El búnker (La Herencia 2) 38 Marta
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38 Marta

Gómez pasó toda la noche en el búnker haciendo llamadas.

Marta no aparecía. Habló con el Inspector Jefe de la Comisaría Provincial de Santander, pero no tenían ninguna información nueva salvo lo que ya les había comentado.

En el hotel donde dormían tampoco la habían visto entrar.

Removió cielo y tierra para saber algo de Marta, incluso se hicieron llamadas a Valdecilla, pero el misterio seguía pendiente.

Gómez se temió lo peor.

Llamó aparte a Iván y le dijo bajito.

—¿Y si la han secuestrado?

Iván le miró, pero movió negativamente la cabeza.

—No me pega nada —explicó—. Es un perfil muy de cuidar los detalles. No le veo sentido que haya planificado un secuestro. ¿Para qué? Su móvil no es el dinero, es la venganza.

—Ojalá tengas razón.

—Yo diría que sí. Todo este montaje le ha salido muy caro. Es alguien que le sale el dinero por las orejas y las víctimas no las ha elegido al azar.

Gómez tenía clara una cosa. El que había organizado la herencia era alguien fuera de lo normal, un individuo capaz de planificar un escenario hasta en los más mínimos detalles, pero por esa misma razón dudaba.

Hasta ahora no habían logrado entender su modus operandi. Iba siempre un paso por delante.

Gómez sacó su agenda y miró algunas cosas que había apuntado.

—¿Pero y si quisiera darnos una lección? —dijo—. Ya sabes. No os metáis donde no os llaman y ese rollo.

—De haberlo hecho así, nos hubiera dejado un mensaje. Como hizo con el señor Maxwell. Iustitia est stercus.

Gómez se quedó pensando en la frase. No estaba del todo convencido, el mensaje podía llegar en cualquier momento. No lo descartó.

—¿Marta no te dijo nada cuando se fue? ¿Por qué se fue sola? —preguntó Iván.

—No. Simplemente se marchó sola en su coche de alquiler.

—¿Por qué?

—No lo sé.

Gómez recibió una llamada. Era de la jefatura provincial.

Le informaron que la última vez que la habían visto fue en el hotel Real.

Hizo una visita nocturna. Algo muy fuera de lo normal.

Los agentes dijeron que no les comentó sus motivos, pero que quería investigar algo.

Subió sola en el ascensor y luego les cogió el cambio de turno.

Por ese motivo no se habían dado cuenta hasta ahora.

Ahí es donde hay incongruencias porque ninguno de los dos turnos la vio marcharse.

—¿Cómo es posible? —gritó Gómez visiblemente alterado— ¿Cómo no nos han avisado antes?

—¿Entonces fue al hotel? —dijo Laura—. ¿Por qué ir al hotel Real en mitad de la noche? ¿Quién la hizo ir allí a esas horas?

—No lo sé —respondió arisco Gómez—. Desde luego yo no.

Laura se encogió de hombros.

El inspector fue a ver a Dani. Laura le siguió.

—¡Dani! ¿Qué sabes del móvil?

—Me lo están mandando. Déjame que lo mire —dijo mientras ya había abierto media docena de pantallas en su ordenador.

—¡Nos vamos al hotel!

Iván le acompañó. Montaron en uno de los coches de alquiler y pusieron rumbo a Pérez Galdós. En el último momento Dani cogió su portátil y se unió al grupo.

No tardaron mucho en llegar.

Entraron en el ascensor y subieron. Cuando llegaron a la planta cuatro Gómez sintió una extraña sensación.

El lugar seguía cerrado. Olía mal y aún estaban las manchas en el suelo y los cristales rotos.

Era como volver a revivir los crímenes que ya habían imaginado muchas veces tratando de averiguar cómo lo habían hecho.

El inspector, junto con Iván y Laura, caminó por las habitaciones del hotel buscando en cada rincón.

Miraron hasta debajo de las camas, en los armarios, en todos los baños.

No había ningún objeto suyo ni evidencias de que hubiera estado allí.

Lo peor es que nadie había tenido la idea de volver a conectar las cámaras.

Cada habitación, sin quererlo, tenía la impronta del invitado que la había ocupado. Gómez no podía dejar de pensar que en ese escenario habían muerto varias personas. Observó las camas, aún deshechas, los cuadros de las paredes, los teléfonos. Cada pieza de mobiliario parecía hablarle.

—¿Qué hacemos? —preguntó Iván.

Gómez no quería marcharse. Se sentía horriblemente mal tanto por estar en el mismo lugar de los crímenes como por el hecho de que no encontraban a Marta. Su frustración iba en aumento.

