57. El vídeo de Felisa
Laura cerró la puerta del despacho con un golpe seco.
Acababa de tener una bronca con su marido y estaba de un humor de perros.
El cristal vibró un segundo y se quedó mudo, igual que el pasillo.
Dentro, solo estaban ella, Marta y Gómez.
La lámpara del techo zumbaba con un tono leve, como un mosquito atrapado.
—Me ha escrito alguien que estaba siguiendo a Maerus Investments, un amigo —dijo Laura, dejando el portátil abierto sobre la mesa—. Un analista financiero. Perfil técnico muy alto.
Gómez frunció el ceño.
—¿Maerus? ¿Y qué te ha dicho?
—Ha rastreado sus movimientos y dice que el dinero se está moviendo de forma agresiva. En capas, fragmentado, saltando de una sociedad a otra. Layering puro.
—Traduce.
—Que alguien está borrando huellas a toda prisa. Empresas que nacen y mueren en días, pagos que no van nunca en línea recta y parte del dinero entrando y saliendo por cripto. Lo justo para que no exista un origen claro.
Laura alzó la vista. Sonó su móvil con una vibración. No lo cogió.
—Y eso solo se hace cuando el que mueve el dinero está organizando algo muy gordo.
Marta cruzó los brazos.
—¿Puedes seguirlo?
Laura negó, seca.
—No de verdad. Todo son capas. No hay un beneficiario claro, ningún nombre al final del hilo. Cada vez que levantas una empresa aparece otra debajo. Es un laberinto.
Se inclinó hacia la pantalla.
—Usan pagos internos falsos, servicios que no existen, ajustes entre sus propias filiales. El dinero entra y sale, se compensa, se diluye y acaba siempre en la misma cuenta, en un banco pequeño de Estonia. Un sumidero.
—¿Y con eso no basta? —preguntó Marta.
—No para un juez español —respondió Laura—. No hay UBO identificado. Sin eso, no hay orden judicial que aguante.
—¿UBO? —preguntó Marta.
—Un beneficiario directo.
Laura tragó saliva. Miró fijamente a Gómez.
—Lo más inquietante —dijo Laura— es que Maerus no solo mueve dinero privado. Está recibiendo financiación pública. Y en cantidades brutales.
—¿Qué cojones dices? —preguntó Gómez.
—Lo que oyes. Y todo a través de proyectos europeos. Programas de análisis de riesgo, prevención del fraude, cooperación fiscal. En el papel es impecable. Consorcios, universidades, informes técnicos…
Laura alzó la vista.
—Pero el dinero acaba siempre en las mismas sociedades.
La puerta crujió. Dani asomó la cabeza con una sonrisa insolente y una bolsa de cheetos en la mano.
—¿Hablamos de finanzas o de El Señor de los Anillos? Porque yo, con tanto “UBO” y “capas”, sólo oigo “Sauron” y “Mordor”.
Laura ladeó la boca, a medias divertida, a medias harta. Marta rio.
—Hablamos de que está lavando dinero en esteroides. Y que lo hace para algo.
Gómez se inclinó hacia el portátil.
—¿Para qué necesita ese músculo? —murmuró—. ¿Qué está financiando? ¿Y qué cojones, por qué está moviendo tanta pasta?
Nadie respondió. El silencio se llenó con el rumor de las conversaciones de fondo del búnker.
En la pantalla del portátil, el diagrama de flujo parecía una telaraña manchada de sangre.
Gómez imaginó un avión lleno de pasajeros.
Personajes que en algún momento habían desafiado la justicia.
Gente que de cara a la sociedad eran impolutos pero que por dentro estaban podridos.
Y en ese vuelo infernal, una afazata sacaría a un hombre en silla de ruedas y le pondría en mitad del pasillo y en lugar de recitar las normas de seguridad, les indicaría las nuevas reglas del juego.
Imaginó a los pilotos encerrados en la cabina, a los tripulantes horrorizados, a gente matando a gente…
Su imaginación se detuvo bruscamente ante las palabras de Laura.
—Se está financiando con dinero público. Las connotaciones que eso tiene ya son inimaginables.
A Gómez por un momento le hizo gracia. El crimen organizado usando fondos públicos.
El chiste se contaba solo. La sociedad que usaban para mover el dinero estaba como una locomotora trabajando.
Dinero que por otra parte no eran capaces de rastrear en condiciones.
Cuando se enteraban de algo ya era demasiado tarde.
Pero la estocada final venía del hecho de que la mente criminal estaba succionando el dinero de los malditos impuestos.
Dinero de todos los españoles para luchar contra una especie de injusticia global, pero que cada vez más era un dinero más alejado de la gente común.
Todo era una puta locura.
