46 Las grabaciones
Después de la reunión con Rogelio, Gómez se metió en su despacho y en una hoja empezó a hacer dibujos.
Le gustaba representar la información de manera gráfica para poder visualizarla.
Todas las líneas de investigación parecían terminar en alguien.
O al menos deberían estar unidas por una conexión invisible que todavía no era capaz de vislumbrar.
Gómez llamó a Loredo y le informó sobre su entrevista con el padre Ignacio y las nuevas pesquisas del caso de Mario.
El juicio ya se había celebrado y el caso estaba cerrado, pero tal vez con esta nueva confesión y los nuevos datos se podría reabrir y al menos se podría buscar justicia para la familia.
Justicia. Esa palabra se le antojó demasiado abstracta. ¿Qué significaba en realidad hacer justicia? ¿Significaba eso encontrar un cierto alivio en la maldad? ¿Reparar de alguna forma la mezquindad humana? ¿De verdad se reparaba algo? ¿Pero cuántas veces el mal campaba a sus anchas?
Dani había desplazado todos los equipos y estaba tratando de visionar las grabaciones de vídeo. Desde su habitáculo, con una cristalera que le permitía involuntariamente controlar quién accedía a la cocina y a la zona personal, Gómez pudo ver la actividad de Dani. Se levantó y fue a ver cómo iba.
—El puto lugar estaba lleno de cámaras —dijo—, pero se han destrozado parte de las grabaciones o han hecho un cortocircuito. ¿Para qué?
—Ahora sabemos que alguien lo controlaba todo —dijo Gómez en alusión al cuarto secreto descubierto por Marta—. Esto abre muchas posibilidades. Al menos veamos el lado positivo. Deberíamos hablar con la empresa esa otra vez, pero ahora con una orden judicial tarde lo que tarde.
Como a quien se le ocurre algo al vuelo, Gómez regresó corriendo a su mesa y llamó a Laura para que se ocupase del tema.
—¿No te vale que quieran cooperar de forma voluntaria? —dijo Laura.
—No, en absoluto. Vamos a presionarles a tope, necesitamos saber todos los detalles y cualquier pista que nos pueda conducir a un posible contratista.
Dani estaba rodeado de pantallas como un niño en su cueva secreta. Había rescatado dos discos duros. Había miles de ficheros grabados. Aquello iba a ser una tarea titánica, pero además estaban desordenados y muchos de ellos inservibles.
—¿Cómo vas Dani? —preguntó Marta que en ese momento iba a por un café, apoyándose en el marco de la puerta.
Dani tenía ojeras a pesar de ser tan joven. Cerró los ojos.
—Me vendría bien un descanso —dijo—llega un momento en que ya no veo nada.
—¡Vente!
Salieron del búnker y dieron un pequeño paseo por el polígono. A aquella hora bullía de actividad: varios camiones entraban y salían de los almacenes y, algo más adelante, un taller tenía abiertas de par en par sus puertas.
—¿Cómo te encuentras? —preguntó Dani.
—Oye, en serio —exclamó Marta—. No hace falta que estéis todos preguntándome cada dos segundos cómo estoy. Lo de ayer ya pasó. Fue una puta experiencia, pero para algo soy policía. ¿No?
—¡Vale! ¡Vale! ¡Perdona!
—Es que hoy ya me lo han preguntado diez veces —rio.
La tensión se disipó.
—Que sepas que has hecho un descubrimiento de la hostia. He comprobado que dentro de la habitación había un potente inhibidor de señal… ¿Sabes lo que es, no?
Marta lo miró con escepticismo.
—¿La maleta esa?
—Sí.
—¿Y qué hace exactamente?
—Pues imagina un secador de pelo que, en vez de darte calor, escupe ruido invisible. —le hizo un gesto con la mano, como si lanzara ondas—. Lo que hace es inundar el aire con frecuencias basura. Resultado: todo lo que esté a su alrededor se queda sordo.
Marta arqueó una ceja. Aquello sonaba fascinante.
—¿Sordo?
—Sí, como si intentaras hablarme y yo me pusiera unos cascos con ruido blanco a todo volumen. Tú gritas, pero yo no escucho nada.
Marta sintió un nudo en el estómago al recordar el silencio absoluto dentro de la habitación. De pronto, entendía por qué su móvil había muerto como si alguien lo hubiera estrangulado. Recordó cómo sus gritos rebotaban contra las paredes y se quedaban en nada. Se sintió angustiada.
—¿Estás bien?
—Sí. No es nada. ¿Y tienen mucho alcance?
—Depende del juguete. Los baratos te tapan un despacho. Los gordos, los que son como maletas grandes, pueden dejar sin cobertura a un edificio entero. Incluso hay modelos militares que cortan medio barrio. ¡Flipas!
