62. El asalto #2
—Eso no lo podemos hacer Félix —dijo Gómez—. Serás juzgado como todos.
—La justicia es una sierra mal afilada, Inspector.
El viento golpeó la vela. Félix tuvo que corregir con un tirón de las bandas. Durante un segundo la tela cayó hacia la derecha y casi lo arrastró. Marta apuntó también.
—¡Al suelo! —ordenó ella—. ¡Quítate el arnés!
Félix no la miró. Maniobró con las bandas mientras Marta y Gómez se acercaban temerosos de acabar enredados entre tantos hilos.
—A mí me juzgaron antes de escucharme. Marina me destruyó con una frase. El sistema necesitaba una víctima decorativa y un culpable útil. Yo fui útil.
—Y por eso decidiste convertirte en verdugo.
—No. Decidí hacer visible la maquinaria.
—Mataste a Ethan, a Luis, a Carrasco, a Mario…
—Yo no los maté inspector. Ellos ya habían matado antes. Solo que lo hicieron con abogados, con dinero, con diagnósticos, con silencios comprados. Yo les di un escenario. Les quité el barniz.
Gómez se acercó otro metro. Ya podía distinguir mejor el rostro de Félix bajo el casco oscuro. No había en él exaltación, sino una serenidad imperturbable. Miró los cables del parapente que se movían peligrosamente.
—Entrégate.
—¿Para qué?
Gómez apretó la mandíbula. No supo qué decir. En el fondo, Félix tenía razón. ¿Para qué entregarse? Él lo había perdido todo ya. En realidad, se lo habían arrebatado.
—Siempre será mejor que morir en un acantilado —gritó Marta.
La sirena de un vehículo policial se acercó por el camino. Los agentes del GRS empezaban a desplegarse en la explanada. Varias linternas barrieron la hierba, los muretes bajos, las irregularidades del terreno. Alguien gritó una orden. Otra voz pidió que no se disparase.
Alguien habló por el walkie-talkie.
—Inspector, puedo hacer que dos hombres se abalancen sobre él y no le dejen ganar altura y otro se encargue del parapente. Con este viento es arriesgado, pero…
Gómez evaluó una vez más la situación. La cometa estaba ya inflada, Félix solo tenía que avanzar, tirarse y estaría en el aire.
—Esperen —contestó Gómez—. Si se acercan lo perderemos para siempre.
—¿Dónde cojones piensa ir? —dijo la voz.
—No lo sé.
Félix retrocedió hacia la pendiente. Gómez avanzó. De atrás aparecieron varios agentes. Dos de ellos avanzaron hacia Félix.
—¡No saltes Félix!
—Usted sigue creyendo que hay un instante limpio en el que uno puede volver atrás. Pero no lo hay. Y ese límite yo ya lo pasé.
La vela se tensó fuerte.
—Félix —dijo Gómez—. Si saltas con este viento, te matarás.
Félix tiró de las bandas, giró el cuerpo y empezó a correr pendiente abajo.
No fue elegante. No tuvo nada de vuelo hermoso. Sus botas resbalaron en la hierba mojada. La vela se venció hacia un lado, recuperó aire, volvió a sacudirse con violencia. Los agentes corrieron tras él. Gómez también, la pistola ya inútil en la mano.
—¡Félix!
Félix fue zarandeado. Durante un instante pareció que la tierra se acababa bajo sus pies y que el cuerpo iba a rodar como una piedra.
Lo arrancó del borde y lo arrastró unos metros por el suelo.
Los hilos pasaron por encima de Gómez que se tuvo que tirar al suelo, luego una segunda racha mucho más fuerte lo elevó como un muñeco.
Después, hizo un giro y se dirigió a gran velocidad hacia el acantilado.
—¡Lo perdemos!
Marta se detuvo en seco. Un agente maldijo. Gómez llegó hasta la línea de roca y vio la silueta elevarse rápido sobre el vacío. Ya estaba muy alto. El parapente se retorcía bajo las rachas, subía y bajaba como una hoja atrapada en una garganta de aire.
—Sujeto en vuelo —dijo alguien por radio, con la voz rota—. Repito, sujeto en vuelo desde el acantilado.
