27. Interrogatorio a Marina
Ese día el Hospital Marqués de Valdecilla bullía lleno de actividad convertido en un gigantesco hormiguero en donde cada individuo tenía una misión que cumplir y el movimiento no paraba.
Gómez y Marta atravesaron varios pasillos hasta encontrarse con una mujer alta y con gesto adusto que se les plantó delante como un muro infranqueable.
La enfermera puso mala cara. Ordenó algunas cosas en una bandeja y luego le lanzó una mirada cargada de reproche a los dos.
—No está en condiciones —dijo con energía y cierta agresividad—. Ahora lo más importante es que se recupere. ¿Cómo se lo tengo que explicar?
Gómez pensó en soltar un discursito. Tenía motivos de sobra para molestarla.
Entre otros, que un posible asesino andaba suelto.
Pero no contestó, prefirió la calma de la no confrontación.
Mostró la orden judicial sin decir palabra, con la misma calma resignada de quien ya ha discutido demasiado para llegar hasta allí.
Marta esbozó una media sonrisa que trató de disimular.
Dentro, la habitación estaba fresca y contrastaba con la tormenta que aún seguía imparable.
Marina Velasco estaba sentada, su cuerpo, aún en recuperación, parecía no haberse recompuesto del tiro a quemarropa.
Se cambió de postura, incómoda, y se tumbó de lado, aburrida, y con dolor.
Sus ojos hundidos mostraban a pesar de todo cierto brillo, la cara tenía buen aspecto, aunque predominaba un tono blanquecino al llevar ya dos días encerrada en ese cuarto.
Marta se quedó en la puerta, observando.
Marina tenía algo de muñeca rota, pero también esa reserva calculada de quien aún oculta demasiadas cartas.
—Marina —empezó Gómez, sentándose frente a ella con la grabadora sobre la mesa metálica—. ¿cómo está?
Hubo una breve pausa. Marta se acercó a la cama.
—Aquí vamos —dijo incorporándose en la cama—. Cada día un poco mejor, la verdad.
Gómez esbozó una sonrisa de empatía.
—Me han dicho que Felisa está viva —dijo Marina.
—Sí —dijo Gómez —. Esta viva y a salvo.
—¿Dónde está?
—No puedo darle más detalles.
—¿Y Samantha?
—Escapó.
Marina se tapó con la manta y abrió mucho los ojos. Miró por la ventana. Estaban en una ciudad preciosa como Santander, pero las vistas en ese hospital eran deprimentes.
—Le voy a hacer unas preguntas. Si no se encuentra bien, lo podemos aplazar, pero quiero decirle que cuánto más nos cuente más probabilidades tendremos de encontrar a quien organizó esto y a quien le disparó.
Ella lo miró con una especie de vacío existencial. Le aburría terriblemente someterse a este juego de preguntas y respuestas.
—De acuerdo.
—Háblenos más de Mario Suárez.
Marina dudó unos instantes. Trató de evitar la mirada de Gómez. Estiró los brazos descargando la tensión que le producía el recuerdo.
—¿Cómo fue todo al principio? —insistió Gómez.
Marina recordó el día en que conoció a Mario. Por un momento cerró los ojos. Suspiró vaciando sus pulmones.
—Nos conocimos en un gimnasio, ese fue el primer encuentro. ¿Casualidad? Nunca lo sabré, sin embargo, ese día, aunque intenso no fue cuando verdaderamente le conocí.
—¿Entonces?
—Fue otro día, pasado un tiempo, semanas quizás. Yo acudí, por medio de una amiga, a un parque tecnológico…
Marina le relató el día que acudió a una exposición de arte tecnológico en Madrid.
Mario presentaba un prototipo de robot emocional diseñado para acompañar a personas mayores.
Ella asistía por motivos laborales, decía estar interesada en financiar startups emergentes, aunque en realidad buscaba distraerse, tal vez conocer a algún hombre al que seducir, aunque esto no se lo contó a Gómez.
Llevaba una copa de vino blanco en la mano y una sonrisa afilada. Aquel reencuentro fue una absoluta sorpresa.
—¡Vaya! —dijo Marina—. No sabía esta afición tuya.
—Es mucho más que una afición —contestó Mario—. Esto va a cambiar el mundo.
Mario, nervioso, casi no podía mirarla a los ojos del magnetismo que desprendía.
Pero ella se acercó con una mezcla de ternura y curiosidad.
Se interesó de verdad por su proyecto, o al menos eso le hizo creer.
Lo escuchó. Lo dejó hablar. Lo validó. Para él, fue como si por fin alguien lo viera.
Marina se convirtió en muy poco tiempo no solo en una amante más.
Era alguien con quien poder compartir sueños y obsesiones. Algo mucho más raro de encontrar.
—Era brillante, muy inteligente… pero obsesivo. Se cansaba de la gente muy rápido. De todo, en realidad —explicó Marina.
—¿Le presentó a Ethan Davis?
Sus dedos se crisparon sobre la sábana.
—No. A Ethan lo conocí más tarde en Londres. En una exposición de arte. Era amigo de una amiga. Pintaba cosas raras, pero tenía talento. Le hizo gracia vernos juntos y ofreció pintarnos. Hizo un cuadro de los dos.
—¿Y luego?
—Luego nada. A Ethan no lo volví a ver. Mario y yo rompimos. No hay mucho más.
—¿Por qué rompieron? —preguntó Marta.
Marina pareció planificar la respuesta.
—Me cansé. Era demasiado obsesivo. Me controlaba.
Gómez no la interrumpió. Estaba tomando nota en una libreta que no necesitaba. Solo escuchaba los matices. La falta de emoción. El cuidado con el que dosificaba cada palabra. Sus silencios.