—¿Y cómo sabes si te están inhibiendo?
Dani se encogió de hombros.
—No lo sabes. Solo notas que el móvil se queda sin línea de pronto y sin explicación, que el wifi se cae y que todo lo que vaya por internet “se muere”.
Marta lo miró en silencio, pensativa. Admiraba cómo las nuevas generaciones aprendían tan rápido todo el intrincado mundo de la tecnología.
—O sea, que alguien apagó las comunicaciones de los móviles del hotel con un trasto de esos.
—Exacto. —Dani chasqueó los dedos—. No necesitas hackear nada. Con un inhibidor bien colocado, entras, lo dejas ahí y cuando quieres lo enciendes y hala: oscuridad digital.
Caminaron en paralelo, escuchando sus pasos en el asfalto mojado.
—Lo del inhibidor me lo has pintado demasiado fácil —dijo Marta.
—¿Fácil? —Dani sonrió—. Bueno, tampoco es que se vendan en el Carrefour. Pero para alguien con dinero y contactos, no es nada imposible.
Ella lo miró de reojo.
—Me da un poco de miedo que lo digas tan tranquilo.
—La gente no se entera en el mundo en que vivimos. ¿Quieres que te diga algo peor? —se detuvo un segundo, inclinándose hacia ella como quien comparte un secreto—. Yo podría construir uno con piezas que encuentras por internet.
Marta soltó una risa breve, incrédula, y negó con la cabeza.
—Eres incorregible.
—No, soy sincero —dijo Dani—. Es lo que tiene la tecnología. Tan pronto estás haciendo algo bien como te metes en terreno prohibido.
Ella bajó la vista, reprimiendo una sonrisa que se le escapaba a medias.
—Céntrate en tu trabajo, genio.
—Estoy centrado. Solo que a veces también me dejo llevar por la imaginación y ya me he metido en algún lío, no creas.
Siguieron caminando en silencio. Marta apretó el bloc contra el pecho. Dani, a su lado, silbaba bajito como si la tensión no le pesara, aunque sus manos en los bolsillos parecían cerrarse con nerviosismo.
Sonó una alarma en el móvil de Dani.
—¿Qué coño es eso? —preguntó Marta asustada pues sonaba como una sirena de un coche policial.
—Es mi programa. Acaba de detectar movimiento. ¡Vamos!
Corrieron de vuelta al búnker. El programa que estaba usando Dani había detectado movimiento en otro vídeo. En esta ocasión la que salía era Samantha Torres.
Marta observó la escena y el pulso se le aceleró. No quería admitirlo, pero la sola idea de cruzar a solas un pasillo oscuro la hacía tensar la mandíbula.
En el vídeo, ella salía caminando por el pasillo. Se repetía una y otra vez en un bucle. Luces rojas, marcos de análisis, vectores. Caminaba como una reina. Sin mirar atrás. Como quien ya ha ganado.
—Esto es raro —exclamó Dani.
—¿Qué pasa? —preguntó Marta.
—Déjame un momento.
Dani abrió un nuevo programa y trasladó el vídeo para hacer un análisis de imagen. Le llevaría un rato, aunque él ya sospechaba cuál iba a ser el resultado, pero quería estar más seguro. Marta lo dejó solo trabajando y el muchacho se enfrascó en varias tareas informáticas.
Mientras tanto, Gómez no dejaba de darle vueltas a la futura entrevista que tendrían con la gente de Stratis.
Le tenía ganas a aquel capullo de Nigel Cartwright que les había concedido la entrevista como si fueran tontos.
Estaba dispuesto a obligarles a coger un vuelo a él y al imbécil de su jefe, quien quiera que fuera, y traérselos al búnker para interrogarlos sin piedad el tiempo que hiciera falta.
Aprovechó para enviar un mail a Pilar Ortega, la comisaria provincial, y acelerar todo el proceso.
Al cabo de media hora apareció Dani en su puerta con el portátil abierto en la mano.
—No es ella —murmuró Dani, sin apartar la vista.
—¿Perdón?
—No es Samantha. O al menos… no es una mujer.
Gómez lo miró con escepticismo. Se puso en pie irritado.
—¿Qué coño dices?
—Patrones de marcha. Tengo un programa que usa inteligencia artificial para calcular la biomecánica de género. Lo usan en rehabilitación, pero lo he adaptado y lo uso en identificación forense. Tiene un margen de acierto muy alto cuando la imagen es buena.
—¿Muy alto? —preguntó Marta algo escéptica.
—A ver —se explicó Dani—, no es una prueba judicial por sí sola, pero como indicio es muy bueno.
