El búnker (La Herencia 2) 35. El zulo
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35. El zulo

Marta miró por una de las pocas ventanas que había en el búnker. La noche había caído sobre ellos sin apenas darse cuenta. Miró el reloj. Fue a la cocina. Eran casi la una de la mañana. Iván pegaba una cartulina en el mural que ahora estaba lleno de nombres y fechas.

—Y en ese momento, cuando está en Inglaterra —dijo sujetando una de las cartas—, le llaman de la firma de abogados. No sabemos si sabía que iba a ir Felisa, pero decide presentarse.

—Fue el primero en morir —dijo Gómez.

Marta se acercó a ellos con curiosidad.

—Según la autopsia murió por ahogamiento, pero ya estaba inconsciente cuando le metieron en el agua —añadió Marta.

—Mi padre siempre me decía que en todo crimen hay muchas capas —soltó Iván.

—¿Quién creéis que lo mató? —preguntó Gómez tomando una foto del mural.

—Ethan pesaba 84 kilos —razonó Marta—. Es un peso considerable si hablamos de que el asesino debió de usar la Taser y luego moverle.

—O hacer la descarga en el mismo baño —dijo Iván.

—Ya. ¿Pero quién se mete en el baño con otra persona? Solo alguien que le conozca bien. ¿No? —dijo Marta.

Gómez se puso en pie y anotó en uno de los lados de la pizarra blanca con un rotulador azul.

—Nos quedaría Felisa, Marina y Mario. A estos tres sí los conoce, pero con quien de verdad tiene confianza es con Felisa, pero quien tiene motivos para matarlo son Mario y Marina. ¿Veis a Marina cometiendo un asesinato?

—No sé —replicó Iván—. No me la imagino asesinando a sangre fría a Ethan.

Marta e Iván se quedaron pensativos.

—De todo lo que hemos visto hasta ahora —dijo Gómez—, veo que hay una discrepancia muy marcada entre este Ethan que hemos conocido a través de las cartas, un Ethan sensible y artista, con el otro Ethan que vimos el otro día en su casa, el pervertido, atormentado y extorsionador. Son como dos personas diferentes.

—¡Sí! —añadió Marta—. Cada vez se cumple más esa premisa.

Gómez recogió sus cosas. En la entrada ya se habían cambiado el turno. Lo hacían a las ocho. En la puerta había dos agentes. Uno de ellos regresaba de hacer una ronda. En las afueras se veía pasar de vez en cuando algún camión solitario.

Marta decidió ir sola en su coche de alquiler.

Pero en lugar de terminar en el parking de Alfonso XIII en donde solían dejar los coches y luego caminaban hasta el hotel que estaba junto a los jesuitas, siguió por el paseo de Pereda, Castelar y Reina Victoria. Giró a la izquierda y subió por Pérez Galdós hasta llegar al hotel Real.

Aparcó el coche y saludó a la pareja de policías que custodiaban el hotel que seguía cerrado. Se paró a hablar con ellos un rato.

Luego subió a la cuarta planta. Encendió las luces y fue paseando por las habitaciones.

Sacó de su bolso un cuaderno en donde tenía apuntado los nombres, armas, sobres y el lugar en que habían encontrado a cada uno.

Empezó por echar un vistazo a la habitación de Alicia Parker, es decir, Marina.

Pensó que deberían llevarla allí cuando se recuperara y los médicos lo permitieran.

Siguió por la habitación contigua que era la de Carrasco y se fijó en el cuadro del barco. Luego fue a la siguiente, miró sus notas y aunque se lo sabía ya de memoria, comprobó que era la habitación de Felisa.

Algo no le cuadraba.

Encendió las luces de las demás habitaciones.

Eran todas iguales. La única diferencia a simple vista era la orientación de la cama.

Todas las del ala norte tenían la cama mirando hacia lo que Marta supuso que era el Este.

Las habitaciones del ala sur, tenían la cama orientada hacia el oeste.

Todas salvo la de Felisa, que estaba orientada hacia el este. ¿Por qué?

¿Era algo arbitrario o tenía alguna razón?

Volvió a la habitación de Felisa y la investigó con más detalle. Tenía su mesa con las cuatro sillas, la cama, un armario con caja fuerte, el baño, igual que las otras. Nada le llamaba la atención.

Salió al pasillo y observó los cuadros. Allí estaba el cuadro de Ethan tirado en el suelo. Se quedó mirándolo un buen rato, pero no le encontró ningún significado. Volvió a la habitación de Marina. Tampoco encontró nada.

Pero antes había tenido una sensación de que algo no era igual. Y no era la cama. Era otra cosa. Se metió en la habitación de Carrasco.

Entonces cayó en la cuenta.

Fue a la habitación de Alicia Parker, la primera de todas, y contó con sus propios pasos. Contó hasta diez pasos de una pared a otra. Luego fue a la habitación de Carrasco y repitió la misma operación. ¡Ocho pasos!

Corrió a la siguiente. La 406 y contó diez pasos. Hizo lo mismo con todas las habitaciones. Todas medían diez pasos, menos la de Carrasco. ¿Qué estaba pasando?

Se metió en la habitación del marino y empezó a investigar la pared. Dio golpes en ambas caras. No notó nada raro. Sonaban igual. Empezó a darle vueltas a todo. Se metió en el baño. Era exactamente igual, pero la habitación en su totalidad era un poco más pequeña.

Vio algo que la llamó la atención. Había un espejo. Lo palpó, pero no sucedió nada. Continuó tocando los bordes, tratando de encontrar algún mecanismo. Entonces en un punto en la pared, arriba, prácticamente invisible palpó un botón.

Lo presionó. Se escuchó un clic.

Era una puerta. La abrió. Descubrió una pequeña habitación con varios ordenadores y una silla.

Con cierta dificultad se metió en el zulo. Olía a cerrado y a equipos nuevos. Encendió su linterna. Alguien había destrozado todos los equipos que se hallaban tirados por el suelo. Había cables cortados. Los ordenadores habían sido golpeados por algún objeto y estaban dañados.

¿Qué significaba todo esto?

Encontró un interruptor. Lo encendió. Ahora pudo ver con claridad. Era una especie de centro de control. Un lugar desde el que muy posiblemente hubieran grabado todo. Se le aceleró el corazón. Sacó el móvil, pero recordó lo que ya le había dicho Dani, la planta estaba incomunicada por inhibidores.

Tenía que avisar inmediatamente a Gómez. Iba a alucinar con esto. Se giró, pero entonces escuchó otro clic.

La puerta.

Se había cerrado. Fue a abrirla. Buscó un interruptor o algo con lo que abrirla. Pero no encontró nada. Empujó, golpeó. Fue inútil.

Se había quedado atrapada.

Dio golpes contra la pared. Gritó.

Entonces fue consciente de que estaba completamente aislada.

Volvió a intentar abrir la puerta, esta vez con mayor dedicación. Estaba acoplada de manera perfecta a la pared no dejando ni una rejilla mínima para introducir algún objeto y hacer palanca. Tampoco había resortes ni mecanismos de cierre.

Miró por el resto de la pequeña habitación. Era minúscula. Investigó cada esquina. Se dio cuenta, con cierto terror, que no había ninguna rejilla de ventilación.

Hacía calor y Marta empezó a notar que el aire poco a poco se iba haciendo más denso.