—Lo del aeropuerto fue un juego hasta cierto punto ingenioso —dijo Gómez, clavando los ojos en el gráfico—.
Un truco para tenernos corriendo detrás del señuelo.
Aunque si lo hiciera de verdad, no lo quiero ni pensar.
Si mueve dinero así, no es para huir. Está montando algo aún más grande. Algo que necesita mucha pasta.
Marta bajó la vista a su portátil. Tenía abiertos varios archivos en donde iba escribiendo cosas.
—¿Cuánto “más grande”, jefe?
—Tal vez un escenario no como lo del hotel —dijo Gómez— sino más bestia. Empiezo a pensar que lo del hotel fue una prueba a pequeña escala.
Dani carraspeó, encogiéndose de hombros.
—Pues nada, yo me quedo esta noche. Si quiere fuegos artificiales, veremos dónde compra la pólvora. Tengo que terminar el carving de los discos que recuperamos de la habitación del hotel. Si en alguna parte dejó migas, será ahí.
Gómez asintió.
—Marta, quédate con él. Laura, aprieta a Maerus: que pidan bloqueos cautelares donde puedan. No me importa si es domingo o si en Zug están esquiando. Quiero una maldita piedra en su engranaje. En algún lugar han tenido que meter la pata.
—¿Han tenido? —preguntó Marta.
—Empiezo a pensar que esto no puede hacerlo alguien solo.
Laura cerró el portátil con un chasquido.
—No descartes esa opción —dijo Laura—. La tecnología ha cambiado las reglas del juego por completo.
Dani asintió.
—Hoy alguien que sepa un poco puede liarla muy gorda con tan solo un ordenador —añadió—. La IA lo hace todo por ti.
A medianoche, el búnker era otro. Pasillos vacíos, fluorescentes encendidos, la máquina de café haciendo horas extras.
En su zulo, Dani había erigido una fortaleza de pantallas: tres frente a él, dos en vertical y una grande a la izquierda escupiendo líneas de comandos.
Los ventiladores soplaban aire para enfriar toda la estructura.
—Ya he terminado de copiar los discos —dijo Dani sin levantar la vista—. Los tengo montados para no tocar nada.
Hizo un par de clics rápidos.
—He sacado correos borrados y ahora estoy intentando recuperar vídeos. Si quedan restos, puedo reconstruirlos. Incluso versiones antiguas, si no las han machacado del todo.
Alzó la cabeza por primera vez.
—Si algo estuvo ahí, lo encontraré.
Marta, que se había quitado la americana y llevaba el pelo recogido en un improvisado moño con un lápiz, se sentó a su lado con dos vasos y una botella de vino abierta.
—No quiero oír ningún comentario negativo —dijo Marta—. Quiero oír que lo necesitas para trabajar.
—Lo necesito para trabajar —repitió Dani, solemne, mientras ella servía.
Brindaron sin decir nada. Afuera, el viento aullaba por algún conducto mal sellado provocando de vez en cuando que el búnker crujiera como un barco viejo. En el monitor izquierdo, una treintena de periódicos abiertos hablaban del caso del hotel Real.
—¿Duermes bien? —preguntó Marta, mirando las líneas que corrían por la consola, hipnóticas.
—Na. Poco —respondió él—. Y mal.
Dani tecleó un comando y dejó que el script trabajase. Se apoyó en el respaldo, giró la silla un poco.
—Cuando era crío —dijo— me ponía delante del televisor a quitarle el ruido a los VHS viejos de mi padre. No tenía ni idea de lo que hacía. Sólo me gustaba que de repente apareciera algo oculto. Una cara. Una voz. Creo que por eso hago esto: por el momento en que lo escondido decide volver.
Marta lo miró con curiosidad.
—Yo entré en la policía porque quería creer que la verdad tenía un sitio donde hacerse hueco. A veces pienso que ese sitio no existe.
—Existe —dijo Dani—. Es feo, huele a café y está lleno de bichos raros con ojeras. Pero existe.
Marta sonrió. Levantó la copa.
—Por los bichos raros.
Bebieron. El vino, morado casi negro, dejó una mancha en el cristal. Dani volvió a la pantalla. Empezó a hablar solo.
—Voy a rastrear los archivos en busca de cadenas de texto legibles. Si hay algo escondido o comprimido de forma extraña, los filtros deberían detectarlo.
Dani tecleó rápido, mientras la luz azul le dibujaba sombras en las mejillas y las cadenas de caracteres se reflejaban en sus pupilas.
—¿Te quedas?
—Me quedo.
El tiempo se fue dilatando. A la una y media, Marta estaba descalza, con los pies recogidos bajo la silla, el vaso en la mano, hablando de cualquier cosa que fuera el caso.
