El búnker (La Herencia 2) 62. El asalto
94%

62. El asalto

El convoy policial se detuvo a quinientos metros de la finca.

La casa se levantaba entre los prados de Cabárceno, moderna y de líneas rectas.

Era un rectángulo de cristal y hormigón con un muro perimetral bajo y un jardín perfectamente cuidado.

El contraste con la tormenta pasada era casi irreal: la lluvia había cesado y un cielo abierto, con jirones de nubes todavía grises, iluminaba la fachada con una luz oblicua.

Gómez bajó del coche. Marta salió detrás, ajustándose el chaleco antibalas que le había entregado uno de los mandos. Llevaba la Glock en la mano y tenía los nudillos blancos.

—Nosotros fuera. Ellos dentro —dijo Gómez con voz seca—. Si la sombra está aquí, no podemos arriesgarnos a que nos convierta en su espectáculo.

El jefe de equipo del GRS se le acercó, casco en mano.

—Entrada limpia. Primero el perímetro, luego acceso por puerta principal con el ariete hidráulico. Limpieza habitación por habitación.

—Adelante —ordenó Gómez.

Marta observaba todo como si estuviera dentro de una película. Los agentes se desplegaron. Dos se situaron en cada flanco de la casa, pegados al muro. Otro binomio tomó posición en la parte trasera. Los francotiradores se encaramaron a un pequeño promontorio al este, vigilando con visores térmicos.

El silencio era absoluto, apenas roto por el roce del equipo táctico y el clic de los cargadores comprobados.

El jefe levantó el puño cerrado. Señal de alto. Luego, dos dedos apuntando adelante. Señal de avance.

El grupo principal alcanzó la puerta blindada. Colocaron el ariete hidráulico, lo fijaron en el marco. Uno de ellos alzó tres dedos. Dos. Uno.

El golpe seco resonó como un trueno. La puerta reventó hacia dentro, astillas y metal volando.

—¡Policía! —gritó el jefe.

Los agentes irrumpieron con los fusiles en alto y las linternas encendidas. Avanzaron con cautela, abriéndose en abanico, mientras los haces de luz recorrían las paredes y penetraban en cada rincón.

—¡Salón despejado!

Uno de los agentes empujó la puerta de la cocina. Algo cayó al suelo con estrépito. Durante un instante, todos encañonaron la oscuridad.

—¡Cocina despejada! —gritó uno de los agentes.

Un crujido llegó desde la planta superior. Dos agentes se dirigieron hacia la escalera mientras otro permanecía abajo, cubriéndolos. Subieron peldaño a peldaño. Una puerta se cerró de golpe al final del pasillo.

—¡Movimiento a la derecha!

Las linternas convergieron sobre una figura inmóvil. Era un abrigo colgado detrás de la puerta.

—¡Habitación despejada!

Se oyó un golpe seco y después el chirrido de otra puerta al abrirse.

—¡Primera planta despejada!

Las voces llegaban por la radio en ráfagas tensas. Gómez escuchaba con el auricular pegado al oído sin perder detalle. Marta a su lado, firme, respirando rápido. Tal vez ya respirando la victoria.

Entonces llegó una nueva comunicación:

—Sótano asegurado, puerta metálica. Necesitamos reventarla.

El jefe del GRS asintió. Otra carga hidráulica. Otro golpe brutal. La hoja metálica saltó de las bisagras y entraron.

La linterna iluminó la oscuridad del sótano. Una sala amplia, revestida de hormigón. En el centro, una mesa de acero con planos desplegados, cajas de munición abiertas, equipos de comunicación.

Pero ni rastro de la sombra.

Entonces, un rugido de motor. No venía de dentro, sino del lateral de la casa.

—¡Hay un coche! —alertó un agente.

En la casa de al lado, la puerta automática se abrió de golpe y un todoterreno negro salió disparado, lanzando gravilla y barro en todas direcciones.

—¡Es él! ¡Contacto!

El vehículo atravesó el portón del jardín, lo arrancó de cuajo y se lanzó carretera abajo. Uno de los agentes fue corriendo, se colocó en posición y realizó varios disparos que impactaron en el vehículo. Pero este continuó ajeno a todo el operativo.

—¡Hay que cogerlo! —gritó Gómez, ya corriendo hacia su coche.

Marta lo siguió, pistola aún en mano, la metió en la funda mientras subía. El motor del coche policial rugió al límite cuando Gómez giró el volante con brusquedad.

El todoterreno de la sombra iba delante, zigzagueando entre los prados. Detrás, varias patrullas ya se habían incorporado. Las sirenas se encendieron y un coro ensordecedor de luces azules atravesaron las carreteras comarcales de Cantabria.

—Unidad Alfa en persecución —informó Gómez por radio, la voz cortante—. Vehículo negro todoterreno, dirección norte. Activar todos los controles. Quiero a toda la ciudad movilizada. ¡No se nos puede escapar!

—¡Va por ahí! —señaló Marta indicando a la izquierda.

La persecución atravesó carreteras secundarias, curvas cerradas, rotondas que hacían chirriar los neumáticos y rectas llenas de adelantamientos al límite. La sombra conducía como un poseso, cada giro era un intento de descolgar a sus perseguidores.

El todoterreno bajó hacia Solares como si conociera cada desvío. Gómez lo siguió a distancia, peleándose con la lluvia y el asfalto.

—Va hacia el cruce —avisó Marta por la radio—. Si sigue de frente, entra en la autovía.

El todoterreno tomó la incorporación hacia Santander sin reducir la velocidad.

