El búnker (La Herencia 2) 55. El verso suelto
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55. El verso suelto

La sala de reuniones del búnker olía a café recién hecho y a croissants de mantequilla horneados.

Afuera, se había levantado un viento sur que golpeaba las paredes de hormigón con furia.

El golpeteo constante entraba por las rendijas de ventilación y hacía vibrar las lámparas del techo.

Gómez se pasó una mano por la cara, exhausto, y miró a su equipo.

—Vamos a poner todo sobre la mesa —su voz era ronca y quebrada—. Hemos estado trabajando como si fueran víctimas, pero ya sabemos que ninguno lo era.

Marta, con un fajo de carpetas en la mano, tomó la palabra. Sus ojos brillaban de tensión contenida.

—Empecemos por Mario Suárez. Empresario, genio de la robótica…

y asesino. Mató a su novia modelo para impresionar a Marina, supuestamente.

Lo encubrió con una historia de celos, pero las pruebas lo delatan.

—pasó una fotografía por la mesa. La imagen mostraba a Mario joven, impecable en traje, con la mirada perdida en el objetivo.

Laura se inclinó hacia delante.

—¿Y Marina lo sabía?

—Lo supo —respondió Marta—, y lo utilizó en su beneficio. Como siempre. Lo confesó al padre Ignacio tal vez deliberadamente para que hubiera una filtración.

—O porque no soportó la presión —añadió Iván.

Gómez asintió lentamente y golpeó con el bolígrafo la mesa.

—Siguiente. Luis Vallejo. Abogado cutre, pero brillante, estrella de los tribunales.

En la superficie parecía un triunfador. Pero tenemos pruebas de que extorsionaba a sus propios clientes y tonteaba con bandas criminales.

Su error fue acercarse demasiado a Said Brahimi, y eso lo convirtió, supuestamente, en una posible víctima.

Dani, sentado con las piernas cruzadas sobre la mesa, levantó las cejas.

—Vamos, el típico abogado de serie de Netflix pero sin glamour.

Marta asintió con una sonrisa. Gómez lo ignoró.

—Tenemos evidencias de que fue él quien mató a Ethan Davis. ¿Pero por qué? Alguien…

Marta levantó la mano.

—Las deudas que tenía con la banda criminal.

—Podría ser.

—¿Y si la venganza de este lo organizó la banda de Said? —preguntó Iván.

Gómez negó despacio.

—No lo creo. Eso explicaría solo a Luis, no el hotel Real. Said es ruido de fondo. Una pieza aislada. La mano que montó esto conocía a todos, no solo al abogado.

Desde el fondo Laura se aclaró la garganta.

—Pero a ver —dijo—, Said está relacionado con Samantha Torres, la pieza central del tablero.

—Y ya está, ahí se acaba.

—¡No! —insistió Laura—. Samantha está relacionada con todos. La falsa Samantha me refiero.

—Pero entonces sería una venganza póstuma de Samantha Torres hacia los demás. ¿Por qué motivo se iba a querer vengar de los demás? —discutió Gómez—. Si fuera como tú dices, hubiera ido a por Said.

Marta abrió otra carpeta.

—Carrasco —dejó caer la carpeta con un golpe seco—.

Marinero mercante, alcohólico, solitario.

Siempre se presentó como un viejo lobo de mar injustamente tratado.

Pero todo indica que mató a un tripulante en alta mar, un brasileño conflictivo, João, y lo encubrió como un accidente.

Estuvo en prisión provisional en El Dueso. Allí coincidió con…

—Félix Varela —interrumpió Laura, como si la conclusión estuviera escrita en el aire—. Ex marido de Marina Velasco, alias Alicia Parker y que también coincidió con Luis Vallejo.

—Exacto —confirmó Marta.

Gómez se quedó mirando el nombre escrito en la pizarra.

—Esperad. Félix estuvo casado con Marina, coincidió con Carrasco en El Dueso con el cual tuvo problemas y conocía a Luis Vallejo.

—Es el único que conecta a tres de ellos —dijo Marta —. Bueno, de hecho tuvo problemas con todos ellos.

—Y tendría motivos para odiar a Marina —añadió Laura.

—Pero no tenemos nada que lo relacione con Samantha, con el hotel ni con el Audi —objetó Gómez—. Solo un nombre que se repite.

Rogelio cerró la carpeta.

—Quizá sí tengamos algo. Félix fue procesado por un delito violento. Voy a comprobar si en aquel procedimiento se recogió una muestra de ADN. Si todavía se conserva, podré compararla con el perfil del coche.