Marta se acercó, curiosa. Dani amplió el vídeo, ralentizó los pasos, aplicó una superposición de estructuras óseas digitales. Al grupo se sumó Iván y Laura.
Todos escuchaban alucinados a Dani.
—Rotación pélvica mínima. Centro de gravedad alto. Amplitud de paso. Hombros adelantados. Resultado: 96,2% de probabilidad de que sea… un hombre.
El grupo guardó silencio. El terreno de juego acababa de cambiar por completo.
Gómez bajó la cabeza. Le temblaban las manos.
—¿Un hombre disfrazado de mujer? —dijo Gómez.
—¡Eso parece! —exclamó Dani.
La idea cayó como un proyectil en medio de la sala. Y todo encajó. Las muertes. Los acertijos. Las habitaciones. La arquitectura del horror. Aquello no estaba planificado al milímetro, aquello empezaba a ser una ópera en cinco actos de un criminal maquiavélico.
—Usó la identidad de una muerta y nos ha hecho creer que era una mujer —reflexionó en voz alta Gómez—. No se escondía. Los estaba mirando desde dentro. El muy hijo de puta.
—O tal vez se veía obligado a ocultar su verdadera identidad —añadió Iván.
Gómez volvió a mirar la figura del pasillo. La postura. La seguridad. Aquella manera de ocupar el espacio. De pronto no vio a Samantha Torres. Vio una máscara.
—¿No estamos dando un salto mortal? —preguntó Marta—. Tampoco tenemos evidencias de que sea de verdad un hombre.
—Créeme que el margen de error es muy bajo —se defendió Dani algo molesto por poner en duda su conclusión.
El grupo aún no se lo quería creer.
—Tienes razón pero… ¿No podrías volverlo a comprobar, no sé en otros vídeos?
—Puedo hacerlo. ¡Claro!
Gómez y Marta se miraron. Iván también cayó en la cuenta. Laura también estaba alucinada. Había escuchado todo desde fuera.
—¡El coche! —dijo Laura—. Los restos de ADN. Ahí lo podemos comprobar sin lugar a dudas.
—¡Joder claro! —añadió Gómez que no había caído en la cuenta—. ¡Muy bien Laura!
Habían mandado una muestra a la policía científica de Santander, pero no tenían el ADN de ningún sospechoso por el momento. Laura cogió el teléfono y llamó.
—No hace falta que hagas más comprobaciones Dani —dijo Iván—. En el ADN del coche podremos saber con certeza absoluta si es un hombre.
Gómez salió de su despacho al pasillo, con el móvil ya en la oreja. Marcó el número directo de Pilar. Tardó dos tonos en responder.
—¿Sí?
—Pilar, soy Gómez. Tenemos un hallazgo clave —la voz le salió ronca de cansancio, pero firme—. El Audi negro que salió del hotel. Las muestras de ADN nos gustaría comprobarlas.
Hubo un silencio breve al otro lado. Después, la voz grave de la comisaria.
—Les meteré prisa.
—Gracias.
—¿Qué habéis encontrado? —preguntó ansiosa Pilar.
Gómez dudó unos segundos. No quería presentar una conjetura como una certeza, pero tampoco podía pedir semejante despliegue sin darle una explicación. En realidad no le quería contar nada, salvo que ya hubieran detenido al culpable.
—Hemos analizado una de las grabaciones. Hay indicios de que Samantha Torres podría no ser quien creemos. Ni siquiera una mujer.
—¿Un hombre? —preguntó Pilar.
—Es una posibilidad. El análisis de la marcha apunta en esa dirección, pero necesito que el ADN lo confirme antes de sacar conclusiones.
La respiración de Pilar Ortega se escuchó al otro lado de la línea.
—De acuerdo. Ordenaré que se desplace un equipo completo. ¿Algo más?
—Quiero un cordón policial hasta que el vehículo esté precintado. Necesito la cadena de custodia intacta. Si perdemos esta prueba, retrocedemos diez casillas.
Hubo un breve silencio y luego la respuesta seca, militar.
—Lo tendrás.
Gómez apretó el móvil contra la oreja, como si necesitara sentir la solidez de la orden.
—Gracias, Pilar.
—No me lo agradezcas, Arturo. Más te vale que ese ADN nos lleve a alguien.
La llamada se cortó con un clic. Gómez apoyó la frente un segundo en la pared fría del pasillo. Sabía que acababa de mover una ficha decisiva y al mismo tiempo sintió la presión de tener que ofrecer resultados cuando solo tenía conjeturas.
Ahora el reloj corría contra ellos. Lo odiaba.
Esperaba que Dani tuviera razón.