El búnker (La Herencia 2) 53. La adivinanza
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53. La adivinanza

La tensión en la sala era palpable. Gómez caminaba de un lado a otro con los brazos cruzados, como si estuviera encerrado en una jaula invisible. Frente a él, Laura sostenía un informe en la mano, con los ojos fríos y la mandíbula apretada.

—No puedes forzar así las cosas, Arturo —dijo ella al fin, con un tono que sonaba más a reproche que a advertencia—. Si quieres acceder a los servidores de Maerus, necesitas una orden judicial.

Gómez clavó en ella sus ojos oscuros. Llevaba varios días que no dormía bien y aunque había probado con somníferos, estos ya no le funcionaban. Tenía que focalizar.

—Laura, no tenemos tiempo para la burocracia. Sabes de sobra cómo se mueve este tipo. Cada vez que seguimos el procedimiento, él ya nos ha adelantado tres pasos.

—Eso no justifica saltarnos la ley —replicó ella, firme—. Si entramos sin autorización, todo lo que consigamos se va a ir al cubo de la basura en el juicio. ¿Quieres que nos lo tumben después de tanta sangre derramada?

—¿Tienes un informe con todo bien explicado?

—No. Pero tengo base de sobra para pedirlo. Mira —sacó de un cajón unos papeles—. He consultado con SEPBLAC y con Europol y esta compañía tiene movimientos suficientes que pueden inducir a blanqueo de capitales, te puedo hacer el informe hoy mismo.

El inspector suspiró, frotándose la frente. Era un argumento sólido y sabía que tenía razón, pero no podía permitir que el asesino volviera a jugar con ellos. Estaba siendo torpe.

En ese momento, la puerta se abrió y Marta entró con paso rápido. En sus manos llevaba un sobre blanco, cuidadosamente sujeto con guantes de látex.

—Ha llegado esto para ti, jefe. No había remitente. El mensajero dice que le pagaron en efectivo.

Rogelio, que se encontraba sentado en su escritorio, no apartó los ojos del sobre. Laura arqueó una ceja, Gómez e Iván se acercaron.

—¿Lo has tocado con las manos desnudas? —preguntó Rogelio poniéndose en pie.

—Ni loca. Lo recogí con los guantes desde el principio.

El inspector se dio cuenta de que Marta estaba aprendiendo muy rápido y no pudo más que sentir un pequeño atisbo de satisfacción.

Colocaron el sobre sobre la mesa metálica del despacho. Nadie respiró durante unos segundos expectantes, pendientes de lo que aquel sobre podía contener. Rogelio, con un bisturí y unas pinzas, lo abrió.

Dani apareció entonces, con una tableta bajo el brazo y su eterna expresión medio divertida, medio incrédula.

—¿Y esto qué es? ¿Una invitación de boda? —ironizó, aunque en cuanto vio el gesto de Gómez, bajó el tono—. Vale, vale… silencio. ¡Ya estoy con lo de Ethan, lo juro!

—¡Un momento! —dijo el inspector.

Gómez se acercó al papel que Rogelio, muy cuidadosamente, había colocado sobre la mesa de metal. Colocaron una luz encima y el inspector leyó lo que ponía.

No conozco muelle ni nos moja la espuma,

Todos embarcan bajo una misma bruma.

No cruje la cubierta, no hay sal en la madera;

Bóreas sopla y cruza frontera.

Donde un cántabro presta su nombre al cielo,

parte el falso navío sin ancla ni duelo.

No va cargado de oro, ni de redes, ni trigo:

lleva a quienes juzgaron sin escuchar al herido.

Adivina, viajero, qué nave no navega,

qué tribunal asciende cuando la ley se niega.

Porque aquí sí se hace Justicia.

El silencio que siguió al poema fue contundente, cargado de conjeturas. Todos trataban de entender.

—¿Qué diablos es esto? —exclamó Laura.

—Antes de interpretar nada, ¿sabemos siquiera si es suyo? —preguntó Iván.

