51. El nuevo vídeo
Después de hablar con Iván y ponerse al tanto de los pasos de Felisa, Marta y Gómez regresaron con celeridad al búnker.
Gómez aprovechó el trayecto para llamar a Laura y ponerse al día sobre las operaciones financieras de Maerus, la compañía que supuestamente Samantha estaba usando para realizar los pagos.
Además, Laura había encontrado un nombre que se repetía.
Se trataba de Siam Meridian, una empresa de logística ubicada en Tailandia, tal vez la que se había encargado de muchos de los detalles de la operación.
Ya habían convenido en llamar “Samantha” al sujeto que buscaban y Gómez se daba cuenta de que tenía que estar relacionado con alguno de los herederos o, más probablemente, con todos. Sin embargo, no terminaba de encontrar el nexo en común.
—Todos parecen haber tenido problemas con la justicia —comentó Marta mientras conducía—. ¿Y si fuera alguien del sistema judicial? Un juez, un fiscal, un abogado, alguien que hubiera presenciado diferentes tipos de injusticias.
—¿Un juez? —dijo pensativo Gómez—. Hasta ahora no hemos encontrado ninguna coincidencia. Iván hizo una búsqueda de los jueces que se habían ocupado de los casos de Mario, de Carrasco, de Felisa, incluso de Marina y no coincide ninguno. No, esa hipótesis no funciona.
—¿Una víctima? —remató Marta.
—¿Cómo?
—Estoy diciendo tonterías por si alguna de pronto funciona —se justificó Marta—. En la academia nos enseñaron a hacerlo así. Alguien que fuera víctima de todos ellos, una víctima indirecta tal vez. Acuérdate de Félix.
—Me lo pones más difícil aún. Tal vez…
Marta aparcó y pegó un frenazo un poco brusco. El motor se caló dando un empujón.
—¡Perdón!
Los dos rieron. Bajaron del coche y fueron a buscar a Dani, que los esperaba con el vídeo preparado. Al entrar, Laura los saludó desde su puesto de trabajo. Seguía investigando las cuentas de Maerus y, antes de que Gómez se reuniera con Dani, le comunicó su último descubrimiento.
—Creo que he encontrado algo relacionado con Siam Meridian.
Gómez se acercó a su mesa.
—¿Qué crees que es?
—Un entramado societario —contestó Laura—. Un número elevado de empresas, la mayoría sin contenido real, ubicadas en paraísos fiscales, difíciles de trazar y cada una con una función.
Laura le explicó por encima. Maerus no operaba sola. Maerus pagaba. Siam Meridian movía el material. Y había otra sociedad, registrada en Indonesia, que parecía haber contratado personal auxiliar. Camareros, técnicos, mantenimiento. Todo compartimentado. Nadie veía el dibujo completo.
—Buen trabajo —dijo Gómez.
Laura sonrió.
—Díselo a mi marido que me va a pedir el divorcio y a mis hijas que dicen que van a cambiar de madre porque no me ven.
—Diles que vengan a Santander —bromeó Gómez—. Apoyo táctico.
Gómez y Marta atravesaron el búnker y se metieron en el despacho de Dani. Mientras caminaba, el inspector chequeó su WhatsApp en busca de algún mensaje de Iván. Estaba preocupado.
«Ha recogido todo. Vuelve a la caravana».
Gómez le contestó. Le dio las gracias y le dijo que se fuera a dormir.
—Esto es muy fuerte ya verás —dijo Dani—. Por desgracia, no he conseguido el sonido, pero vais a ver que poco importa.
Cerraron la puerta y apagaron la luz. En el interior del habitáculo se hizo una oscuridad solo interrumpida por algunos haces de luz que dejaban pasar las persianas.
Gómez cruzó los brazos. Pronto su visión se acomodó a la semioscuridad.
—¿De qué cámara lo has sacado? —preguntó el inspector.
—De una que está justo frente a los ascensores —respondió Dani—. Una cámara oculta y diminuta en el pasillo central. Samantha la había borrado del sistema, pero dejé corriendo un script que recupera fragmentos fantasma. Y encontré esto.
