44. Rogelio y la sala del archivo
El archivo del Búnker estaba a oscuras salvo por la débil luz del techo y el ronroneo constante de un proyector que Rogelio había montado sobre una mesa y cuya imagen se proyectaba sobre la pared blanca.
Cajas con expedientes, discos duros etiquetados, cables y lámparas de sobremesa improvisaban una especie de laboratorio clandestino.
Rogelio se ajustó las gafas en la punta de la nariz mientras cargaba una simulación en el ordenador. En la pared apareció un coche visto desde el lateral, rodeado de flechas y números.
—Muy bien, atención —dijo, golpeando la mesa con un bolígrafo—. Vamos a repasar el caso con física básica. Física que cualquiera podría haber hecho hace cinco años.
Gómez permanecía de pie, brazos cruzados, mirada fija. Marta e Iván sentados en sillas de aula, inclinados hacia la proyección.
Rogelio señaló la imagen.
—Escenario uno: la versión de Mario. “Ella abrió la puerta en marcha y cayó” —imitó la voz llorosa del juicio con desprecio—. Vale. Veamos qué dice la aerodinámica.
Hizo clic.
La simulación arrancó con un sonido suave, casi académico.
—A treinta kilómetros por hora, la puerta recibe una presión de aproximadamente 150 newtons hacia adentro. Es como si alguien estuviera empujando la puerta para cerrarla con quince kilos de fuerza constante.
Marta alzó las cejas.
—¿Tanto?
—Sí, y eso a treinta. —Rogelio pasó a la siguiente—. A cuarenta kilómetros por hora sube a unos 250–300 newtons. Y a cincuenta… —señaló otra gráfica— …la puerta está prácticamente pegada al marco. Es casi como intentar abrir la puerta de un avión en pleno despegue.
Iván silbó por lo bajo.
—Así que abrirla desde dentro…
—Casi imposible —afirmó rotundo Rogelio—. En especial si vas sentado, con el cuerpo en una postura que no te permite tirar con todo tu peso hacia fuera. Para que la puerta se abra “de golpe”, el coche tendría que ir prácticamente parado. A cinco, diez por hora… como mucho.
En la pared apareció la simulación de la puerta intentando abrirse. Apenas cedía dos centímetros antes de volver a cerrarse violentamente.
Gómez habló por fin.
—Entonces el primer escenario no se sostiene.
—No —confirmó Rogelio—. Ni física ni mecánicamente.
Pasó al segundo escenario.
En pantalla, un muñeco de pruebas simulaba un movimiento lateral brusco dentro del coche.
—Escenario dos: que ella se tirara. Mismo problema. Para abrir la puerta en marcha desde el interior necesitas vencer la presión dinámica. A cuarenta kilómetros por hora, incluso una persona fuerte tendría dificultades. Y ella no tenía un registro de musculatura especialmente potente.
Marta apretó los labios.
—Pero si quería tirarse…
—No puedes tirarte si antes no logras abrir la puerta.
—Rogelio pulsó una tecla—. Y, repito: abrirla es extremadamente improbable.
Los datos lo dicen: las probabilidades de apertura voluntaria por parte del copiloto por encima de 30 km/h están por debajo del 10%.
Eso en condiciones ideales. Y las suyas no lo eran.
Gómez no apartó la mirada de la pared.
—¿Y si intentó salir por la ventanilla?
Rogelio mostró otra foto: la del atestado original.
—La ventanilla estaba subida. Cerrada. Y sin marcas. Ni piel, ni sangre, ni nada. Con la humedad que había esa noche, cualquier intento de asomarse habría dejado huellas. No hay nada.
Iván tomó asiento con un suspiro.
—Entonces las dos hipótesis “espontáneas” se caen.
—Sí —respondió Rogelio—. Y no por subjetividad, sino por física.
Guardó silencio un segundo, su voz adoptó un tono más duro, más grave.
