52. El sótano
El sótano estaba en penumbra. El aire vibraba con decenas de ventiladores. La única luz provenía de las pantallas que llenaban la pared: gráficas en movimiento, números que parpadeaban como luciérnagas, leds verdes y rojos que subían y caían en bucles infinitos.
Unas manos reposaban sobre la mesa de roble. Dedos largos, firmes, acariciaban el borde del teclado como si marcaran un compás invisible. En la muñeca izquierda brillaba un reloj antiguo, de esfera agrietada.
Un telediario sonó desde un monitor lateral.
—El Tribunal Superior de Justicia ha anunciado hoy la reapertura del caso Mario Suárez. La familia podrá aspirar a un juicio justo y reclamar indemnización…
Las manos no se movieron. Un instante después, los dedos se cerraron en un puño. Luego, con suavidad, se relajaron y golpearon la mesa dos veces con las uñas, como celebrando un acorde bien ejecutado.
En la penumbra, un murmullo escapó de unos labios invisibles:
—Se ha hecho justicia.
Frente a la mesa, se extendía una superficie cubierta de relojes.
Una pequeña colección, alineados en filas perfectas.
Tic-tacs múltiples, asincrónicos, que creaban un murmullo hipnótico.
Algunos brillaban con correas metálicas; otros, gastados de cuero.
Todos en marcha, latiendo en un corazón colectivo.
En otra pantalla, líneas de código corrían sin descanso. Un programa automático enviaba mensajes y correos electrónicos en ráfagas. Cada envío era acompañado por un suave destello en la pantalla, como si fuera el disparo de una máquina de guerra silenciosa.
Unas manos escribieron dos frases rápidas en el teclado:
"Que nadie se quede sin aviso. El juego ya ha comenzado."
El software obedeció. Luego miró una pantalla pequeña que tenía a la derecha del escritorio. En ella se podía apreciar el interior de una caravana. Dentro había una mujer sentada tomando un café.
Era Felisa.
Y los relojes siguieron latiendo en la oscuridad.