El búnker (La Herencia 2) 36 El coche
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36 El coche

Gómez y Dani cruzaban la ciudad en uno de los coches con los cristales empañados en dirección al búnker, mientras se quitaban el agua de sus chubasqueros. Ese día Gómez había estrenado botas katiuskas de Godofredo y debería estar contento, pero estaba sumamente preocupado.

Llevaba desde muy temprano tratando de localizar a Marta.

—¿A ti no te ha contado nada? —le preguntó a Dani.

—No, ayer apenas hablé con ella.

Una vez en el búnker, Dani abrió en su tablet las imágenes obtenidas del parking.

Después de muchas horas rastreando los vídeos había encontrado algo.

El ángulo de la cámara era torpe, pero no dejaba dudas: la mujer de la grabación coincidía con la descripción de Samantha.

Entraba sola en el parking subterráneo. Salía minutos después, al volante de un Audi negro sin distintivos.

No parecía nerviosa. Pero lo más inquietante era su seguridad.

—¿Puedes ampliarlo? —dijo Gómez.

Dani asintió.

—No va a ser fácil. Está pixelada. Pero déjame una hora —dijo desde su despacho zulo, donde el caos convivía con pantallas encendidas y cables sueltos. ¡Ah! Y ya tengo lo otro… vas a flipar pero de verdad…

—¿Qué es lo otro? —preguntó Gómez.

—¡El latinajo ese! Ad hora prinsis.

Gómez esbozó una sonrisa, pero rápidamente se le borró.

Muchas veces Dani le hacía reír por su espontaneidad y desparpajo, pero ahora no era el momento de bromas.

Miró otra vez el móvil y comprobó por enésima vez que Marta no había llamado.

Dani se dio cuenta y aunque estaba hablando de la frase enigmática “ad hora prinsis” que habían descubierto en una de las cartas de Ethan y era algo importante, era mejor no insistir.

—Mejor lo vemos luego —dijo Dani más serio.

—¿Cómo podemos encontrar a Marta? —preguntó Gómez.

—Yo no puedo rastrear su móvil como en una película. Necesito que la operadora nos dé la última celda a la que se conectó.

—Pídelo.

—Ya está pedido por vía urgente. Si el teléfono entró en zona de inhibidores, lo último que tendremos será justo antes de perder señal.

Gómez preguntó a todos los miembros del equipo por Marta. Nada. Después fue a la entrada. En la garita estaba una policía con los monitores.

La policía hizo un repaso de sus listados.

—No, esta mañana no ha entrado. Salió anoche a la una contigo. ¿Fue con vosotros?

—Sí, pero se marchó sola en su coche, pero no sé a dónde.

Gómez cogió su teléfono y volvió a llamar. Se encogió de hombros.

—No hay señal.

Llamó otra vez al hotel a recepción por si hubiera llegado. Tampoco sabían nada. Gómez se encerró en su despacho. No se concentraba en nada y ahora se iban a poner a ver lo del coche. ¡En menudo momento!

Laura se asomó por la puerta.

—Arturo, si quieres aplazamos la reunión.

—No. No va a servir de nada. Tenemos pedido la localización del móvil, en cuanto la tengamos nos ponemos en marcha, pero hasta entonces, no vamos a estar de brazos cruzados.

Laura asintió.

Cincuenta y tres minutos después, Dani les enviaba una captura nítida de la matrícula. Se reunieron en la salita interior y Dani les mostró lo que había averiguado en una pantalla. Estaban Gómez, Iván y Laura.

—Ya tengo el coche. Es un Audi 0328-brK. Coche de alquiler. Todo muy limpio —resumió con sorna.

—Vale, eso ya lo sabíamos. Dime algo nuevo —dijo Gómez cortante.

Dani proyectó un mapa de Santander.

—A ver, el coche sale del hotel Real a las 8:03, gira a la derecha en Pérez Galdós y más tarde pasa por esta cámara en Reina Victoria, todo claro hasta aquí.

Dani marcó con un lápiz óptico el recorrido y los puntos de las cámaras. Nadie comentó nada.

—Un poco más tarde, aparece en esta cámara en Castelar y a las 8:26 en el Paseo Pereda, solo unos minutos más tarde, otra cámara lo capta o al menos un coche muy parecido a nuestro Audi. A partir de ahí desaparece.

—¿Qué pasa entonces? ¿Lo hemos perdido? —preguntó impaciente Gómez.

—Eso podría parecer, pero, realmente no.

Laura no pudo evitar dibujar una sonrisa. Iván también, pero Gómez estaba serio golpeando la mesa con los nudillos.

—Se me ocurrió que estaría en el parking, los he investigado y resulta que justo ese día hubo un fallo técnico y se cayó el sistema. Resultado, todos los tickets perdidos y las cámaras sin imágenes.

—¿Entonces?

—Verás, las cámaras del interior del parking…

Gómez le interrumpió.

—¡Dani! ¿No puedes ir al grano?