—¿Y Félix Varela?
Ella se removió por primera vez.
—Mi exmarido. Me pegaba. Lo denuncié. Supongo que ya lo habrán investigado. Es un maltratador. Por suerte el sistema funcionó y está donde debe.
Gómez levantó la vista.
—Está fuera. Desde hace tiempo. ¿Lo sabe?
—Ah, ¿sí? Qué lástima —dijo Marina encogiendo los hombros—. Siempre fue muy persuasivo. Pero sí, lo sé. Mi abogada me informó que logró salir de la cárcel. Otra injusticia más.
—¿Y eso qué significa…?
—Que no me sorprende. A los hombres así siempre los suelta alguien.
Marta intervino.
—¿Está segura de que no hay nada más que debamos saber? ¿Ninguna relación entre estas personas, entre usted, Félix, Mario y Ethan? ¿Nada que nos ayude a entender por qué estaban todos en el hotel?
Marina negó despacio, bajando la vista.
—Yo misma me sorprendí, pero no le encuentro ninguna explicación. No siempre hay una lógica detrás del caos. A veces las cosas pasan porque sí.
Gómez se puso en pie. Caminó un poco por la habitación.
—¿Quién cree que mató a Ethan?
Marina se volvió a remover en la cama.
—Pues no lo sé. Algunos pensamos que pudo haber sido Luis, pero no estoy segura.
—¿Qué pasó? —preguntó Gómez.
Marina reflexionó unos segundos.
—Habíamos decidido vernos en mi habitación, estaban Mario y Samantha, charlábamos del arma que nos había tocado. Recuerdo que abrí la puerta y me encontré de golpe a Felisa y a Carrasco.
Marta estaba apuntando en un cuaderno. La grabadora seguía encendida.
—En ese momento le pregunté por Ethan. Felisa me dijo que vendría enseguida, me pareció que había estado con él por cómo contestó.
—¿Y no preguntó por Luis? —dijo Marta.
—Sí, lo hice justo después y ninguno de los dos me contestó nada acerca de Luis. Es más, Carrasco se enfadó porque creía que yo le estaba haciendo responsable de Luis.
—¿Y después? —preguntó Gómez.
—Estábamos ya todos menos Luis y Ethan y entonces, de pronto, apareció Luis.
—¿No resultó raro? —inquirió Marta.
—Sí y mucho. Llegó jadeando y algo alterado. Aunque rápidamente cambió de tema y se puso a explicar que le habían dado unas esposas. Cuando más tarde descubrimos el cuerpo de Ethan creo que todos sospechamos de él.
—Dígame Marina —continuó Gómez—. ¿Qué arma le tocó a usted?
—Una soga.
—¿Por qué cree que le tocó una soga?
—No lo sé.
—¿Y cómo abrió la caja?
—Supongo que ya lo saben a estas alturas…
—Da igual, cuéntenoslo.
Marina hizo memoria. Cerró los ojos y luego los abrió.
—Había que descolgar el teléfono. Sonó una canción horrible. Voces, ruidos y todo el rato se repetía “number nine”. Ese era el primer número. El nueve.
—¿Y los demás?
—Los cuadros. Había unos cuadros en la pared. El acertijo hablaba de los ojos. Uno tenía los ojos vendados. Otro era una mujer con un parche. Y el último eran cuatro personas jugando a las cartas.
—Dígame los números.
—Cero. Uno. Ocho. Creo que era eso.
—¿Cree?
—Era eso. Nueve, cero, uno, ocho. 9018. La caja se abrió.
Gómez miró sus notas, luego lanzó una breve mirada a Marta.
—En ese momento, ¿a qué hora se reunieron en su habitación? —continuó Gómez.
Marina resopló.
—No sé la hora exacta. Habíamos quedado una hora después de separarnos. El reloj del pasillo marcaba las once y veinticinco cuando nos fuimos cada uno a nuestra habitación. Así que debían de ser alrededor de las doce y veinte o pasadas las doce.
—Pasadas las doce —repitió Gómez—. ¿Todos ya habían abierto sus cajas y tenían el arma?
—Sí, todos menos Carrasco.
Gómez se extrañó.
—¿Y eso?
—Dijo que se le daban muy mal los acertijos. Me pidió que le ayudara.
—¿No fueron a buscar a Ethan? —preguntó Marta.
Por un momento Marina se quedó mirando a Marta fijamente.
—No —respondió Marina—. Felisa quiso hacerlo, pero Carrasco estaba de mal humor y se puso violento. Me obligó a ir con él y resolver su acertijo.
—¿Y qué arma encontró Carrasco?
Marina se tapó la cara.
—¡Estoy cansada inspector! Los médicos me han aconsejado que descanse.
—Sí, sí, claro —contestó rápido Gómez—. Díganos qué arma encontró Carrasco.
—¿Por qué? Ya lo saben ustedes.
Gómez la miró fijamente y frunció el ceño.
—¿Cómo murió Carrasco?
—Joder, estuvimos muchas horas ahí metidos. Después de la muerte de Ethan, todos estábamos muy nerviosos.
—Es muy simple la pregunta: ¿Cómo murió Carrasco? Le golpearon con un extintor. ¿Usted no vio quién lo hizo?
—¡No!
—¿Cómo es posible que no lo recuerde? Murió en el pasillo. Tuvo que verlo.
—¡No me acuerdo!
—O sea usted recuerda la canción del number nine, las cuatro cifras de la caja fuerte y el orden de llegada de todos los invitados. Pero no es capaz de recordar un extintor alzándose y golpeando la cabeza de Carrasco hasta reventarle el cráneo.
—¡No lo sé! ