31 Visita a Theo
La localidad de Buckfastleigh era famosa por su pasado medieval y por su abadía.
La niebla cubría el campo inglés como una gran sábana húmeda que se acomodaba a los pequeños montes.
El coche alquilado avanzaba por una carretera estrecha, bordeada de árboles desnudos.
Gómez conducía con una lentitud prudencial, ya había conducido alguna vez por el carril izquierdo, pero aún no tenía cogido el truco en los desvíos.
Marta, en el asiento del copiloto, revisaba los datos del GPS.
—Estamos cerca —murmuró escudriñando los alrededores.
Marta estaba disfrutando con el viaje. A veces se preguntaba si Gómez sabría la verdadera razón por la que estaba ahí.
Incluso en algún momento había estado tentada de confesarse, pero no quería estropearlo.
No tenía tanta confianza como para contarle que su padre, antiguo comisario ya retirado por incapacidad, había movido hilos para que en lugar de ir destinada a una comisaría y hacer labores propias de una agente recién graduada, tuviera la oportunidad de poder trabajar con alguien de reconocido prestigio en un caso más que interesante, excepcional.
Marta observó la campiña inglesa. Era todo tan verde que logró olvidar el peso de las expectativas.
La casa apareció como una sombra sólida en medio de un claro.
Antigua, de ladrillo oscuro, tejado musgoso y ventanas de madera.
Theo Davis vivía allí, con una considerable extensión de terreno.
Había caballos en libertad. Según el registro consular, había pedido no ser molestado.
Aceptó la entrevista solo por insistencia de la embajada española.
Theo les abrió la puerta sin decir palabra. Rondaba los cuarenta. Pelo descuidado, jersey de lana gruesa, gafas de montura dorada y mirada inteligente. Tenía el rostro de alguien que ha realizado una intensa actividad intelectual. Su mujer estaba con él, pero enseguida se marchó.
—Pasen —dijo al cabo de unos instantes—. ¿Quieren tomar un té?
La sala estaba atestada de libros, multitud de cuadros apilados que Gómez miró con extrema curiosidad y alfombras de bonitos diseños, tal vez de algún país exótico.
Theo les ofreció té con pastas caseras, como si el ritual británico sirviera de protección contra cualquier intromisión emocional.
Se sentaron frente a una chimenea con algunos troncos ardiendo, hacía un calor agradable.
—¿Han averiguado algo?
Gómez negó con la cabeza. Por lo general, no tenía costumbre de decir nada a los familiares salvo que el caso estuviera cerrado y bien atado.
—Estamos en plena investigación —respondió el inspector echándose una cucharada de azúcar—. Por el momento es mejor esperar.
—Entiendo —dijo Theo con una mueca de precaución—. Aún no me lo puedo creer. Ha sido algo horroroso. Para los niños también. Aunque es cierto que en los últimos meses Ethan se distanció de nosotros.
Gómez no respondió. Marta cruzó una pierna, abrió la libreta y bajó la mirada, fingiendo que anotaba. Theo tragó saliva.
—Era complejo. Inestable. De niño tenía episodios de mutismo. Luego vinieron las crisis.
—¿Crisis? —preguntó Gómez.
—Depresión. Y algo más. Nunca nos lo dijeron con claridad.
En casa no se hablaba de eso, la salud mental era tabú desde lo de mi padre.
Pero él... me escribía cartas. Muchas. Llenas de sufrimiento y caos.
Era demasiado sensible para este mundo y se desahogaba pintando.
Sufrió mucho hasta que logró hacerse un hueco en la pintura.
Gómez asintió mientras por dentro no pudo evitar rememorar los vídeos de Marina con todo su horror.
Theo se levantó. Regresó con una caja de cartón y la colocó sobre la mesa. Dentro había sobres amarillentos, algunos abiertos, otros aún cerrados.
—Me veo en la obligación moral de contaros esto —dijo Theo—. Ethan no estaba bien, conoció a Felisa y ahí ya su vida se sumió en el caos. He leído algunas de sus cartas, lo comenté con mi mujer. Estuvimos dándole vueltas, pero llegó un punto en que no pude seguir leyendo.
Theo miró al suelo a punto de llorar.
—No tengo claro si lo que me cuenta es cierto del todo o era una fantasía suya —dijo Theo con la mirada perdida.
Gómez miró a Marta con gesto de preocupación. No estaban muy seguros de qué estaba hablando, pero decidió seguirle la corriente y no hacerse el sorprendido. Sin embargo, bullía de curiosidad por saber más.
—¿Qué es lo que cree que no estaba bien? —preguntó Gómez.
— Lo que dice en las cartas —explicó Theo muy afectado—. Habla con metáforas y comparaciones, a veces no sé si estaba bebido. Pintaba mujeres, creo que desnudos. Pero a partir de ahí, ya no sé qué es cierto y qué es fantasía. Tal vez ustedes puedan…
—¿Podemos llevarnos esto? —preguntó Marta, mirando a Theo y señalando las cartas —. Se lo devolveremos.
