30 La casa de Ethan Davis
La casa de Ethan Davis se alzaba en Loredo, en primera línea del acantilado. Lo rodeaba un muro alto de piedra, cubierto de árboles y enredaderas que protegían la propiedad de las miradas de la carretera.
Desde el porche se escuchaba el rugido del mar contra las rocas, un murmullo constante que parecía tragarse cualquier secreto. Por encima, las gaviotas planeaban sin esfuerzo a veces casi al alcance de la mano.
La fachada era sobria, sin adornos. Ventanas cerradas, cortinas modernas de diseño, un aire de dinero bien invertido.
Nada sugería lo que ocultaba. Gómez llegó con parte del equipo y la orden judicial aún caliente entre los dedos.
Había presionado a Pilar Ortega desde primera hora.
Sentía una corazonada. Allí tenía que haber algo importante.
Llevaron con ellos un cerrajero para abrir la puerta.
Gómez esperó pacientemente a que hiciera su trabajo y durante ese intervalo de tiempo se dedicó a contemplar la casa, el jardín, la zona de sillas y mesas para almorzar, una pequeña fuente y árboles frondosos dispersos por un jardín bien cuidado.
Entraron todos: Iván, Marta, Dani y el propio Gómez.
Iván se detuvo en el umbral. Había pasado por casa de Marina esa misma tarde.
Buscaba inconsistencias. Y las encontró en la pared del salón.
Un cuadro. Ella y Mario. Postura rígida, sonrisa forzada.
Técnica hiperrealista. Ethan. Sin duda. El trazo, la profundidad, la violencia contenida en el color.
Coincidía con lo que Marina había dicho: encargos para retratos. Pero no uno. Varios.
Dentro de la casa, el aire se sentía denso.
Abrieron una ventana para ventilar. Cruzaron el recibidor.
El salón. La cocina. Una generosa despensa.
Un pequeño estudio de pintura lleno de atriles y lienzos, algunos pintados a medias.
Un baño de invitados. Subieron al primer piso.
Varios dormitorios. Dos baños. Un estudio.
Un pequeño salón para ver la televisión.
Bajaron al sótano. Había varias habitaciones.
Una de ellas era un salón acondicionado como sala de lectura.
Multitud de libros caros sobre pintura, exposiciones e historia llenaban las estanterías. Aquello era una joya.
Iván fisgoneó entre los libros. Algo le decía que aquel lugar era una especie de santuario.
Un lugar que, sin duda, debió de ser muy importante para Ethan.
En las paredes había cuadros de caballos en bonitos paisajes.
Fue recorriendo las estanterías, observando las diferentes colecciones de pintura.
Eran cuadros muy grandes. Algo le llamó la atención.
Se separó unos metros y miró con atención.
—¿Qué? —preguntó Marta.
Pese a su juventud, Iván tomó la iniciativa y empujó una estantería levemente encajada contra la pared del pasillo. Una ranura se reveló.
—¡Mira! —exclamó—. ¡Ven a ver esto!
Marta se acercó rápidamente.
Iván empujó una puerta y tras ella, asomó una habitación blindada. Llamaron a Gómez. Tardó en aparecer ya que estaba por los pisos de arriba. Había encontrado una buhardilla en el tejado que estaba llena de cachivaches.
—¡Hostias! —dijo nada más ver la habitación.
Aquello era todo un descubrimiento.
Dentro encontraron algo siniestro. Tres monitores. Un banco de servidores. Torres aún encendidas. Cables colgando como vísceras. Discos duros alineados en cajas numeradas. Cámaras, lentes, microchips. Un estudio de grabación clandestino. O peor. Un santuario del horror.
—¿Qué cojones es esto? —exclamó Marta.
—¡Dani! —gritó Gómez.
—Nada bueno —respondió Iván.
En las estanterías, archivadores con fechas y nombres.
En las pantallas, tras conectar una de las torres, comenzaron a aparecer carpetas cifradas.
Por un momento temieron lo peor. Pornografía infantil o algo similar.
Dani trabajó en una de las torres mientras Iván revisaba las etiquetas.
"Marina_5", decía una. La abrió en un ordenador. Y entonces lo vieron.
Era ella. Marina. Grabada sin consentimiento.
