63. El legado improbable
Unas semanas después
Madrid
La calle Serrano hervía de tráfico, aunque el frío de enero lo aplacaba todo bajo un aire gris y disciplinado. Gómez, con su gabardina arrugada y las ojeras profundas, se detuvo frente a un portal de mármol negro con letras doradas: Pérez-Palacios & Asociados.
Suspiró. Aquel no era su mundo. Empujó las puertas giratorias y entró en un vestíbulo que olía a cuero y a café importado. Las paredes estaban cubiertas de madera noble y el suelo brillaba con el lustre de generaciones de mozos de limpieza.
Una recepcionista impecable lo recibió con una sonrisa que parecía ensayada.
—Inspector Gómez, bienvenido. El señor Sáenz le espera en la sala de juntas.
El policía asintió con torpeza y se dejó guiar por un pasillo alfombrado en rojo. Pasaron frente a cuadros de paisajes, diplomas enmarcados, estanterías que lucían más como atrezo que como librerías. Él caminaba como un toro en una joyería.
La sala de juntas era un despliegue obsceno de lujo: mesa ovalada de caoba, sillas de piel crema, una lámpara colgante de cristal de Murano. Tras la mesa, un hombre de mediana edad, traje gris marengo y sonrisa de anuncio bancario, se levantó para estrecharle la mano.
—Inspector, qué placer tenerle aquí. Soy Íñigo Sáenz, socio director.
Gómez apretó la mano con desconfianza.
—¿Y bien? ¿Para qué tanta pompa?
Sáenz lo invitó a sentarse y deslizó una carpeta de cuero hacia él.
—Se lo explicaré de la forma más clara posible. Ha llegado a nuestro despacho una herencia a su nombre.
—¿Una qué? —exclamó Gómez.
—Una herencia, inspector. Es un acto unilateral, altruista, registrado ante notario y perfectamente blindado por la legislación civil.
Gómez frunció el ceño.
—¿Y de quién viene?
El abogado entrelazó los dedos con elegancia.
—Ese es el punto. Se trata de una operación realizada a través de una sociedad radicada en Singapur. Un trust anónimo, sin beneficiarios identificables. Nosotros mismos no podemos trazar la identidad final.
El inspector apoyó los codos en la mesa, incrédulo.
—¿Me está diciendo que alguien que no saben quién es me deja en herencia algo así como por caridad cristiana?
—Exacto. Y la ley lo ampara —Sáenz sonrió—. Hemos verificado todos los requisitos: escritura pública, aceptación expresa, inscripción registral. Está todo en regla.
Gómez abrió la carpeta. Lo primero que vio fueron documentos con membretes, folios con sellos notariales, firmas digitalizadas. Entre ellos, un mapa topográfico.
—¿Y qué demonios me están donando?
Sáenz señaló el plano.
—Un terreno en la sierra de Madrid. Ciento veinte hectáreas, más concretamente en las estribaciones de la Sierra Norte, cerca de Buitrago del Lozoya. Incluye una finca vallada, una casa principal, varias casetas y almacenes.
El inspector lo miró con desconfianza.
—¿Una finca en la sierra? ¿Y para qué quiero yo eso?
El abogado abrió otra carpeta. Dentro había fotografías impresas en papel satinado. Las deslizó una a una sobre la mesa.
En la primera, un campo nevado con decenas de gatos correteando. En la segunda, una nave acondicionada con jaulas, estanterías, colchonetas y rascadores. En la tercera, un pequeño quirófano veterinario con lámparas quirúrgicas y un par de batas colgadas.
—Se trata de un santuario de gatos, inspector. Funciona plenamente desde hace un año. Actualmente alberga unos doscientos felinos, pero su capacidad alcanza el millar.
Gómez se quedó mudo, mirando aquellas fotos como si fueran una broma pesada.
—¿Un santuario de gatos?
—Exacto. Con centro veterinario propio, personal contratado y una estructura de gestión consolidada.