Gómez volvió a leer el mensaje y reparó en las palabras escritas al pie, casi ocultas bajo el último verso.

— Iustitia est stercus .

Laura levantó la mirada.

—La frase del muñeco de Maxwell.

—Nunca se hizo pública —dijo Gómez—. Solo la conocemos nosotros y quien dejó aquello allí.

—Entonces es auténtico —concluyó Marta.

—Sabemos que lo ha enviado la sombra —la corrigió Gómez—. No que esté diciendo la verdad. Puede estar avisándonos o apartándonos de donde realmente quiere actuar.

Dani observó el poema.

—La justicia es una mierda —tradujo Dani—. El muñeco era siniestro, pero al menos tenía las ideas claras.

Laura le lanzó una mirada.

—¿Qué? —dijo casi riendo.

—Solo digo que no parecía muy partidario del sistema.

—Sea lo que sea, espera que resolvamos algo. Y deprisa —añadió Gómez.

Durante unos segundos, nadie habló. Marta recorrió los versos con la mirada.

—¿Un ferry? —murmuró Marta, ladeando la cabeza—. Está describiendo un barco. Santander, el puerto, el mar… ¡Hay que mirar cuándo sale el ferry!

Laura fue corriendo al ordenador. Miró horarios, tablas, mareas. Iván sacó una foto del poema y se lo pasó al grupo.

—El ferry zarpa dentro de una hora —dijo Laura.

—¿Pero por qué lo dice en negativo? —exclamó Gómez—. ¿Qué sentido tiene?

—No conozco muelle ni nos moja la espuma —leyó en voz alta Dani—. ¿Podría tratarse de un edificio?

—Es contradictorio, dice que no, pero apunta en esa dirección —añadió Laura.

—¿Qué hacemos? —preguntó Marta.

—Vamos al ferry —ordenó Gómez—. Mejor equivocarnos que estar aquí de brazos cruzados.

—Pero tal vez.. —dijo Dani—. Se trata de una pista que no lleva al ferry.

Iván le miró.

—Esto no es solo un acertijo —dijo Iván, sin apartar los ojos del papel—. Es una puesta en escena.

—Nosotros nos quedamos aquí en la retaguardia —dijo Rogelio mirando a Iván y a Dani.

Mientras, el inspector y Marta abandonaron el búnker y se subieron a un coche. Laura arrancó.

—No nos van a dejar detenerlo si no llevamos una orden —dijo Laura mirando por el retrovisor.

—La cuestión es ¿detener a quién?

—No lo sé.

—¿Cuántos pasajeros hay? —preguntó Gómez.

Marta que iba sentada en el asiento de atrás, abrió su portátil. Se metió en la web del ferry. Hizo un par de búsquedas rápidas y logró descargar un pdf con toda la información del barco.

—Se trata del Pont-Aven —dijo con celeridad—. Más de dos mil cuatrocientos pasajeros, seiscientos cincuenta coches, seiscientos cincuenta camarotes.

Gómez iba hundido en el asiento del copiloto mientras sostenía una hoja con una copia del acertijo que habían recibido.

No se lo había dicho a nadie, pero odiaba los acertijos.

Más que nada porque siempre estaban sujetos a una interpretación subjetiva.

Podía ser esto o lo otro. A medida que se iban acercando a la zona del puerto pudo entrever el ferry.

Era un barco colosal.

El capitán del Pont-Aven los recibió con una cara de incredulidad que rozaba el desprecio. Era un pelirrojo con la cara quemada por el sol. Parecía un cangrejo a punto de cocerse.

—Joder —dijo el capitán con acento inglés, sin saber pronunciar la jota—. ¿Nos van a inspeccionar todo el buque por una adivinanza?

Faltaba menos de dos horas para zarpar y el puente de mando estaba en tensión.

Todo el personal se había plantado ante Gómez como un bloque.

Se había tenido que llamar a la naviera.

Gómez sabía lo absurdo de la situación y hasta sintió rubor cuando subieron por las escalerillas del barco.

