El búnker (La Herencia 2) 48 Clínica Pearson
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48 Clínica Pearson

El taxi los dejó en una calle amplia flanqueada por pinos altísimos y muros de piedra caliza.

El aire era suave, un invierno amable que rozaba los quince grados.

Marta se ajustó la gabardina beige y miró la fachada del edificio: un chalet moderno, cúbico, con cristales tintados y un pequeño jardín impecablemente podado.

Una placa discreta, sin logotipo, solo decía: Clínica Pearson – Unidad de Identidad y Reconstrucción Facial.

—Aquí es —murmuró Iván.

Entraron. El recibidor parecía más la sala de espera de un bufete de abogados que una clínica médica.

Madera clara, mármol gris, olor tenue a jazmín.

En el mostrador, una mujer de piel morena y ojos vivaces levantó la vista.

Tendría unos treinta y pocos años, el pelo rizado recogido en un moño alto, gafas grandes y un ceñido jersey verde botella que le favorecía.

—Buenos días —dijo ella, sonriendo con profesionalidad—. Soy Fátima. ¿En qué puedo ayudarles?

Iván adoptó el tono neutral que había ensayado.

—Llamamos ayer. Estoy interesado en valorar un proceso de cambio de identidad. Algo sin entrar en cirugías demasiado invasivas.

Los ojos de Fátima pasaron fugazmente de él a Marta, evaluando. Asintió.

—Perfecto. ¿Les importaría esperar un momento?

—Por supuesto —respondió Iván.

—Ahora mismo está con vosotros el coordinador técnico.

Tras unos minutos de espera que dedicaron a investigar el centro y a leer todos los folletos que cayeron en su mano, apareció un hombre joven, apuesto, con abundante pelo.

Se acercó hasta ellos con una sonrisa.

—Buenos días, soy Jordi Ferrer. ¿Les importa si les hago algunas preguntas preliminares? Es protocolo. ¿Tú eres?

—Soy su amiga. Le estoy acompañando en todo este proceso.

Sonrisas.

Jordi los condujo a una sala privada con sofás blancos y una mesa baja de cristal. Sacó una tablet.

—Bien —empezó tras un rato de conversación superficial—.

Para cambiar de identidad de género sin cirugías mayores, trabajamos con hormonación supervisada, feminización facial leve, voz, postura y el conjunto documental.

El proceso puede ser rápido si el paciente reúne ciertos requisitos que en tu caso tendríamos que realizar una evaluación previa.

—¿Cuáles son? —preguntó Iván con tono curioso.

—¿No has leído nada?

—Generalidades —improvisó—. He preferido no hacerlo mucho para no meter la pata.

—Haces bien —contestó Jordi—. En este campo hay mucha falsa información.

—Normalmente, ¿por dónde se empieza?

—Pues lo primero sería un análisis de salud general.

Después, la evaluación psicológica. Nada intimidante —sonrió con suavidad—.

Aquí buscamos acompañar, no juzgar, pero es bueno hacer varias entrevistas con nuestras psicólogas.

También hacemos estudios de voz, de densidad ósea y de compatibilidad facial para pequeños retoques si se desea y lo vemos compatible.

—¿Y la documentación? —insistió él.

—Eso es lo más delicado. Gestionamos asesoría legal, pero los trámites oficiales deben justificarse con informes médicos consistentes. Aquí somos muy estrictos, pero nada de lo que preocuparse si quieres cambio legal de identidad en España ahora con la nueva ley es relativamente sencillo.

Marta asentía, tomando notas discretamente. Su presencia daba credibilidad al papel de amiga que apoyaba al “futuro paciente”.

—Una duda —comentó Iván—. El resultado final, es lo que más miedo me da. No quisiera que me señalaran. ¿Es natural?

—Te sorprenderías —afirmó Jordi con una cálida sonrisa—. Muchos pacientes terminan con parejas heteros, el resultado, en especial en gente joven como tú, es espectacular.

Jordi continuó explicando bondades, opciones, precios, tiempos, riesgos. Lo hacía con eficacia: era evidente que dominaba su trabajo.

De pronto, la puerta se abrió.

