59. Cloruro de Zinc
—Inspector Gómez.
Al otro lado se escuchó una voz neutra y profesional:
—Soy el doctor Barea, del Hospital. Tiene que venir de inmediato. Marina Velasco ha intentado suicidarse.
Gómez se incorporó de golpe. La sangre le martilleó las sienes.
—¿Qué?
El inspector no escuchó más. Se vistió a la carrera, poniéndose la chaqueta encima de la camisa arrugada. Salió al pasillo. Fue directo a la habitación de Marta. Golpeó con fuerza.
—¡Marta! ¡Nos vamos! Han llamado de Valdecilla.
Silencio. Empujó. La cama estaba hecha, intacta. La habitación vacía.
—¡Joder! —escupió, golpeando el marco de la puerta.
Giró sobre los talones y corrió al cuarto de Iván. Abrió sin llamar. El hombre apareció sentado en la cama, con un pijama de franela a rayas azules y el pelo aplastado a un lado.
—¡Iván! Vístete a toda hostia que nos vamos. Marina ha intentado quitarse la vida. ¡Muévete!
Iván saltó como pudo, despojándose de las sábanas. Marta apareció en la cafetería. Ya había desayunado y estaba más que despierta.
—Yo conduzco —exclamó Marta.
—¿Dónde estabas? —preguntó Gómez.
Marta le miró con media sonrisa.
—¿Ahora eres mi padre o qué?
—¡Vale! No he dicho nada.
El coche policial atravesó la ciudad aún medio dormida, mientras los barrenderos limpiaban las calles. Poco a poco el sol iba apareciendo con un naranja intenso que se explayaba sobre la bahía. La sirena del coche producía un sonido estridente.
—Quita la sirena joder —vociferó Gómez.
Marta le obedeció.
Gómez iba en el asiento del copiloto con un café en la mano y atrás estaba Iván que no terminaba de despertar callado y apoyado en el cristal.
Cuando por fin llegaron a Valdecilla, el hospital se levantaba como una mole blancuzca, amenazada por un cielo de plomo. Entraron a toda prisa. Una enfermera de bata verde les salió al paso y, mientras caminaba por el pasillo con ellos pegados a los talones, les informó:
—La paciente ha sido estabilizada.
—¿Cómo se encuentra?
—Bien, ya no corre peligro.
Gómez no la escuchaba: solo quería verla. Empujó la puerta de la habitación.
Dentro estaban los padres de Marina. El padre se volvió hacia él con los ojos inyectados de furia. Marta se detuvo asustada.
—¡Esto es culpa suya! ¡Usted la ha perseguido, la ha acosado, la ha empujado a esto!
El inspector aguantó el envite y no se detuvo. Tampoco respondió. No podía perder ni un segundo en discutir. Entró sin mirar atrás. Hizo un gesto al policía de guardia.
Marina estaba pálida, con un tubo en el brazo y la piel sudorosa. Al verle, giró el rostro con una mezcla de cansancio y orgullo.
—No tienes derecho a estar aquí —murmuró.
Gómez se acercó a la cama.
—Tenemos derecho a la verdad Marina. Sabemos lo que hiciste.
Ella cerró los ojos.
Mientras, el policía de guardia trataba de sacar a los padres de la habitación que no se querían ir y protestaban. Marta no sabía dónde meterse. Iván permanecía en pie mirando la escena.
—Fue legítima defensa. Carrasco me atacó. Yo solo me defendí.
El inspector no se movió.
—Entonces ¿por qué borraste las huellas?
—¿Qué? —dijo con la voz débil Marina—. No tenéis ninguna prueba.
—El extintor muestra que alguien intentó borrar todas las huellas, pero se olvidó de pasar la toalla por la base.
Marina guardó silencio. El monitor cardíaco marcaba un ritmo estable. La chica respiró hondo. Le hubiera gustado estar más presentable.
—Debo de estar horrible.
