40 Luis Vallejo
Luis Vallejo estacionó su Audi negro en un camino forestal a las afueras de Miraflores de la Sierra. El cielo estaba encapotado y la curva de la carretera parecía sacada de una emboscada de manual. Miró el reloj, inquieto. Said Brahimi llegaba tarde, y eso siempre era mala señal.
Se miró en el retrovisor. El pelo engominado seguía en su sitio, el traje perfecto, la corbata bien ajustada. En apariencia, todo estaba bajo control. Pero por dentro le temblaban las manos. Una cita en el hotel Wellington era negocio. Una cita en mitad de la sierra era otra cosa.
Al minuto apareció una furgoneta destartalada de color blanco.
Se detuvo y salieron tres hombres jóvenes.
Tenían cara de críos, no más de veinticinco años, de hecho, Said era o parecía menor de veinte.
Los tres morenos, ojos intensos y mirada desconfiada.
El pelo rapado por los lados y rizado por arriba.
Said le hizo una seña y Luis por un momento pensó que se iba a defecar encima. ¿Habían venido a matarle? ¿Por qué?
Los dos jóvenes que seguían a Said se quedaron junto al coche. Luis se dio cuenta de que había un cuarto tipo, algo más mayor al volante de la furgoneta.
—¿Qué pasa? —exclamó Said.
Caminaba a paso rápido, se acercó hasta Luis y le propinó un puñetazo en la mandíbula que lo tumbó. El abogado se recompuso como pudo y sintió un mareo.
—¿Pero qué cojones haces? —gritó ahuyentando el miedo que sentía—. ¿A qué viene esto?
—¿Te crees que somos gilipollas o qué? —dijo Said—. Sabemos que cobras de más a tus clientes y el dinero que me vas a cobrar por defenderme es muy superior a lo que cobraría un abogado normal.
Said se acercó hasta él y sacó una navaja.
—Tú juega conmigo y tendré que joderte. ¿Me entiendes?
Luis estaba sangrando por la boca. Sintió el sabor metálico de la sangre. Le repugnaba. También notó que una de las muelas se movía. Le había roto un diente el muy hijo de puta. Se puso en pie y recobró la dignidad. Se recompuso y todo el miedo que había sentido hace unos minutos se disipó.
—Dentro de catorce días tienes tu juicio y ¿sabes qué? No lo tienes nada fácil. Estás metido en un lío de cojones porque la policía ha encontrado cargamento oculto de heroína en el buque donde te apresaron…
—Ya lo sé.
—¡No! ¡No lo sabes! Las penas por tráfico de drogas en España son más suaves aquí, te podrían caer, ¿tres?
¿Seis años? Depende de la defensa que tengas, incluso mira joder si tienes un buen abogado hasta a lo mejor se puede demostrar que las pruebas presentadas no son suficientes como para incriminarte…
—¡Cállate joder! —le gritó Said muy nervioso —. ¡Vas a hacer lo que yo te diga! ¡Vas a defenderme o si no…
Pero Luis no se achantó y con una extrema frialdad prosiguió su discurso.
—Hay convenios de extradicción entre España y Marruecos.
¿No lo sabías? Si me vuelves a tocar o me vuelves a amenazar o me tocas los cojones otra vez, se pondrá en marcha alguien en la policía judicial para que te extraditen a Marruecos y te juzguen allí.
¡Y ay amigo! La justicia de vuestro país no es tan blandita como la española, allí no te sirven café por las mañanas, te llevarán preso y te caerá una pena de treinta años, toda tu puta vida en una cárcel marroquí.
Luis escupió la sangre de la boca y cogió las llaves de su coche.
—Si quieres que te saque de la cárcel me tendrás que pagar el triple de lo acordado —dijo Luis señalándole con un dedo—. Y si no lo haces, te pudrirás el resto de tu vida.
Said se quedó pálido. Miró a sus colegas que igualmente estaban confusos y trató de pensar con claridad, pero le resultaba imposible con el hachís que llevaba metido en el cuerpo.
Las leyes le parecían un laberinto incomprensible, pero lo que le decía Luis se lo habían advertido en la organización.
Había que evitar a toda costa una extradición.
Luis se metió en su coche con la cabeza bien alta, metió la llave y encendió el motor. Y, sin pretenderlo, salió de allí derrapando y con dignidad. No solo acababa de salvar su vida si no que a este imbécil le iba a sacar un millón de euros.
Unos días después, cruzaba el pasillo del módulo de comunicaciones en la cárcel de El Dueso. El sonido de los cerrojos y el olor a humedad lo acompañaban. Allí había aprendido mucho: a escuchar, a calibrar, a medir el valor de cada hombre.
Se sentó frente al cristal. Al otro lado, Félix Varela lo observaba con gesto neutro y los brazos apoyados sobre la mesa metálica. Tenía la mirada cansada pero dura.
—He oído que Brahimi te ha regalado un diente menos —dijo Félix, sin apartar los ojos de su boca inflamada.
Luis apretó la mandíbula.
—Cosas del oficio. Ahora está acojonado.
Félix soltó una carcajada seca.
—¿Acojonado? ¿Tú crees que un crío que trabaja para Mungiki se va a dormir pensando en ti? No, Vallejo. Tú eres un bufón con traje caro. Un pringao con suerte.
Luis se inclinó hacia el cristal, con la sangre todavía cicatrizando en el labio.
—Yo muevo los hilos. Ellos dependen de mí. Y al final, todos acaban necesitando un abogado.
Félix lo miró como si estuviera analizando a un insecto.
—¿Sabes cuál es tu problema? —dijo, clavando cada palabra como un cuchillo—.
Que te piensas que la lengua es un arma.
Pero cuando se te acabe el chollo y no haya nadie que te pague, no vas a tener a quién chantajear.
Y entonces, Vallejo, los que de verdad saben lo que es la violencia te van a pasar por encima.
Luis contuvo la respiración. Por primera vez en mucho tiempo sintió que lo habían desnudado. Se recostó en la silla, tratando de mantener la compostura.
—Ya veremos, Félix. Cada uno juega con lo que tiene.
El recluso sonrió, ladeando la cabeza.
—Eso es lo que me gusta de ti. Que eres tan inconsciente que quizá sobrevivas. Pero recuerda lo que te digo: en este mundo, tarde o temprano, los pringaos pagan.
Luis giró el cuello hacia un lado intentando hacer como que no daba importancia a sus palabras.
—Lo que tú quieras Félix, pero si necesitas que Carrasco pare y de paso salir de aquí, tendrás que pagarme lo que te he dicho.
Félix le miró con frialdad.
—¿Estás seguro?
El abogado asintió. Allí mismo se pusieron de acuerdo.
Luis salió de El Dueso con la mandíbula apretada y el orgullo herido. El aire frío del cantábrico le golpeó en la cara. Pensó en las palabras de Félix. ¿Pringao? No. Él siempre se salía con la suya. Y lo haría una vez más.