El búnker (La Herencia 2) 45. El juicio
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45. El juicio

La sala de la Audiencia Provincial de Cantabria, Sección Tercera estaba iluminada por luces blancas muy poco acogedoras.

El murmullo del público se fue apagando poco a poco, hasta quedar reducido a una leve conversación que Mario Suárez percibía muy lejana.

Llevaba un traje gris bien planchado, camisa blanca inmaculada y corbata azul pálida.

El pelo rubio peinado hacia atrás, ni un mechón fuera de sitio.

Sus ojos azules, tan intensos que parecían casi artificiales, se pasearon un instante por la sala sin detenerse en nadie.

A la derecha, detrás de la barandilla reservada al público, una mujer sujetaba un pañuelo hecho ya una pelota empapada: la madre de Nuria Valdés.

A su lado, un hombre con la espalda rígida contemplaba la mesa del tribunal con los ojos vidriosos.

El hermano mayor de Nuria, en la misma fila, miraba a Mario con odio.

No aceptaba que aquel chico de anuncio de colonia era la persona que iba a ser juzgada por la muerte de su hermana.

Mario se sentó. Sintió el roce de la tela en las rodillas, el frío del asiento atravesando los pantalones. Se permitió inspirar despacio, cerrar los ojos un segundo y relajar los hombros.

No soy un monstruo, pensó. Soy el que ha trabajado más que todos ellos, el que ha levantado una empresa desde cero. Soy el que se enamoró de una mujer imposible.

El presidente del tribunal leyó los datos mecanizados: nombre, edad, domicilio, profesión. “Empresario del sector tecnológico”. Sonaba limpio. Inocuo. Como si los robots a los que dedicaba su vida fuesen más importantes que la carne destrozada de una chica en una carretera.

—Vamos a comenzar con la prueba pericial —anunció el juez—. Que pase el agente de la Guardia Civil.

Mario cerró un instante los ojos. Cuando los abrió, el hombre se acercaba ya al estrado, con el informe entre las manos.

Y, sin embargo, él no veía al guardia. Veía un espejo empañado del gimnasio, el brillo del acero y el movimiento perfecto de una mujer levantando una mancuerna.

La primera vez que la vio, estaba intentando batir su propia marca en press de banca.

Estaba en un gimnasio amplio con la música a todo volumen, olor a sudor caro y a gel de ducha mentolado.

Mario había cargado la barra con más peso del habitual.

Le gustaba sentir los músculos al límite, ese temblor controlado que le recordaba que todavía tenía un cuerpo y no era solo una cabeza flotando sobre una pantalla llena de código y gráficos de inversión.

Al incorporarse, la vio al otro lado de la sala, frente a la pared de espejos. Una mujer de pelo oscuro recogido en una coleta alta, piernas largas, una camiseta negra pegada al torso. Estaba ajustando un disco en una barra cuando, por pura casualidad, sus miradas se cruzaron en el espejo.

Fue una fracción de segundo. Lo suficiente.

Marina no apartó la vista. Sonrió. Esa indiferencia calculada le atravesó. Mario sintió un clic interno que le decía que, a partir de ese instante, toda la realidad empezaría a girar alrededor de esa persona.

—¿Necesitas ayuda con eso? —preguntó, acercándose con la toalla al hombro, fingiendo naturalidad.

—Si no puedo con veinte kilos, es que tengo un problema serio —respondió ella sin mirarlo directamente. Estaba concentrada en el agarre, pero la sonrisa seguía ahí, enganchada en la comisura.

Le gustó el tono. Le gustó que no se deshiciera en cumplidos ni en agradecimientos.

Repitieron entrenos. Primero coincidencias fingidas, después quedadas pactadas.

Al cabo de unas semanas, los dos ya tenían una rutina precisa: pesas, estiramientos, sauna rápida y café en el bar de la esquina.

Ella se llamaba Marina Velasco y, desde la primera vez que pronunciaron juntos su nombre, Mario sintió que todo el resto de palabras se quedaba corto.

—Resuma, por favor, las conclusiones principales del informe —dijo el juez.

La voz del agente de la Guardia Civil, especialista en reconstrucción de accidentes, llenó la sala con tono neutro.

—Las lesiones que presentaba la víctima son compatibles con una caída desde un vehículo en movimiento, señoría. Por la fractura de la base del cráneo, el patrón de abrasiones en el costado derecho y la distancia de arrastre, estimamos una velocidad entre setenta y ochenta kilómetros por hora.

El fiscal tomó nota sin apartar la mirada.

—¿Es posible —preguntó el presidente— que una persona, por voluntad propia, abra la puerta de un coche en marcha y salte?

—Es poco frecuente, pero posible —respondió el agente—. Sobre todo en situaciones de fuerte alteración emocional.

Mario notó el leve movimiento del abogado a su lado, satisfecho. La palabra “posible” era todo lo que necesitaban. El margen. La grieta.

El guardia continuó:

—No obstante, también sería compatible con un empujón desde el interior o con una maniobra brusca del conductor. Desde el punto de vista puramente técnico, no podemos concluir el mecanismo exacto de la caída. Solo describimos lo que las lesiones nos indican.

Ese añadido le molestó. Marcaba un matiz que no convenía. Sintió un leve hormigueo en las manos, un impulso lejano de cerrar los puños.