—Eso ahora no importa Marina —insistió Gómez—. Mira, nos tienes que ayudar. No sé por qué demonios no nos cuentas la verdad. Si alguien te obligó a hacer algo…
—La justicia no protege a nadie —le interrumpió Marina que estaba dolorida—. Y yo no pienso dejar mi vida en manos de un juez.
Gómez la miró fijo, sin pestañear. Marta tenía el corazón a mil. Ella se hubiera quedado paralizada y no hubiera sabido qué preguntar.
—Alguien vino a verte, ¿verdad? —dijo el inspector.
Marina dudó, luego asintió apenas.
—No lo recuerdo.
—Mientes.
Marina giró la cabeza hacia la ventana. Durante un momento, la máscara que llevaba se le cayó. El pasar tantas horas tumbada en el hospital sin nada que hacer, la habían deformado la cara. Su expresión estaba congelada. No trasmitía ningún tipo de emoción y eso la convenía.
—Hay cosas que no entendéis —dijo.
—Entonces explícanoslas.
Marina soltó una risa débil. Más que una risa, fue una mueca.
—¿Para qué? ¿Para que las metáis en un informe? ¿Para que un juez decida si soy víctima, asesina o una puta loca?
—Para protegerte.
Ella volvió a mirarlo. Ya había recuperado el orgullo.
—No podéis proteger ni a los vuestros —dijo mirando a Marta—. ¿Cómo vais a protegerme a mí?
Gómez quedó un momento en silencio. Comprendió que o se estaba tirando un farol o sabía lo de Marta y la habitación del pánico. ¿Cómo se había enterado? Tal vez tuviera razón y nadie estuviera de verdad a salvo. Luego se giró, sin añadir más.
—Tenéis que comprobar las cámaras del hospital y el libro de visitas —le dijo a Marta—. Hacedlo lo antes posible.
En el pasillo, los padres lo esperaban con los ojos ardientes.
La madre lo señaló con un dedo tembloroso.
Marta caminaba tras él, escudándose en su protección, desbordada por los acontecimientos, casi lo mismo que Iván que pese a haber estudiado en el FBI, nunca había vivido una situación tan tensa.
—La habéis roto —dijo la madre—. La habéis roto entre todos.
Gómez tragó saliva. Quiso replicar, pero no. No había palabras que no se volvieran contra él. Quiso sentir empatía por los padres, pero no lo logró.
Apareció el doctor Barea y los guió a un despacho. Cerró la puerta y se sentó, cruzando las manos.
—La hemos estabilizado y está fuera de peligro. Pero hay algo extraño: lo que le administraron no era cianuro.
—¿Cómo que no? —saltó Gómez, todavía con el pelo revuelto.
—El análisis toxicológico muestra trazas de cloruro de zinc disuelto. Provoca vómitos, dolor abdominal agudo y ardor. Pero no es letal en esa dosis.
—¿Seguro que no es cianuro? —insistió Gómez.
—El cianuro habría colapsado su sistema en minutos. Es cloruro de zinc, mucho menos letal, pero aún así, es una intoxicación corrosiva grave, muy dolorosa, pero ha tenido la suerte de que la dosis administrada ha sido baja.
—¿Cómo que suerte? —preguntó Marta.
—Está viva porque la vía se obstruyó —dijo el doctor Barea—. La sustancia no llegó a entrar completa en el torrente sanguíneo. Si hubiera pasado entera, no estaríamos hablando aquí.
Gómez se quedó inmóvil.
—Entonces no era una escenificación —murmuró Marta.
El inspector no respondió al instante. Miraba un punto fijo del suelo.
—No. Eran las dos cosas —dijo al fin—. Una escenificación de suicidio para tapar un intento de asesinato.
Marta lo entendió al instante.
—Nos ha engañado —susurró Gómez mirando al infinito.
El médico lo miró, extrañado.
—¿Quién haría algo así?
—Alguien que no quiere matar solo a una persona. Quiere dirigir la escena completa. La víctima, los testigos, las pruebas, nuestra reacción… todo.
