45. El juicio #2
—Señor Suárez, puede usted declarar cuando quiera —dijo el juez.
Mario se acomodó en la silla. Se pasó la lengua por los labios con un gesto que podría parecer nervioso. En realidad, estaba comprobando que la voz le saliera libre, sin temblores no controlados.
—Nuria… —comenzó, dejándose quebrar un poco—.
Nuria era una buena persona. Yo sé que eso puede sonar vacío, pero es verdad.
Era alegre, trabajadora, tenía un sentido del humor que…
—se detuvo, inhalando con dificultad, como si el recuerdo le apretara la garganta—, y yo no la merecía. Eso lo tengo claro.
Un murmullo leve recorrió el público.
—¿Qué sucedió la noche del accidente? —preguntó el presidente de la sala, con voz neutra.
Mario bajó la mirada hacia sus manos entrelazadas. Se obligó a recordar no lo que había pasado, sino lo que tenía que contar.
—Habíamos discutido —dijo—. Yo tenía problemas con otra relación anterior.
No quiero dar detalles, pero… sabía que le había hecho daño.
Nuria descubrió cosas que no le había contado.
Teníamos previsto ir a Somo, a ver desde allí las luces de la ciudad, ella se montó en el coche.
Pensé que podríamos arreglarlo por el camino, pero la discusión fue a peor.
Gritaba, yo también. En un momento dado, me dijo que parara. Que se bajaba. Que lo quería dejar.
Hizo una pausa.
—¿Y usted qué hizo?
—Intenté calmarla. Le dije que esperara a que llegáramos a un sitio seguro.
Pero ella se desabrochó el cinturón y abrió la puerta.
Yo empecé a frenar, pero… iba más rápido de lo que debería.
Estábamos en la A8, era de noche, llovía un poco…
—movió la cabeza, como si también a él le costara aceptar la irresponsabilidad—.
Intenté agarrarla del brazo, juro que lo intenté, pero en un segundo ya estaba fuera.
Solo oí el golpe. Frené como pude. Me bajé.
Llamé a emergencias. Intenté reanimarla hasta que llegó la ambulancia.
Mientras hablaba, una parte de él no estaba allí. Estaba en su piso del Sardinero. Mario estaba desnudo sobre la cama, el cuerpo aún entrelazado con el de Marina. Las sábanas revueltas, el sudor reciente. Un segundo grotesco donde el mundo dejó de sonar.
Nuria abrió la puerta de golpe, siguiendo el sonido de voces entrecortadas que escapaban del dormitorio. Entró sin llamar en la casa de Mario. Tenía llave. Y se quedó clavada en el umbral, como petrificada.
—¿Qué…? —susurró Nuria, sin aire.
No fue capaz de procesarlo.
Marina se incorporó, cubriéndose con la sábana. No tenía idea de quién era aquella chica, pero lo entendió enseguida. La oficial. La verdadera. La que existía antes que ella.
—Nuria… —musitó Mario. La frase que salió a continuación se le escapó como un reflejo idiota—. No es lo que parece.
—Estás enfermo —dijo ella, sin elevar la voz. Lo cual dolía más.
Marina se tapó el pecho con la sábana. Tenía los ojos abiertos de par en par, como si hubiese despertado de una pesadilla. Estaba sudorosa.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó. Y ni ella sabía si se lo preguntaba a él o a sí misma.
La discusión explotó. Marina se fue antes —cerrando la puerta de un portazo que hizo vibrar los cuadros—, pero Nuria se quedó. Lloró. Preguntó. Exigió fechas, motivos, nombres.
Le agarró el móvil ya sin contemplaciones. Deslizó la pantalla con ansiedad. Abrió el WhatsApp. Mensajes a otras mujeres. Fotos. Citas. Excusas. Un organigrama perfecto de mentiras.
Según lo iba mirando, Nuria estaba más y más horrorizada.
Mario recurrió a su repertorio habitual: tono suave, medias verdades, insinuaciones que repartían culpas invisibles.
Lo había hecho tantas veces que el mecanismo funcionaba solo.
Al final, consiguió que Nuria dudara de sí misma.
De su propio enfado. De sus propios ojos.
Incluso aceptó ir con él a Somo, como tenían planeado.
Pero en el coche, algo se quebró sin remedio.
—Irás por el mismo camino de siempre —dijo ella, mirando por la ventanilla, con la bahía alejándose en el retrovisor—. Marina, la psicóloga, las otras… Todo es un pozo contigo. Un pozo sin fondo.
Él apretó el volante.
—Estoy en tratamiento. Me esfuerzo, Nuria. No lo ves.
—Te esfuerzas por ti. Solo por ti. Yo soy como una muñeca, nada más. Y cuando ya la has usado, vas y la tiras. ¿Qué es lo que ves en ella que yo no te doy?
Mario no supo qué contestar.
—No hables de Marina —escupió él—. No tienes ni idea.
—¿Qué?
La velocidad subió. La carretera hacia Somo, de noche, se convertía en un túnel flotante con paredes negras a cuyos lados era imposible escapar.
—Quiero bajar —dijo Nuria—. Aquí mismo.
—No digas tonterías. Si quieres doy la vuelta y te llevo a tu casa.
—¡Que pares! —gritó ella.
Se desabrochó el cinturón y agarró la manilla de la puerta. Él sintió cómo el corazón se le disparaba; pero no era miedo. Era otra cosa: el pánico de volver a ser abandonado.
