El búnker (La Herencia 2) 61. La caza
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61. La caza

El aire gélido lo recibió como una bofetada al salir del búnker. Gómez se ajustó mejor la chaqueta y se quedó un segundo quieto, respirando hondo. Sentía el cuerpo entumecido. Por un instante pensó que la sombra le estaba observando desde alguna cámara oculta.

Marta salió detrás de él, todavía abrochándose la chaqueta. Iván se quedó atrás, ya al teléfono, organizando la detención de Felisa.

Gómez miró el cielo. Tal vez había un dron volando por encima de él vigilándole.

El móvil vibró en el bolsillo. Contestó sin mirar la pantalla.

—Rogelio.

—Jefe, estoy llegando a Cabárceno. Voy con Laura. Si la finca es la que Laura ha marcado, esto puede ser la guarida de la sombra.

—¿Qué tienes?

—Lo hemos vuelto a chequear —dijo el forense, rápido, nervioso—. Hemos cruzado registros de consumo eléctrico con las antenas de telefonía. Es muy sospechoso: picos de electricidad nocturnos, compras de suministros a través de terceros. Podría ser una tapadera.

Gómez se detuvo en seco junto al coche. El agua le resbalaba por el rostro, fría, cortante. Marta y él se miraron.

—¿Estáis seguros?

—Todo apunta a eso. No queremos entrar a lo loco, pero si vas a dar la orden, hay que hacerlo ya. El tipo es un fantasma, y si sospecha algo, volará. Laura está convencida.

Se oyó un murmullo al otro lado, y luego la voz de Laura, más lejos, como si Rogelio hubiera puesto el manos libres.

—Arturo, esto está clarísimo. Es él —dijo Laura.

Gómez sintió que el suelo se movía bajo sus pies.

Llevaban días persiguiendo una sombra sin cuerpo, una voluntad sin rostro, una inteligencia escondida detrás de muñecos, cámaras, cuentas vacías y cadáveres.

Y ahora, de pronto, todo se comprimía en un punto concreto del mapa.

El inspector apretó la mandíbula. Aquella noticia le devolvía una descarga de tensión eléctrica en la sangre.

—Montad un operativo. Que nadie se mueva hasta que yo llegue.

—¿Qué pasa? —preguntó alarmada Marta.

Gómez colgó y marcó otro número. Le hizo un gesto a Marta para que esperase. Pilar Ortega contestó con voz ronca, como si la hubieran arrancado del sueño.

—¿Arturo? ¿Qué pasa?

—Tenemos una posible guarida de la sombra en Cabárceno. Necesito una unidad de asalto ya.

Un silencio breve al otro lado. Después:

—Los GEO están en Madrid. Puedo mandarte al Grupo Rural de Seguridad que tenemos en Cantabria. No son GEO, pero están bien preparados.

—Me vale. Que se planten en media hora en el punto de reunión. Y quiero un cordón discreto alrededor. Nada de luces ni sirenas. No puede olernos.

—Lo tendrás. Te paso al jefe del GRS para coordinar.

—Y otra cosa: cuidado con Marina Velasco. Si esto es la guarida de la sombra, puede intentar rematar cabos sueltos.

—Ya tenía dos agentes en la puerta y hemos puesto otros dos de paisano.

—Tal vez sea mejor que la cambiemos de lugar sin decir nada a nadie. Ni a sus padres. Que nadie acceda a ella sin identificación real y llamada previa al mando. Que nadie entre sin mi autorización personal.

Colgó. Gómez se apoyó un instante contra el coche. El metal estaba helado, y la vibración de la tormenta se le metía en los huesos. Luego se giró hacia Marta, que lo miraba con el pelo un poco alborotado.

—¿Otra vez a la carretera? —preguntó ella.

—Sí. Y esta vez no vamos a un hospital. Vamos a cazar a la sombra.

—La sombra —repitió Marta con una sonrisa—. Me gusta.

—¿Es tu primera caza?

Marta asintió y no pudo evitar sonreir.

El inspector abrió la puerta y se dejó caer en el asiento. El parabrisas era un campo de batalla entre la lluvia y el viento. Arrancó y se incorporó al tráfico. Miró el cielo. La tormenta, que hasta entonces parecía contenida, empezó a romper con más fuerza.

Marta no habló durante los primeros minutos. Miraba la carretera como si esperase ver aparecer algo entre la lluvia. Su primera caza. No pudo evitar tocar su arma reglamentaria y en aquel momento sintió lo que de verdad significaba ser policía.

Gómez conducía con las manos fijas en el volante, demasiado consciente de que cada kilómetro les acercaba a una respuesta o a otra trampa.

Mientras avanzaban hacia el sur, Santander quedaba atrás como un cascarón vacío.

Al fondo, más allá de los montes oscuros, el parque de Cabárceno dormía bajo la tormenta, con sus carreteras serpenteantes, animales exóticos y lomas interminables.

Entre esas colinas, escondida a plena vista, estaba la guarida de la sombra.

Alguien que les había tenido acorralados durantes semanas.

Y esa noche, Gómez sintió que lo tenía acorralado.