39. El inspector Loredo
El inspector Gómez iba en el coche con Marta e Iván. Cuando pasaron por la bahía observó que el mar ya no estaba tan encrespado y desapacible. Daban ganas de estar en la calle y de pasear junto a la bahía. Sintió necesidad de hacer más ejercicio.
—Puedes tomarte el día libre —dijo Gómez a Marta.
Marta iba en el asiento de atrás ensimismada. Desde que había salido de la habitación se había sumido en un mutismo selectivo.
—No, en serio. Creo que me vendrá bien estar ocupada —murmuró tocándose el pelo.
—Tu descubrimiento puede dar un giro brutal al caso. No sé si te has dado cuenta —dijo Gómez.
Marta asintió sin demasiado entusiasmo.
—Si lo ha grabado todo —añadió Iván que iba al volante—, puede que haya más gente metida en esto. Lo primero que he pensado es que se podría tratar de un streaming muy macabro.
Gómez elevó las cejas.
—¿Te imaginas lo que pagarían algunos degenerados por ver esto? —exclamó Iván.
Sonó el móvil del inspector.
—¿Sí?
—¡Inspector Gómez! —dijo una voz de hombre muy grave—. Soy el inspector Marcos Loredo. Nos vimos hace unos días.
—Hola Marcos. ¿Qué tienes?
—Ya hemos terminado el primer borrador del informe de Luis Vallejo, no está del todo terminado, pero aquí hay tela de la buena. Te propongo que vengáis a mi casa y os lo cuento con tranquilidad.
—De acuerdo. Ahora mismo vamos para allá.
Colgó e hizo una seña a Iván para que hiciera un cambio de sentido.
—Marta, ¿qué quieres hacer?
—¡Voy con vosotros! —dijo sin dudar.
Dieron la vuelta y al poco tiempo estaban aparcando frente a la casa de Loredo en la segunda playa del sardinero muy cerca de un supermercado. Tardaron un buen rato en aparcar.
El edificio del inspector Loredo se levantaba en la Avenida Manuel García Lago, un bloque setentero de terrazas corridas frente al mar junto al muy conocido Feygón.
La promotora que lo construyó había vendido los pisos como “apartamentos de lujo con vistas al Cantábrico”.
Medio siglo después, el salitre había ennegrecido las fachadas, ya no eran tan lujosas, pero las vistas seguían siendo igual de espectaculares o más y el lugar estaba a dos pasos de la playa y rodeado de verdes parques.
El inspector vivía en un séptimo piso. Un salón sencillo, parqué gastado, muebles oscuros de buen gusto y olor a ambientador. Desde la terraza se veía toda la Segunda Playa del Sardinero, las farolas alineadas en el paseo y, a lo lejos la península de la Magdalena con su palacio.
Loredo siempre decía que necesitaba el mar para engañarse un poco, para creer que todavía quedaba algo limpio en el mundo.
Les abrió la puerta con una sonrisa y les invitó a pasar. Tenía un apartamento doble. Estaba con su mujer y sus dos hijos. El inspector era un hombre negro, alto, de complexión fuerte, voz grave y contaba con 42 años.
Les condujo al salón. Allí estaba su mujer, Ana Beltrán, inspectora de homicidios, que los saludó con un gesto cordial. Había dejado la chaqueta sobre el respaldo del sofá, como si acabara de llegar del turno.
—Perdonad el desorden —dijo—. No os preocupéis, seguid con vuestra charla, estoy acostumbrada a que la mesa de casa se convierta en despacho.
Loredo sonrió.
—Ana conoce bien de lo que hablamos, demasiados años en homicidios.
Ella se encogió de hombros y tomó asiento, cruzando las piernas. Iván y Marta se presentaron y todos se sentaron en torno a una mesa baja en el salón de la casa. Dani y Laura se habían ido al Búnker a trabajar en los equipos recién encontrados.
—Vallejo… —murmuró Ana, como probándose el nombre en la boca—. He visto su firma en más de un sumario. Siempre se salía con la suya.