El coche se detuvo del todo en el arcén. Era noche cerrada y llovía ligeramente. Nuria se bajó, cogió su bolso y desapareció por el arcén caminando hacia delante.
Mario se sintió poseído de una ira descomunal. No podía soportar que se marchara así. Pensó en salir, agarrarla y obligarla a la fuerza a meterse en el coche.
—¡Nuria! —gritó.
Pero ella lo ignoró y siguió caminando. Él la veía a través de los limpiaparabrisas que se movían lentamente de un lado para otro.
Aceleró. El golpe sonó duro. Seco. Inhumano. El coche avanzó unos metros más hasta que él frenó. El impacto la había lanzado hacia delante.
Cuando bajó y corrió hacia ella, vio el charco oscuro bajo su cabeza. Nuria respiraba de forma jadeante. Cada inhalación era un alarido de socorro.
Mario marcó emergencias. Puso tono compungido. Dijo las palabras correctas.
“Mi novia se tiró del coche.”
“Estaba alterada.”
“He intentado frenarla.”
Mientras presionaba la herida con las manos manchadas de sangre, notó cómo su mente, fría y estratégica, ya redactaba la versión final:
Ella tenía problemas. Yo hice lo que pude.
Intenté salvarla.
—En ningún momento quise hacerle daño —continuaba diciendo ahora en la sala de vistas, de regreso al presente—.
Ojalá hubiera frenado antes, ojalá hubiera hecho muchas cosas de manera diferente.
Pero no soy un asesino. No soy ese monstruo del que hablan algunos medios.
Soy una persona que cometió errores, que intentó…
—su voz se quebró justo donde debía, ni un milímetro antes—, que intentó arreglar lo que ya no tenía arreglo.
La madre de Nuria sollozaba sin consuelo. El padre la miraba como si esas palabras no le llegaran. El hermano, en cambio, parecía absorber cada sílaba para reutilizarla algún día, en algún otro lugar, como combustible.
El juez asintió lentamente, tomó nota. El jurado popular, alineado como una fila de sombras, mantenía rostros impenetrables.
Mario bajó la mirada, dejando que el silencio hiciera el resto. Sabía que la combinación de informe pericial, lenguaje técnico ambiguo y su propia actuación calculada podía bastar para sembrar la duda suficiente.
No necesitaba convencer a todos. Solo a algunos.
Al salir de la Audiencia, ya de noche, Santander era una sucesión de luces reflejadas en el asfalto mojado. Estaba exhausto, pero no del modo en que lo estarían otros. No era un cansancio del alma, sino de la mente, del músculo fino que había estado sosteniendo su personaje durante horas.
Subió al coche y condujo hasta su piso del Sardinero.
Aparcó. Entró. Encendió solo una lámpara de pie, dejando el resto del salón en penumbra.
Sobre una estantería, un marco con una fotografía de Marina en el gimnasio, tomada con el móvil en uno de aquellos días en los que todavía creía que todo era posible: ella levantando una mancuerna, mirándolo de reojo, riéndose de algo que ya no recordaba.
Se acercó al marco y pasó el dedo por el cristal.
Había matado por ella.
Había mentido por ella.
Había puesto en marcha todas las piezas de sí mismo para estar a su altura. Y, aun así, ella se había marchado.
Se dejó caer en el sofá, con el traje todavía puesto, la corbata floja. Por primera vez en mucho tiempo, la idea de que quizá sí era un monstruo cruzó fugaz por su mente. No duró. La apartó con la misma frialdad con la que se aparta de una ventana una mosca que molesta.
El móvil vibró sobre la mesa. Número desconocido. Prefijo de Santander.
—¿Sí? —respondió, aclarándose la voz.
—¿Don Mario Suárez? —la voz al otro lado era masculina, educada, con ese deje neutro de quien está acostumbrado a hablar con gente que cree importante.
—Sí, soy yo.
—Le llamo del despacho Pérez & Palacios. Hemos estado revisando un asunto de testamentaría en el que podría estar usted interesado. Figura su nombre en la lista de posibles beneficiarios de una herencia. Nos gustaría concertar una reunión para explicarle los detalles.
Mario se incorporó en el sofá extrañado. La lámpara dibujó sombras marcadas en su rostro.
—¿Una herencia? —repitió despacio.
—Así es. Tiene que venir el viernes 14. Es imprescindible que acuda a esta reunión, para ello…
Pérez le explicó todos los detalles.
Miró la foto de Marina. Pensó en el juicio, en los padres de Nuria, en la psicóloga, en el informe del guardia civil.
Todo aquello, de pronto, le pareció lejano, envuelto en una niebla funcional.
Lo que tenía delante era una nueva pieza de tablero, otro escenario, otra oportunidad para demostrar que no era el monstruo que otros veían, sino el jugador que sabía moverse mejor que nadie.
—Iré sin falta —respondió.
Mientras apuntaba mentalmente la cita, ya imaginaba los pasillos alfombrados, las paredes cubiertas de diplomas, la mesa pulida del despacho. Y, detrás de todo eso, la sensación de que el mundo, una vez más, se abría para él, dispuesto a dejarle entrar.
Quizá, pensó, aún no estaba todo perdido.
Quizá, al final, la historia no terminaría de mostrar su verdadero rostro.