60. La imagen en el espejo
La oficina de Dani poco a poco se había ido convirtiendo en un amasijo de cables, ordenadores, pantallas y cuadernos.
Había improvisado allí dentro una esquina donde analizaba los vídeos en varias pantallas que las había colgado en la pared.
Más que un informático parecía un analista de Wall Street.
En el centro de todo aquel caos de pantallas, sentado en una silla de gaming estaba Dani vigilando todo.
No parecía un chaval de la ESO cuando trabajaba así.
Se movía con la concentración de un cirujano, sin prisa aparente, pero con las manos exactas.
Tenía los ojos enrojecidos de tantas horas mirando píxeles.
Gómez se quedó de pie a su espalda, sin decir nada.
Marta había ocupado el otro extremo de la oficina, con los brazos cruzados, e Iván, apoyado en una columna, observaba el conjunto con esa mirada de quien ha visto muchas salas de análisis y sabe que las respuestas pueden saltar en cualquier momento.
—Lo de Ethan era una madriguera —dijo Dani al fin, sin apartar la vista del portátil—. Un archivador hecho persona.
No levantó la cabeza. En la pantalla, un árbol de carpetas se desplegaba como un mapa de carreteras secretas: fechas, iniciales, nombres de hoteles, números de cuenta, directorios cifrados con etiquetas tan neutras que daban miedo.
—¿Has encontrado algo que nos sirva o estamos perdiendo el tiempo? —preguntó Gómez con voz áspera.
Dani hizo una mueca.
—Estamos perdiendo el tiempo desde que nacimos, inspector. Pero sí: he encontrado cosas.
Marta se tensó al oír el tono. No preguntó. Si encontraban algo importante en los vídeos de Ethan tal vez podría ser el nexo de unión que ahora les faltaba.
Dani conectó el portátil a la pantalla grande. Apareció un vídeo detenido en negro.
—Ethan grababa a Marina —dijo, y por primera vez miró a Gómez—. No hablo de un par de clips sueltos. Hablo de una colección.
Gómez no parpadeó.
—¿Cuántos?
—Decenas y por lo que he visto, parece estar drogada.
—Sumisión química —insinuó Marta.
—Ahora lo veréis —respondió Dani—. Tiene toda la pinta.
Dani abrió una carpeta. Varios archivos con nombres anodinos: “FIESTA_03”, “M_12”, “NOCHE_OK”.
Pulsó uno. La imagen apareció unos segundos: una habitación con luz cálida, una cama sin hacer, el sonido de una respiración.
Dani avanzó con el cursor y detuvo el vídeo antes de que el contenido se volviera explícito.
—No hace falta —murmuró Gómez al cabo de unos segundos cuando era evidente lo que estaban presenciando, y se le notó un pequeño temblor en la voz, más por rabia que por pudor.
Dani asintió.
—Lo he revisado por encima. Lo justo para saber qué es y dónde mirar. No voy a poner esto entero aquí.
Gómez se inclinó un poco hacia la pantalla.
—¿Son todos iguales?
—No. Hay uno que quiero que veas, no porque sea diferente sino porque puede darnos una pista.
Gómez lo pensó.
—Con esto ya tenemos conexión con Marina. Eso nos da móvil, contexto…
—Nos da a Marina —interrumpió Marta—. Pero no nos da a la sombra. Salvo que sea él mismo, pero no tiene sentido. Murió el primero.
Gómez asintió. Algo se le escapaba.
—Eso mismo pensé yo.
Dani abrió otro archivo. Esta vez, la imagen empezó en un baño. Se veía un espejo empañado, una encimera, una luz blanca que hacía la escena más desagradable. La cámara se movía con torpeza, como si alguien estuviera ocultándola o tratando de captar un ángulo sin ser visto.
Dani adelantó, detuvo, volvió a adelantar.
—Este es —dijo—. Aquí Ethan no solo graba. Aquí está como buscando algo.
En el vídeo, el encuadre tembló y se desplazó, rápido, y durante un instante —un parpadeo— la cámara pasó frente a un espejo del pasillo.
—Ahí —susurró Dani.
La imagen ya había pasado. Dani retrocedió. Un segundo. Otro. Lo detuvo. Luego retrocedió fotograma a fotograma con la paciencia enfermiza de quien sabe que una vida puede depender de un pixel.
—Mira —dijo, y señaló con el dedo.
En la pantalla, el espejo mostraba apenas un reflejo imposible: una figura al fondo, cortada por el borde, como un fantasma mal encuadrado. No se veía una cara completa. No se veía casi nada. Solo una presencia: pelo oscuro, un gesto, un hombro.
