41. La llamada
Loredo apuró el vaso, tenía ya los ojos vidriosos de tanto orujo, habían sacado una tercera botella, unas croquetas y unas anchoas de Santoña, y se inclinó sobre la mesa. Había hablado de Said, de la cárcel, de Félix… pero aún guardaba un as bajo la manga.
—Mira, Gómez —dijo con un bufido cansado—. Luis Vallejo no era solo un abogado con el ego por las nubes. Estaba endeudado hasta las cejas.
Gómez pensó en Laura. ¿Por qué no le había investigado a Vallejo? Eso deberían saberlo ya y sin embargo, no tenía ni idea. Se sintió un poco estúpido, pero trató de disimularlo.
—¿Cuánto debía?
—No lo sé, pero tenía hipoteca, coches de lujo, viajes, comidas en restaurantes caros, a veces prostitución de nivel medio y encima quería codearse con gente que jugaba en otra liga.
Hablo de la alta sociedad de Santander. Y cuando digo alta, me refiero a familias de las que no se habla en los periódicos. Entre ellos, los Zabros.
Gómez arqueó una ceja.
—¿Quiénes son?
Ana se adelantó antes de que Loredo respondiera. Había algo de tensión en su tono.
—Los Zabros son prácticamente los dueños de la ciudad. No los verás en actos oficiales ni dando entrevistas. Son invisibles, pero están en todas partes: hoteles, constructoras, energéticas, hasta en la cultura. Nadie en Santander se atreve a ir contra ellos, ni siquiera la policía.
Loredo se zampó una croqueta con deleite.
—Tenemos sospechas de que Vallejo también tuvo conexión con Francisco Ceballos.
—¿El del caso Valcuerno? —preguntó Gómez.
—¿Pero cómo?
Ana trajo una bandeja con queso.
—Pues es que este tío le debió de defender en uno de los juicios, aún tiene pendientes, el muy cabrón está en todas.
—O sea —añadió Marta—, alguien que tiene amigos y enemigos en todas partes.
—Algo así —dijo Loredo—. Un cabrón que sabe saltarse las normas.
—Hasta ahora la cosa ha ido así —intervino Iván que se le notaba cansado—. Todos en algún punto han tenido problemas con la justicia o han hecho uso de ella de forma maliciosa.
—Todos menos Samantha —dejó caer Marta.
—Me da la impresión —reflexionó Loredo— que el tal Vallejo estaba metido en un problema muy gordo y estaba huyendo hacia delante.
Un silencio incómodo llenó la sala. Marta, con la mano temblorosa, se sirvió otra copa. El recuerdo del encierro en el hotel, las cámaras, los cadáveres, todo le oprimía el pecho. Dio un trago largo, como si necesitara alcohol para respirar.
—Yo lo sé —murmuró, apenas audible—. Cuando estás atrapada buscas cualquier salida, aunque te destruya más.
Loredo no la miró. Solo se reclinó en la silla con el vaso vacío en la mano.
—Tenemos una coincidencia muy curiosa —dijo Gómez.
—¿A qué te refieres? —preguntó Ana.
—Said Brahimi —soltó Marta—. Cuando fuimos a Madrid a investigar a Samantha Torres, resulta que había montado una operación para pillarlo y ahora este abogado ha tenido tratos con él.
—Uff, demasiada casualidad —dijo Loredo—. Tendréis que encontrar un nexo entre esos tres.
A simple vista, parecía fácil, pero ni Gómez, ni Marta ni Iván, tenían claro cómo abordar ese sudoku.
El reloj marcaba la una de la madrugada. Gómez se levantó despacio, con el rostro cansado.
—Basta por hoy. Mañana será otro día.
Entonces el móvil vibró sobre la mesa. Número oculto. Todos contuvieron el aliento.
—¿Inspector Gómez? —la voz era de alguien mayor, gastada, reconocible.
—¿Quién es?
—Soy el padre Ignacio de los agustinos, perdone que lo moleste a estas horas. No he podido llamarlo en otro momento. Es sobre Marina Velasco. Es de vital importancia.
Gómez tragó saliva.
—¿Dónde podemos vernos?
Hubo una breve pausa.
—No en la iglesia, tampoco en el colegio. Allí no sería conveniente. Espéreme en el Paseo de Mataleñas, frente al acantilado. A las nueve. Y venga solo.
La línea se cortó con un clic metálico. Gómez se quedó con el móvil en la mano, helado. Los demás lo observaban en silencio, conscientes de que algo había cambiado. Afuera, la noche seguía húmeda y cerrada, como si la ciudad entera se hubiera puesto en guardia.