El búnker (La Herencia 2) 42. Sombras sobre la bahía
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42. Sombras sobre la bahía

El fluorescente vibraba en el techo como un insecto atrapado.

Eran las seis y Gómez estaba destrozado.

El café frío en vaso de plástico le sabía a óxido, pero lo apuraba igual.

La barba de dos días y los ojos inyectados de sangre lo delataban.

Saludó al policía que estaba de guardia con una especie de gruñido.

—Buenos días.

No había pegado ojo y la única cabezada realmente seria que había conseguido dar estuvo llena de extrañas pesadillas de las que ya no se acordaba.

Le fastidiaba no dormir bien y pese a tener una caja de diazepam, procuraba no tomarlo.

Avanzó por la sala principal y en ese preciso instante sonó el teléfono de Iván. Se detuvo y lo descolgó.

—¿Diga?

—¡Arturo!

Gómez reconoció la voz inmediatamente y sonrió.

—¡Pero cabrón qué haces llamando a las seis de la mañana! ¿Cómo estás?

Se escucharon unas risas al otro lado.

—Triste de no poder participar en tu caso, me das envidia —dijo Roberto—. Llamaba a Iván porque no nos coge el móvil y estábamos un poco preocupados.

—Anoche terminamos muy tarde, yo mismo le dejé en su habitación.

—¡Espera! Betty le está llamando y acaba de coger. ¿Cómo vais?

—No te puedes hacer idea, esto es un laberinto sin fin. Cada vez que abrimos una puerta se abren tres.

—¿E Iván? ¿Cómo le ves? ¿Se le nota que ha estado en el FBI?

—Tu hijo es una máquina, me está ayudando muchísimo, y no temas, de verdad que ha heredado tu intuición, pero chaval se te echa de menos aquí. Todavía me acuerdo del caso tarot.

—¡Qué tiempos aquellos! A ver si os hacéis una visita.

Charlaron un rato más y por fin Gómez colgó el teléfono con una sonrisa en su rostro.

Cuando abrió la puerta de la sala de reuniones, observó que Dani estaba ya trabajando.

Le observó detenidamente y se fijó en que llevaba la misma ropa y que además no le sonaba de haberle visto en el hotel.

El muy canalla se había quedado toda la noche trabajando.

Y parecía más despierto que nunca. Tenía tres pantallas abiertas, ventanas de código que se superponían como capas de un mismo laberinto.

—He avanzado con las cintas, inspector.

Gómez suspiró.

—Dime.

Dani amplió un mosaico de imágenes. Trozos quemados, planos inconexos.

—No es que se vean mal. Es que gran parte del material quedó borrado por una subida de tensión.

Lo que sobrevivió son fragmentos de 16 a 25 cámaras repartidas por toda la planta.

Sin orden cronológico, todo mezclado. En un segundo un pasillo vacío, al siguiente el comedor, luego un plano de escaleras. Es un rompecabezas sin bordes.

—¿Puedes ordenarlo?

—Estoy escribiendo un programa para recomponerlo a partir de metadatos residuales. Pero llevará tiempo.

La puerta se abrió y entró Marta, con el abrigo aún húmedo de la llovizna. Traía un bloc en la mano y el gesto alerta.

—¿Qué me he perdido?

—¿Aquí es que nadie duerme o es que queréis cobrar horas extras?

—¡Buenos días! —dijo Marta con una sonrisa.

—Buenos días —dijo Gómez con voz ronca, contento de ver bien a Marta—. Bienvenida al caos. De momento no te has perdido nada.

—De momento —repitió Dani, cambiando de pantalla.

—Voy a hacer café. ¿Alguien quiere?

Tanto Dani como Gómez dijeron que sí al unísono.

—¿Tienes ya algo?

—Me queda poco para decirte que sí. Son muchas horas y varias cámaras. En la mayoría no hay nada, como si hubieran grabado una planta fantasma vacía.

Dani estaba pasando a mucha velocidad cuando de repente apareció una sombra. Lo detuvo.

—¡Mirad!

Paró la cinta y rebobinó. Lo volvió a pasar a velocidad normal.

La cámara debía de estar frente a los ascensores y con un gran angular apuntaba hacia el fondo del pasillo.

De vez en cuando se observaba el destello de algún rayo.

En la imagen aparecía Luis Vallejo caminando lentamente hacia la cámara.

Luego se detenía y se desplazaba en dirección contraria hacia el fondo y se metía en una habitación.

Dani sacó un plano de la planta cuatro.

—Parece que se ha metido en la habitación de Felisa.

Luego dejó la cinta correr casi un minuto, pero no apareció nadie. Lo detuvo.

Gómez se frotó la cara con cansancio. El tema parecía estancarse. Se levantó y se puso el abrigo.

—Seguid con esto. Yo tengo que salir. Acuérdate de apuntar todas las horas y la mayor cantidad de información posible de todo lo que veáis.

Ya en la puerta, se detuvo un segundo.

—Por cierto… eso de la frase en latín. ¿Tenías algo?

Dani se rascó la cabeza.

—Sí, claro. Creo que viene de Tito Livio. Encontré una copia tardía con una corrupción: prinsis en lugar de princeps. “Ad hora princeps” sería “a la primera hora”. Puede ser literal —el inicio del día— o un código astronómico, la primera hora en que aparece una estrella.

Marta levantó la vista de su bloc.

—O sea: puede ser una hora, una fecha o un mapa estelar. Muy útil.

Dani sonrió.

—De momento es lo que hay. No nos olvidemos que tenemos una astrónoma entre los invitados. La felisa esa.

Gómez no contestó. Cerró la puerta tras de sí, con el eco de las palabras latiendo en su cabeza. Afuera, la bahía amanecía en un azul metálico y un avión despegada en ese momento.

En una hora lo esperaba el padre Ignacio en Mataleñas.