El búnker (La Herencia 2) 32. Las cartas
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32. Las cartas

De vuelta en el hotel, Marta colocó la caja sobre la cama y empezó a ordenar las cartas por fecha.

Gómez se quitó los zapatos y se dejó caer en una butaca con un profundo suspiro.

Se sentía agotado de la paliza del viaje y de la visita a Theo.

Había perdido la cuenta de las horas que llevaban de trabajo.

Afuera, la noche era negra, sin estrellas, pero aquí no llovía.

Abrieron la primera carta. La letra era angulosa, irregular, escrita con tinta negra sobre papel rugoso. Marta leyó en voz baja:

“Querido Theo,

Hoy he tenido otra pesadilla. La galería se desmoronaba sobre mí y nadie hacía nada.

Me miraban mientras los muros caían. Quise gritar, pero no pude.

Me quedé quieto, como siempre. Me desperté con las manos entumecidas.

Sin sentir nada. Desubicado, con la sensación rara de no ser yo.

La imagen de papá vuelve a mí y me atormenta.

Pienso obsesivamente en pintar y en hacer obras que nadie entienda.

No me siento comprendido, creo que he nacido en una época equivocada. Me siento muy solo”.

Gómez cerró los ojos. Por un instante, intentó imaginar lo que era vivir con esa densidad dentro del pecho.

La carta siguiente hablaba de los cuadros.

Ethan los describía como cárceles. Decía que pintar era como exorcizar algo que no se iba.

Que cada rostro que retrataba era una versión de sí mismo que intentaba encerrar fuera del cuerpo.

Que el arte tenía los días contados. Todo iba a colapsar y sus cuadros ya no servirían para nada.

Marta dejó de leer. Se miraron en silencio. Y entonces, la imagen de Ethan comenzó a materializarse, como un recuerdo que flotaba por encima de las cartas.

Ethan en su estudio. Luces tenues. Un lienzo inconcluso. Las manos manchadas de óleo. Su mirada clavada en un retrato a medio terminar. Se sirve una copa. Tal vez un cóctel. Observa una de las cintas que grabó. El rostro de Marina. Cierra los ojos. No hay morbo, solo culpa.

Se encierra en el baño. Vomita. Luego se deja caer al suelo, la espalda contra la bañera. Su rostro es el de un niño asustado atrapado en un cuerpo adulto. La carta siguiente, en su escritorio, aún sin enviar:

“Me estoy deshaciendo, Theo. Cada vez que termino un cuadro, siento que pierdo un trozo de mí. No quiero pintar más. Pero tampoco sé hacer otra cosa. Marina... me pidió algo que no puedo olvidar. No sé si fui yo o ella. No hay víctimas. No hay verdugos. Solo ruina moral y dinero sucio.”

Ethan pinta, luego mira con intensidad. Bebidas. Risas. Ella está prácticamente sin ropa. Se anima y se desnuda por completo. Su cuerpo es deslumbrante. Una obra perfecta. Ethan deja de pintar. Traga saliva. Es el momento.

La escena se desvanece. De nuevo, el hotel.

Marta se había dormido con las gafas puestas leyendo la última carta.

Gómez, casi de puntillas, le puso una manta por encima.

Cogió la caja con las cartas y salió de su habitación, apagó la luz y se alejó por el pasillo hasta llegar a la suya.

Entró y caminó hasta la ventana. No se veía un alma en la calle.

Se quedó mirando por la ventana a la oscuridad.

No tenía a nadie a quien llamar. A nadie a quien abrazar.

Miró por la ventana de nuevo. Esta vez con la luz apagada. Imaginó la soledad de Ethan y un pensamiento atravesó su mente. Tal vez todas las soledades eran lo mismo. Creyó comprender a Ethan. No entendía nada de pintura ni de cuadros, pero los seres humanos, casi todos, tienen heridas.

Buscó poder distinguir algo en la oscuridad, pero esta era impenetrable.

Se puso el pijama y dejó de atormentarse. Se metió en la cama, cerró los ojos y trató de dormir.

Pero al cabo de un rato encendió la luz. No conciliaba el sueño. Se levantó, cogió la caja y la abrió. Tomó una carta. No pudo evitar leerla.

Poco a poco, en su imaginación se fue perfilando lo que era la figura de Ethan, un ser con una vida difícil, un fracasado que buscaba redención, alguien que no fue entendido salvo por una mujer que a su vez nadaba en la locura.

Después de leer la carta tumbado en la cama, cerró los ojos. Y sin querer se vio en una historia sin fin, un cuento de hadas con colores brillantes que refulgían por las paredes, una metáfora de un descenso a los infiernos.

La misma vida de Ethan Davis.

Dio la vuelta al papel y descubrió una frase escrita.

Ad hora prinsis.

Gómez leyó en voz alta la frase. Parecía latín. Apagó la luz y sus ojos se cerraron. La frase revoloteaba en su cabeza una y otra vez incapaz de abandonar sus pensamientos.

Ad hora prinsis .