50. Deneb
Era una noche sin nubes. Extrañamente clara y casi sin luna.
Iván abrió la bolsa. Dentro había dos bocadillos de rabas junto a dos latas de Coca-Cola.
Le pasó uno de los bocadillos a su compañero al volante, un joven policía nacional y comenzaron a comer.
Iván sacó unos prismáticos y enfocó al prado que tenían delante.
La caravana de Felisa se alzaba en mitad de la hierba en las proximidades de la playa de Ajo, apartada de la carretera y protegida por una densa hilera irregular de eucaliptos.
Era un modelo antiguo, de paredes amarillentas y juntas ennegrecidas por el moho.
Las ruedas se habían hundido parcialmente en la tierra y la pintura estaba descascarillada por algunas partes.
Felisa abrió la puerta y salió de la caravana arrastrando una gran maleta negra. Mientras avanzaba hacia su coche, miró varias veces al cielo. El vehículo estaba aparcado fuera de la parcela. Abrió el maletero y guardó la maleta dentro.
—Jefe, acaba de salir —dijo Iván por la radio.
Al otro lado estaba Gómez.
—Seguidla y me vais diciendo lo que hace y a dónde va.
Felisa arrancó el coche y abandonó Ajo por la carretera de Galizano. Atravesó Somo y continuó hacia Pedreña, con las luces de Santander temblando al otro lado de la bahía.
—Jefe, puede estar huyendo. ¿Qué hacemos? —dijo Iván por la radio.
—Esperad, seguidla con cuidado y si abandona la provincia ya veremos qué hacemos —dijo Gómez.
Una vez que pasó Pedreña y después de dejar atrás Rubayo, se internó por las carreteras oscuras de Orejo y Heras. Antes de llegar a Santiago de Cudeyo, tomó un desvío que ascendía hacia lo alto de una montaña.
—¡Está subiendo a Peña Cabarga! —dijo Iván.
La siguieron en coche hasta lo alto, manteniendo suficiente distancia para no despertar sus sospechas.
Cuando Felisa se detuvo, Iván aparcó unos metros más atrás y apagó las luces.
La mujer sacó la maleta del maletero y se internó campo a través, guiándose con una pequeña linterna entre las rocas y las vacas.
Iván fue tras ella, aprovechando los desniveles del terreno para ocultarse, mientras el otro policía permanecía junto al coche.
Felisa se detuvo en un pequeño claro. Miró hacia arriba.
El cielo estaba completamente despejado.
Alzó la vista hacia el noroeste. Buscó primero la forma alargada del Cisne, aquella cruz inclinada que conocía de memoria.
Recorrió con los ojos su eje hasta detenerse en la estrella más brillante de uno de los extremos.
Deneb. No necesitó consultar ninguna aplicación para reconocerla.
Luego abrió la maleta. En el interior tenía un telescopio. Lo sacó y lo preparó. Puso el trípode en un lugar estable y fue montando el equipo hasta que tras unos minutos lo tuvo todo preparado.
Por fin lo orientó. Sacó su cuaderno. Reguló varios controles. Hasta que el telescopio estaba en la posición adecuada. Tuvo que hacer algunas correcciones hasta que por fin lo tuvo listo para observar Deneb.
Acercó su ojo al objetivo.
Allí tenía la estrella. Felisa ajustó el enfoque.
Deneb apareció en el centro del ocular como un punto de luz blanco azulado, limpio y feroz, rodeado por decenas de estrellas mucho más débiles.
No distinguía su superficie; ni siquiera aquel telescopio podía acercarla tanto.
Pero su resplandor parecía palpitar levemente por efecto de la atmósfera, como si la estrella respirara en mitad de la oscuridad.
Iván cogió la radio y bajó el volumen. Presionó la tecla.
—Jefe, no te lo vas a creer.