puede que me haga falta?