65. El congreso
Picos de Europa
El funicular ascendía despacio, recortando la montaña blanca contra el cielo encapotado.
La ventisca amenazaba desde el oeste. Era un muro gris que se movía con lentitud inexorable.
Dentro de la cabina, el grupo de pasajeros guardaba silencio, envueltos en bufandas y abrigos caros.
Solo se oía el rechinar metálico de los raíles y el rumor del viento que golpeaba los cristales empañados.
Cuando alcanzaron la estación superior, el paisaje se desplegó ante ellos: un altiplano nevado, inmenso, donde el aire helado cortaba como navajas.
Al fondo, dominando el horizonte, se alzaba el hotel.
No se mencionó su nombre —nadie lo hizo—, pero imponía respeto con solo mirarlo.
Era un edificio colosal, de piedra oscura y ventanales simétricos, una mezcla entre palacio alpino y fortaleza.
Cerrado durante años al público, había sido abierto de forma exclusiva para este evento: el Congreso sobre Justicia: avanzando con la nueva sociedad.
Los invitados, siete en total, caminaron hasta la entrada principal, hundiéndose en la nieve recién caída.
Había jueces de renombre, fiscales curtidos, abogados de prestigio, incluso dos ex ministros de Justicia y, entre ellos, el mismísimo presidente del Tribunal Supremo. El ambiente era solemne y expectante.
Una vez dentro, el contraste fue brutal: alfombras mullidas, lámparas de araña encendidas, chimeneas rugiendo en los salones.
Un calor sofocante que parecía engullir la humedad del frío.
El vestíbulo central era inmenso. Disponía de techos altos, vigas de madera y una escalera que se abría en dos alas.
Los organizadores los condujeron hacia el gran salón de actos. Allí, sobre una tarima, esperaba un hombre con traje oscuro y corbata discreta. Un individuo delgado, con el cabello peinado hacia atrás y un aire de seguridad calculada.
El hombre tomó el micrófono con una sonrisa profesional.
—Señoras y señores, bienvenidos. Es un honor tenerles aquí en este marco incomparable. Durante esta jornada intensa de 72 horas, este hotel será nuestro refugio para reflexionar sobre la justicia en España y sus desafíos futuros.
Un camarero pasó discretamente ofreciendo carpetas negras a cada invitado.
En la portada, en letras doradas, el título del congreso.
Dentro, una hoja con el número de habitación asignado y un contrato de confidencialidad.
Nadie se sorprendió demasiado: estaban acostumbrados a esos trámites.
Firmaron sin leer demasiado, convencidos de que era pura formalidad.
—Cada uno de ustedes tiene asignada una de las siete habitaciones —prosiguió el individuo—. Hemos querido combinar el rigor del debate con la serenidad de este entorno único.
La nieve golpeaba ya los ventanales. Algunos invitados se acomodaron en las butacas, otros revisaban sus móviles en busca de una cobertura que no existía.
El hombre hizo una pausa, bajó la voz y añadió con solemnidad:
—Antes de que suban a sus habitaciones, quisiera presentarles a una persona muy especial.
Hubo un murmullo general. Las cabezas se giraron. ¿Un invitado sorpresa? ¿Un ponente extranjero? ¿Tal vez un político de renombre?
—Con ustedes —anunció, con un timbre que sonaba casi teatral—, el señor Maxwell.
El nombre cayó en la sala como una piedra en un estanque. Nadie reaccionó de inmediato. Se miraron entre sí, desconcertados. ¿Quién era? ¿Por qué ese aire de misterio?
Las puertas del fondo se abrieron lentamente.
Un foco iluminó el pasillo central. Entonces apareció un hombre mayor, en silla de ruedas eléctrica.
Avanzaba despacio, los motores zumbando suavemente.
Vestía un traje impecable, de corte clásico, y su rostro arrugado transmitía una serenidad inquietante.
El silencio era absoluto. Los jueces, fiscales y abogados se inclinaban para susurrar entre ellos, sin atreverse a romper la solemnidad.
El hombre llegó hasta la tarima. El foco lo bañaba de luz, aislándolo del resto, como si todo aquel salón existiera sólo para enmarcarlo. Su voz, cuando habló, era grave y sorprendentemente clara.
—Es un verdadero orgullo poder abrir este congreso con las figuras más relevantes de la justicia en España.
Un murmullo recorrió la sala: aplausos tímidos, carraspeos nerviosos.
—Creo sinceramente —continuó Maxwell, con una media sonrisa— que estos tres días serán inolvidables.
La palabra “inolvidables” quedó reverberando en la sala, cargada de un matiz extraño, casi ominoso.
La ventisca arreciaba afuera. La nieve se arremolinaba contra los cristales, reduciendo la visibilidad a unos pocos metros. El hotel estaba aislado del mundo: el último funicular había dejado de funcionar por precaución. Nadie entraría ni saldría hasta que el temporal lo permitiera.
Los invitados lo sabían, y esa certeza añadía un punto de tensión bajo la cordialidad. El presidente del Tribunal Supremo se inclinó hacia un colega y murmuró:
—¿Alguien sabe quién demonios es este Maxwell?
El otro se encogió de hombros, fingiendo normalidad.
El hombre, mientras tanto, observaba desde un lado de la tarima. Sus ojos brillaban con una chispa apenas contenida.
Maxwell extendió una mano huesuda, y el micrófono tembló en el atril.
—La justicia, señores, funciona como el karma. Es un juego de equilibrios, de fuerzas ocultas. Un juego que algunos creen haber dominado hasta que descubrimos que las piezas se mueven por sí solas y todo lo que se da, vuelve.
Las palabras resonaron en el salón con un eco inquietante. Nadie sabía si aplaudir o guardar silencio. Optaron por lo segundo.
El hombre, con una sonrisa, empujó al señor Maxwell hacia la puerta de salida. Salieron y un operario les esperaba en un quitanieves.
Cerraron la puerta y desaparecieron.
La chimenea del fondo crujió, lanzando chispas. El viento rugió. Y, por un instante, todos los presentes tuvieron la sensación de haber quedado atrapados en un tablero que alguien más había preparado con años de anticipación.
El congreso acababa de comenzar.
Y sería inolvidable.