El búnker (La Herencia 2) 49. La morgue
75%

49. La morgue

Gómez conducía mientras Marta miraba por la ventanilla empañada. El coche avanzaba por la carretera que unía Parayas con Valdecilla, una recta amplia flanqueada por naves industriales, gasolineras y centros comerciales que se sucedían entre parches de hierba oscura y desvíos mal trazados.

A la derecha, el aeropuerto quedaba atrás, iluminado por hileras de farolas que parecían temblar por la humedad.

Más adelante, las señales verdes anunciaban las salidas hacia el centro de Santander, pero Gómez no tomó ninguna.

Siguió recto, en dirección al hospital, con las manos firmes en el volante y la mandíbula apretada.

Gómez la miró de reojo.

—Te noto apagada —dijo él, con tono neutro.

Ella suspiró. Las horas juntos les habían conferido una especie de tregua de confianza no voluntaria.

—No es por lo del cuarto. Eso ya lo procesé. Lo que me tiene hundida es otra cosa.

—Ya sabes que puedes hablar conmigo de lo que necesites.

—Gracias.

Gómez no la quiso presionar.

—¿Vamos a pedir una orden judicial? —preguntó Marta.

—No —contestó Gómez—. Ya sabía yo que no os iban a dar información sensible de clientes, eso lo tenía claro. Esas clínicas viven de la discreción y la gente que va allí tienen mucho dinero, y cuando digo mucho, digo mucho de verdad.

—Ya. ¿Entonces?

—Quería olfatear el ambiente, y eso lo habéis hecho de maravilla porque me habéis dado la información que buscaba.

Tomó un desvío y salieron de la principal.

—Creo que no te sigo —dijo Marta.

—¿A ti qué te pareció?

—Pues alucinante el cambio tan grande que puedes conseguir siendo hombre para convertirte en mujer.

Nos explicaron que hasta la voz puede modificarse.

Y eso me hace pensar que estas clínicas no se dedican solo a transiciones de género, sino que también realizan transformaciones pensadas para que alguien pueda dejar de ser quien era y escapar del radar de la policía.

—¡Exactamente! Has dado en el clavo. Y eso lógicamente tiene un componente de discreción altísimo y por supuesto, añade ceros a la factura, tienen que estar forrados e incluso, no me extrañaría, con listas de espera enormes.

—Eso no lo preguntamos

—No importa.

—Ahora ya sabemos que nuestra Samantha, se cambió la identidad de forma tan drástica que ni un actor lo hubiera hecho mejor. Todo para poder estar en el lugar del juego y ver, o incluso a lo mejor, manipular lo que estaba pasando.

—Tal cual.

—Pero una pregunta —razonó Gómez—. Samantha no intenta escapar de la policía. Su intención es que ninguna de las personas que acudieron a la herencia no la reconozca.

Marta abrió mucho los ojos. No lo había pensado así. Le señaló con un dedo.

—Entonces alguno de los que acudieron le conocía.

—¡Ajá!

El cielo plomizo se reflejaba en el asfalto mojado. Los neumáticos surcaban pequeños charcos que explotaban en abanicos de agua. Marta se arrebujó en la chaqueta.

—¿Sabes qué es lo que quiere enseñarnos Rogelio? —preguntó, sin apartar la vista del cristal.

—Nada bueno —respondió Gómez, sin levantar la voz.

El coche pasó junto al edificio de la FEVE y, unos metros más adelante, emergió la estructura masiva del Hospital Universitario Marqués de Valdecilla, gris, funcional, iluminado a medias.

Sus torres destacaban como un gigante de hormigón en mitad de la ciudad, rodeado de rampas, túneles y aparcamientos subterráneos.

Gómez tomó la curva hacia la entrada lateral reservada a personal autorizado. La lluvia golpeaba el parabrisas en un ritmo monótono, casi hipnótico.

—No sé qué me da más mala espina —murmuró Marta—. Si volver a Valdecilla o lo que nos espera dentro.

Gómez detuvo el coche, apagó el motor y la miró de reojo.

—Cuando Rogelio dice que algo “hay que verlo en persona”, nunca es bueno.

La lluvia seguía repiqueteando mientras salían del vehículo. Al cruzar la entrada de servicio, un olor a desinfectante y humedad los recibió, marcando la frontera invisible entre el exterior gris y el mundo silencioso y quirúrgico que los aguardaba bajo tierra.

Era hora de bajar a la morgue.

El sótano de Valdecilla era un lugar frío y mal iluminado. Las luces de neón parpadeaban cada cierto tiempo como si fueran parte de un decorado. Gómez y Marta avanzaban por el pasillo con paso rápido.

Empujaron la puerta batiente.

Dentro, Rogelio esperaba inclinado sobre una mesa de acero, con una carpeta repleta de fotografías y un ordenador portátil abierto. Levantó la vista.

—Gracias por venir rápido. Hay cosas que os quiero enseñar.

Activó el primer cajón refrigerado.

El cuerpo de Carrasco apareció rígido, la cabeza envuelta en una banda de compresión.

