El búnker (La Herencia 2) 37 La habitación
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37 La habitación

No lo podía creer. Se había quedado dormida. Si no había entrada de aire en aquel habitáculo era probable que el oxígeno se estuviera consumiendo ya. Notó un ligero dolor de cabeza. ¿Sería la falta de oxígeno que ya estaba experimentando? ¿O simplemente que no había bebido en horas?

No se perdonó haber cometido semejante estupidez. Tenía que haber venido con alguien y no sola. Eso se lo habían enseñado en la academia: nunca entrar sola en un espacio desconocido sin avisar a nadie. Somos un equipo.

La situación se podría incluso volver peligrosa. ¿Se darían cuenta los compañeros de abajo que no había salido? ¿Darían la voz de alarma?

Tuvo una idea.

Aunque el habitáculo estuviera insonorizado a los gritos. Era muy probable que si golpeaba con algún objeto compacto se oyera a través de la pared. Los impactos eran mucho más difícil de insonorizar y ella sabía que los aislamientos acústicos nunca son absolutos. En algún lugar se rompen.

Buscó algo parecido a una viga. No lo encontró. Palpó toda la pared y para su sorpresa no era dura. Tenía un revestimiento como de plancha de corcho que no producía ruido al golpearlo. Cogió la silla y golpeó con fuerza la pared.

No produjo ningún sonido.

Una sensación de angustia se empezó a apoderar de Marta.

Cada vez era más consciente del peligro.

Habían estado allí mismo muchísimas personas.

Personal entrenado de la científica y no habían sido capaces de encontrar el escondite.

¿Cómo diablos lo iban a encontrar ahora? Volvió a marcar el móvil. 112.

No había señal de ningún tipo ni siquiera la de emergencias. Movió el móvil por la habitación tratando de buscar una pequeña señal de cobertura. Pero ni eso.

¿Qué podía hacer?

Observó los ordenadores. Había tres. Estaban golpeados y uno en el suelo. ¿Y si alguno funcionaba todavía? Encendió uno, pero no dio señal. En una esquina había encajada en un hueco una maleta negra con unas antenas plegadas. Intentó sacarla pero no pudo. No supo qué era aquello.

Después se dio cuenta de que entre un montón de cables en el suelo había un portátil. Colocó el cable de alimentación.

La pantalla se iluminó. Abrió el navegador. Buscó por el suelo y encontró un cable ethernet. Lo conectó.

El icono marcó conexión.

¿Internet? ¿Una red interna? No podía distinguirlo, solo sabía que la pantalla había dicho “online”, y eso le bastaba para intentarlo.

—¡Vamos! —exclamó con ansiedad—. ¡Funciona!

Tecleó la web de la delegación de Policía en Cantabria.

La página cargó, pero algo no encajaba. Era una versión extraña, fría, sin imágenes, como si estuviera almacenada en algún servidor antiguo.

Aun así, Marta escribió un mensaje. Pulsó “enviar”.

El icono giró durante un par de segundos, pero no hubo confirmación.

Ni error.

Y justo entonces el ordenador mostró un mensaje en pantalla:

*** ALERT: NODE 27 CONNECTED ***

time drift detected [+0042s]

auth pending…

WAITING FOR USER INPUT _

Apenas tuvo tiempo de leerlo.

—¿Qué cojones?

La batería murió y la pantalla se hizo negra.

—¡Mierda!

Lo peor es que no había ningún cable de recarga. ¿Cómo era posible? Desde allí se podía escuchar el viento golpear la pared. Era un sonido muy lejano, casi como si estuviera en mute.

Estuvo investigando los demás equipos. Ninguno disponía de conexión a internet o bien ella no supo configurarlo. Todo estaba echado a perder. ¿Quién habría organizado aquello? Tuvo que ser la falsa Samantha.

Tenía las piernas entumecidas. Caminó un poco. Dos pasos en una dirección, otros dos en la otra. Probó de nuevo con la puerta. Se abría hacia dentro. Trató de agarrar los extremos, pero estaban perfectamente sellados a la pared. No había por dónde cogerlo.

Empujó, pero tampoco sucedió nada. Buscó de forma obsesiva algún interruptor por la pared, cualquier cosa que pudiera estar escondida que abriera la maldita puerta. Tenía que haber algo. Tuvo una idea absurda.

Marta buscó desesperada en el móvil. Tecleó “remote”, “control”, “unlock”.

Solo tenía una app antigua que usaba para la televisión. La abrió de todos modos. El icono giró unos segundos.

Error: sin conexión.

Intentó entonces el modo infrarrojos, un añadido viejo que aún conservaba aquel modelo de móvil. Apuntó al panel de la puerta, aunque sabía que era absurdo.

Nadie sabía que estaba allí.

Nadie sabía que aquel lugar existía.

Y no tenía forma de pedir ayuda.