Marta tragó saliva.
—Pero esta vez ha actuado directamente.
—Sí —dijo Gómez—. Y aun así ha conseguido que casi parezca un accidente clínico, un intento de suicidio o una decisión de ella. Ese es el problema. No evita el delito. Lo disfraza.
El inspector se llevó las manos a la cara.
—Quería que pareciera un suicidio cuando realmente ha sido un asesinato. Quería que pensáramos que estaba al borde de hacerlo. Una jugada más —dijo pensativo el inspector—. ¿Os dais cuenta de lo que hace?
Gómez se levantó despacio, parecía que hubiera ganado de pronto diez kilos.
—Está jugando con todos. Con ella. Con nosotros. Con el puto azar.
Marta lo sabía. Aquella era una forma de matar muy elaborada.
Tan maquiavélica que ni siquiera estaban seguros del todo que fuera un error o si ese error lo había calculado.
Iván escuchaba atento y hasta en cierto modo fascinado debido a su juventud.
El primer nombre que le había venido a la cabeza fue el de Charles Manson, el loco que hacía que otros mataran, pero aquello era distinto.
La sombra no se limitaba a convencer. Construía el escenario, movía las piezas y, cuando hacía falta, tocaba el mecanismo con sus propias manos.
Gómez salió del despacho sin apenas despedirse, estaba ausente, pensativo. Se sentía contrariado y frustrado. Caminaba con pasos firmes, aunque cada uno le pesara como plomo. La partida seguía. Y la sombra iba ganando.
Iván y Marta le seguían a distancia en los blancos pasillos de Valdecilla, rodeados de médicos, enfermeras y pacientes, en un entorno que estaba próximo a la muerte, sí, pero en donde todos trabajaban al unísono para mantenerla lejos.
Al salir se encontraron con los policías de guardia que, ansiosos, les estaba esperando. Uno de ellos habló.
—Le dejé pasar porque estaba en la lista de familiares. Comprobé el carné. Estaba todo en orden.
—Ya —dijo Gómez—. Has hecho lo correcto, no te tortures.
El policía le pasó una carpeta.
—Me he encargado de hacer un retrato robot y he apuntado todos los rasgos que soy capaz de recordar.
—Gracias.
Marta cogió la carpeta y la abrió. Allí estaba. Con gafas de sol. Una cara que les miraba desde las sombras y se estaba riendo de ellos.
—¿No hay cámaras en este pasillo del hospital? —preguntó Gómez.
—Sí hay —contestó el policía—, instalamos una cámara por seguridad, pero alguien la desconectó y borró parte de la grabación. Pero…
Gómez lo miró fijamente.
—¿Qué?
—Hay una parte que no se ha borrado.
El policía lo tenía preparado en un ordenador portátil. Abrió el fichero y se lo mostró a Gómez. Marta e Iván se arremolinaron en torno a él. En el vídeo se veía a Marina inyectándose una sustancia. Luego deja la jeringuilla en la mesa y se gira.
—Esto cambia toda la escena —dijo Gómez—. No fue la sombra quien lo inyectó. Fue ella. De nuevo, no ejecuta. Solo dispone las cosas.
—Lo mismo que en el hotel —añadió Marta.
—En la carpeta está el poema que dejó junto a la jeringuilla —dijo el policía.
—¿Puedes leerlo? —le dijo a Marta.
Marta leyó en voz alta.
Al borde estás, y no lo sabes.
Crees que eliges, pero es ilusión.
El final apunta con determinación.
Cuando mueras puede que nazcas.
Y si abres la herida,
No siempre hay salida.
Gómez miró a Iván.
—¿Tú no conocías a una filóloga forense?
—Sí.
—Quiero que la contactes —dijo Gómez—. Que compruebe si este texto ha sido escrito por la misma persona que escribió los de la herencia.
Gómez pensó un rato.
—Que los estudie todos. Que nos diga si hay algo que nos hemos pasado por alto.