29. Felisa en la casa
Felisa había aceptado trasladarse a un chalet que la policía reservaba para casos excepcionales.
Después de varios días bajo vigilancia discreta, Gómez logró convencerla de que allí estaría más segura.
La persona que había organizado la matanza seguía libre y nadie podía asegurar que no fuera a por los supervivientes.
Oficialmente, Felisa se encontraba allí de forma voluntaria. Podía marcharse cuando quisiera. En la práctica, Gómez había conseguido tenerla localizada y sometida a una vigilancia permanente sin necesidad de detenerla.
Ella eligió el chalet.
En la casa había dos policías nacionales y un psiquiatra encargado de observar su evolución. El lugar, por lo demás, era normal. Una sola entrada. Las ventanas protegidas con barrotes y cámaras en todas las zonas comunes. Así podían vigilar a Felisa las veinticuatro horas del día.
Para entretenerse disponía de una televisión con un montón de películas y series, pero todo en circuito cerrado. Nada de internet. Nada de telediarios.
Nadie sabía que estaba allí.
Gómez y Marta llegaron de noche. El inspector estaba dispuesto a despertarla si fuera necesario. Pero justo cuando llegaron, uno de los policías cenaba con el psiquiatra en el comedor mientras que el otro permanecía de guardia en la entrada.
—¿Alguna novedad? —preguntó Gómez nada más llegar.
—Ninguna. Todo en orden señor —contestó el policía.
—Hay algo que debería saber —dijo el psiquiatra—. Apenas duerme. Pasa horas mirando por la ventana y escribiendo cifras en los márgenes de las revistas.
—¿Qué cifras?
—Coordenadas, creo. Le he preguntado, pero no quiere decirme nada.
—¿Dónde está ahora?
Le indicaron que Felisa estaba en su habitación. Marta se acercó a la puerta y esperaron. Se escuchaba el sonido de un televisor. Gómez hizo un gesto y Marta golpeó con los nudillos la puerta.
Cuando entraron, Felisa se encontraba pegada al televisor viendo un programa llamado la rueda del destino. Un programa ridículo en donde se les hacía preguntas absurdas a los concursantes. Felisa al verlo apagó el televisor.
Gómez sacó su cuaderno y clavó su mirada en Felisa.
Estaba más relajada que la primera vez que la vio.
Se había hecho algo en el pelo que no supo precisar y llevaba maquillaje, algo que llamaba la atención.
El pantalón le sentaba muy bien y sus ojos desprendían un halo de intensidad del cual era difícil de escapar.
—Vamos a repasar todo lo que pasó —dijo Gómez—. ¿Dónde estaba usted cuando Ethan murió?
Felisa puso los ojos en blanco.
—¿Otra vez?
—Sí, eso me temo.
—Estaba en la habitación de Alicia Parker. Escuchamos un golpe y salimos.
—¿Usted vio a Ethan antes verdad?
—Sí, ya lo he dicho. Ethan vino a mi habitación. Yo le abrí.
—¿Ethan había sido pareja suya? —preguntó Marta.
—No voy a negarlo.
—Continuemos —dijo Gómez—. Ethan llama a la puerta y usted ¿abre?
—Sí. Estuvimos juntos hablando y luego le ayudé a resolver su acertijo.
—¿Nos puede contar el acertijo?
Felisa observó el rostro de Gómez. Por un momento se le pasó por la cabeza si Gómez, tal vez y solo tal vez, fuera un hombre de negro.
¿Y esa chica? ¿Marta se llamaba? Ahora la observó detenidamente, era más joven que ella y tenía un brillo de inteligencia en los ojos que muy bien podría asemejarse a la de los hombres de negro.
Su corazón, al advertir esta posibilidad, empezó a latir más fuerte.
—Era sobre una fecha, Ethan se dio cuenta de que había un cuadro de Van Gogh en la habitación, el de los cuervos. ¿Lo conocen?
—Sí —mintió Gómez algo sorprendido.
—El acertijo no era fácil, ya que me pareció un poco rebuscado, decía la muerte es como el nacimiento pero al revés. Estuvimos dándole vueltas a eso bastante tiempo hasta que Ethan cayó en la cuenta de que se trataba del año de la muerte del pintor pero al revés. Es decir, 0981.
—¿Mataste a Ethan?
—Por supuesto que no.
—¿Quién crees que lo hizo?
—O lo hicieron Samantha y Carrasco compinchados o tal vez fue Luis. Ese tipo era el más raro de todos. Desde el principio, me resultó muy extravagante.
—¿Nos puedes decir por qué dejaste de salir con Ethan? —preguntó Marta.
Felisa se reclinó en su silla. Luego se levantó y miró por la ventana. Desde allí, se veía un prado y un pequeño bosque. No sabía a ciencia cierta a dónde la habían llevado. Se empezó a tocar el pelo y a mover la pierna compulsivamente.
—Ethan era encantador. Un genio tal vez. Sin embargo, nunca me creyó del todo.
Gómez y Marta se miraron en un gesto de complicidad.
—¿Qué es lo que no creía? —inquirió Marta.
—¿No podéis darme mi teléfono?
—Veré lo que puedo hacer —respondió Gómez—. Una vez que la policía lo investigue se lo devolveremos.
—Inspector, ¿hay algún juez que sepa que yo estoy aquí? Ya han pasado 72 horas desde que estoy retenida y esto es completamente ilegal.
Gómez se removió nervioso.
—Usted aceptó venir.
—Acepté protección. No estar encerrada.
—Lo hacemos por su bien —contestó Gómez—. Si le hemos facilitado este lugar es por su propia seguridad. No sabemos si el que ha preparado esto podría venir a por usted.
—Eso tampoco me convence.
—Déjeme preguntarle, ¿por qué cree que la llamaron?
—No lo sé.
A la mente de Felisa acudieron una serie de imágenes. Un laboratorio. El calor tropical. Unos ojos indios. Sangre. No recordaba bien si aquello era real. Se estremeció. Luego vinieron los tratamientos. Aquella máquina. Se sintió tensa.
Tenía que encontrar aquel planeta y esta gente no la iba a dejar en paz.
—Quiero irme de aquí —dijo poniéndose en pie.
—Por supuesto, deje que arregle los papeles y se podrá marchar hoy mismo.
—Y quiero mi móvil.
Cuando Felisa se quedó sola se volvió a asomar a la ventana. El día se estaba apagando y poco a poco las sombras se alargaban alrededor suyo. Contempló el bosque. Calculó lo que tardaría en alcanzarlo corriendo.
Luego observó la bóveda celeste. Estaba recubierta de nubes grises.
Era una lástima porque sentía la necesidad de observar el firmamento y desde que fue citada por los abogados, el cielo estaba cerrado.
Cerró los ojos y se imaginó cómo se vería la luz de Saturno.
En ese preciso momento del año se podría ver sin dificultad y sin aparatos. Fijó su mirada en un punto del cielo.
Hizo un cálculo y fijó otro punto. Sí, allí tendría que estar Deneb y sabía que no iba a parar hasta alcanzar aquel punto.