—Lo sorprendente es que nadie lo analizara así en el juicio.
Pasó a la última simulación. La pantalla mostró un coche detenido en el arcén. La figura del copiloto bajaba. Después, el coche aceleraba y golpeaba de lleno por el lateral.
Los datos se superponían:
Coincidencia de patrón de fracturas: 87%
Ángulo de impacto compatible. Lesiones coherentes con atropello posterior.
Rogelio apagó el proyector. Su voz se suavizó, pero no perdió filo.
—Ésta es la única hipótesis que encaja con el estado del cuerpo. El arrastre corto. El tipo de fractura en pelvis y cráneo. La dispersión mínima de restos. Y el patrón de impacto en la ropa.
Marta tragó saliva. Había hecho prácticas en la academia de Ávila, pero nunca habían visto casos como el que estaban analizando ahora mismo. Sintió un ligero escalofrío de solo pensar cómo tuvo que morir la pobre mujer.
—Entonces ella no cayó del coche.
Miró a Rogelio
—¿La atropellaron después?
—Eso dicen los datos —respondió él—. Y el tipo de impacto exige un coche que acelera y golpea con intención. No un atropello accidental.
Cerró la tablet con un clic seco.
—Para mí, no hay otra lectura.
Gómez respiró hondo, apoyándose con las manos en la mesa.
—¿Y en el juicio? —preguntó, casi sin voz.
Rogelio lo miró con una mezcla de frustración y compasión.
—En el juicio se tragaron una historia bonita. Llorona. Dramática.
Su tono se volvió ácido.
—Una historia que no pasó por ninguna simulación. Por ningún cálculo. Por ningún maldito análisis de fuerzas. Cuesta creerlo.
Hubo un silencio. Cada uno rumiando su propia percepción. Iván habló el primero, con una voz grave que resonó en la sala.
—Hay que ser bien sádico para hacer una cosa así.
Rogelio asintió.
—Mario es culpable. Tal y como dijeron los datos y tal como debería haber dicho la justicia y si no fuera porque está muerto y hemos visto salir a otra persona, tendría todas las papeletas como para haber organizado algo así.
Gómez cerró los ojos un instante, dejando que la frustración se le clavara en el pecho como una verdad incómoda.
—¿Cuál fue el móvil del crimen? —preguntó—. Y no me vengas con chorradas de violencia machista. Quiero algo más concreto.
Rogelio suspiró agobiado.
—Difícil pregunta. Por más que le doy vueltas a que el móvil fuera recuperar a Marina, no le veo ningún sentido. O eso, o que era un psicópata de manual y se le torció la cabeza ese día.
—Entonces —dijo Gómez—, volvamos a empezar desde cero. Tenemos que encontrar si esto tiene alguna relación con lo que pasó en el hotel. Hay que comprobar si Mario cometió algún asesinato más.
Marta también suspiró. Cuando creían que habían avanzado un poco, los naipes se volvían a caer y estaban de nuevo en la casilla de salida.
—Mario fue golpeado y después envenenado —dijo Marta—. No coincide su perfil en el hotel con el de un asesino peligroso.
—No me imagino a Vallejo pegándole una paliza —añadió Iván—. El único al que veo capaz es a Carrasco.
—Sí, coincido en eso.
Rogelio abrió otra carpeta sin levantar la vista. Dentro había tres fotografías impresas en papel satinado: el rostro amoratado de Mario, sus pómulos hinchados y una radiografía de la cara.
—Antes de que sigamos —dijo, colocando las fotos frente a ellos—, quiero enseñaros algo.
Sobre la mesa, colocó varias fotografías ampliadas de la autopsia de Mario Suárez. Las imágenes eran espeluznantes.
Rogelio las ordenó.
—Vamos con esto —dijo sin mirar a nadie—. Porque aquí hay mucha tela.
Gómez, Marta e Iván se acercaron.
Rogelio señaló la primera foto: el rostro de Mario, deformado por hematomas.
