34. Ethan Davis
Antes de aprender a escribir bien su nombre, Ethan Davis ya sabía dibujar caballos.
Los dibujaba en los márgenes de los cuadernos, en los sobres viejos que encontraba en la cocina, en los cuadernos del colegio.
Caballos de cuello largo, de ojos tristes, de patas imposibles.
Su madre decía que ningún niño de tres años podía trazar aquellas líneas con tanta intención.
Su padre, que apenas exageraba nunca, se quedaba de pie detrás de él, en silencio, como si temiera interrumpir algo sagrado.
Fuera, en los prados de Buckfastleigh, los Cleveland Bay pastaban junto al bosque.
Ethan los observaba durante horas, caminaba entre ellos, los hablaba y cuando se cansaba buscaba un árbol y se comía una manzana.
El niño no los miraba como se mira a un animal.
Para él eran sus amigos y los caballos parecían aceptarlo como uno más.
A veces traía una bolsa entera de manzanas y se las daba a su madre quien preparaba una deliciosa tarta de manzana y él la comía con crema líquida y algo de chocolate fundido.
Cuando cumplió los cinco años era capaz de dibujar líneas con una enorme precisión y colorear figuras creando originales composiciones que todas las maestras alababan en el colegio.
Todavía estaba en infantil, cuando un día sus padres fueron a buscarlo al colegio. La maestra les invitó a pasar y descubrieron a su hijo pintando unos caballos completamente absorbido por el dibujo.
—Tiene un talento extraordinario —dijo la maestra—. No solo expresa lo que quiere sino que su técnica es más avanzada que la de algunos pintores adultos.
—¿Cómo es posible? —preguntó su madre—. ¿Dónde ha aprendido?
—No lo sé —dijo la maestra—. Yo no le he enseñado nada de eso. Tiene algo muy poderoso y no le cuesta sacarlo.
Ethan creció sin grandes prohibiciones. Tenía campo, animales, una casa amplia y padres que lo miraban con una mezcla de orgullo y desconcierto.
Pero nunca usó aquella libertad para meterse en problemas.
Prefería los establos a las fiestas, los lápices a las pandillas, el silencio de los caballos al ruido de los otros chicos, la complicidad de un cabeceo que el beso de una chica.
Sus interesantes garabatos se fueron metamorfoseando en abstractos croquis y más tarde en intrincados bocetos hasta hacerse cada vez más complejos y enigmáticos.
Al tiempo que dibujaba, le gustaba pasar las horas con sus caballos observándolos.
Tenía ocho caballos de raza Cleveland Bay , además de un perro foxhound y varias ovejas Suffolk .
Ethan era feliz entre sus animales, los amaba profundamente, hablaba con ellos y los incorporaba a sus bonitos y algo extraños dibujos.
Pronto su talento comenzó a destacar por el enorme realismo que adquirían sus obras.
Usaba nuevas técnicas e incluso se adiestró en el uso del aerógrafo.
Sus pinturas a todo color pronto se exhibieron en locales de su pueblo y alrededores y Ethan con apenas catorce años se hizo un hueco en las principales ciudades del sur de Inglaterra como Exeter o Plymouth.
Llegó una época mala para su familia, algo que lo afectó profundamente. Su padre perdió mucho dinero con una crisis inmobiliaria y tuvieron que malvender la casa de campo.
Esto supuso un cambio radical en la vida de Ethan.
Tuvieron que deshacerse de los caballos y demás animales, incluyendo a Platino, su potro favorito, al que amaba con locura.
Dejó de pintar y se encerró en su habitación.
Padecía de una desgana absoluta para todo aquello que requiriera un mínimo de esfuerzo.
No asistía a las fiestas de cumpleaños de amigos o a pequeños eventos familiares.
Ethan logró tener su propia exposición en Londres y a pesar de que sus dibujos eran realmente sorprendentes, no se vendió ninguno.
Hubo un brote de encefalitis equina y murieron seis de los ocho caballos de la finca que aún guardaba uno de los vecinos.
Platino tuvo suerte y sobrevivió, pero ya no era suyo.
Los gastos de veterinario se dispararon por los cuidados ya que el vecino quería sacrificarlos y la familia Davis tuvo que endeudarse.
Por primera vez, Ethan entendió que nada era suyo. Ni la casa, ni los caballos, ni su propia alegría. Cayó en una depresión profunda y su madre decidió llevarlo a un especialista.
Todo lo que hizo aquel psiquiatra fue escucharlo y asentir para después medicarle una tanda de antidepresivos.
Plymouth se convirtió en la segunda residencia de Ethan y fue allí donde conoció un día a Felisa Beltrán, una española de Santander que estaba de paso por el Reino Unido, visitando diferentes ciudades y que tenía unas ideas excéntricas.
La primera vez que la vio fue en una de sus exposiciones.
Ethan se fijó en una chica que miraba sus cuadros y tomaba notas.
Tenía el pelo liso y brillante, de color negro y era de rasgos asiáticos, pero no al cien por cien.
Un rostro muy singular. Hablaba un perfecto castellano lo que inmediatamente llamó su atención.