Dani reía más bajo, como si el búnker pudiera despertar.
A las dos, él le enseñó cómo una cadena de ceros delataba un sector todavía virgen.
A las tres, ella se inclinó para ver un gráfico y su pelo rozó su hombro. Él no se apartó.
—Marta —dijo entonces, muy quedo—. De todo el grupo, con la única que puedo hablar de verdad es contigo.
Ella alzó la vista. Había en sus ojos una fatiga distinta, algo humano que se había acumulado esa noche.
—Gracias Dani. No sé si esto va a terminar alguna vez —advirtió ella, como quien dice una contraseña que espera que sea falsa—. Pero por ahora, me llevo un buen recuerdo.
—Yo también —respondió Dani a punto de decir algo más.
Miraron la pantalla sin ruido. El cansancio les estaba ya engullendo. Marta soltó una risa mínima, incrédula.
—Estamos mal de la cabeza. Trabajando a estas horas.
—Ya —Dani apoyó su brazo en el de ella, un segundo medio en broma—. Y aún así…
Un pitido corto, eléctrico, cortó la frase como una navaja.
Los dos miraron al monitor central. En la consola, una línea verde había puesto: Found fragmented MP4: offset 7A3F. El script abría un reproductor de terminal. Una ventana nueva emergió con el primer frame de un vídeo.
—¡Vamos! —dijo Dani, y su voz ya no era la de hace un minuto.
Amplió. El grano era sucio, pero reconocible. Una habitación estrecha, paredes beige, una lámpara que parpadeaba. El audio entró con un pequeño pitido agudo, luego palabras ahogadas, un golpe. En el lado izquierdo, un cuerpo tambaleándose.
Marta apretó el vaso sin darse cuenta. La uña chocó contra el plástico.
—Súbelo.
Dani ajustó el volumen. El golpe siguiente fue un latigazo seco, una masa contra otra.
La cámara estaba fija, alta, con ángulo de vigilancia y modo de visión nocturna.
En la imagen, varias figuras se arrastraban por el suelo, desorientadas, tanteando las paredes como ciegos.
Felisa aparecía de pronto en el ángulo muerto del pasillo y chocaba contra Samantha.
Durante unos segundos no se entiende nada: sombras, brazos, un forcejeo torpe, cuerpos golpeando la pared, interferencias.
Después Felisa se separa de ella y echa a correr hacia su habitación.
Se mete. Sale vestida con un chubasquero y cruza el pasillo. Llama a la puerta de la habitación 405.
Dani no dijo nada. Rebobinó cinco segundos.
—La 405 era la de Luis —susurró Marta.
Dani sacó un plano de las habitaciones con los nombres y un montón de anotaciones hechas con boli.
—Tal cual. Mira aquí en la esquina. La cámara debía de estar aquí.
Dibujó un punto en el plano.
—¿Puedes hacer zoom? —dijo Marta, en un hilo. Su rostro se acercó aún más a la pantalla.
—Voy.
Dani amplió la imagen. Se vio el rostro de Felisa que parecía mirar a su alrededor.
El pelo recogido, el chubasquero que la queda grande.
En la mano lleva algo, un objeto metálico muy pequeño.
Golpea la puerta otra vez. Se abre, entra rápido y cierra.
No se ve más. Pasan unos segundos. Los demás o están quietos o se mueven tocando la pared.
—Dios mío —susurró Dani.
El vídeo sigue un minuto eterno. Luego Felisa sale de nuevo. Ahora sin el chubasquero. Se mete corriendo en su habitación y cierra la puerta.
Marta soltó el vaso. Se quedó vibrando sobre la mesa.
—¿Hora? —preguntó con un hilo de voz.
Dani tecleó.
—No sé. Los metadatos están rotos —su propia voz tembló—. Pero el timestamp del sistema la sitúa hacia las tres. Con margen de error, sí. Pero dentro de la ventana de la muerte de Luis.
Marta se pasó la mano por la boca.
—Esto lo cambia todo. ¿No?
—Supongo que sí.
Dani no se movió. Volvieron a mirar la pantalla. Rebobinó. Necesitaba verlo otra vez. Felisa, de nuevo en el cuadro, se detuvo un segundo antes de entrar. Dani activó aún más el zoom. En su rostro había determinación. Frialdad. Era pura decisión. Rabia afilada para esa noche.
El pitido cesó. La sala recuperó su respiración normal. Fuera, la noche cántabra permanecía silenciosa ajena al horror.
—Hostias —dijo Dani al fin, con una voz que no le habían oído—. Tenemos que llamar a Gómez.
—¿Ahora? —dijo Marta.
—Creo que sí.