Félix giró hacia el mar, pero el viento no le obedeció. La vela hizo un extraño pliegue en el lado izquierdo. El cuerpo quedó suspendido, diminuto, negro contra la espuma.
Gómez lo vio luchar con los mandos.
O tal vez no luchaba.
Tal vez solo los sostenía.
El faro barrió la costa con su luz blanca.
Durante una fracción de segundo, Félix apareció entero en el aire: el casco, las piernas colgando, la vela herida por el viento, la figura de un hombre que había confundido la justicia con una ecuación y había descubierto demasiado tarde que el dolor no se resuelve, solo se transmite.
Después la vela colapsó parcialmente.
Marta se llevó una mano a la boca.
Félix cayó en diagonal, arrastrado por una racha. El mar devoró el sonido. La tela se cerró sobre sí misma como un párpado. Cayó entonces haciendo giros imposibles.
El golpe contra las rocas fue breve, justo antes de caer, logró remontar y volvió a bajar de golpe chocando contra la roca.
Luego solo quedó el rugido del agua.
Las linternas apuntaron hacia abajo. El jefe del GRS pidió cuerdas, focos, bomberos, una unidad de rescate. Las voces comenzaron a cruzarse por radio con una urgencia administrativa, como si el mundo necesitara llenar enseguida el hueco que había dejado aquel cuerpo.
Gómez permaneció inmóvil junto al borde.
Marta se acercó despacio.
—Inspector…
Él no respondió. Vació sus pulmones. Cerró los ojos.
—Tenía que haber saltado sobre él —dijo sin abrir los ojos—. Pensé que le convencería.
Marta apoyó su mano sobre su hombro.
Abajo, las olas rompían contra las piedras. La vela, desgarrada, flotaba un momento entre dos rocas, hinchándose y deshinchándose con el agua negra. Parecía un pulmón inútil.
Gómez guardó la pistola. No sintió que aquello fuera una victoria. Al contrario. Habían fracasado. Todos habían fracasado.
Marta miró hacia el mar.
—Se acabó.
Gómez tardó en contestar.
—No —dijo al fin—. Esto no se acaba así.
El faro giró otra vez sobre ellos, indiferente, proyectando su luz sobre la hierba pisoteada, los coches policiales, los rostros tensos de los agentes y el acantilado donde el mar seguía golpeando las rocas con la obstinación de una máquina ciega.
Gómez pensó en la sierra de la que había hablado Félix.
Mal afilada. Tardía. Incansable. Y comprendió que quizá la justicia no consistía en reparar nada. Quizá solo consistía en impedir que el daño siguiera cambiando de manos.
Apretó los labios.
—¡Vamos! Bajad a por él —ordenó.
Marta lo miró. Gómez observó la espuma golpeando las rocas.
Un equipo bajó por las rocas. Lanzaron cuerdas y un helicóptero sobrevoló la zona. Hacía demasiado viento. Varios escaladores lograron hacer una tirolina y bajaron hasta las rocas del mar.
—¡Está vivo! —se oyó por la radio.
Gómez lo escuchó. Marta se acercó para ver cómo lo subían. Poco a poco, les fueron subiendo por la roca, Félix metido en una camilla, con la pierna rota, pero con vida y consciente.
Cuando lo terminaron de alzar del todo, Gómez se encontró cara a cara con Félix.
Había algo en su mirada que le inquietó.
Seguía con la sensación de que todo estaba bajo su control, incluso herido y en una camilla.
Ese pensamiento o tal vez esa certeza, desubicó a Gómez y le desquició un poco más de lo que le había logrado desquiciar durante todo este tiempo.
—Ahora tendrás que rendir cuentas con la justicia Félix —dijo Gómez—. Ni siquiera tú te libras de eso.
Félix sonrió.
—Esto no ha terminado aquí inspector —dijo con serenidad—. En realidad, el juego no ha hecho más que empezar.
El equipo de salvamento se lo llevó hasta el ambulancia. Gómez lo observó cómo se iba alejando y se preguntó si aquello era un farol o iba en serio.