El búnker (La Herencia 2) 58. Buscando un exoplaneta
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58. Buscando un exoplaneta

Felisa había dormido mal. Desde que salió del hotel no había pasado un solo día que no tuviera pesadillas y se despertara en mitad de la noche, en su caravana, pensando que estaba muerta. Era una sensación angustiosa. Una noche incluso soñó que no podía respirar.

Abrió la puerta unos centímetros. Allí estaban los policías. Despiertos. Vigilantes. Felisa los saludó con una inclinación mínima y cerró de nuevo. Observó la ventana. Al otro lado, el bosque parecía una masa inmóvil.

Tenía el dinero y eso era lo importante.

Lo demás podía esperar. Buscó en el dobladillo del pantalón vaquero.

Allí estaba. Una llave diminuta y junto a ella una pequeña bolsita transparente con un polvo blanco dentro.

Era su reserva y había esperado unos días para no agotarla.

Ahora que estaba bajo el radar policial era imposible ir a visitar a su camello de Santander.

Aspiró con fuerza. Su mente se recolocó y de pronto volvió a sentirse rápida, precisa e invulnerable.

Un caza de guerra. Ahora sí podía pensar con claridad.

Fue a la parte de la cocina y se hizo un café.

Abrió una bolsa de croissants con crema.

Tuvo que hacer un esfuerzo por no comérselos todos.

El diazepam la dejaba relajada y le permitía dormir algo.

Ya no tomaba la medicación. Y eso hizo que viera todo su proyecto con mucha más claridad.

En la mesa tenía un cuaderno. Estaba lleno de dibujos, fórmulas matemáticas y algunos textos. Cada vez estaba más cerca. Miró el listado. Cada uno de ellos tenía un perfil y el coste total por día. Realmente, en la mayoría podría dedicar mucho más tiempo del que había estimado.

Pensó en contratar a alguien. ¿Pero cómo le iba a contar todo esto?

Fuera vio unas luces. Eran azules y estaban frente al bosque. Entornó los ojos y trató de distinguir si eran coches de policía. Miró el cuaderno. Observó el maletín con el telescopio. Pasó su mano por la negra superficie.

Llamaron a la puerta.

Recogió todo y esperó unos segundos.

Volvieron a llamar. Felisa por fin abrió. Se encontró con el inspector y con Marta. Miró brevemente a Marta. Al principio no la reconoció pues no llevaba nada de maquillaje.

—Hola. ¿Qué ocurre?

—Felisa nos tienes que acompañar.

Habían entrado en el terreno acompañados por varios policías con la correspondiente orden judicial. Felisa se mostró sorprendida, pero no asustada.

—¿Puedo llevar mi cuaderno?

—Sí.

—¿Y mi telescopio?

—No.

Hizo una mueca de frustración. Estaba callada asintiendo con la cabeza. Con los ojos muy abiertos. Nadie sospechó que acababa de esnifar coca. Le pusieron los grilletes y se la llevaron en uno de los coches custodiada por dos policías.

—¿Crees que encontraremos algo? —preguntó Marta a Gómez mientras subían a Felisa al coche policial.

—No, si hay algo que valga la pena, eso lo tenía Ethan, pero ya sabemos su naturaleza, ahora lo que nos falta es saber quién —respondió Gómez.

Marta suspiró. Se encontraba perdida. El caso avanzaba demasiado rápido, pero ella observó a Gómez. A él no le parecía afectar la velocidad. Era un perro viejo.

Todavía la sala de interrogatorio del búnker olía un poco a pintura. Era de un color verde oscuro y la luz blanca creaba un entorno desapacible. Justo lo que se pretendía. Lo habían situado en una de las esquinas del almacén. Era una habitación pequeña y claustrofóbica.

Felisa parecía cansada y deprimida. Su mirada achinada, a pesar de todo, le otorgaba un aire esotérico y juvenil.

—Nos dijiste que no habías matado a nadie en el hotel —razonó Marta.

Tanto Marta como Gómez esperaron en silencio.

—Yo no he hecho nada. Lo que quiero ahora es un abogado. Mientras tanto no pienso hablar.

Se cruzó de brazos y bajó la mirada.

—Necesito ir al baño.

Una policía la acompañó.

Cuando llegó el abogado, retomaron el interrogatorio.

—¿Estás segura de que quieres mantener tu relato? —preguntó Marta.

Felisa evitó mirarla a los ojos.

—Mi clienta mantiene su declaración —intervino el abogado—. Y no responderá a insinuaciones.

Marta le puso el vídeo. Colocó el portátil delante de ellos y les dio a la tecla play para reproducirlo. Apareció la secuencia donde se veía a Felisa entrar en su habitación, salir, llamar a la de Luis, entrar y al cabo de un tiempo salir otra vez.

—En el vídeo no se ve a mi defendida haciendo nada ilegal —puntualizó el abogado.

Gómez lo sabía. Ya lo había visto muchas veces. No había huellas en el punzón y algo debió de hacer con la suela de los zapatos porque no había rastro de sangre de Luis. En el fondo no tenían nada.

—¿Para qué entraste en la habitación de Luis? —preguntó Gómez.

—Escuché ruidos, pensé que le podría pasar algo. También tenía miedo, no quería estar en el pasillo.

—¿En qué quedamos? —dijo Gómez—. ¿Escuchaste ruidos o tenías miedo?

—Las dos cosas.

—Mire —puntualizó el abogado—. Ambas respuestas no son incompatibles. Mi cliente pudo tener miedo, lo que es más que razonable y al mismo tiempo pudo haber escuchado ruidos.

Marta suspiró y apuntó algo en su cuaderno. Los dos se tragaron la explicación del abogado con resignación. Miró a Felisa directamente a los ojos. La notaba cambiada desde la última vez.

—Bien, Luis te abrió y ¿de qué hablaste?

—Le pregunté si estaba bien y me dijo que sí.

—¿Por qué te fuiste?

—Porque consideré mejor ir a mi habitación.

—¿Por qué?

—Tenía miedo de que alguien me pudiera hacer daño.

Gómez hizo un gesto con la boca de incomodidad.

—Mi cliente no tiene por qué dar explicaciones de su conducta —matizó el abogado.

Gómez asintió. Sabía que estaba en terreno vacío.

—Todo era una situación muy poco normal —explicó Felisa—. Estábamos todos nerviosos y paranoicos.

Marta apuntó algo. Luego se dirigió a ella.

—¿Qué son todos esos apuntes que hemos encontrado en ese cuaderno? —preguntó.

—Espero que tengáis cuidado con toda esa información. Es de un valor incalculable. Cuando terminéis me gustaría tenerlo de vuelta.

Felisa hizo una pausa. Luego miró a su abogado. Él asintió.

—Es mi proyecto de investigación. Estoy investigando un posible exoplaneta —comentó Felisa.

—¿Un exoplaneta? —profirió Marta como si nunca lo hubiera escuchado antes.

—Sí. ¿No lo saben?

—¿El qué?

—La Tierra se va a terminar.

Gómez y Marta se miraron, pero ninguno abrió la boca.