Un golpe de viento sacudió las paredes. Dani tarareó el redoble como si fuera parte de una película.

—Seguimos. Ethan Davis. —Gómez hojeó el siguiente expediente con gesto serio—.

Se hacía pasar por artista atormentado. En realidad, un pervertido sexual, chantajista, capaz de manipular a cualquiera que cayera bajo su mirada.

Tenía un historial de denuncias encubiertas en Londres.

Abusos, violaciones. Lo camuflaba con ese aura de artista bohemio.

Hemos visto ya algunos de los vídeos. ¿Y sabéis qué?

—Extorsionaba a Marina —respondió Marta muy segura.

—¡Bingo! —contestó Gómez—. Eso hubiera hecho que Marina fuese la que más motivaciones hubiera tenido para cargarse a Ethan en el hotel, pero no, lo hizo Luis Vallejo. ¿Por qué?

—¿Tal vez ella le manipuló como hizo con Mario? —preguntó Dani haciendo un ruido parecido a unas ruedas de coche derrapando.

—Muy forzado —respondió Marta.

—Pero no lo eliminemos como posibilidad —apostilló Gómez.

Gómez bajó la cabeza. Llevaban demasiado tiempo con demasiadas variables, nombres y crímenes en la cabeza. Tenía la sensación de no ser capaz de poder asimilarlo todo.

—Y Felisa. —su voz se volvió más dura—. Lo de su enfermedad mental fue una ¿“tapadera”?

. Una mujer brillante, sí, pero también una asesina.

Mató y luego se escondió tras la fachada de la locura.

Se fugó de un psiquiátrico posiblemente manipulando a Ethan y luego se dedica a observar el cielo por las noches…

—¡Espera! —saltó Dani, esta vez sin hacer bromas—. A mí Felisa no me cuadra. De ninguna manera.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Gómez.

—Todos guardan un patrón. Parecen legales, pero luego han cometido diferentes tipos de delitos.

Luis funciona por dinero y corrupción, Ethan es un pervertido, Carrasco un personaje violento y brutal, Mario un asesino a sangre fría, Marina una mujer manipuladora capaz de todo por dinero y poder, pero Felisa…

No encaja. La motivación de Felisa es rara de cojones.

—Sí —añadió Marta—. Felisa está motivada por descubrir un exoplaneta. Algo que ni siquiera sabemos si es real o está dentro de su cabeza.

—Yo me apuesto a que todo se lo ha inventado —dijo Laura.

—Puede —dijo Dani—. Pero que haya matado no significa que sepamos por qué mató. Y si no sabemos por qué, no sabemos qué papel tenía en el juego.

—Sea verdad o no, tiene razón Dani —dijo Gómez—. Felisa es nuestro verso suelto. No sabemos dónde ponerla, tal vez esté loca o tal vez sea demasiado inteligente.

Afuera, por una de las ventanas se podía ver que el cielo se había oscurecido más y que estaba lloviendo.

Marta, finalmente, dejó la carpeta más pesada encima de la mesa.

—Y nos queda Marina Velasco. O Alicia Parker, según el alias que eligiera.

Una mujer que convirtió a todos en peones.

Capaz de hundir la vida de Félix Varela, de acusarlo falsamente para quedarse con lo suyo.

Nunca fue la víctima que fingió ser. Capaz de asesinar a Carrasco con extrema brutalidad. Y lo peor es que nos ha mentido.

—¿Cómo sabes que Félix no la pegaba de verdad? —preguntó Iván.

Gómez levantó la mirada hacia sus compañeros.

—Seguramente no lo podamos saber con certeza, pero considera que tenía una relación con Mario y que ya nos ha mentido y, bueno, hemos encontrado otra cosa.

Marta miró a Dani. Estaba nervioso. Había estado esperando su turno. Tal vez la falta de sueño y la enorme responsabilidad que habían depositado sobre él, por primera vez hicieron mella en su aspecto despreocupado.

El estrés le estaba pasando factura.

—En una cámara oculta que había en la habitación de Alicia Parker, la 401, hemos visto que primero le dio cianuro Alicia y después Felisa. Es decir, ambas mujeres asesinaron a Mario. Si no contamos lo de Carrasco claro.

—Lo sorprendente —siguió Gómez—, es que Marina haya participado en el asesinato del propio Mario, es contradictorio con lo que hizo antes. ¿Le salva de Carrasco y luego le asesina?

—O eso o es que lo único que le importaba era el dinero —añadió Marta.

—Deberíamos interrogarla otra vez.

—Su padre se niega.

