47. Un fantasma con ADN
Era muy temprano y el laboratorio improvisado en la Jefatura Superior de Santander parecía más un almacén que un centro de investigación.
Dos técnicos locales discutían sobre unas bolsas de pruebas mal rotuladas.
El fluorescente parpadeaba en el techo, lanzando destellos que aumentaban la sensación de caos.
—Esto es un desastre —gruñó Gómez, cruzado de brazos, con gesto hosco.
Iván resopló. No sabía qué decir.
Entonces, la puerta se abrió y apareció Rogelio. Llevaba una bata blanca arrugada, unas gafas en la punta de la nariz y un maletín de metal colgado de la mano. Tenía aspecto cansado, pero sus ojos brillaban con ironía.
—¿Qué pasa, caballeros? —dijo, dejando el maletín sobre la mesa con un golpe seco—. ¿Tienen alguna conclusión ya?
Gómez esbozó una ligera sonrisa. Ya sabía lo que venía a continuación.
Los policías locales se removieron incómodos. Uno intentó replicar:
—Estamos siguiendo protocolo, pero la moqueta del coche… bueno, ya estaba aspirada y…
—¡Protocolo, protocolo! —lo interrumpió Rogelio, levantando las manos—. El protocolo está para los manuales. Esto es pura investigación. Señores, tenemos un crimen múltiple.
Se puso unos guantes de látex y abrió el maletín. Dentro, instrumentos que parecían sacados de un quirófano: hisopos sellados, una lámpara de luz forense, pinzas de precisión, reactivos en frascos minúsculos.
—Vamos a empezar de cero —dictó, como un maestro ante una clase atenta.
Colocaron sobre la mesa una alfombrilla arrancada del coche. Rogelio encendió la lámpara ultravioleta y bajó las persianas. El laboratorio quedó sumido en una penumbra azulada.
Pasó la luz una vez sobre la superficie con mucho cuidado.
La pasó de nuevo, más despacio, inclinando la muñeca para que el haz entrara en las fibras desde otro ángulo. El resplandor reveló polvo, restos de goma, pequeñas motas sin importancia.
—La han aspirado —murmuró uno de los técnicos locales, casi satisfecho.
Rogelio no contestó. Se ajustó las gafas, acercó más la lámpara y empezó a recorrer los bordes, las costuras, las zonas donde la tela se doblaba contra el marco de goma. Allí el aspirador no entraba bien. Allí era donde la gente se solía confiar.
Pasó la luz una tercera vez. Entonces se detuvo.
—Bajad un poco más la luz.
Uno de los técnicos obedeció. El laboratorio quedó casi a oscuras. Rogelio presionó con unas pinzas el borde de la alfombrilla y abrió un pequeño pliegue endurecido por la humedad y la suciedad.
En el interior, atrapado entre dos fibras negras, apareció un brillo mínimo. Casi nada. Una mota. Un filamento.
Rogelio sonrió.
—Aquí está nuestro amigo.
Sacó un hisopo estéril y lo pasó con una delicadeza quirúrgica por el pliegue. Después cambió de pinzas, separó las fibras y extrajo un cabello corto, oscuro, pegado a una costra microscópica de material orgánico. Tenía raíz.
Lo guardó en un vial y lo etiquetó con su letra firme.
—Ahora sí —dijo, girándose hacia Gómez—. Restos epiteliales. Nuestro fantasma ha dejado algo de sí mismo.
Los locales se miraron, incrédulos.
—¿Cómo no lo vimos? —susurró uno.
—Porque mirasteis con los ojos equivocados —respondió Rogelio sin levantar la vista, luego señaló a la pequeña linterna que estaba manejando —. No todas las luces son iguales.
Gómez asintió, esperanzado.
—Bien. Eso es lo que necesitábamos.
Pero Rogelio levantó un dedo, cortando el aire.
—No cantes victoria. Una muestra sin base de comparación es como una cerradura sin llave. Y nuestro sospechoso, sea quien sea, es ahora un fantasma con ADN.
El silencio se hizo insoportable. Gómez se pasó una mano por la barba mal afeitada.
—Entonces, ¿qué propones?
Rogelio suspiró, se quitó las gafas y las dejó sobre la mesa.
—Necesitamos un grupo base. No me importa el listado, como si me das cinco mil, pero necesito perfiles. Hagamos comparativas, primero a nivel nacional, pero no descartaría las bases de ADN internacional, especialmente Reino Unido, por Ethan, Interpol y por supuesto, la nuestra.
—¿Interpol nos lo dará? —preguntó Iván.
—Si tenemos sospecha razonable, sí —contestó Rogelio.
Sin esperar respuesta, Gómez cogió el teléfono fijo de la sala y marcó un número de memoria.