Y, como si su cerebro quisiera recordar de qué eran capaces sus puños, la memoria lo arrastró a otra noche, a otro lugar.

Bar del centro de Santander, sábado por la noche.

Luces cálidas, la barra abarrotada, un hilo de música que intentaba imponerse al murmullo de voces.

Marina lleva un vestido sencillo, negro, que no enseña nada y, sin embargo, lo sugiere todo.

El tipo de prenda que, en vez de calmarle, le disparaba la ansiedad.

Estaban apoyados en la barra, esperando unas copas.

Mario hablaba de la nueva línea de robots asistenciales que estaba desarrollando su empresa, pero en realidad solo pensaba en los ojos de un hombre al otro lado del local, ojos que se detenían demasiado en las piernas de Marina, en la caída del vestido sobre la cadera, en el escote.

—Te está mirando —escupió entre dientes.

—Es un bar, Mario. La gente mira —respondió ella, sin darle demasiada importancia, cogiendo la copa que les acababan de servir.

—No tiene por qué mirarte así.

—¿Así cómo?

No supo explicarlo. Solo supo que ya se estaba apartando de la barra, que había dejado la copa sin probar, que el corazón le latía con una violencia absurda.

El tipo levantó las cejas cuando lo vio acercarse, como si no terminara de creerse que aquel chico bien vestido hubiera cruzado el local entero solo para plantarse delante.

—¿Te pasa algo? —preguntó el desconocido.

—Que apartes la vista —dijo Mario.

El hombre soltó una carcajada incrédula.

—Relájate, chaval. No eres el único que tiene ojos.

No hubo nada más.

Un segundo después, el puño de Mario impactaba de lleno en el pómulo del otro, con un golpe seco que incluso él sintió en los nudillos.

El hombre cayó hacia atrás, derribando una banqueta, tirando una copa.

Se armó un gran revuelo. Gritos. Otro se metió en medio.

La pelea se complicó. El dueño del bar amenazó con llamar a la policía.

Marina tardó en reaccionar. Cuando por fin se acercó y le agarró del brazo, Mario estaba jadeando, los ojos muy abiertos.

—¿Estás loco? —susurró ella, con rabia y con algo que no quiso identificar. Fascinación, tal vez, o miedo, o ambas cosas.

—Te estaba mirando —repitió él, como si eso fuera una explicación.

—Eso no te da derecho a romperle la cara a nadie.

Lo llevó hacia la puerta, mientras a sus espaldas alguien sujetaba al hombre del pómulo hinchado, que insultaba a voces. En la calle, se tranquilizó. Marina lo miró durante unos instantes incrédula.

—Tienes un problema —dijo por fin—. Uno muy serio.

Mario no respondió. Sabía que tenía razón. Pero, en su mente, la verdadera cuestión era otra: el mundo entero miraba a Marina como si tuviera algún derecho sobre ella, y eso, sencillamente, no lo podía soportar.

La psicóloga tomó asiento sin mirar a Mario. Él seguía con la vista fija en el suelo, inmóvil y a la expectativa. No las tenía todas consigo.

—Dra. Prado —comenzó el fiscal—, ¿qué determinó en su evaluación?

—Que el acusado presenta un perfil narcisista con rasgos obsesivos —respondió ella—. No sufre un trastorno psicótico. Tiene plena capacidad para planificar y comprender la ilicitud de sus actos.

Mario apretó los dedos bajo la mesa.

—En su informe menciona una fijación con Marina Velasco. ¿A qué se refiere?

—A un patrón de idealización y resentimiento. Cuando él percibe rechazo, su necesidad de control aumenta.

—¿Ese patrón podría haber influido en los hechos?

—Sí. Es compatible con una reacción violenta planificada.

El abogado defensor se levantó.

—Con la venia. Dra. Prado, ¿el acusado le confesó intención de agredir a Nuria?

—No. No soy su terapeuta. Solo lo evalué pericialmente.

—Entonces, ¿puede afirmar que cometió el homicidio?

—No. Solo afirmo que era plenamente capaz de entender lo que hacía.

El juez inclinó la cabeza, dando por cerrado el testimonio. La psicóloga se levantó y Mario, sin moverse, siguió mirando al suelo como si todo aquello no fuera con él.

La tarde en que Marina le pidió algo que traspasaba cualquier línea lógica, Mario se convenció de que estaba asumiendo el papel de salvador.

—Solo quiero que vean lo que es capaz de hacer —dijo ella, con el ojo ya enrojecido por el golpe reciente—. Félix se ha pasado toda la vida por encima de mí como si yo fuera un mueble. Nadie me cree. Si ven esto, por fin entenderán que no miento.

Estaban en el baño de su piso de Santander. La luz fría del espejo iluminaba la marca amoratada en el pómulo de Marina. Una marca que había dejado él, con un solo golpe, perfectamente colocado, calculado para no romperle un hueso, pero sí para dejar rastro.

—Te he hecho daño —murmuró Mario, todavía con la mano hormigueando.

—No te hagas la víctima ahora tú —replicó ella, seca—. Esto es lo que necesitábamos. Una prueba. Cuando me vean así, nadie dudará de que ese cabrón me ha pegado.

—Pues yo creo que no es suficiente.