Sus ojos rasgados eran pequeños y magnéticos.
Ethan al principio no se atrevió a decir nada, solo la observaba, pero como la chica no paraba de tomar notas, encontró un pretexto fácil para entablar conversación.
—¿Qué escribes? —preguntó.
—Tomo notas de los rasgos más impactantes de cada cuadro —contestó ella levantando sus ojos, como si le perdonara la vida—. Con ello me hago una idea de lo que trata de expresar el autor en cada cuadro.
—¿Y este de aquí por ejemplo? ¿Qué crees que trata de expresar?
Felisa se quedó mirando el cuadro. Era de una ciudad futurista llena de colores. Las mezclas de formas geométricas eran ingeniosas y absurdas. Todo ello junto conformaba un mosaico de belleza.
—¡No tengo ni idea! ¡Pero es hermoso!
Los dos rieron. Ella le contó su viaje. Hablaba rapidísimo. Ethan no había conocido a nadie con tanta profusión verbal y rapidez de reflejos a la hora de debatir. Dejaron la exposición y fueron a dar un paseo. Siguieron hablando durante toda la tarde.
Era como si no quisieran separarse.
—La mayoría de los que pintan están locos —le confesó Ethan—. Por eso apenas tengo amigos en el gremio. Suena un poco insolidario, pero es así.
—El arte puede ser la mejor medicina para todo —exclamó Felisa con entusiasmo—. Es lo único que nos queda verdaderamente libre.
—Puede ser —dijo Ethan reflexivo—. Sin embargo, es más cómodo vivir complaciendo a los demás. Eso se paga.
Rieron.
Más tarde Ethan viajó a España y se quedó a vivir en Santander realizando pequeños trabajos en galerías de arte. Todo con la excusa de visitar a Felisa.
Empezaron a quedar y salieron por la provincia. Ella vivía en una casa pequeña en Torrelavega y tenía un padre de Japón y una madre española.
Ethan sentía una profunda curiosidad por saber el motivo por el cual Felisa había acudido a una de sus exposiciones y cómo se había enterado de ella.
Él le había contado todo, pero ella no quería hablar mucho sobre sí misma.
Hasta que un día, la sorprendió en su dormitorio metiéndose una raya de coca.
—¿Qué estás haciendo? —le preguntó Ethan que para ese entonces ya hablaba algo de castellano.
Felisa se sintió ruborizada. Se levantó nerviosa y con la cabeza acelerada por el efecto de la cocaína anduvo por la habitación de un lado para otro.
—¿No lo ves? —contestó.
Ethan miró la mesa y la verdad se abrió paso como un plomo que cae desde una azotea. La miró a ella y luego volvió a mirar los restos de droga.
—No entiendo por qué haces esto —dijo molesto—. ¿Por qué no me has dicho nada? ¿Desde cuándo consumes cocaína?
—¿Te tengo que dar explicaciones de lo que hago?
—¡No, claro que no! —protestó Ethan—, pero esto es diferente. Supongo que será algo ocasional. ¿Verdad?
Ella movió negativamente la cabeza.
—¡Felisa! ¡No puedes estar haciendo eso! ¿Sabes el daño que esa puta mierda hace sobre tu cabeza?
—Lo sé perfectamente.
—¿Entonces? ¿Cuánto tiempo llevas tomando?
La relación duró un tiempo más, periodo en el que él trató por todos los medios de arrastrar a Felisa a una terapia para que dejase la droga, pero ella cada vez consumía más y empezó a alternar con el chico que le facilitaba la droga.
Ethan volvió a los antidepresivos, pero esta vez el efecto en lugar de darle el mínimo equilibrio para salir del agujero, le sumió en una tranquilidad pasmosa en donde se veía en una balsa en mitad de un océano en calma sin más objetivo que flotar en las inmensas aguas sin hacer nada.
Se volvió un extraño. Había intentado salvar a Felisa de las drogas, pero no había conseguido nada.
Le fascinó que una simple sustancia pudiera tener más poder que toda la voluntad de una persona.
Empezó a leer prospectos, a estudiar diferentes drogas.
Ahí encontró una veta que podría explotar artísticamente.
Pero nada salió como él esperaba. Siguió pintando con mayor pasión e intensidad. Pintaba caballos, con formas humanas. Pintaba mujeres dormidas. A veces muertas. En poses raras. Ausentes. Gente con los ojos vendados. Caballos pensando.
Un día conoció a Marina. Ella le pidió que la pintara. Accedió, pero quiso probar una nueva forma de arte. Conocía una sustancia que la dejaría en una especie de pausa. No dormida, pero tampoco consciente. Sería capaz de doblegar su voluntad, hacer lo que quisiera con ella.
Y lo hizo. Grabó todo. Entonces comprendió el potencial de aquella nueva forma de arte.
Alquiló una casa y montó un estudio secreto.
Allí podría experimentar sin límites. A pesar del éxito de su nueva forma de arte y de lo que pagaban por ello, su vacío seguía allí. Una tristeza que no lograba alejar.
Tocó fondo.