Marta se inclinó. Gómez también.
—Eso podría ser cualquiera —dijo Iván.
—Podría —admitió Dani—. Si lo miras así.
Dani hizo clic y exportó ese fotograma. Lo amplió. La imagen se rompió en grano, bloques y sombras.
—Aquí entra lo divertido —murmuró.
Gómez señaló a la pantalla.
—¿Lo podemos…?
—¡Sí, jefe!
Dani abrió un programa a toda velocidad. En la interfaz apareció un conjunto de herramientas. Conectó la imagen y la subió al programa.
—Esto, en crudo, es basura —dijo—. Pero hay modelos que no “inventan” como los filtros cutres. Reconstruyen a partir de patrones, bordes y luz.
—¿IA? —repitió Marta, como si esa palabra le produjera rechazo.
Dani la miró y asintió.
—Ahora todo es IA. Nos guste o no. Pero esto es un poco más avanzado.
Gómez respiró hondo. Notaba el cansancio de todos estos días de trabajo sin parar. Por un instante, pensó en Mini y Maya. Los echaba de menos.
—Como prueba judicial necesitaríamos validarlo con peritos y comparación biométrica formal. Pero para tirar de la investigación, inspector, esto puede funcionar.
Dani trabajó en silencio. Ajustó parámetros, marcó zonas: contorno del rostro, línea de mandíbula, sombra del pelo. El programa procesó. Primero, una versión ligeramente más nítida. Luego otra. Luego una tercera que ya parecía una imagen, no un accidente.
Pero aún faltaba. El reflejo seguía siendo algo indistinguible.
—¿Seguro que va a funcionar? —preguntó Gómez.
Dani chasqueó la lengua, fastidiado.
—Necesito darle contexto —dijo.
Abrió otro módulo. Cargó referencias de iluminación similares, ajustó la temperatura de color para que coincidiera con el vídeo, corrigió el ángulo del espejo para compensar la distorsión.
El ordenador renderizó todo aquello. El ventilador del portátil se puso a gemir escupiendo oleadas de calor.
En la pantalla, un círculo de progreso avanzaba despacio. Dani no parpadeó.
Marta se dio cuenta de que estaba conteniendo la respiración.
—Vamos… —susurró Dani.
La imagen cambió de golpe. De repente, el grano se ordenó. La sombra se convirtió en piel. Los bordes se volvieron líneas. Y allí, con bastante nitidez, apareció un rostro.
Un rostro que Gómez había visto en fotos, en vídeos, en informes. Un rostro que había tenido una historia demasiado larga para seguir siendo solo una sospecha.
—No… —dijo Marta, muy bajo, como si el sonido pudiera romper la pantalla.
Dani tragó saliva.
—Sí.
Felisa Beltrán los miraba desde el reflejo congelado. Estaba ahí como se está cuando uno cree que nadie lo ve: la cara sin máscara, el cuerpo ligeramente girado, la expresión de quien vigila.
Gómez se inclinó más, intentando confirmar que la imagen efectivamente era la de Felisa.
—Ella debía de saber que Ethan grababa —afirmó Gómez todavía incrédulo.
—No me extrañaría que incluso saliera ella en algún vídeo —comentó Marta.
—No lo sé —dijo Iván.
Dani abrió una carpeta y luego otra y mostró fotos de Felisa. Puso ambas imágenes en la pantalla para poder comparar.
—Si hiciéramos comparación biométrica con las fotos de su DNI y con imágenes de Valdecilla y estas otras. Pómulos, distancia interocular, línea del mentón. No es un “se parece”. Es ella.
Iván dejó escapar un “joder” casi inaudible.
—¿Estás completamente seguro? —preguntó Gómez.
—Para mí es Felisa, pero la imagen no basta. Necesitamos algo más sólido.
Marta se apoyó en la mesa. Se le había ido el color de la cara, pero no apartaba los ojos.
—Entonces no era solo la loca del exoplaneta —murmuró—. Esta tía puede estar implicada en el diseño del juego junto con Ethan.
Gómez no respondió. Aún así, le pareció que las piezas no encajaban bien. Felisa había sido muchas cosas, sí. Pero aquel reflejo no era de alguien descompuesto. Era de alguien atento. Presente. Oculto y sobre todo astuto.