—No sé si debería. Eran las cartas de mi hermano. Para mí tienen un valor sentimental muy grande.
Apareció la mujer de Theo, Claire, en la puerta. Tenía el pelo negro muy largo, e iba elegantemente vestida. Ambos como pareja tenían un porte clásico, casi señorial de una Inglaterra que ya hacía años que no existía.
—Theo —dijo con voz firme—. Creo que deberías dárselo. Necesitamos saber la verdad y tú ya has sufrido bastante con esto.
—Le doy mi palabra que las manejaremos con sumo cuidado y se las devolveremos tal y como están —añadió Marta suavizando la voz.
Theo asintió con la cabeza. Había algo de alivio en su gesto, como si necesitara soltar ese peso. Forzó una sonrisa amarga.
—Por supuesto —dijo Theo a punto de llorar—. Si necesitan algo de mí no duden en llamar. Todo esto ha sido muy duro. Ethan era una persona muy inestable, pero como ya les he dicho desde que conoció a Felisa, las cosas fueron a peor y creo que su estado empeoró.
—Gracias —dijo Gómez—. Todas estas cartas. ¿Cuándo las escribió?
—Las escribió durante años —respondió Theo—. Cada carta tiene una fecha.
—¿Conoció a Felisa en persona? —preguntó Marta.
—Solo una vez —dijo Theo—. La invitó a cenar aquí en casa y pasamos una velada muy gratificante.
La mujer de Theo entró y tomó asiento.
—Sí, aquella cena la recuerdo muy bien —añadió mordiéndose el labio—.
Felisa nos habló de los exoplanetas y de su proyecto de investigación.
Parecía una mujer muy inteligente. Ethan estaba muy enamorado, de eso estoy segura.
En aquella cena, tal vez fue el único momento en que le vi radiante y lúcido.
—Es verdad —dijo Theo pensativo—. Formaban muy buena pareja. Aquella velada fue emocionante, todo lo que nos contó. Mi hermano estaba empezando a recuperarse.
—¿Sabía si Ethan trabajaba con material audiovisual? Grabaciones, vídeos o archivos digitales?
Theo negó con la cabeza.
—No, que yo sepa. Pero sí hacía serigrafías y copias digitales numeradas de algunos cuadros. Ediciones limitadas, creo que las llamaba. Las vendía por internet y a clientes privados.
—¿Y vídeos?
Theo frunció el ceño y se encogió de hombros.
—No. Nunca me habló de vídeos.
—¿Sabía si Ethan tenía alguna fuente de ingresos aparte de la pintura? —preguntó Gómez.
—No, que yo sepa. Ethan siempre fue muy reservado con su trabajo.
—¿Había cambiado últimamente?
Theo tardó unos segundos en responder.
—Sí. Estaba más nervioso. Dormía mal. Miraba constantemente el teléfono.
—¿Tenía miedo de alguien?
—No lo sé. Pero la última vez que hablé con él parecía convencido de que lo vigilaban.
—¿Mencionó algún nombre?
—No.
—¿Felisa, tal vez?
Theo bajó la mirada.
—Felisa siempre estaba presente, incluso cuando no hablaba de ella. Era su obsesión. No podía vivir sin ella.
—¿Y Marina Velasco?
Theo alzó la cabeza.
—Ese nombre no me suena.
—¿Mario Suárez?
—Tampoco.
—¿Alguna vez le pidió que guardara algo por él? Cartas, discos, claves, documentos…
Theo negó lentamente.
—No. Solo las cartas.
Gómez cerró el cuaderno.
—¿Está seguro de que no hay nada más?
Theo sostuvo su mirada.
—Un momento. ¿Qué está insinuando?
—No estoy insinuando nada.
—Lleva cinco minutos preguntándome por dinero, vídeos y ordenadores. ¿Qué han encontrado en casa de mi hermano?
Marta miró a Gómez. El inspector cerró los ojos con calma y emitió un suspiro.
—Estamos analizando material que podría no estar relacionado con la pintura.
—¿Estaba metido en algo?
—Eso es precisamente lo que intentamos averiguar.
Theo se quedó inmóvil.
—¿Algo ilegal?
Gómez sostuvo su mirada.
—Todavía no podemos darle detalles. Lo siento. Le doy mi palabra de que cuando terminemos la investigación, le llamaré personalmente y le informaré de todo.
Marta y Gómez se despidieron con un sabor agridulce y se marcharon de la casa.
Theo se sentó delante de la chimenea y se encendió una pipa. Estaba pensativo mirando las llamas, casi hipnotizado.
—Lo echas de menos, ¿verdad? —preguntó Claire apoyando su mano en su hombro.
—Sí. Cada día y no me acostumbro.