—Pero yo no… —balbuceó Gómez—. Yo no puedo mantener algo así.
Sáenz le interrumpió con calma.
—No tiene por qué preocuparse. La donación incluye una asignación anual irrevocable de cien mil euros para cubrir todos los gastos operativos: personal, alimentación, medicación, mantenimiento.
Además, el propio centro genera ingresos a través de visitas organizadas, talleres de formación y convenios con asociaciones internacionales.
El inspector parpadeó, incrédulo.
—¿Me está diciendo que todo esto es mío?
—En propiedad y como máximo gestor. Con la opción de residir en la casa principal si lo desea.
—Y si no acepto, ¿qué pasa con los gatos?
Sáenz tardó un poco en responder. Frunció el ceño.
—La dotación económica quedaría extinguida. La sociedad administradora liquidaría los activos y los animales serían reubicados conforme a los convenios disponibles.
—¿Eso qué significa?
—Significa reubicación, inspector. Tendrían que buscarles casas de acogida, adopciones.
Gómez entendió entonces la trampa. No le estaban regalando una finca. Le estaban poniendo doscientos animales vivos sobre la mesa. Apoyó la espalda en la silla y pese a estar sentado, sintió vértigo. El contraste entre aquel despacho reluciente y las fotos de gatos jugando en la nieve lo mareaba.
—¿Y yo qué tengo que hacer?
—Firmar la aceptación aquí mismo —el abogado le acercó una pluma Montblanc—. Con su firma, la finca y sus bienes accesorios pasarán a ser suyos de pleno derecho y los gatos podrán estar tranquilos.
Gómez no se movió. La sospecha lo corroía por dentro. Sabía que aquello tenía nombre. No necesitaba pruebas. A su cabeza vino la imagen de Mini.
—Esto es Félix, ¿verdad? —dijo en voz baja.
Sáenz arqueó una ceja con profesionalidad neutra.
—Inspector, desconozco la identidad del donante. Y aunque la supiera, le aseguro que el secreto fiduciario nos impediría revelarla.
El inspector bajó la mirada al papel. Ciento veinte hectáreas. Doscientos gatos. Una casa en la sierra. Cien mil euros al año. Todo puesto ante él como una jaula abierta.
—Una donación altruista —murmuró, con amargura.
Sáenz inclinó la cabeza.
—Así es.
Antes de firmar, volvió a mirar la fotografía del campo nevado. Un gato naranja aparecía con una pata levantada, como si hubiera sido sorprendido a mitad de carrera. Su mirada le atravesó. Si había alguna definición de la inocencia estaba en aquellos ojos.
Se decidió.
El bolígrafo pesaba en su mano como un plomo.
Gómez sabía que era una trampa, un anzuelo envenenado.
Pero también sabía que, de algún modo, era inevitable.
Miró otra vez los ojos del gato naranja.
Aquello terminó de hundirlo. Aún recordaba el cuerpo de Félix siendo alzado por los agentes.
Su mirada cuando le habló y su advertencia.
¿Qué estaba pensando? Ya no era una sombra. Ahora era un reo.
Miró de nuevo la foto de los gatos. Se le encogió el corazón.
Ellos no tienen la culpa de nada, pensó y firmó.
La tinta negra se extendió sobre la página. Su nombre, torpe, inclinado, cerraba el documento con la misma fatalidad de un sello.
Sáenz sonrió satisfecho y recogió la carpeta.
—Enhorabuena, inspector. Ahora es usted propietario de un santuario único en Europa.
Gómez se levantó despacio. Afuera, la ciudad seguía su curso con el estruendo del tráfico imparable a todas horas. Al salir al vestíbulo, la recepcionista le regaló otra sonrisa ensayada.
Él no devolvió el gesto. Caminó hacia Serrano con el peso de la certeza clavado en el estómago: Félix Varela jugaba con él como un gato con su presa incluso estando bajo rejas.
Y ahora, literalmente, le había dejado los gatos.