Dani pulsó el ratón. La imagen comenzó a reproducirse.
La pantalla parpadeó. Durante un segundo solo se vio estática, ruido digital y artefactos de compresión. Luego la imagen se estabilizó. Se veía en blanco y negro.
—La calidad de la imagen no es muy buena —aclaró Dani.
Apareció un pasillo estrecho. Era el pasillo del hotel que ya conocían. Estaba oscuro y la iluminación era irregular.
El punto de vista de la cámara estaba ligeramente inclinado, en un ángulo que apuntaba hacia los ascensores. En la esquina superior aparecía un contador de tiempo, pero la hora no coincidía con ninguna grabación oficial del cuadrante.
Dani habló en voz baja:
—Esto ocurre unos minutos antes de que aparezca el cadáver de Mario. Según el sistema original, esta cámara “no existía”. Alguien cambió su ruta de almacenamiento.
Gómez entrecerró los ojos. No estaba seguro de lo que quería decir el chico, pero prefirió no preguntar nada para no parecer un dinosaurio digital.
—Reproduce.
Dani obedeció.
Carrasco apareció en una de las puertas. Estaba agitado, sudoroso e iracundo. Entró en la imagen ocupando casi todo el encuadre. Iba acelerado, respirando fuerte y llevaba a Mario a rastras.
Mario trataba de zafarse inútilmente. El gigante le tenía atrapado de un tobillo.
—Mierda… —susurró Marta.
El gigantón lo soltó en el suelo y se le echó encima descargando todo su peso sobre él.
Mario gritaba e intentaba ponerse en pie y Alicia trataba de frenar a Carrasco sujetándolo.
Al mismo tiempo Felisa le decía algo y Samantha observaba la escena sin intervenir.
Carrasco le golpeó. Mario se estampó contra la pared. Salió de plano.
El inspector Gómez apretó los dientes.
—Ahí —dijo en voz baja—. ¿Ahí ya estaba envenenado?
Marta se acercó más a la pantalla, pero no era fácil distinguir esos detalles.
Mario intentó zafarse, pero sus movimientos eran lentos y torpes. Carrasco lanzó otro golpe: un puñetazo directo al pómulo. Mario estaba ya maltrecho. Carrasco lo agarró por la camiseta y lo levantó como si no pesara. Otro golpe. Y otro.
La cara de Mario quedó fuera de cuadro por un momento, pero la sombra, supuestamente de sangre, salpicó la pared.
—Joder… —respiró Dani, apagando su tono de humor habitual.
Mario intentó huir. Se podía ver su rostro desesperado. Carrasco lo arrastró hacia el centro del pasillo y le dio un rodillazo en el estómago. Mario se dobló. Luego Carrasco lo estampó por segunda vez contra la pared.
Dani pausó un segundo.
—Él ya no estaba en condiciones de defenderse. Es fuerza bruta pura. Si no llega a pasar lo que vais a ver ahora, Mario habría muerto aquí mismo.
—Dale —ordenó Gómez.
La imagen cambió de iluminación: una puerta detrás de Mario se abrió de golpe. Una sombra femenina cruzó el pasillo. Apareció otra vez en plano Felisa que gritaba. Luego se vio de nuevo a Alicia Parker.
Iba vestida de negro con el cabello suelto, la mirada fija, helada. En sus manos llevaba un extintor rojo, de tamaño mediano. Lo sostenía con fuerza. Se acercó a Carrasco por la espalda mientras este golpeaba sin piedad a Mario con su puño.
Carrasco no la vio venir. Ella se acercó por detrás, rápida y silenciosa.
Dani habló:
—Preparaos. Esta parte es la hostia.
Alicia levantó el extintor con las dos manos. Lo mantuvo en el aire un segundo y luego lo descargó sobre el cráneo de Carrasco. Volvió a alzarlo y descargó un segundo golpe con más fuerza incluso. El metal impactó contra la parte posterior del cráneo de Carrasco. El gigante se tambaleó.