—Esto cambia todo —dijo Gómez—. Si ella está implicada ya tenemos al menos un punto de partida desde donde tirar. Porque ahora no es teoría. Estaba allí. Con Ethan. Con Marina. En los vídeos. Sin embargo…
—¿Sigue sin ser suficiente? —preguntó Marta.
—Sí y no —respondió Gómez.
El inspector sintió que una parte de la investigación se desmoronaba hacia atrás.
Felisa llorando. Felisa hablando del exoplaneta.
Felisa temblando, perdida, rota, supuestamente incapaz de sostener la mirada más de tres segundos.
Todo aquello acababa de cambiar de significado.
Ya no sabía qué parte era enfermedad, qué parte era miedo y qué parte era teatro.
Y esa era la peor posibilidad: que todos hubieran confundido una máscara con una herida.
El inspector cogió el móvil.
—Localización de Felisa. Ahora.
Marta ya estaba marcando por su cuenta.
—Su teléfono está apagado —dijo tras escuchar a la operadora—. No registra señal. Voy a llamar a los polis que están custodiando su caravana.
A Gómez se le tensó la mandíbula. El silencio del búnker, de pronto, se hizo más tenso.
Era cierto que el caso se redefinía y estaba acostumbrado a esos cambios bruscos, pero había que tomarlos con tranquilidad.
Felisa podría haber asesinado a Luis por una cuestión simple de supervivencia o tal vez por la necesidad de reunir más dinero para sus descubrimientos o tal vez nada tuviera sentido y era alguien capaz de matar por dinero sin ninguna intención.
Le hubiera podido retener más tiempo, pero no había podido.
No tenía nada contra ella. No había pruebas y el vídeo no era suficiente.
Pero su desaparición ahora cambiaba todo.
Una cosa era que Felisa hubiera sido la novia de Ethan.
Otra muy distinta era que apareciera oculta en un vídeo de Marina y apagara el móvil justo cuando ellos la encontraban.
Entonces entró una llamada.
El móvil de Gómez vibró. En la pantalla: LAURA.
Contestó.
—¿Qué pasa?
La voz de Laura llegó nerviosa, casi sin aire.
—Me acaba de entrar lo de Cabárceno. Estoy cruzando consumos y antenas desde Jefatura. Hay una finca que no me gusta nada. Rogelio va de camino para verificarla sobre el terreno.
Gómez cerró los ojos un instante. El mundo parecía estar intentando partirse en dos a la vez. Dos piezas. Dos direcciones. Dos fuegos.
Abrió los ojos.
—Miradlo bien —ordenó—. Chequea todo: consumos, señales, basura y cuando estés segura me llamas.
Colgó sin despedirse. Miró a Marta y a Iván. Luego señaló la pantalla con el reflejo de Felisa. Esa imagen parecía encerrar un significado oculto.
—Felisa ha desaparecido —dijo Marta—. La patrulla que vigila su casa acaban de entrar en la caravana y no hay nadie. Se ha debido de marchar. Y ahora sabemos por qué.
Gómez la miró.
—¡Dios!
—¿Qué hacemos?
Gómez respiró hondo. Un segundo. Dos. El inspector cansado desapareció; quedó el hombre que toma decisiones aunque luego le persigan de noche.
—Nos dividimos.
Iván alzó una ceja.
—No me gusta nada esa frase.
—A mí tampoco —gruñó Gómez—. Pero no podemos permitir que ninguna de las dos piezas se nos escape.
Se volvió hacia Iván.
—Quiero un operativo. Orden judicial. Detención de Felisa. Hoy. Ya. Comprobar su móvil. Si ha cometido un fallo la pillamos.
Iván abrió la boca, pero la cerró. Asintió con seriedad.
—Entendido.
Gómez miró a Marta.
—Tú conmigo.
Marta no preguntó. Ya sabía.
—A Cabárceno —dijo ella.
—A cazar a la sombra —confirmó Gómez.
Dani se levantó por primera vez desde que habían empezado. Tenía la espalda rígida y los ojos encendidos.
—Inspector… —dijo—. Esa imagen… tal vez no sea casualidad. Si Ethan la grabó, lo hizo por algo. Y si Felisa está ahí, es porque forma parte de esto. No es una víctima.
—¡Buen trabajo Dani!
Gómez guardó el móvil y miró la pantalla por última vez. Felisa seguía allí, congelada, mirando a ninguna parte, esperando que tal vez algún día alguien la encontraría.
—Hoy se acabó el juego de las sombras —dijo Gómez, y su voz sonó más a promesa que a amenaza—. Hoy vamos a saber quién coño es.