Entró una mujer alta, delgada, con una melena rubia recogida en un moño perfecto y un porte casi aristocrático. Tendría unos cuarenta años, rostro moreno, largas piernas, mirada azul fría y una presencia que imponía.

—Disculpa, Jordi —dijo ella—. Me dijeron que había un posible caso de feminización sin intervención mayor.

Jordi sonrió.

—Dra. Colomer, estos son Iván y Marta. Están informándose.

La cirujana estrechó sus manos con profesionalidad distante. Luego se dirigió a Iván.

—Soy Laia Colomer. Superviso los procedimientos de armonización facial y los protocolos de transición. Si lo deseas, puedo responder a las dudas más técnicas.

—Le estaba comentando los aspectos generales de la transformación —apuntilló Jordi.

—Tengo curiosidad —preguntó Iván—. Yo tengo la voz grave. ¿Cómo se hace en estos casos?

—Lo cierto es que es uno de los aspectos más difíciles, no te lo voy a negar —respondió la doctora Colomer—. La voz tiene varios factores. Se trabaja el tono, pero también la colocación, la cadencia y la manera de proyectarla. Con entrenamiento puede cambiar mucho.

Marta lanzó una mirada cómplice a Jordi y ambos sonrieron. La doctora abrió su carpeta y extrajo unas láminas con una representación de todo el aparato fonético.

—Y luego está la parte estética —añadió la doctora—. No influye en la voz, pero sí en la percepción global: por ejemplo, la reducción de la nuez. Después se valoran pequeños ajustes faciales, siempre según cada caso.

—Entiendo —replicó Iván, tratando de dar una imagen de chico que está nervioso por su futuro cambio de identidad—. Todo esto es alucinante.

—Buscamos que estés a gusto con tu nueva identidad —concluyó la doctora.

—Es asombroso —dijo Iván—, alguien puede cambiar literalmente de ser una persona a otra. ¿Hasta qué punto puede alguien transformarse sin dejar ningún rastro? ¿Esto no os genera a veces problemas?

Hubo un breve silencio. Laia lo miró con una suspicacia que desnudaba intenciones. Marta trató de mantener una expresión neutra, pero se dio cuenta de que Iván había preguntado demasiado.

—No es tan sencillo. Todos dejamos rastro —dijo por fin—. Además hay un papeleo. La ley sí nos obliga a mantener unos registros.

——¿Y nunca habéis tenido problemas con pacientes que buscaban algo más que una transición? Alguien que quisiera desaparecer, por ejemplo.

—Creo que nos estamos desviando un poco del tema —cortó la doctora con una sonrisa—. En todo caso, aquí nunca trabajamos con ese tipo de gente.

A Marta no se le escapó que esa frase había sonado a advertencia.

Siguieron hablando unos minutos. Pero algo, quizá un gesto de Jordi, quizá un cruce de miradas entre ella y la doctora, cambió la atmósfera. De repente, la cordialidad empezó a evaporarse.

—Perdón —dijo Laia—. ¿Venís recomendados por…?

—Por un amigo —respondió Marta con naturalidad—. Nos comentó que eráis de los mejores y luego encontramos la clínica en internet y estuvimos leyendo.

La doctora Colomer cruzó los brazos, ahora menos amable.

—Mirad —dijo—. En esta clínica somos muy estrictos con la confidencialidad. Y debo decirlo: algunas de sus preguntas suenan impropias de un paciente.

Marta captó que el momento había llegado. Mejor revelar una mentira que ser desenmascarados.

—Tienes razón —dijo, respirando hondo—. No somos pacientes. Somos periodistas. Estamos preparando un reportaje sobre clínicas privadas y los controles que existen en los procesos de cambio de identidad.

El silencio cayó como una losa.

Jordi se tensó.

La doctora Colomer entrecerró los ojos.

—Ya… —murmuró—. Periodistas.

Laia se levantó.

—Creo que debemos dar por terminada esta reunión. Fátima los acompañará a la salida. Si queréis una entrevista como periodistas hacéis la solicitud formalmente por medio de nuestra web.

La doctora les saludó con la cortesía justa y se marchó.