—Pilar —dijo en tono cansado cuando escuchó la voz al otro lado—. Soy yo de nuevo. Necesito que me hagas otro favor de los grandes.
Se alejó un poco del resto, hablando con un tono más bajo, pero Rogelio pudo escuchar frases sueltas.
—…usa los contactos, rasca donde no te dejen entrar, mira Interpol…
—…no te pido que violes protocolos, solo que mires si existen registros antiguos, aunque sean residuales.
—Si encuentras alguna coincidencia parcial o algo que tenga sentido, me llamas. Y tira de contactos donde puedas, ya me entiendes.
Cuando colgó, volvió con la misma serenidad de quien ha lanzado un dado y sabe que la partida aún no está decidida.
—Ella lo buscará. Si alguien puede, es Pilar.
Las horas siguientes fueron un goteo lento de café y espera.
Los locales seguían trabajando en pruebas menores, pero todo el peso de la investigación flotaba sobre el hallazgo de Rogelio.
Gómez caminaba de un lado a otro, revisando notas, mientras Rogelio permanecía sentado, observando el vial del cabello como si fuera una reliquia sagrada e Iván estaba concentrado en su portátil contrastando perfiles.
Se trasladaron al búnker. Allí le esperaban todos para una reunión que había convocado.
Hicieron falta dos cafeteras para todo el grupo.
Marta había traído pastas de mantequilla.
Se instalaron frente a la ratonera de Gómez, en los cómodos sofás que habían puesto en ambos lados, frente a los paneles con información que habían sido perfeccionados desde que empezaron a decorarlos.
—Hay tres líneas que podría haber usado el sospechoso —comentó Gómez señalando una fotografía que había puesto en el proyector—.
Lo primero ver clínicas de cambio de género, lo segundo peluquerías o estilistas especializados en transformismo, y por último, tiendas buenas de disfraces o de maquillaje profesional, seguramente estas últimas estén vinculadas al mundo del cine, teatro o televisión.
Hizo una pausa y bebió un poco de café.
—Rogelio, ¿quieres comentar lo tuyo?
Rogelio se puso en pie.
—Con el ADN, aparte de mirar en bases de datos que ya estamos haciendo, se puede avanzar en dos áreas. Una es el fenotipo, sería como una especie de retrato robot genético, nos puede servir para hacer descartes limpios.
El forense observó que algunos de los allí presentes no le estaban entendiendo debidamente. Se aclaró la garganta.
—El fenotipo nos permitirá saber cosas como el color de piel, de ojos, tipo de cabello y cosas muy genéricas. Se usa para descartes más que para identificaciones.
Marta asintió. Rogelio puso otra foto.
—Y otro sería el ADN familiar, si damos con un posible familiar, hay coincidencia y eso sí que nos acerca al sospechoso porque disminuye las posibilidades muchísimo. Solo hay que tener un poco de suerte claro.
Iván bajó la mirada hacia la mesa.
ADN familiar.
La expresión le golpeó en el pecho. No era solo una palabra técnica, ni una posibilidad estadística, ni siquiera una herramienta más para acorralar a un asesino. Para él, aquellas dos palabras abrían una puerta que siempre intentaba evitar.
Nunca había conocido a su padre. Durante años había fingido que no le importaba.
Había aprendido a contestar con frases rápidas, con ironía, con esa indiferencia elegante que a veces confundían con madurez.
Pero cada vez que alguien hablaba de sangre, de parentesco, de coincidencias genéticas, una herida se removía dentro de él.
Y luego estaba su madre.
Su madre muerta. Asesinada por un loco.
Iván tragó saliva y volvió a mirar la pantalla antes de que nadie notara que se había ido de la reunión durante unos segundos.
—¿Y las bases de datos? —preguntó Marta mirando de reojo a Iván.
—Hay que hacerlo, pero si nuestro sospechoso no está fichado, no tenemos nada que hacer. Vamos a pensar que alguien con la capacidad de hacer todo esto, es posible que tenga antecedentes penales y esté en nuestras bases de datos.
—Ya.
Gómez hizo una seña a Iván.
—Vamos con la otra parte —intervino Gómez—.
Sabemos que nuestro hombre se disfrazó de mujer.
Pero no hablamos de una chapuza. Para pasar por Samantha Torres aquella noche necesitaba algo más que una peluca y un vestido.
Necesitaba maquillaje profesional, prótesis, ropa adecuada, control de la voz, de los gestos, de la postura.
Y, sobre todo, dinero. Mucho dinero. Iván.
El detective, ya algo famoso por ser hijo de Roberto Espinosa, se puso en pie.
Hasta entonces, Marta no se había fijado mucho en él, pero ahora lo observó con otros ojos.
Era muy joven, unos veintitrés años, sin embargo, destilaba madurez y porte.