—La madre que la parió —murmuró Marta.
Carrasco cayó de rodillas. Intentó girarse, pero Alicia no dudó. Le volvió a golpear. Golpes firmes, precisos, sin emoción.
No gritaba ni temblaba. Golpeaba con una frialdad que no parecía improvisada. Carrasco cayó boca abajo, la cabeza se quedó en un ángulo antinatural. Alicia respiró hondo, soltó el extintor y se inclinó.
Le cogió la mano a Mario. Marta se llevó la mano a la boca.
—Dios.
Pero la escena no terminó ahí.
Alicia miró a Mario. Él estaba medio inconsciente, apoyado contra la pared. Ella avanzó dos pasos.
Dani puso pausa.
—Mirad esto —dijo—. Fijaos en lo que hace.
Reanudó la reproducción.
Alicia se arrodilló frente a Mario, cogió una botella de agua y le dio de beber. Después, le tomó la cara entre las manos y le dijo algo. Mario la miraba como si cada palabra fuera un salvavidas.
Gómez se inclinó hacia la pantalla.
—Aumenta el zoom.
Dani lo intentó, pero la calidad no daba para más.
—No hay sonido —dijo Marta—. ¿Qué coño le está diciendo?
Alicia acarició la mejilla de Mario. Luego apoyó su frente en la de él. Pareció un gesto íntimo, protector o manipulador.
Tras unos segundos, Alicia lo ayudó a levantarse. Lo sostuvo por la cintura. Lo sacó del pasillo. La cámara quedó grabando el cadáver brutalizado de Carrasco, inmóvil y con el extintor a su lado.
La imagen se congeló. Luego desapareció. La pantalla quedó negra. Nadie habló durante unos segundos.
—Nos mintió —dijo Marta en voz baja—. Marina lo contó como si hubiera intentado separarlos pero eso no es lo que hemos visto. Lo mató ella.
Gómez negó con la cabeza, incrédulo.
—Y lo hizo sin dudar. Como si ya lo hubiera hecho antes. Además acusó a Felisa de haberlo hecho.
—Y Felisa le acusaba a ella —añadió Marta—. Esto cambia las cosas por completo. Este perfil de Marina no me lo esperaba.
Gómez apretó la mandíbula. Su voz sonó grave y contenida.
—Esto no es defensa propia. Es una ejecución. Cualquier juez la condenaría y ella lo sabía. Es probable que ella contara con la muerte de Felisa. Y luego la pasividad de Samantha. ¡Es acojonante!
Y lo que le dice a Mario —añadió Marta, que había estado tomando notas— parece que le ofrece agua. ¿Y si ella lo envenenó?
Dani tragó saliva.
—Inspector… si Marina es capaz de esto, entonces cualquiera del hotel podría haber sido su siguiente objetivo.
Gómez respiró hondo, como si aceptara que acababan de cruzar una línea invisible.
—Bien. —Se incorporó—. A partir de ahora, Marina deja de ser una testigo y pasa a ser investigada por homicidio. Quiero que se comunique de inmediato al juzgado. Hay que reforzar la vigilancia en el hospital.
—Yo no descartaría a su padre tampoco —profirió Marta—. Todo ese rollo de que no se han visto, que están distanciados. ¿No será mentira?
—Quiero su historial completo. Todo —ordenó Gómez—. Creo que deberíamos hacer una lista de todos los enemigos que tiene. Una lista exhaustiva. Marta quiero que te pongas ya.
Nadie discutió. Encendieron las luces y se levantaron.
—Y Dani —añadió Gómez—. Las cintas que encontramos en la casa de Ethan quiero que te pongas con ellas.
—¡Pero jefe! —se quejó Dani—. Estoy a tope con estas. No doy abasto.
—Hazlo —insistió Gómez—. Si se confirman mis sospechas tal vez tengamos ahí una nueva pista.
—¿Qué pista? —preguntó Marta.
—Ethan tiene que tener un enemigo. Es precisamente el que nos falta.