—¡Tira hacia la ciudad! —gritó Marta.

—¿Dónde cojones va? —respondió Gómez, hundiendo el pie en el acelerador.

La radio crepitó.

—¡Gómez! —era la voz de Rogelio—. Acaba de llegar la comparativa.

—¡Habla!

—Hemos recuperado la muestra de ADN conservada en el procedimiento contra Félix Varela. Coincide con el perfil del Audi.

Marta sujetó la radio con más fuerza.

—¿Qué grado de coincidencia?

—No es un familiar ni una coincidencia parcial. Es él. Félix estuvo en ese coche.

Gómez clavó la vista en el todoterreno negro. Por primera vez, la sombra tenía un rostro.

—Félix Varela —murmuró.

—¡Lo sabía! —exclamó Marta.

La autovía se convirtió en una línea negra bajo la tormenta. Camiones, coches dispersos, spray de agua levantándose de las ruedas. La sombra cambiaba de carril con violencia, buscando huecos imposibles.

Ya en Santander, abandonó la autovía y tomó la salida hacia El Sardinero.

—¡Ha girado hacia el Sardinero! —avisó Marta.

El mar apareció de pronto, azul oscuro, con espuma blanca contra los acantilados. Y allí, recortado sobre el horizonte, el faro de Cabo Mayor.

El todoterreno subió todo el terraplén y derrapó en la explanada junto al faro, se detuvo con un chirrido. La sombra bajó de un salto. Abrió el maletero y sacó una mochila enorme que desplazó hasta el mismo borde del acantilado.

Gómez frenó en seco a unos cuantos metros más abajo. Marta salió detrás, Glock en mano. Algo no le cuadraba. Las sirenas ya se podían escuchar. Miró a su alrededor. Sentía que en cualquier momento iban a ser víctima de una emboscada.

—¡Eh! ¡Quieto! —rugió Gómez.

Le apuntó. No había luz. No podía ver bien lo que hacía.

La sombra abrió la mochila y sacó la vela plegada. No era una tela cualquiera: era una masa ligera, técnica, llena de costillas internas y bocas de entrada de aire. La extendió sobre la hierba húmeda en forma de media luna, con el borde de ataque orientado al viento.

Después separó las bandas y revisó las líneas con movimientos rápidos, casi mecánicos. Las finísimas cuerdas de kevlar se desplegaron entre sus dedos como nervios blancos. A un lado las bandas, al otro los frenos. Ningún nudo. Ningún cruce. Ningún cabo atrapado bajo la tela.

Se colocó el arnés, cerró las perneras, ajustó la ventral y enganchó los mosquetones principales. Tiró una vez de cada banda, comprobó los frenos y miró hacia el Cantábrico. El viento llegaba limpio, frío, constante.

Entonces dio dos pasos atrás, tomó las bandas delanteras y tiró con decisión. La vela se levantó del suelo como si despertara. Primero tembló, luego se infló, y por último quedó sobre su cabeza, tensa y abierta, casi viva; un animal enorme respirando en la oscuridad.

Gómez se acercó más.

—¡Quieto! —gritó apuntándole—. ¡Quieto o disparo!

Pero la oscuridad no facilitaba las cosas y ni Gomez ni Marta podían distinguir en donde se encontraba realmente. Los coches policiales aparecieron. Los policías llegaron en tromba, rodeando la explanada. El mar rugía abajo, decenas de metros de caída vertical.

Gómez avanzó con la pistola en alto. En la mano llevaba un walkie-talkie.

—¡Félix!

La figura no corrió. Permaneció quieta bajo la vela, apenas visible entre los haces rotos de las linternas. La tela crujía encima de su cabeza. Las líneas vibraban con un sonido seco, casi metálico.

Marta llegó unos metros por detrás.

—¡Quieto! —gritó Gómez—. ¡Levanta las manos!

Félix no obedeció.

—Siempre llegáis tarde, inspector.

Su voz no sonó triunfal. Tampoco asustada. Parecía fatigada. Gómez dio otro paso.

—Se acabó. No tienes salida.

Félix miró a sus espaldas, hacia el acantilado.

Abajo, el Cantábrico golpeaba las rocas con una paciencia feroz.

La espuma aparecía y desaparecía en la oscuridad, iluminada a ratos por el faro.

Estaba en lo alto de un promontorio, a los pies del faro, con una ladera por delante que le permitiría el despegue, y con las rocas del acantilado por detrás.

—Eso decís siempre. Cuando ya está todo perdido. Entonces llegáis vosotros con vuestras pistolas, vuestros parches y vuestros informes.

—Has asesinado a personas.

Félix volvió lentamente la cabeza.

—¿A quién exactamente? —dijo, tratando de controlar la enorme vela—. Inspector yo no he matado a nadie. Ellos solos se han matado. Es la naturaleza humana.

Gómez no bajó el arma. Aquel apunte lo confundió. Tenía razón en una cosa. Félix no había apretado ningún gatillo, no había apuñalado, no había golpeado, no había ahogado a nadie. No había hecho nada. Solo observar.

—Pero tú dispusiste las cosas para que ellos lo hicieran.

Félix soltó una risa breve, casi jubilosa.

—Pero eso no es matar. Solo he ordenado el tablero para que haya un mínimo de justicia.

Gómez pareció confundido. Miró a Marta.

—Puede que tengas razón Félix —gritó Marta—. Pero esa justicia tuya no funciona. ¡Entrégate!

Gómez asintió.

—De acuerdo —dijo Félix—. Yo me entrego, pero no me entrego a la justicia.