Tenía un poema. Solo eso. Y se trataba de retrasar a más de dos mil pasajeros y toda la logística del buque.

Retener toda una ciudad flotante con el consiguiente conflicto con las autoridades del Reino Unido.

Se podrían enfrentar a demandas si luego se demostraba que no había nada.

Indemnizaciones millonarias. Pero es que no tenía nada.

No había bomba. No había amenaza terrorista. Solo un poema.

Un absurdo poema que les podría costar cientos de millones. ¿Estaba exagerando?

—Supongo que tendrá evidencia probada para hacer todo esto —le instigó el capitán.

—Sí, un momento por favor.

Gómez se alejó un poco del bullicio del puente, se escabulló a uno de los lados y sacó el papel que llevaba ahora doblado en el bolsillo del pantalón.

No se había atrevido a enseñarlo a nadie en el barco.

Estaban quedando como unos estúpidos. Lo leyó de nuevo.

Varias veces. Llamó a Marta con un gesto de la mano.

—Piensa un momento y olvídate de todo lo demás. La frase dónde un cántabro presta su nombre al cielo. ¿Y si probamos con inteligencia artificial?

—Ya hemos probado —dijo Marta—. Y nos salen un montón de respuestas sin sentido, el palacio de la magdalena, las campanas de la catedral, el pico de peñacastillo, la biblioteca de Menéndez Pelayo, ya no sé qué más buscar…

Gómez miró a través de la bahía.

—Un barco con miles de pasajeros no parece ser el escenario ideal para uno de sus macabros juegos vengativos. Tiene que ser un lugar más acotado.

—Bóreas sopla y levanta frontera —repitió Marta—. Tiene algo que ver con el viento y pasar las fronteras, ¿algo internacional? ¿Un barco de vela?

—No —replicó Gómez casi de inmediato, señalando con el dedo una línea del poema—.

“Bóreas sopla y cruza frontera”. No habla del mar.

Está descartando el mar por todo lo que hemos visto anteriormente.

Creo que nos hemos equivocado, el viento es lo que tal vez propulsa el “falso navío”, claro ¿cómo no se me ha ocurrido antes?

Marta frunció el ceño.

—¿Bóreas? ¿El dios del viento del norte?

—¡Sí!

—Entonces… ¿un avión?

—Exacto —asintió el inspector—. Y no un avión cualquiera. Habla de “donde un cántabro presta su nombre al cielo”.

Marta no supo qué decir.

—Nos ha puesto delante una palabra trampa. Nave. Nosotros hemos elegido mar. Él quería aire. Si no es esto, me doy por vencido.

—Sigo sin pillarlo. ¿No podría ser el palacio de la magdalena? Por lo de no conozco muelle…

—¡No! Es Severiano Ballesteros.

Marta lo pensó un par de segundos.

—¡El aeropuerto de Santander se llama así! —confirmó Marta, cayendo en la cuenta.

Gómez sonrió con ironía. Era posible que las nuevas generaciones no conocieran tan bien al famoso golfista de Pedreña.

—Vale, ya tenemos la pista. Pero ¿qué significa lo de “Adivina, viajero, qué nave no navega, qué tribunal asciende cuando la ley se niega”?

—Es un escenario cerrado —dijo Gómez—. Nos quiere hacer pensar en el ferry, pero en realidad se trata de un vuelo. Un avión como símil de un tribunal.

Gómez llamó a Laura la cual estaba tratando de tranquilizar los ánimos del capitán y su tripulación. Logró escaparse y trajo su ordenador portátil. Tecleó con rapidez, los dedos moviéndose como pequeñas dagas sobre el teclado. La tripulación del Pont-Aven los miraba incrédulos, cabreados.

—Vamos a ver, vuelos de hoy desde el Severiano Ballesteros. Tenemos tres nacionales y dos internacionales. Uno a Madrid, otro a Barcelona y atención: hay un vuelo chárter a Ginebra esta tarde.