—Golpes múltiples —explicó Rogelio—. Uno final, aquí —señaló detrás de la oreja—, que fracturó la base del cráneo y provocó hemorragia masiva. Muerte casi instantánea. No hay señales defensivas. Lo pillaron por sorpresa.

Gómez asintió.

—Seguimos.

El siguiente cadáver mostró el rostro pálido, los labios azulados. Era Ethan Davis.

—Ahogamiento claro —dijo Rogelio—. Líquido en pulmones, abrasiones en antebrazos por sujeción. No intentó golpear al atacante, solo forcejeó por salir del agua.

Marta se cruzó de brazos. Era la primera vez que visitaba una morgue, pero no quiso decir nada ni aparentar debilidad.

—Alguien lo sostuvo.

—Sí. Sin duda alguna.

Rogelio abrió el tercer cajón. El rostro de Mario tenía hematomas circulares y un hundimiento visible en el malar izquierdo.

—Mario presentó múltiples golpes en cabeza y cara pero no murió por eso.

Gómez dio un paso adelante.

—¿Cianuro?

Rogelio levantó la carpeta y asintió.

—Y además bastante —pasó una fotografía de las toxinas—. Le administraron dos cápsulas enteras. La dosis letal estándar para un adulto sano ya la consigue una.

Marta frunció el ceño.

—¿Dos? ¿Para qué?

Rogelio se encogió de hombros.

—O el agresor no sabía calcular o quería asegurarse tanto que esto ya roza lo irracional. Una cápsula mata en minutos. Dos lo hacen en segundos. No hay ningún motivo práctico para duplicar la dosis salvo pánico, inseguridad, o falta de experiencia real matando.

Gómez se quedó un instante pensativo.

—O un ataque de pánico. O precipitación.

—Exactamente —dijo Rogelio—. La toxicidad en sangre es altísima. Fue una ejecución rápida. Pero la paliza vino antes. Estoy todavía analizando la cronología de las lesiones. Hablando en plata, le reventaron a hostias.

Dejó el cuerpo en su bandeja metálica y respiró hondo. Marta encogió el rostro al ver de cerca los golpes en la cara desfigurada.

—Y ahora lo fuerte de verdad.

La bandeja salió lentamente, revelando el torso rígido y la herida suturada en el cuello. Era el cadáver de Luis Vallejo.

—Sabíamos que murió desangrado —empezó Rogelio—. El punzón perforó la carótida. Pero hay dos hallazgos nuevos.

Gómez levantó la barbilla.

—Adelante.

Rogelio señaló el abrigo que lo tenía en una bandeja cercana.

—Las mangas siguen húmedas. No por condensación. Analizamos el agua microscópicamente. Contiene diatomeas y sedimentos idénticos a los del depósito donde Ethan fue ahogado.

Marta abrió los ojos, incrédula.

—¿Estás diciendo que…?

—Que Luis estuvo sumergiendo los brazos en ese agua un tiempo antes de morir. Lo suficiente como para mojarse completamente las mangas. Eso lo sitúa directamente en la escena del ahogamiento de Ethan.

—Menudo cabrón —dijo Gómez.

Rogelio dejó caer la siguiente bomba con calma.

—Lo segundo es aún más serio. Luis se defendió. No mucho, pero lo suficiente para arañar a su atacante.

Pasó una fotografía ampliada de tejidos recogidos bajo las uñas.

—Hemos analizado el ADN. Y coincide plenamente con una de las personas que estaban en el hotel.

Marta tragó saliva.

—¿Con quién?

Rogelio no dudó.

—Felisa Beltrán.

El aire pareció enfriarse aún más.

—Coincidencia completa —dijo el forense—. Perfil de ADN nuclear. Sin duda alguna. Luis forcejeó con Felisa antes de morir. Y ella estuvo a menos de un metro de él en el momento del ataque.

Gómez cerró los ojos un segundo.

Marta apretó los labios.

—Pero… —intentó decir ella— ¿cómo no se dieron cuenta los demás?

—No estoy seguro —respondió Rogelio—. Luis probablemente la reconoció demasiado tarde. Las lesiones indican que Felisa se acercó sin levantar sospechas, o que él confiaba en ella. No hay signos de resistencia previa.

Gómez apoyó las manos en la bandeja metálica, respirando hondo.

Un móvil vibró.

Él lo sacó, miró la pantalla.

—Dime —respondió.

Era Dani. Su voz sonaba excitada, casi temblorosa.

—Jefe tienes que venir. Acabo de encontrar otro vídeo. Y cambia completamente la cronología del Juego.

Gómez miró a Marta.

—Vamos.

Rogelio los observó sin decir nada mientras la puerta batiente se cerraba tras ellos, dejando a los muertos en un silencio helado.

—Espera jefe —gritó.

Tanto el inspector como Marta se detuvieron.

—Aunque haya sumergido sus manos en la bañera de Ethan no quiere decir que lo haya matado.

—Ya —dijo Marta—. No es una certeza. Pudo haber ayudado a sacarlo del agua. ¿No?

—Exacto.

En ese momento, la radio que llevaba Gómez hizo un ruido de interferencia estática y de pronto una voz dijo:

—Jefe, acaba de salir.