43. El padre Ignacio
El mar rugía con una calma engañosa. Desde lo alto del acantilado, las olas rompían contra las rocas de Mataleñas con un estrépito apagado.
Eran las nueve de la mañana y apenas había paseantes en el sendero.
En aquel momento la luz del sol era mágica.
Gómez llegó puntual, con la bufanda subida hasta la barbilla, arrastrando en la mirada el cansancio de la última semana.
El padre Ignacio lo esperaba sentado en un banco de madera, junto a los jardines que se abren hacia la playa de Mataleñas. Llevaba un abrigo negro y mantenía las manos juntas sobre el regazo. A pesar de su quietud, había algo inquieto en su expresión.
—Inspector —saludó, sin mirarlo directamente.
—Padre —respondió Gómez, tomando asiento a su lado. El banco estaba húmedo por el rocío, pero ninguno hizo ademán de quejarse.
Un silencio largo se instaló entre ellos. El sacerdote parecía ordenar las palabras con extremo cuidado, como quien teme que, una vez pronunciadas, ya no haya retorno.
—He dudado mucho antes de aceptar este encuentro —dijo finalmente—. Lo consulté con el padre director… y aunque no es lo más correcto a ojos de Dios, creo que callar sería aún peor.
Gómez lo observó de reojo. No interrumpió. Sabía que la mejor manera de obtener la verdad de un cura atormentado era dejarle el espacio para que su conciencia hablara sola.
—Marina… —continuó el padre Ignacio, bajando la voz—. Marina vino en una ocasión a hablar conmigo. La conocía por sus padres. Fue alumna del colegio. Creo que no lo hizo por devoción, sino por angustia. Había algo que la corroía por dentro.
Hizo una pausa. Se pasó la mano por la frente, como si el recuerdo le quemara.
—Un día, no pudo contenerse. Me relató… con todo lujo de detalles… que un amante suyo había matado a su novia.
Gómez apretó los labios. La brisa marina le heló la piel.
—¿Está seguro de lo que oyó?
—Inspector, llevo más de treinta años escuchando confesiones. Sé distinguir el pecado imaginado del recuerdo real. Ella no fantaseaba. Me lo describió como si hubiera estado allí.
El sacerdote respiró hondo, y entonces bajó aún más la voz.
—Ese amante era Mario. Y sí, he leído los periódicos. Ayer mismo, el Diario Montañés hizo un especial sobre el caso.
Las palabras quedaron flotando en el aire como la espuma de las olas del cantábrico al golpear la roca. Gómez apartó la vista del mar y fijó la mirada en el suelo, dejando que el dato penetrara con lentitud.
—¿Le contó cómo lo hizo? —preguntó al cabo de un instante.
El padre Ignacio asintió. Sus dedos se entrelazaron con fuerza.
—Fue… calculado. Me dijo que Mario planificó la muerte de aquella pobre chica para que pareciera un accidente.
Un impulso irracional en plena marcha. Ella debía parecer que se había arrojado desesperada, como en un arrebato.
Mario manipuló el cinturón de seguridad, forzó la puerta del lado del copiloto y provocó una situación en la que, al dar la curva, todo parecía una caída voluntaria.
El sacerdote bajó la voz, como si el recuerdo aún le quemara la lengua.
—Me explicó cómo lo hizo… —dijo, entrelazando los dedos con fuerza—. Con un detalle tan perverso que todavía me estremece.
Gómez lo observaba sin pestañear.
—Mario no rajó el cinturón ni tocó la puerta antes. Eso hubiera dejado marcas. Él esperaba el momento exacto, inspector. Conducía de noche, por la autovía, con esas curvas tan largas y el arcén amplio. Ella iba de copiloto, confiada.
Ignacio tragó saliva.
—Cuando se acercaban a la curva más abierta, Mario aceleró de golpe. Y justo antes de girar el volante deslizó el pulgar sobre el botón rojo del cinturón de seguridad de ella. Un gesto imperceptible, como quien acaricia una mano.
Gómez sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—Al forzar la curva y cambiar bruscamente de carril, la fuerza la empujó contra la puerta.
Y entonces… —el padre Ignacio cerró los ojos un instante— …
la puerta saltó. Mario ya la había dejado mal cerrada de antemano.
Fue un instante. Ella salió despedida, y cuando el coche se detuvo, pareció un accidente, un arrebato, incluso un suicidio.
Gómez recordó el día que fue al lugar señalado con Marta.
—No ocurrió en la ciudad, inspector. Fue en la autovía cerca de Ribamontán. Ella me lo dijo llorando, como si no quisiera creerlo. Mario la llevó de noche, con la excusa de enseñarle las luces de Santander desde las dunas de Somo.
El sacerdote apretó los puños.
Gómez sintió la imagen clavarse en su mente: el cuerpo cayendo por el arcén, con la gravilla extendida abajo en la carretera convertida en una lija mortal.
—Después lloró, gritó, llamó a emergencias —añadió el padre Ignacio—. Marina repetía la escena una y otra vez. Era como si necesitara expulsarla de su mente describiéndola al milímetro.
El silencio quedó suspendido entre ellos, solo roto por el oleaje lejano.
—¿Y qué hizo después? —preguntó Gómez, con un hilo de voz.
—Fingió desesperación. Nadie sospechó salvo la familia. Nunca creyeron que ella se hubiese tirado sola.
El sacerdote cerró los ojos. En ese momento pasó por delante de ellos un chico con un perro. Guardaron silencio hasta que se hubo alejado lo suficiente.
—La familia no lo creyó nunca. Dijeron que ella no habría hecho algo así. La investigación, sin embargo, quedó en nada. Eso ya lo sabe usted.
Gómez lo escuchaba con el ceño fruncido, sintiendo cómo las piezas del rompecabezas se tensaban en direcciones insospechadas.
—¿Por qué me lo dice ahora, padre? —preguntó al fin.
—Porque no puedo llevar más tiempo este peso solo conmigo. Porque si Dios me pide cuentas prefiero que mi pecado sea haber roto un secreto, y no haber permitido que otro crimen quede oculto.
El viento arreció, levantando un par de hojas secas que rodaron por el suelo húmedo del paseo. Gómez se levantó despacio.
—Este lugar es precioso —dijo el padre—. El señor lo ha querido así, pero también esconde terribles maldades.
—Le agradezco lo que ha hecho. Lo que me ha dicho aquí no ha salido de una confesión, ¿verdad?
Ignacio lo miró con un destello de alivio.
—No, inspector. Eso lo hablamos fuera del confesionario. Marina necesitaba desahogarse.
Gómez asintió. Sabía que esas palabras podían abrir una grieta enorme en la investigación y en la vida de más de uno. Se guardó las manos en los bolsillos y empezó a caminar, mientras la voz del sacerdote lo seguía como una ola en la bruma marina:
—A veces la verdad no se revela en los tribunales sino en los pecados que uno ya no puede soportar en silencio.
Gómez siguió caminando, pero algo en aquella historia no terminaba de encajarle.
No sabía el qué.