—Esto —empezó— no son golpes de una caída, ni de una pelea equilibrada.
Alzó la mirada.
—Esto es una paliza. Una de las de verdad.
Iván frunció el ceño.
—La anatomía no miente.
Colocó otra foto, la del pómulo y el arco cigomático.
—Golpe seco. Puño cerrado. Mano grande. Impacto lateral.
Miró a Iván con una ceja levantada.
—Eso es Carrasco. Un tío de ciento veintiséis kilos, marino, cicatrices en los nudillos. Esto lo reconozco a la primera.
Luego giró la foto de los dientes de Mario.
—Además, le partió dos incisivos. ¿Sabéis lo difícil que es eso sin un golpe frontal puro? Muy difícil. Esto no es de empujar. Esto es de querer machacar al contrario. Esto lo hace alguien poseído por la ira más virulenta.
Marta tragó saliva.
—Entonces sí pelearon.
—No. —Rogelio levantó un dedo, tajante—. No fue una pelea.
Volvió a las fotos ampliadas.
—Mario no presenta lesiones típicas de defensa: no tiene marcas en antebrazos, ni en dorso de manos, ni cortes por uñas.
Se inclinó hacia ellos.
—Lo que sí tiene es un patrón claro: recibió golpes. No los dio.
Iván abrió los labios para decir algo, pero se quedó mudo.
—Así que Carrasco le atizó —concluyó Gómez—. ¿Hasta dejarle medio inconsciente?
—Exacto —respondió Rogelio—. Lo dejó vivo, pero mal. Muy mal.
Pasó a una foto distinta: los labios, azulados, hinchados.
—Y aquí empieza lo verdaderamente interesante.
Marta se adelantó un paso.
—¿El veneno?
Rogelio asintió.
—El veneno.
Tocó la imagen con el dedo enguantado.
—No hay signos de lucha ni movimientos defensivos después del último golpe. Eso indica que Mario ya estaba debilitado o confuso cuando se lo administraron.
Se enderezó.
—En crudo: lo remataron cuando ya no podía ni levantarse del suelo.
La frase cayó como una losa. A medida que iban conociendo más detalles sobre el caso, este se complicaba más y se volvía más siniestro.
—Y aquí —continuó Rogelio— llega el detalle que más me cabrea.
Sacó un informe impreso.
—El forense del caso original describió las lesiones como “compatibles con caída accidental o forcejeo leve”.
Rogelio chasqueó la lengua.
—Incompetencia. No hay otra palabra.
—¿Puedes demostrar que hubo agresión grave previa al envenenamiento? —preguntó Gómez.
—Puedo demostrarlo con un 99% de probabilidad.
Rogelio golpeó la mesa con el dorso de la mano.
—Los golpes, los ángulos, la secuencia, todo encaja. No entiendo por qué hacen las cosas así.
Miró a Iván.
—Y la historia que contaron no. Esa no se sostiene.
Iván bajó la cabeza.
—Entonces Mario no provocó nada. Fue víctima desde el principio. No es nuestro psicópata de la carretera, al menos en esta situación. Lo que hace que todo sea más confuso.
—Víctima dos veces —corrigió Rogelio—. Primero de Carrasco. Luego de quien lo remató.
Gómez apretó la mandíbula.
—Y eso nos lleva de nuevo al principio —dijo, lento, con la voz grave.
Los tres lo miraron.
—Todos con el mismo patrón —añadió Marta—. Personajes que parecen una cosa y luego resultan ser otra, a veces incluso peor.
La luz azul de una de las pantallas parpadeó justo entonces, como si diera la razón. Rogelio empezó a recoger las carpetas y a guardarlas. Los demás se pusieron en pie. Iván encendió las luces y la estancia se inundó de luz blanca impersonal y fría.
Las piezas encajaban, pero el cuadro resultante era todavía más inquietante.
Cuanta más luz se arrojaba, más oscuro se volvía todo.