28 El móvil de Marina
La casa de Marina Velasco era un impresionante chalet en Pedreña con un jardín poblado de árboles y plantas.
A pesar de las plantas marchitas que languidecían sobre los estantes y las velas aromáticas alineadas con una precisión de catálogo, aquel lugar respiraba un aire artificial, como si su dueña hubiese aprendido a fingir la calidez sin haberla sentido jamás.
Todo era simétrico, ordenado y contenido.
Demasiado perfecto. Y en esa perfección, Gómez sintió el reflejo de una voluntad controladora, una mente que no dejaba nada al azar.
Desde las grandes ventanas del salón, en el piso superior, se podía distinguir el hoyo cinco del club de golf de Pedreña. Aquella vista transmitía serenidad y tranquilidad lo que contrastaba con el ajetreo reinante.
La científica había desplegado ya su instrumental cuando llegó Dani, cargado con su portátil y esa mirada de niño que huele el pecado ajeno con el mismo entusiasmo con que otros descorchan un vino. Marta lo saludó sin mucho entusiasmo, pero con un leve brillo en los ojos que Gómez no pasó por alto.
Empezaron por el circuito cerrado. Cuatro cámaras interiores, una en la entrada, otra en el salón, otra en el pasillo de los dormitorios y una más —extraña elección— apuntando directamente a la cama.
Todas las grabaciones habían sido borradas.
No un borrado burdo: un formateo en profundidad, hecho por alguien que sabía exactamente qué pulsar.
Dani lo intentó durante horas, escarbando en los discos como quien rebusca huesos en una fosa recién calcinada, pero solo encontró fragmentos inservibles, espigas sueltas, interferencias. Nada que pudiera reconstruirse.
Fue Iván quien abrió el cajón de la cómoda de madera negra, y allí, entre un frasco de colonia rota y una libreta sin usar, apareció el hallazgo: un teléfono móvil de prepago, oxidado por el tiempo y cubierto de una fina capa de polvo, como si hubiese estado aguardando a ser encontrado.
Dani lo tomó con una reverencia casi teatral.
—Esto es otra cosa —dijo, mientras lo encendía—. Aquí no han sido tan cuidadosos.
El aparato estaba encriptado, pero Dani, fiel a su fama, tardó menos de lo que a Gómez le hubiese gustado reconocer en desactivar la seguridad.
Lo que emergió fue más perturbador de lo que habían anticipado.
Conversaciones extensas, algunas borradas parcialmente, entre Marina y Mario Suárez.
Al principio, el tono era ambiguo: bromas, citas sueltas, complicidad envuelta en ironía.
Pero luego el lenguaje se volvió retorcido, cargado de una sexualidad feroz, por momentos casi patológica y obsesiva.
Las conversaciones eran un descenso a los infiernos del deseo desquiciado.
Fantaseaban con la sumisión, con el control, con castigos rituales.
En uno de los mensajes, Mario proponía "darle a Félix lo que se merece antes de que nos lo dé él a nosotros", a lo que Marina respondía con un audio: una risa seca, desprovista de alegría.
Esa misma tarde, Dani volcó el contenido del móvil en su ordenador y después se reunieron en la sala interior del búnker frente al despacho de Gómez.
La atmósfera se volvía tensa por segundos mientras en el exterior la tormenta no daba tregua.
Gómez y Marta escucharon fragmentos de los audios que Dani reproducía.
—¿Y la fecha? —preguntó Gómez.
—Unas semanas antes de la denuncia por intento de homicidio —respondió Dani sin levantar la vista del teclado—. ¿Encaja?
—Puede ser —dijo Gómez—. ¿Alguna cosa más que os haya llamado la atención?
Dani levantó la mano como si estuviera en clase.
—Dani, no hace falta levantar la mano —dijo Gómez.
Marta se contuvo la risa.
—Ya, es que no sé. Pero abajo vi una bolsa de golf.
Gómez puso los ojos en blanco, pero no dijo nada.
Habían dicho en las noticias que llegaba otro frente aún más virulento.
No se recordaba un episodio meteorológico como aquel.
Marta se cruzó de brazos y se apartó unos pasos.
Gómez no dijo nada, pero su mandíbula comenzó a apretarse como una bisagra oxidada.
Alguien había ido a Godofredo y había traído chubasqueros y botas para todos.
Los iban a necesitar.
Cada nueva pista iba desgarrando la narrativa oficial de Marina, hasta dejarla convertida en una maraña de mentiras, sexo, poder y estrategia.
Decidieron hacer una pausa. Marta y Dani se fueron a la pequeña cocina del búnker, una habitación en la parte más interior que estaba conectada a dos dormitorios y un baño de grandes dimensiones, con su microondas blanco, una cocina de vitrocerámica, nevera y una cafetera capaz de producir café en cantidades industriales.
Dani, aliviado por alejarse de las pantallas, empezó a bromear con ella.
Le ofreció medio donut aplastado, y luego hizo un comentario idiota sobre los psicópatas que se esconden tras los yogures naturales.
Marta rio. Por un instante, solo eso: risas.
Y mientras se inclinaba para abrir un armario bajo el fregadero, Dani la observó con detenimiento.
No había nada calculado en esa mirada, pero sí algo desarmado.
El silencio se volvió un poco cortante, casi íntimo.
Ella se giró. Por un segundo, pareció que ambos iban a cruzar esa línea minúscula que separa el juego del vértigo. Pero justo entonces, Rogelio entró.
—¿Queda café o hay que ir a por provisiones?
El momento se rompió con la naturalidad de una silla que cruje. Marta volvió a su tono seco. Dani se hizo el indiferente.
—Hay una bolsa grande en la despensa.
Rogelio se metió en la despensa, abrió la bolsa de café, lo molió e hizo café para todos.
Cuando regresaron al análisis del móvil, Dani descubrió otro detalle: entre los contactos aparecía el número de Ethan Davis. Estaba guardado con su nombre completo. Pero había sido bloqueado.
—¿Y esto? —preguntó Dani—. No cuadra.
Gómez se acercó y lo observó en silencio. Luego, con voz casi imperceptible, como si hablara para sí mismo:
—¿Por qué bloquear a alguien después de haber hablado tanto con él?
Nadie respondió. Porque la pregunta no era una pregunta. Era una grieta.
Una que aún no habían visto.
—Debieron de tener algún conflicto y rompieron la relación —especuló Marta.
—¿Y por qué Marina no nos ha dicho nada? —preguntó Gómez.
—¿Tendría miedo aún de Félix tras el divorcio? —propuso Dani.
—No, yo creo que no —afirmó Laura.
—Yo diría que hay algo muy turbio en esa relación —dijo Gómez—. Algo que solo nos podría contar Ethan, pero como está muerto. Solo tenemos una opción.
—¿Cuál? —preguntó Marta.
—Hablemos con Felisa otra vez.