—Espero que esto no sea cosa del mismo cabrón que organizó todo esto —dijo afligido.

Dani se había instalado en la recepción. Desde allí, estaba rastreando la señal del móvil con diferentes aplicaciones.

El inspector e Iván bajaron a recepción. Laura los acompañó.

Gómez la volvió a llamar. Dejó pasar unos segundos y escuchó:

“El teléfono al que llama está apagado o fuera de cobertura”

—¡Mierda! ¿Qué tenemos Dani? —dijo Gómez aliviado de salir de aquella planta.

—Un momento —dijo sin levantar la vista de la pantalla.

Estaba midiendo cosas que Gómez desconocía por completo. Tenía abierta una web con el mapa de Santander y unos puntos en colores que parpadeaban. Eran antenas.

—Ya tengo los datos. La última vez que el móvil de Marta habló con la red fue a las 01:27 —explicó Dani, con la tablet en la mano—.

Estaba enganchada a la antena de Castelar, unos minutos más tarde se engancha justo la que cubre la zona del hotel Real, que está aquí al lado.

Después, nada. Como si hubiera entrado en una jaula de Faraday.

—¿Nada más? —preguntó Gómez.

—Nada. Sin llamadas, sin datos, sin respiración digital. Es un corte demasiado limpio. O se destruyó el móvil o entró en una zona dónde no hay nada de cobertura.

—¿Y aquí? ¿Cómo es que no hay cobertura?

Dani miró una cosa en su ordenador. Luego comprobó su móvil.

—Han debido de poner un inhibidor. Si es así, tendría que estar en algún lugar en la planta cuarta.

—Hemos mirado a fondo y no la hemos visto —dijo Iván.

—¿No podría estar en otra planta? —propuso Laura.

—No lo debemos descartar —respondió Gómez.

— Espera —dijo Dani pensativo— Marta dijo algo.

Que el asesino podía haber cambiado el escenario a su antojo.

Si eso es cierto, quizá modificó la distribución de la planta para hacer algo.

O las habitaciones. Tal vez por medio de una contrata.

Y si lo hizo —levantó la vista—. puede que lo hiciera con un propósito. ¿Cuál?

—¿Poder espiarles? —contestó Gómez—. ¿Grabarles?

Subieron en el ascensor y volvieron a iniciar la búsqueda.

—Hay que buscar un sitio donde pueda caber una persona y equipos informáticos —dijo Dani.

—¿Estás seguro? —preguntó Iván.

—Es solo una intuición, pero si se te ocurre otra cosa mejor dínosla —contestó Dani con ironía.

Se organizaron por habitaciones. Gómez volvió a inspeccionar la 401, Dani la 402, Iván la 406, Laura la 407. Miraron en todas partes, incluso intentaron levantar la moqueta del suelo, debajo de la cama, en los armarios por si hubiera una puerta secreta. En los baños detrás de los espejos. Nada.

Al cabo de un rato salieron al pasillo con evidente cansancio y desilusión. Miraron otras tres habitaciones. Dani se metió en la 403. Inmediatamente se dio cuenta de algo.

—¡Jefe!

Gómez acudió corriendo.

—¿Qué pasa?

Dani estaba mirando la habitación. Luego fue de nuevo a la habitación 402. Entró. Se detuvo. Algo no cuadraba. El ángulo, el espacio, la pared.

—¡Lo tengo! —dijo exultante.

—¿Qué pasa? —preguntaron Gómez e Iván sin entender nada.

—¡Esta habitación es diferente a las demás! Es más pequeña.

Empezaron a mirar por todas partes. Alguna puerta o entrada secreta que no estuviera a la vista.

Gómez se lanzó a buscar por toda la pared, pero Dani fue al baño y revisó la pared palmo a palmo.

Se alejó unos pasos y observó la pared. Las baldosas de porcelana tenían dibujos.

Luego se acercó y fue pasando la mano por encima de su superficie lentamente.

No encontraba nada. Siguió observando los acabados, las juntas, las zonas de masilla, incluso el rodapié. Se acurrucó detrás del inodoro para explorar aquellas zonas más alejadas de la pared que no tuvieran fácil acceso.

Nada.

Fue por casualidad, al pasar la mano por una baldosa y tocar algo que sobresalía. Estaba integrado en una pieza cerámica, detrás de un embellecedor, como una falsa junta que unía una baldosa con otra. Era una especie de botón justo encima del inodoro que si no lo tocabas no podías casi verlo.

—¡Menudos hijos de puta! ¡Esto no lo encuentras ni en Tomb Raider, versión deluxe!

