El búnker (La Herencia 2) 56. El Silencio de Marina
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56. El Silencio de Marina

El pasillo del hospital estaba vacío y con la luz tenue.

En un punto había varias enfermeras hablando durante el turno de noche.

Se podían escuchar cuchicheos y alguna risa.

Dos agentes de uniforme, vigilaban la puerta de la habitación de Marina.

Uno de ellos estaba sentado en una silla metálica con un café caliente de máquina en la mano mientras que el otro permanecía de pie.

—Buenos días, agente —dijo con voz cordial—. Soy Jesús, primo de Marina. He estado abajo con el padre Ignacio y me gustaría dejarle estas flores un momento. No la molestaré más de cinco minutos.

El policía lo midió con suspicacia, pero el gesto impecable y la mención del sacerdote bajaron sus defensas. Miró en un listado que tenía.

—¿Jesús Velasco?

—Correcto.

—Déjeme el DNI.

El hombre sacó de una cartera de cuero su documento nacional de identidad y se lo facilitó. El policía lo inspeccionó, comprobó la foto y se lo volvió a entregar.

—Tiene cinco minutos.

El hombre sonrió y se inclinó en señal de gratitud.

—Se lo agradezco mucho.

Entró en la habitación y cerró la puerta con suavidad. Marina dormitaba, la piel pálida, los brazos inmóviles sobre la sábana. Abrió los ojos lentamente, confundida.

—Hola Marina, soy Jesús.

—¿Jesús? —murmuró, reconociendo solo la palabra, no el rostro.

El visitante dejó las flores sobre la mesilla. Luego sacó de la chaqueta un pequeño vial transparente con un líquido y una jeringa precargada. Con la calma de quien realiza un gesto rutinario, lo conectó a la sonda que entraba en la vena de Marina.

—No temas, prima —susurró, mientras presionaba el émbolo—. No vas a morir. Esto te dará un poco de tranquilidad.

El líquido entró en su cuerpo como un veneno frío.

Primero sintió un cosquilleo en las manos, luego un peso insoportable en las piernas, y finalmente el aire se le quedó atascado en la garganta.

El pánico la inundó, pero no podía mover bien ni un solo músculo.

Solo los ojos seguían vivos y desorbitados.

Intentó quejarse, protestar, pero de su garganta solo salieron ruidos guturales incomprensibles.

El visitante se sentó a su lado, acomodándose como si viniera a charlar tranquilamente.

—Todos creen que la verdad está al alcance de la mano. Pero tú no vas a librarte. Mataste a Carrasco, y no precisamente en defensa propia. Casi todos te verán como un monstruo.

La habitación emanaba una extraña paz. Se escuchaba un sonido de una máquina que vigilaba las constantes vitales. Marina yacía en la cama como una figura de cera, bella y vacía. El cuerpo entero quieto, vencido. Solo los ojos se movían. Trataba de hablar, pero le salían frases mal construidas.

No parpadeaba con naturalidad. No tenía voz. No había risa. El rostro seguía siendo el de una mujer deseada, pero los músculos faciales no le respondían bien, solo a veces. Era un espectro perfecto. Una diosa encerrada en un sarcófago de carne.

En la pantalla de la habitación, una televisión sin sonido mostraba imágenes de un incendio. El mundo seguía ardiendo.

Sus dedos acariciaron el borde del vaso de agua de la mesilla.

—Sé que descubriste las cintas. Y sé que intentaste destruirlas.

Marina quería gritar, negar, huir, pero estaba atrapada en un cuerpo mudo.

—mmmmm —dijo alarmada.

—Todo lo que has hecho te volverá —continuó él con una sonrisa tranquila—. Soy un fantasma en los papeles. Pero aquí estoy, y te aseguro que nadie más vendrá a salvarte.

Marina lo miró. Estaba aterrorizada. Un leve brillo en sus pupilas fue su única reacción. Ninguna alarma sonó. Nadie gritó. Estaban solos.

—Pensé… —se interrumpió, pensativo—. Pensé en ti cada maldito día. Y también pensé en esto.

Sacó una pequeña caja del bolsillo de la chaqueta. Dentro, una jeringuilla. El líquido era transparente.

—El cierre perfecto. Nadie sabría nada. Te dormirías, al fin. Y el mundo seguiría creyendo que todo fue un accidente.

Los ojos de Marina no se cerraron. Seguía mirándole angustiada, intentando hablar, pero carecía de fuerza de voluntad. Era una mirada sin lágrimas, sin súplica. Solo verdad. Una verdad oscura y huérfana.

Respiró hondo.

—No sabes lo difícil que es. Amar a alguien que solo se ama a sí misma es como beber sal para calmar la sed.

Dejó la jeringuilla sobre la mesa. Se inclinó hacia ella. Le habló muy cerca del oído.

—No voy a matarte. No, Marina. Tienes la opción de elegir. Y eso es lo mejor que te puede pasar. Eres libre de decidir tu destino.

La voz se le quebró. Se pasó la mano por los ojos. Luego, recuperó la calma.

—Ya está hecho. La herencia. Las muertes. Las verdades. El inspector ya está muy cerca. Y cuando venga, yo también estaré listo.

Cogió la jeringuilla. La miró. Luego, la metió de nuevo en la caja y la colocó entre las revistas que tenía.

Se levantó. Se alisó la ropa.

—Te dejo con tu espejo.

Dio un profundo suspiro.

—Te he dejado un poema como los que te gustan a ti.

La miró por última vez. Se acercó y la besó en los labios. Ella seguía ahí. Ávida. Terrible. Viva. Y más sola que nunca.

Y mientras él salía, el monitor seguía pitando con regularidad.

Pip... Pip... Pip...

La música de los vivos que se niegan a morir.