—Pues que se niegue que le interrogamos a él también —soltó Gómez—. Viendo todo esto y después de haber seguido todas las pistas, los personajes, los crímenes, sus vidas privadas. ¿Qué tienen en común todos ellos?

Esta vez fue Rogelio quien levantó la mano. Había estado callado toda la reunión. Pensativo. Dibujando cosas en un cuaderno.

—Ya lo hemos dicho, pero lo volveré a decir porque ahora lo veo más claro que nunca.

Todos y cada uno de ellos han cometido delitos de sangre graves directa o indirectamente, todos a su vez, han podido burlar la justicia.

¿Os acordáis del mensaje que tenía el señor Maxwell? La justicia es una mierda. Pues eso.

—Todos se presentaron como víctimas —apostilló Marta—. Pero la verdad es que cada uno llevaba un demonio a cuestas. Eso era lo que el asesino quería demostrar: que el sistema los había dejado escapar. Que no existe la justicia. O como dice él mismo, que es una mierda.

—Una especie de Robin hood de la justicia, pero en versión moderna mezclado con la isla de las tentaciones —dijo Dani.

—¡Dani! —exclamó Marta.

—Así es —dijo Gómez—. Y viendo todo esto…

Laura se frotó las sienes. Le interrumpió a Gómez.

—Lo está consiguiendo. Los medios ya empiezan a sospechar. Se están adelantando y realizando hipótesis. Todo esto da mucho morbo. En Santander no se habla de otra cosa.

En ese momento, Dani no se pudo inhibir dio una palmada teatral que resonó en la sala.

—Resumiendo: tenemos un genio asesino, un abogado mafioso, un marino homicida, un artista pervertido, una astronauta psicótica y una femme fatale. ¿Alguien más siente que estamos en una especie de Gran Hermano del infierno?

Marta le lanzó una mirada gélida.

—No es un chiste, Dani. Aquí hay muertos. Ya vale.

Él levantó las manos, sonriendo.

—Ya lo sé, jefa. Pero a veces hay que reírse para no volverse loco.

Un golpe de viento estremeció las ventanas blindadas. En la pantalla del fondo aparecieron las últimas noticias del temporal: olas de más de dos metros en la bahía, la flota pesquera amarrada, carreteras cortadas por derrumbes. “Lo nunca visto”, decía el presentador con voz nerviosa.

El murmullo de la tormenta se mezcló con el zumbido de los fluorescentes hasta que la puerta se abrió. Apareció un mensajero que preguntó por Rogelio. Traía en la mano un sobre con un informe técnico.

Rogelio lo abrió.

—He estado analizando el material del último sobre —anunció sin quitar los ojos del papel—. Encontramos trazas de óxido de hierro mezclado con pirita.

—¿Cómo? —preguntó Laura—. ¿Pirita?

—Exacto —explicó Rogelio—, y no cualquier pirita: es propia de la zona de Cabárceno.

Gómez alzó la cabeza de golpe.

—No me jodas.

—Sí —Rogelio dejó caer unas fotografías sobre la mesa—. Podría ser que el papel o el pegamento entraran en contacto con tierra de la zona. Eso significa que alguien relacionado con Cabárceno está detrás o que se esconde cerca.

Gómez se inclinó sobre las imágenes.

—Una casa, un refugio, algo que utilice como base. ¡Joder!

—Exacto —dijo Rogelio—. Y lo más probable es que no esté a su nombre. Buscad propiedades registradas a extranjeros, identidades falsas, sociedades pantalla. Por ahí encontraremos un hilo.

Laura se puso en pie de un salto y fue corriendo a su ordenador. Dani intercambió una mirada con Marta y, con su sonrisa torcida, dejó caer la broma:

—¿Y qué, nos toca irnos de excursión al parque de animales? Porque te aviso, yo con los tigres no me llevo bien.

Marta no pudo evitar torcer los labios, aunque enseguida volvió a la seriedad. Dani era incorregible.

Gómez cerró la carpeta.

—Entonces ya tenemos dirección. Cabárceno. Y esta vez, no vamos a dejar que se ría de nosotros.

El viento sur rugió de nuevo, como si la propia naturaleza estuviera de parte del equipo.

—Pero ahora viene la gran pregunta chicos —dijo muy solemne Gómez—. Con todos los datos puestos sobre la mesa. ¿Quién creéis que es el sospechoso?

Nadie se atrevió a contestar, pero durante un segundo, la mirada de Dani se fijó en la carpeta que tenía un logo bien claro: el logo de la ESA, la Agencia Espacial Europea, en dónde trabajó Felisa.