Casi sin conciencia. Vulnerada. Los vídeos eran múltiples, largos, meticulosamente archivados.
Con diferentes prácticas. Todas ellas muy perturbadoras.
Iván apretó los puños. Era la primera vez que veía imágenes tan duras.
Dani calló. Gómez y Marta se miraron incrédulos.
En varias grabaciones, Marina casi no podía mantener los ojos abiertos. Su voz era pastosa y reaccionaba con lentitud, como si estuviera sedada.
—No lo hubiera imaginado así —dijo Marta.
—Hay que tener estómago —añadió Gómez.
En otro directorio encontraron los mensajes. Conversaciones entre Ethan y Marina. Él exigía dinero. Amenazaba con publicar los vídeos. Decía que ya lo había hecho. En otro disco aparecieron las pruebas: una serie de accesos a la red, tokens, direcciones web, torrents. Estaban ya circulando.
—Este tío tenía un negocio montado —explicó Dani—. Aquí hay enlaces y entradas a la Deep web. Lo peor. Nos tendremos que llevar todo este material e investigarlo.
El chico, que normalmente bromeaba, estaba serio y ciertamente angustiado. El volumen de trabajo que se le venía encima era bestial y por primera vez temió que aquella prueba pudiera superarlo.
Gómez salió al porche para pedir una unidad que custodiara el material. Antes de volver a entrar comprobó el móvil. Conchi le había enviado una fotografía de Mini y Maya dormidos en el sofá. La observó unos segundos. Necesitaba recordar que aún existían cosas inocentes.
Gómez miró al horizonte ennegrecido y tuvo la sensación de que aquella casa no había sido levantada para vivir, sino para enterrar maldades.
—¡Vaya mierda de tiempo! —bufó.
Volvió al interior y esperaron a que llegaran los refuerzos y los trasladaran todo el material al búnker. Ellos se llevaron lo que pudieron y durante el trayecto de vuelta no hicieron más que lanzar conjeturas. Gómez viajaba con Marta en uno de los coches.
Dentro del coche, la lluvia golpeaba el parabrisas con fuerza y los limpiaparabrisas se movían frenéticamente.
—No eran vídeos —dijo Gómez finalmente, con voz baja—. Era control. Puro y duro. Marina no estaba consciente. La tuvo que drogar.
Marta apretó la mandíbula.
—La grabó sin voluntad. Y lo vendía, el muy hijo de puta… —su voz tembló un instante—. Lo convirtió en un negocio, por eso le iba tan bien. No debía de vender nada.
—Lo que les suele ocurrir a todos estos artistas. O vienen de familias ricas o se mueren de hambre —dijo Gómez—. El arte es un mal negocio salvo para unos privilegiados. Pero este Ethan…
Marta se pasó la mano por la cara.
—Jefe… Me pregunto si Marina sabía el alcance de todo esto…
Gómez no respondió. Solo miró fijamente la carretera mientras pasaban por encima del puente de Astillero.
—Probablemente no, algo sospechará, pero no de esta manera —dijo, finalmente—. Ni con ella ni con nadie.
Por fin llegaron al búnker.
Dani conectó uno de los discos a un equipo aislado de la red. Tardó varios minutos en ordenar los archivos y comprobar los enlaces que Ethan había guardado.
—Esto puede ser fuerte chicos —advirtió Dani.
Lo que vieron los dejó en silencio. Un catálogo. Clasificaciones. Miniaturas. Marina. Otra vez. Distintos escenarios. Distintos días. Dani desvió la mirada.
—Pagó al principio —murmuró Gómez, repasando un informe adjunto—. Pero luego se negó. Mario le dijo que si Ethan volvía a acercarse, lo mataría.
Dani cerró el último disco. En la pantalla, Marina quedaba congelada en un fotograma sin rostro. Afuera, la lluvia se intensificó. El sonido del agua sobre el tejado del Búnker parecía arrastrar con él el horror de una casa que había sido altar de la degradación. Pero también prueba.
Gómez salió el último. Tenía el ceño fruncido. Las pruebas eran claras. La justicia, no tanto.
—¿Qué vamos a hacer jefe? —preguntó Marta.
Gómez la miró fijamente.
—¿Alguna vez has estado en Inglaterra?