54. Aeropuerto
El convoy policial salió del búnker rugiendo. En apenas un minuto estaban en la carretera que conducía al aeropuerto de Parayas. Las sirenas iluminaban el cielo negro y lluvioso, y dentro de los coches la tensión era más que evidente.
En paralelo, una unidad táctica de la UIP ya había recibido la orden: interceptar el vuelo.
Gómez daba las órdenes, pero en realidad no sabía lo que estaba haciendo.
Su mayor temor en ese momento era encontrarse con otro muñeco y que ahora en lugar de pronunciar una frase lapidaria riéndose de la justicia lo hiciera de los cuerpos policiales.
Durante unos segundos, el Airbus siguió rugiendo. Luego los motores bajaron de tono y el comandante pisó frenos.
Hubo un silencio breve en la frecuencia.
—Santander Torre, IBE 7423. ¿Puede confirmar motivo?
La respuesta de la torre no se hizo esperar:
—IBE 7423, mantenga posición. Instrucciones de seguridad. Espere indicaciones.
Gómez y Marta observaron la escena. Durante unos largos minutos no ocurrió nada. Solo se veía la luz intermitente del ala y la silueta del comandante tras el cristal de la cabina. Luego se abrió la puerta delantera. Una azafata apareció con el rostro desencajado.
Un vehículo amarillo de operaciones aeroportuarias abrió paso a dos patrullas de la Guardia Civil. Detrás llegaron los furgones de la UIP, con los agentes bajando de dos en dos, cascos, chalecos antibalas, subfusiles al pecho y los rostros tensos.
Un cordón de agentes fuertemente armados desplegó un perímetro. Nadie sabía exactamente qué estaba pasando dentro de la nave. Desde la torre de control, el jefe de los controladores interrumpió la maniobra y ordenó apagar motores al piloto.
Los motores se apagaron.
Apareció un autobús que aparcó junto al avión. Los policías hicieron un corredor y se colocaron en posición.
El jefe del dispositivo habló unos segundos con Gómez sin apartar la vista del Airbus.
—Perímetro exterior asegurado. Guardia Civil controla plataforma. Policía Nacional se encargará de identificación. Si hay paquete, amenaza o resistencia dentro, entramos nosotros.
Gómez asintió, aunque por dentro seguía sin saber si estaba salvando vidas o haciendo el ridículo.
Apareció un pasajero y luego otro. Poco a poco fueron bajando del avión.
La mayoría estaban confundidos y nerviosos.
Fueron obligados a descender por las escalerillas, atravesar una zona de control en donde se les pidió el pasaporte y luego se subían al autobús.
Un murmullo de pánico, incredulidad y enfado se extendió entre ellos.
Algunos grababan con el móvil, otros exigían explicaciones.
Gómez, Marta y Laura llegaron a pie de pista caminando junto a varios agentes. El viento les azotaba el rostro y el olor a queroseno mezclado con el viento nordeste les escupió a la cara.
—¿Dónde está Maxwell? —preguntó Gómez, sin rodeos.
Un oficial señaló hacia un grupo de pasajeros retenidos. Un hombre de unos sesenta años, alto, con el pelo entrecano y un abrigo largo, levantó las manos en señal de desconcierto mientras dos agentes lo escoltaban.
—¿Qué he hecho? —preguntó con un marcado acento británico—. My name is James Maxwell. That’s my name.
Gómez se acercó, mirándolo fijamente a los ojos.
El hombre no parecía entender nada. Sacó su pasaporte del bolsillo interior del abrigo y lo mostró.
Gómez deseó que fuera él. Saber que por fin lo habían capturado.
Pero de entrada algo le llamó la atención, era más alto que Samantha o al menos, más alto que las imágenes que había estado viendo.
Aún así deseó con todo su ser que fuera él.
En un momento dado sus miradas se cruzaron. Maxwell no dijo nada, se limitó a clavar su mirada en los ojos de Gómez. Casi parecía que lo estaba retando.
Laura cogió el pasaporte y lo revisó en el portátil. Le llevó un par de minutos. Mientras tanto Gómez estudiaba ese rostro. De pronto tuvo la sensación de haber visto esa cara antes.
—Está en regla. Pasaporte británico auténtico. Vuelo de ida a Santander la semana pasada. Regreso hoy a Londres —dijo Laura.
—¿Qué hacía en Santander? —preguntó Gómez.
—He venido a ver a mi sobrina —dijo Maxwell con tono grave—. Vive aquí desde hace muchos años.
Todos le miraron. Pero nadie supo decir si estaba mintiendo o era todo verdad.
—¿Cómo se llama su sobrina y dónde vive? —insistió Gómez.
—Vive en Suesa. Tiene una casa allí con su marido y tiene un hijo —respondió Maxwell—. La dirección es esta.
Les escribió la dirección en un papel. Laura lo comprobó. Llamó. Todo encajaba. Todo estaba correcto. Gómez mandó una unidad allí para que lo comprobaran. Le retuvieron varias horas hasta que no quedó un atisbo de duda.
—¡Es un maldito turista! —masculló Marta, dándose cuenta de la jugada.
James Maxwell miraba a su alrededor, cada vez más impaciente.
—Please… ¿qué pasa aquí? Yo no he hecho nada malo. What happens?
Los agentes lo registraron de arriba abajo. Solo encontraron una guía turística de Cantabria, un par de recuerdos baratos de souvenir y un billete de avión. La dirección de su sobrina estaba en orden y ella declaró lo que habían hecho en los últimos días. Todo normal.
Gómez apretó la mandíbula. Lo entendía demasiado bien: habían mordido el anzuelo.
Un zumbido en su móvil confirmó lo inevitable. Un mensaje nuevo, sin remitente. Lo abrió.
"Bien jugado, inspector. El verdadero barco ya zarpó. ¿Les gustó el espectáculo? Gracias por entretener a la plebe.
MAXWELL."
Gómez levantó el teléfono para que todos lo vieran. Nadie dijo nada durante unos segundos. El zumbido de los vehículos, el viento y el murmullo de los pasajeros eran el único sonido.
Laura apretó los labios.
—Nos ha tomado el pelo.
—¿Qué pretende? —añadió Marta, golpeando con el puño el lateral del vehículo de asistencia.
Gómez dio un largo suspiro.
—Esto no ha terminado —su voz sonaba ronca, rota, pero férrea—. Quiere que lo sigamos, que juguemos en su tablero. Muy bien. Pero en algún momento, todos los juegos terminan.
El viento sopló más fuerte. James Maxwell, aún retenido, preguntaba una y otra vez si podía recuperar su pasaporte y marcharse. El turista equivocado. El señuelo perfecto.
El inspector Gómez giró sobre sus talones y se alejó hacia el coche patrulla.
Sus pasos eran lentos y él se sentía abatido, pero cada uno estaba cargado de una determinación feroz.
A su alrededor, las luces centelleantes de los vehículos policiales eran testigos de que no habían logrado avanzar ni siquiera un milímetro en la dirección correcta.
Gómez sabía que, en algún lugar, ahora mismo, Samantha estaría sonriendo.