Los tres se apelotonaron en torno al pequeño descubrimiento que había en la pared. Prácticamente era invisible a los ojos.

Dani lo pulsó y lentamente la puerta cedió.

Al otro lado, Marta, desencajada, dio un par de pasos fuera.

Sin pensarlo, se lanzó a los brazos de Dani.

Lo abrazó con fuerza, como quien se aferra a un salvavidas después de haber estado demasiado cerca del naufragio.

Dani, sorprendido, se quedó rígido un instante antes de corresponder torpemente.

Marta terminó de sacar su cuerpo y quedó abrazada a Dani de forma instintiva. Gómez los miró, Laura también. De pronto fueron testigos de una extraña escena de intimidad. Dani no sabía cómo reaccionar hasta que cerró sus brazos en torno a Marta y la abrazó.

—¡Marta! —susurró Gómez con cautela—. ¡Dios mío! ¿Cómo estás?

Marta respiró hondo, tomó conciencia de que estaba libre de nuevo y aún sin separarse de Dani, abrió los ojos y recuperó un poco la compostura.

—Estoy bien —dijo, aunque la voz le temblaba.

Estaba pálida y con el rostro desencajado.

—¿Seguro? —preguntó Gómez y le ofreció una botella de agua—. Menudo susto nos has dado. ¿Qué ha pasado?

—Descubrí el sitio, entré y la puerta se cerró. No hay manera humana de abrirla desde dentro.

Dani se quedó mirando y analizando la puerta.

—Tenéis que ver esto.

Dani aseguró ahora la puerta. Marta se sentó. No podía más. Sentía una horrorosa sensación de claustrofobia.

—Si no te importa me quedo aquí fuera.

Abrió un grifo del baño y se echó un poco de agua por la cara.

—La habitación está llena de equipos —explicó Marta—. Parece una especie de centro de control. Estoy segura de que si buscamos bien este lugar está plagado de cámaras y micrófonos.

—No me jodas —exclamó Gómez.

Dani miró dentro. Estaba fascinado.

Gómez se quedó con ella, mientras que Dani e Iván se metieron dentro y empezaron a inspeccionar. Dani fue probando los ordenadores a ver si se encendían. Estaban todos muertos. Avanzó un poco y se fijó que en la esquina, debajo de una mesa había algo.

Era una maleta negra de aspecto militar. Era demasiado rígida, pesada, con cierres metálicos sólidos, rejillas de ventilación y varios conectores en el lateral. De uno de sus costados sobresalían tres antenas plegadas, como patas de insecto. Dani se agachó frente a ella sin tocarla.

—¿Qué demonios es esto? —preguntó Iván.

Dani se acercó aún más. Sacó una foto con su móvil. La expresión burlona desapareció de su cara.

—Esto no es una maleta —dijo.

—¿Entonces?

—No lo sé. Pero es material profesional. Caro de cojones. Mira los cierres, las juntas, la ventilación. Aquí hay mucha pasta.

Iván hizo ademán de tocarla.

Dani le sujetó la muñeca.

—Quieto.

Iván lo miró, sorprendido.

—¿Qué pasa?

—Que no sabemos qué coño es. Puede ser un inhibidor, un servidor portátil, una unidad de transmisión o puede llevar una carga para freírlo todo si alguien intenta abrirla.

—¿Una bomba?

Dani no respondió enseguida. Observó los cierres, las juntas, las pequeñas rejillas de ventilación.

—No digo que lo sea. Digo que yo no voy a ser el imbécil que lo descubra con las manos.

Iván retiró la mano despacio.

Durante unos segundos, los dos se quedaron mirando la maleta. En aquella habitación llena de pantallas muertas y cables arrancados, el objeto parecía demasiado limpio, demasiado intacto, como si hubiese sido dejado allí para que alguien lo encontrara.

Gómez apareció en la entrada.

—¿Qué ocurre?

Dani no apartó los ojos de la maleta.

—Jefe, hay un cacharro ahí dentro. Profesional. Cerrado. Con antenas. Puede ser parte del sistema de inhibición, pero también podría estar preparado para destruir pruebas si alguien lo manipula.

Gómez entendió al instante.

—Nadie toca nada. Laura, avisa a los TEDAX —gritó.

Laura salió al pasillo con el móvil en la mano. No había cobertura.

Gómez miró la habitación secreta, las pantallas muertas, los cables arrancados y aquella maleta intacta bajo la mesa.

Entonces entendió que no habían encontrado solo un escondite.

Habían encontrado el corazón técnico de la Herencia.