64. La reunión
La noche en la sierra caía limpia, despejada tras las recientes lluvias.
El santuario parecía un refugio secreto: una explanada iluminada por farolas de hierro, un fuego de leña crepitando en medio y, por todas partes, los gatos.
Decenas, centenares. Algunos se enroscaban junto a las sillas, otros trepaban a los troncos caídos, otros simplemente observaban con la dignidad de pequeños monjes silenciosos.
Gómez estaba sentado a la cabecera de una larga mesa rústica, con un vaso de vino en la mano y una sonrisa que pocas veces había permitido en su rostro. Había invitado a todo el equipo a pasar un fin de semana en el santuario. Una tregua, una celebración.
A su derecha, Marta charlaba animada con Dani, que no dejaba de hacer gestos teatrales.
—Yo os lo dije, lo del avión era demasiado obvio. La sombra nos tuvo bailando como marionetas —dio un mordisco exagerado al pan—. Si es que hasta un gato lo habría visto venir.
Marta puso los ojos en blanco, divertida.
—Claro, tú lo sabías todo, pero se te “olvidó” decirlo en su momento.
—Estrategia, querida Marta. Hay que dejar espacio a la tensión dramática —Dani levantó la copa en un brindis cómico—. Sin mi guion, esto habría sido un entierro.
Laura, al otro extremo de la mesa, sonrió con ironía.
—Mira que eres, Dani. Aunque reconozco que tu guion ha tenido sus momentos buenos.
Gómez la miró de reojo. Habían tenido roces duros en los últimos meses, pero esa noche habían decidido dejar atrás las cuentas pendientes. Laura alzó la copa hacia él, en señal de tregua.
—Brindo porque, a pesar de todo, seguimos aquí. Y porque incluso un inspector con tus modales de perro viejo puede sonreír de vez en cuando.
—Pullita aceptada —respondió Gómez con una media sonrisa—. Y gracias.
Las risas recorrieron la mesa.
Iván, con su habitual torpeza entrañable, aclaró la garganta.
—Roberto no ha podido venir. Mi padre. Tenía un asunto ineludible en Madrid.
Nadie insistió demasiado. Gómez sabía lo que significaba para él. Dio una palmada en su hombro.
—Ya habrá otra ocasión, Iván.
Rogelio, que hasta entonces había permanecido en silencio, alzó una botella cubierta con un paño.
—Yo sí he traído un invitado —dijo con solemnidad—. Château Margaux del 2005. Abrirlo es casi un sacrilegio, pero me niego a guardarlo más tiempo. Esta noche lo merece.
Los ojos de todos se iluminaron.
—¡Eso es oro líquido! —exclamó Laura, divertida.
—¿Qué es? —preguntó Marta sobresaltada.
Rogelio descorchó la botella con calma ritual. El aroma se expandió en la mesa como un hechizo.
—¡Esto es oro!
—Si tú lo dices.
Brindaron. Rieron. Hablaron del caso como quien recuerda una pesadilla que ya empieza a desdibujarse, sin embargo, aún planeaba sobre sus cabezas.
Nada estaba del todo cerrado y la amenaza de Félix todavía estaba pendiente.
Entre las patas de la mesa, un gato atigrado se enroscaba contra la pierna de Gómez.
Otro saltó sobre su regazo, reclamando atención.
El inspector lo acarició con movimientos torpes, casi emocionado.
Por primera vez en años, se sintió en paz. A pesar de muchas cosas. Muy cerca de donde estaban y como dos invitados de honor, estaban Mini y Maya retumbados sobre una camita elevada. No le quitaban ojo a Gómez.
De vez en cuando cerraban lentamente los ojos.
Pero incluso en la calma más perfecta, había un filo que no desaparecía. Una certeza en su interior le insistía en que aún tenía cosas pendientes. Habían capturado a Félix, pero no sabían nada de Felisa Beltrán. Había desaparecido.
Uno de los gatos se acercó y apoyó la cabeza contra su pierna. Gómez no lo apartó. No pudo. Se arrodilló y lo acarició. Era el gato naranja. Se puso boca arriba como si le estuviera agradeciendo el hecho de haber aceptado aquel regalo.
La paz del santuario le llenaba. Recordó las palabras de Félix cuando le subieron en la camilla.
«El juego no ha hecho más que empezar».
Y supo, con la certeza más amable, que aquellas palabras iban a convertirse en su próxima obsesión.