En el taxi, Marta no habló durante varios segundos. Su respiración seguía algo acelerada.

—Hemos estado cerca —dijo finalmente—. ¡Lo has hecho muy bien!

Le dio un codazo. Rieron.

—Demasiado —respondió Iván—. Pero metí el acelerador demasiado pronto.

—¡No solo eres enchufado sino también talentoso! —bromeó Marta.

A Iván se le cambió la cara.

—Lo siento, no quería decir eso.

Almorzaron en una terraza elegante a pocos metros, con manteles blancos y vistas a los jardines privados de Pedralbes. El sol caía suave, dorado, casi primaveral. Marta dio un sorbo a su refresco.

—No sabes la de veces que me han recordado que soy su hijo —explicó Iván—. A veces ser hijo de alguien famoso no es tanta ventaja como se cree la gente y si te quejas o dices algo, nadie empatiza contigo.

—Entonces no empezaste ayer precisamente. ¿Cuántos casos has llevado con él?

Iván hizo memoria.

—Mi padre solía llevarme a sus casos desde que tenía dieciséis años. Estuve casi cinco años aprendiendo a su lado. Fue como hacer un máster intensivo.

—Mira el lado positivo. Has podido aprender en casa y eso tiene un gran valor.

—Lo más curioso es que no es mi padre biológico.

—No lo sabía.

—Normalmente ni lo explico. Mi madre murió cuando yo era pequeño. Ellos me adoptaron después.

—Vaya, lo siento.

Él se quedó quieto un momento. Durante un instante regresó a aquel cajón del despacho que Roberto mantenía siempre cerrado.

Lo había encontrado abierto una tarde, muchos años atrás.

Dentro había varios recortes de periódico amarillentos y una carta del tarot con los bordes doblados, que su padre guardaba como si perteneciera a alguien muerto.

Ella le miró, tocando el borde de su plato. Habían pedido unos sándwiches.

—Mis padres no tienen nada que ver con la policía —dijo ella—. Mi madre  es maestra de primaria y mi padre trabajaba en un taller. A veces me pregunto qué pensarían si supieran en qué me meto.

Iván sonrió.

—Que eres valiente. Y que haces lo que mucha gente se niega a hacer. Aunque hoy en día no sé qué es ser más valiente, si ser policía o profesor de primaria.

Rieron. Marta bajó la mirada, agradecida.

Cuando el camarero retiró los platos, Marta apoyó los codos sobre la mesa.

—Necesitamos los historiales —dijo en voz baja—. Los de cirugías, los preoperatorios, todo. Si nuestra Samantha pasó por aquí, su rastro está ahí.

—Sí —asintió Iván—. Y no lo van a entregar voluntariamente.

Guardaron silencio unos segundos, evaluando posibilidades.

—¿Podríamos hackear la web? —propuso Marta—. O los servidores internos. Algo.

Iván se frotó la barbilla.

—No es tan simple. Las clínicas de alto nivel usan sistemas privados, no solo la web. Pero sí hay un camino. Necesitaríamos acceso a su portal de pacientes.

—¿Cómo lo hacemos?

—Dani.

Se fueron a un parque cercano que no había nadie y pusieron el manos libres. Le llamaron y tras varios minutos de conversación explicando lo que habían hecho y sus propuestas, Dani les hizo varias propuestas.

—Tráfico de red —explicó Dani—. Interceptar desde fuera no es posible, pero si conseguimos que uno de sus dispositivos se conecte a una red abierta controlada por nosotros, podríamos capturar los credenciales.

O encontrar una API mal protegida. Algunas clínicas suben informes a servidores externos sin cifrar adecuadamente. Solo necesitamos un punto de entrada.

—¿Y cómo provocamos que conecten su tablet, su portátil o lo que sea a nuestra red?

La boca de Iván se curvó apenas. Dani contestó al otro lado tras un breve silencio.

—Con un señuelo. Un café cercano. Una red wifi gratuita bautizada como Clínica Pearson Guest. Algo que no levante sospechas.

Marta sonrió.

—Entonces hagámoslo.

El sol de invierno seguía brillando sobre Pedralbes, ajeno al plan que acababa de nacer.