El búnker (La Herencia 2) 34. Ethan Davis #2
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34. Ethan Davis #2

Su madre vino a España suplicándole que regresara a Devon y pasara una etapa con ellos en la pequeña y modesta casa situada en las afueras de Exeter.

Cuando regresó a Inglaterra Ethan vio a sus padres mucho más viejos y derrotados que nunca.

Su padre, John, se pasaba el día en zapatillas cuidando unas plantas que tenía en un minúsculo alféizar.

La casa se caía a trozos y la cocina no tenía ventana exterior.

Un día recibió un correo de Felisa que estaba ingresada en el hospital psiquiátrico de Lozoya. La habían internado por una crisis aguda y se la había diagnosticado psicopatía, no le explicaban mucho más, pero Ethan sintió una profunda tristeza.

Decidió pintar un cuadro de una mujer mirando por la ventana mientras el sol en el horizonte salía esplendoroso. Sería un regalo lleno de esperanza para Felisa. Además, añadiría caballos. Su animal más querido.

Se puso a trabajar día y noche en el cuadro al cual tituló “Mujer en el amanecer” y, por una de esas cosas que la vida te regala, logró pintar el mejor cuadro de toda su carrera como pintor.

Hasta su padre que estaba todo el día ausente al verlo pareció despertar y asombrarse del talento de su hijo.

Pronto se corrió la voz y los vecinos se apelotonaban en su cuarto para verlo pintar sin descanso.

Terminó la obra y todos le aconsejaron que tendría que exponerla en Londres.

Ethan cogió un vuelo a España. Aterrizó en Barajas y bajo el brazo llevó el cuadro que con tanto amor había pintado.

Cogió un taxi y llegó al hospital. Felisa se negó a verle, pero Ethan insistió y permaneció toda la mañana esperando, pero la decisión y la determinación de Felisa eran inamovibles.

El director del psiquiátrico le hizo compañía.

Desesperado le dejó el cuadro y le rogó que lo colgara en la pared en un lugar que al menos lo pudiera ver ella.

El doctor Santacruz se lo aceptó y lo colgaron junto a las demás obras de los internos.

Ethan volvió a Inglaterra a casa de sus padres derrotado y más deprimido que nunca.

Al día siguiente muy temprano y sin despedirse de nadie salió de la casa y cogió un autobús a Devon en dirección a su antiguo hogar.

Ya no había caballos y la casa estaba cerrada y deshabitada.

La agencia que se la había comprado, aún no la había vendido y empezaba a parecer un lugar siniestro y abandonado.

Olía a orines y a okupas. Había pintadas soeces por las paredes.

Ethan saltó la verja y observó el lugar con un vacío en el corazón.

Le habían contado que al final tuvieron que sacrificar a todos los caballos.

Fue al granero y allí logró entrar por una de las ventanas que estaba rota.

Llevaba una mochila consigo en donde había comprado una soga.

Ya sabía lo que iba a hacer.

El granero ya no tenía ninguno de los animales.

No solo los caballos habían desaparecido, también los perros y las ovejas, de pronto se puso a llorar al recordarlos.

Tal vez fueran los únicos seres que echaba de menos y que no había sabido cuidar.

¿Qué habrá sido de las ovejas? ¿Y del perro?

Sus padres se vieron obligados a venderlos para sobrevivir.

Preparó la soga y tiró la mochila a un lado.

Ethan subió por unas escaleras al piso de arriba, era un piso abierto en donde con anterioridad habían almacenado paja y otros objetos poco pesados. Ató la soga a una viga de madera que había en lo más alto del techo e hizo un nudo corredizo que se puso en el cuello.

Se lo ajustó.

Se quedó absorto mirando al vacío. En ese momento no sentía nada ya.

Ni siquiera tristeza. Ethan no creía que hubiera nada después de la vida así que este era el verdadero final de su existencia, la nada, el vacío más absoluto, pero también, la libertad auténtica.

Ya no estaría sujeto a ningún sufrimiento ni a la depresión que había padecido, ni nada podría afectarle porque simplemente no existiría más.

Ese pensamiento le reconfortó y dio un paso al frente para saltar y terminar de una vez por todas con su sufrimiento. Ya no sentía miedo ni tampoco valor. Era el momento perfecto para morir.

Sonó el teléfono y por un micro instante el sonido de la música le devolvió a la realidad de que hay un mundo con más personas, lleno de gente, conflictos, tragedias, vidas que se mueven y multitud de sucesos que ocurren todos los días.

Había un pequeño hueco en el tejado por el que se veía el prado en donde habían estado los caballos y al fondo estaba el bosque.

Siguió sonando su móvil, pero no quiso cogerlo.

La llamada cesó y él volvió a centrar su atención en el césped y en el bosque.

En todos estos años apenas nada había pasado en ese prado. La vida allí mismo era pura quietud.

El móvil volvió a sonar y de nuevo recobró la consciencia de sí mismo y volvió a la realidad.

Respondió a la llamada.

—Sí.

—¿Ethan Davis?

—Soy yo —dijo en un murmullo.

—Soy Alberto Pérez, le llamo de un despacho de abogados de Santander.

Ethan no comprendía nada. Pensó que se trataba de una equivocación y estuvo a punto de colgar.

—¿Ha dicho Ethan Davis?

—Sí, le informo que tiene usted que acudir a una reunión en Santander el próximo 14 de noviembre a las 18:00 horas. Si comprueba su cuenta corriente podrá comprobar que…

—¿Cómo sabe mi cuenta corriente? —le cortó Ethan dando un paso atrás.

—Eso ahora no importa, escuche, le hemos ingresado 3.000 euros en su cuenta para que tenga todos los gastos pagados y sepa que vamos en serio.

Ethan estaba más confuso que nunca. La idea de regresar a España no le agradaba. Su tristeza se estaba convirtiendo en ira.

—¿Y para qué cojones quieren que vaya? —chilló al teléfono—. ¿No se da cuenta de que estoy en estos momentos muy ocupado?

—Es usted el destinatario de una importante herencia.

—¡Me importa una mierda! —gritó al auricular.

Entonces Ethan pegó un salto al vacío y al tensarse la cuerda, se rompió la madera y cayó al suelo en donde había paja que amortiguó la caída.

Contrariado, fue a gatas hasta su móvil. Abrió la aplicación del banco y comprobó que le habían hecho el ingreso. Luego escuchó un ruido familiar en el exterior. Se puso en pie y junto al pajar, apareció un formidable caballo que le miraba con curiosidad.

Ethan, con lágrimas en los ojos, lo reconoció al instante. Era Platino. Este se acercó tranquilamente y le sacudió con la cabeza en un gesto de saludo y ternura, pero Ethan no se contuvo y lo abrazó rompiendo a llorar.