—Sí, claro —dijo atropelladamente—. Las cámaras se cayeron. Pero la de la rampa y la del control de entrada son sistemas distintos y esas sí funcionaron. Sabemos que el coche está dentro

Gómez le interrumpió.

—¿Pero lo habéis encontrado?

—Sí —intervino Laura—. Hemos mandado una unidad y ahora mismo están custodiando el coche.

Gómez se puso en pie.

—No quiero que lo custodies, quiero que lo llevéis a la científica.

Tanto Laura como Iván asintieron.

—¡Eres un crack tío! —susurró Iván a Dani con temor de que Gómez le escuchara.

—¿Qué hacemos Arturo? —preguntó Laura—. ¿Vamos ahora?

Gómez reflexionó.

—¿Hay alguna noticia de la ubicación de Marta?

Dani fue corriendo a su ordenador. Hizo una llamada.

—De momento nada —dijo—. Les he dado mi móvil para cuando lo sepan me llamen.

—¡Vámonos! —ordenó Gómez —. Necesito saber quién alquiló ese Audi. Ya.

—Nos pedirán requerimiento —dijo Laura.

—Pues se lo mandas. Policía Judicial, investigación por homicidio, matrícula, fecha y hora. Que no me mareen.

—No va a dar tiempo.

Acudieron a la empresa de alquiler sin el requerimiento.

El recepcionista, un joven flaco de voz temblorosa, ante tal avalancha de formalismos y personal de la policía, les entregó los papeles.

El coche había sido alquilado por un tal "Alighiero Malatesta", pasaporte italiano, tarjeta de crédito prepago. Todo olía a identidad falsa.

—¿Tú le viste? —preguntó Gómez.

El recepcionista hizo memoria.

—No, no me acuerdo bien. Se me mezclan las caras.

Dani miró por el local. No había cámaras. Luego echó un vistazo al ordenador del chico y vio que tenía un juego de solitario abierto.

—Esfuérzate —insistió Gómez—. Tal vez seas capaz de recordar algún rasgo.

El chico empezó a sudar.

—No, no me acuerdo.

Gómez se mordió el labio. Esta era la única pista que tenían ahora de la falsa Samantha. Si no encontraban nada estarían en un callejón sin salida. Se retiró unos pasos y volvió a llamar a Marta.

Nadie contestaba.

—Vamos a ver el coche —ordenó Gómez visiblemente de mal humor.

El Audi lo habían encontrado en el aparcamiento de Alfonso XIII. En apariencia, impoluto. Lo trasladaron al cuartel de la Científica. Allí, bajo luces blancas como quirófanos, comenzó la inspección.

Los perros fueron los primeros en reaccionar. Uno de ellos —el de nombre Orco— se detuvo en seco al llegar al asiento del conductor. Su ladrido era grave, preciso, casi judicial.

Gómez observó al perro. No dejaba de admirar su inteligencia. No era la primera vez que los veía en acción.

—Aquí hay sangre —afirmó la guía canina.

Los técnicos comenzaron a desmontar la tapicería. No tardaron en encontrar trazas biológicas. Sangre. Cabellos. Fibras. Todo algo desordenado, no tanto  como si hubiera habido una pelea, más bien parecía que el conductor estaba herido.

Iván sintió un escalofrío.

—¿Puede ser la falsa Samantha Torres? —preguntó, la voz más tímida que de costumbre.

—Lo sabremos en unas horas. Ya está en análisis de ADN —dijo el jefe de la unidad forense, con rostro grave, pero salvo que esté fichada no vamos a tener nada.

Gómez se apoyó contra una mesa, sintiendo el peso del caso sobre sus hombros vencidos. Todo parecía alinearse para confirmar lo que ya sabían: que la falsa Samantha Torres había conducido el coche. Que tras ese nombre se escondía el espectro de una venganza y ahora sabían que estaba herida.

—¿Cómo no nos dijo nada Marina?

Miró a Iván, que intentaba parecer firme, pero tenía los dedos temblorosos. Había crecido mucho desde aquel primer día, pero cada hallazgo le hundía más en el lodo de la verdad.

—Tal vez no fue ella —dijo Iván—. Puede ser sangre de otra persona. Aún no lo sabemos.

—Hay algo macabro en todo esto —murmuró Gómez—. Algo que huele más que a justicia a una venganza. Como un tribunal que dicta sentencia con los ojos vendados y las manos sucias.

Iván no respondió. Observaba una foto ampliada del asiento manchado. Una imagen sin vida, pero que había dejado un rostro anónimo al cual se tenían que aferrar como un clavo ardiendo.

—Lo que ya os digo —dijo Dani—, es que esa mujer es una experta. Muy poca gente sabe cómo manipular las cámaras de un parking y el sistema de tickets.

Eso le dejó pensativo a Gómez. A cada paso que daban, las posibilidades parecían estrecharse, pero en el fondo era tan solo una ilusión. Estaban buscando un fantasma en una noche oscura como la boca de un lobo.

No tenían nada de verdad. Ningún sospechoso.