—Eso mismo —replicó Loredo, estirándose los pantalones, tenía unas piernas larguísimas—. Su negocio real no era defender, sino chantajear. Y en El Dueso… bueno, ahí la cosa se puso fea. Coincidió con Carrasco, y también con el ex de Marina, Félix Varela.
Ana levantó una ceja.
—Varela, Carrasco y Vallejo en la misma cárcel… menudo cóctel.
—Cóctel y con mecha corta —respondió Loredo compenetrándose con su mujer—. Cada uno con su propia ambición y sus cuentas pendientes. Vallejo no iba allí por fidelidad a un cliente: iba a reclutar, a sacar partido de los secretos de otros.
Iván dejó la carpeta sobre la mesa y añadió:
—Eso encaja con el perfil. Un tipo que usa la cárcel como oficina de negocios. Y si se junta con Varela, el ex de Marina y Carrasco, el marino, no hablamos de un abogado brillante, hablamos de un conspirador.
Loredo sacó de la carpeta un listado de visitas. Les enseñó las entradas de Vallejo.
—Exacto —dijo Loredo señalando varias líneas marcadas en amarillo y poniéndose en pie—.
Vallejo buscaba protección. Varela necesitaba alguien que le abriera puertas tras su caída.
Y Carrasco, ese tenía acceso a rutas y contactos en los puertos.
Durante un tiempo se necesitaron mutuamente. Mirad estas visitas.
Le pasó la hoja a Gómez que echó un vistazo. En el listado salían muchas entradas del propio Vallejo en diferentes días. Unas veces a visitar a Carrasco, otras a Félix.
—¿Negociaba en paralelo?
—Eso parece —contestó Loredo.
—¡Y no era la primera vez! —añadió Ana—. Este ha tenido contactos con la familia Zabros y con Francisco Ceballos.
—De eso no vamos a hablar aquí —sentenció Loredo poniéndose serio.
Marta se removió en la butaca. Había estado callada, como si aún tuviera la piel impregnada de aquel encierro en el hotel que no se quitaba de la cabeza. Se llevó la mano al cuello, apretando contra la garganta invisible.
—¿Y Said? —preguntó Marta con la voz algo más ronca—. ¿Dónde entra en todo esto?
Loredo la miró con gravedad.
—Ahí es donde Vallejo se pasó de listo. Creyó que podía apretar a Said igual que a sus políticos de medio pelo. No entendió que estaba tocando a un tipo con conexiones más grandes de lo que imaginaba.
Ana suspiró.
—Un abogado con soberbia y un delincuente vulgar sin nada que perder. Esa combinación solo podía acabar mal.
Gómez se frotó la barbilla.
—Y supongo que ese fue el punto de inflexión.
—El momento en que dejó de ser intocable —confirmó Loredo—. A partir de ahí se convirtió en objetivo. Hay cosas que prefiero contar fuera de comisaría. Manías que se le quedan a uno.
—No son manías —dijo su mujer.
Iván entrecerró los ojos.
—Sí, Said tenía conexiones con una red de hachís, y Vallejo lo presionó, entonces no hablamos solo de un simple conflicto. Estamos hablando de narcos y ya sabemos lo que eso puede suponer.
Loredo lo señaló con el dedo.
—Ahí quería llegar. Y es justo en ese terreno donde Vallejo empezó a perder el control. Pero en resumen —recapituló Loredo—. Vallejo visitaba a Carrasco y a Félix en la cárcel, presionó a Said, no sé con qué intención y por último, se relacionaba con familias y nombres poderosos.
—Y yo añadiría —dijo Gómez—: fue invitado a la herencia.
Un silencio cargado se adueñó de la habitación. Marta lo rompió, bajando la vista al suelo. Demasiados nombres, demasiadas ramificaciones. Le dolía la cabeza.
—Necesito una copa —murmuró.
Lo dijo con un deje de vergüenza, como si el aire de aquellas paredes la asfixiara otra vez. Había recuperado un poco el color, pero aún mantenía la mirada esquiva.
Loredo sonrió, se levantó y se dirigió al aparador. Gómez la miró con empatía. Él también necesitaba una copa.