No solo por su estatura, medía fácilmente más de un metro noventa, sino por algo que no supo identificar que le otorgaba una especial seguridad al hablar.
Al comenzar a hablar, la voz le tembló ligeramente y tuvo que consultar sus notas varias veces.
Sin embargo, su exposición era precisa y revelaba una capacidad poco común para relacionar los datos.
Iván no tardó en quedar enfrascado en su explicación.
—Hay varias unidades de identidad de género públicas en España, pero como es lógico, nuestro sospechoso, no creemos que haya ido por ahí, entre otras cosas porque tendría que haber facilitado su identidad verdadera, le habrían visto, conocerían su caso y con una orden judicial, ¡zas!
, lo tendríamos, los hospitales públicos tienen obligación de facilitar datos, así que…
Hizo una breve pausa para comprobar que todo el mundo le seguía. Su mirada en ese momento se cruzó con la de Marta.
—…nos hemos orientado por las clínicas privadas.
Dani se había llevado un portátil. Mientras escuchaba iba haciendo cosas en el ordenador. El chico no perdía ni un segundo.
—Sospechamos que debió de ir a una clínica de primer nivel —añadió Gómez—. Donde, por desgracia, existe privacidad absoluta.
—Si alguien quiere cambiar de identidad —comentó Iván con una carpeta abierta en su mano derecha—, hay varias clínicas en España muy buenas que podemos peinar, pero también es probable que lo haya hecho en el extranjero en lugares donde se puede pagar en efectivo y no piden ningún tipo de identidad.
—¿Qué sitios? —preguntó Marta.
—¿Vas a cambiar de sexo? —bromeó Dani.
A Marta le hizo gracia el chiste y hubo un pequeño momento de distensión.
—Me lo pensaré oye.
Iván carraspeó con una sonrisa.
—Los lugares más top están en Tailandia y México. Pero…
Gómez parecía cansado y agobiado. Se abrían demasiadas posibilidades.
Los crímenes ya no eran lo que fueron antaño.
Ahora los criminales podían moverse por todo el globo terráqueo lo que complicaba muchísimo las investigaciones.
El mundo criminal tenía acceso a recursos ilimitados globales, mientras que los policías aún trabajaban con estructuras del siglo XX.
Espantó esos pensamientos y volvió a la reunión.
—…Empezaremos por las clínicas españolas y luego iremos abriendo el foco a ver qué encontramos. Hay varias clínicas en Barcelona especialmente buenas que es por donde deberíamos empezar —confirmó Iván.
—¡Joder! —exclamó Dani—. ¡Siempre somos top en cosas raras!
Se repartieron la búsqueda. Durante las horas siguientes examinaron clínicas de Barcelona, Valencia, Bilbao, Zaragoza y Madrid.
Algunas quedaron descartadas porque no realizaban intervenciones tan complejas; otras, porque exigían un seguimiento presencial prolongado o porque no ofrecían el grado de confidencialidad que Samantha habría necesitado.
La tarde fue cayendo mientras se acumulaban pestañas abiertas, nombres y anotaciones en la pizarra. Cada posible candidata parecía conducirlos a un callejón sin salida.
Hasta que Iván encontró una nueva página y proyectó una fotografía en la pantalla. En ella se veía un edificio rodeado de árboles, en un lugar hermosísimo, con un lago y varios patos.
—Clínica Pearson —leyó—. Cirugía reconstructiva, transformación facial y absoluta confidencialidad.
Laura se acercó a la pantalla.
—Si yo fuera Samantha Torres, o como quiera que se llame, sin lugar a dudas, habría ido aquí.
—¿Por qué lo dices? —preguntó Gómez—. ¿Tienes alguna evidencia o son conjeturas?
Iván miró a Laura. Esta se puso en pie.
—He estado mirando cosas. Inspector, mire estas fechas —dijo Laura.
Luego puso una imagen en el proyector de varias columnas contables.
—Maerus dejó de mover dinero el mismo mes en que la supuesta Samantha empezó a dar señales de vida. Y entre las clínicas asociadas a esos pagos aparece una tal Pearson. Está en Barcelona. De lujo. Muy discreta. La que nos acaba de enseñar Iván.
Gómez la observó fascinado.
—¿Estás diciendo que Maerus hizo pagos a una clínica de cambio de identidad?
—¡Bingo! —exclamó Laura—. No solo eso, intentó engañarnos. Hay muchos otros pagos a otras clínicas, pero los demás fueron revertidos mediante devoluciones simuladas.
Laura guardó silencio un segundo observando cómo todos la miraban con la máxima atención.
—Todos menos este pago —dijo Laura—. Y además es una suma considerable. Muy por encima de mercado.
Gómez se quedó mirando la pantalla.
—¿Cuánto por encima?
—Lo suficiente para pensar que no compró solo un cambio de identidad. Compró silencio.