—¿Un chárter? —preguntó Gómez, adelantándose para mirar la pantalla —. Necesitamos la lista de pasajeros. ¡Nos vamos!

Abandonaron el barco precipitadamente sin poder dar muchas explicaciones. Por el camino el coche eran un hervidero de actividad. Laura llamó por el manos libres a Dani.

—Busca el listado de pasajeros —ordenó Laura—. Creemos que se trata de un vuelo. Tiene más sentido.

—Recibido —exclamó Dani—. Termino lo de Ethan y me pongo con esto.

—Déjalo todo Dani. ¡Pide un listado completo al aeropuerto! —intervino Gómez—. Llama a AENA.

Luego añadió:

—Busca el operador del chárter, plan de vuelo y manifiesto de pasajeros. Ya.

Laura aceleró el coche y tomaron un desvío. Gómez se dirigió a Marta.

—No sé —dijo—. Demasiado fácil. ¿No? ¿Y si nos equivocamos otra vez?

Tras varias llamadas con Dani por fin Laura se hizo con el listado. Justo en el momento en que llegaban al búnker.

—En la lista de pasajeros aparece un tal… —Laura se detuvo un segundo, incrédula mirando a Gómez—. No te lo vas a creer: “Maxwell”.

Entraron en el búnker. Dani les estaba esperando con todo lo que le habían pedido.

—Jefe, lo he hecho todo como me ha dicho.

Le he entregó el listado del avión.

—Buen trabajo Dani —exclamó Gómez—, déjame ver.

El silencio volvió a llenar la sala, pero esta vez era un silencio distinto, cargado de presagio y malas vibraciones. Todos tuvieron la sensación de estar siendo manipulados por una fuerza ajena y superior.

—Maxwell —repitió Gómez en voz baja, como si saboreara el nombre—. Otra vez Maxwell, pero esta vez nos avisa. ¿Por qué?

Marta lo miró alarmada.

—¿Un nuevo juego?

—No sé. Tal vez.

—¿Crees que es él?

—No lo sé. Pero encaja demasiado bien con el patrón. Todo lo de la herencia, las cartas, los acertijos, alguien se está escondiendo detrás de ese nombre.

Dani señaló la hoja con el poema y agitó la mano en el aire.

—Esto es una invitación, inspector. Y no parece opcional. Pero no descartemos que pueda ser un imitador.

Laura cerró el ordenador de golpe y lo miró con seriedad.

—Si quieres detener ese vuelo, necesitamos actuar ya. Pero ten en cuenta que esto puede ser otra trampa —añadió Laura.

—No importa. Ya estamos dentro del juego desde hace mucho tiempo —dijo Marta.

—¿Y si es cierto? —preguntó Gómez—. ¿Y si es otro juego macabro pero esta vez a bordo de un avión en marcha?

—Entonces será demasiado tarde —respondió Laura—. Y devastador. Ese vuelo puede ser el siguiente escenario. O el último. Imagínate.

El reloj de la pared marcaba las 13:15. El avión a Ginebra ya estaba embarcando.

Gómez se levantó.

—Vamos al aeropuerto.

Nadie se atrevió a contradecirlo.

La sala estalló en movimiento. Laura ya estaba dando órdenes al teléfono. Marta cogía su chaqueta. Dani recogía cables, baterías y su tableta con movimientos nerviosos.

—No hay tiempo —sentenció Gómez—. Ese vuelo ya está casi listo para meterse en pista.

Rogelio, que había estado en silencio todo el rato, se acercó a la mesa con su parsimonia habitual. Con unas pinzas de acero, sujetó el sobre y lo deslizó con cuidado dentro de una bolsa de plástico transparente.

—Aunque vayáis a montar la guerra en el aeropuerto, esto va al laboratorio. Podría haber huellas, fibras, lo que sea.

—Hazlo, Rogelio, pero rápido —gruñó Gómez, que ya salía del despacho—. Nos jugamos mucho.

—La prisa es para los vivos jefe —dijo Rogelio—. Las huellas no huyen.