—Eso está hecho —dijo Loredo.
Sacó una botella oscura y cuatro vasos. El líquido verde del licor de orujo de potes brilló bajo la lámpara del salón.
—Brindemos —dijo—. Porque lo que vais a oír ahora fue el principio del fin de Luis Vallejo.
Chocaron los vasos. Marta se lo bebió de un trago, casi con desesperación. Iván la imitó, mientras Ana lo hacía más despacio, saboreando. Gómez se limitó a mojarse los labios, aunque pronto pidió otro. Marcos trajo unas patatas, aceitunas y anchoas. Lo colocó todo sobre la mesa estratégicamente.
Marta sintió cómo el alcohol le calentaba el cuerpo y después de muchas horas empezó a sentirse ella misma otra vez. Dio un largo suspiro y algo se relajó en su interior.
—¿Participó Vallejo en más casos importantes? —preguntó Gómez.
Loredo no quiso entrar en detalles sobre los Zabros. Se limitó a coger una aceituna, morderla despacio y mirar hacia la terraza, donde el mar se veía oscuro detrás del cristal.
—Solo os contaré una cosa —murmuró—. Hubo una noche en que tenía a un testigo dispuesto a declarar. Un hombre asustado, pero dispuesto. Había visto una reunión que no debía ver. Vallejo estaba allí. También Ceballos. Y alguien de la familia Zabros.
Ana bajó la mirada al vaso. No parecía sorprendida.
—¿Qué pasó? —preguntó Gómez.
Loredo soltó una risa breve, pero sin humor.
—Lo de siempre. A la mañana siguiente el testigo ya no recordaba nada. Vallejo presentó un escrito impecable. El superior de turno me sugirió que dejara de “contaminar el procedimiento con intuiciones personales”. Y a los dos días me apartaron discretamente del caso.
Marta levantó la cabeza. Por primera vez en un rato pareció olvidar la habitación cerrada del hotel.
—¿Te apartaron?
—Me invitaron a ser razonable —corrigió Loredo—. Que es una forma muy elegante de decirte que cierres la boca si quieres seguir trabajando.
—Hay que joderse —gruñó Gómez.
Iván dejó de masticar.
—¿Y Vallejo?
—Vallejo salió de aquello limpio. Como siempre. Pero cometió un error. Se creyó intocable. Y cuando un hombre se cree intocable, empieza a cometer errores.
Ana llenó de nuevo su vaso, aunque apenas bebió.
—Said fue una de esas cosas —dijo Ana.
Loredo asintió lentamente.
—Exacto. A los políticos se les aprieta con papeles. A las familias poderosas, con favores. A los narcos, en cambio, no se les amenaza si no estás dispuesto a asumir las consecuencias. Ellos usan otra moneda.
Un silencio áspero se quedó flotando entre ellos solo roto por el sonido de las olas del mar que se colaban por la ventana abierta. El orujo ya no parecía una celebración improvisada, sino una forma de tragarse algo que ninguno quería decir en voz alta.
La botella se acabó y Loredo trajo una segunda botella. De alguna manera estaban soltando la tensión acumulada de los últimos días.
Marta, con las mejillas enrojecidas, golpeó la mesa en un momento dado.
—¡Es de locos! Este cabrón se metió en un nido de serpientes y arrastró a todos con él.
—¿En qué orden murió? —preguntó Loredo.
—Fue el segundo, después de Ethan —respondió Gómez.
—Y lo peor —añadió Iván, con la boca llena de aceitunas— es que todavía no sabemos hasta dónde llega todo esto.
—Tienes toda la razón —dijo Ana—. Este caso no ha hecho más que comenzar.
Ana levantó el vaso vacío. Marta la observó. Envidió la buena química que tenían estos dos. Sonrió y levantó su vaso.
—Pues como sigamos así, este informe lo terminamos a gatas.
Loredo rio con amargura, llenó la última ronda y los miró a todos con seriedad.
—Escuchad bien. Porque lo que pasó entre Vallejo y Said no lo vais a olvidar.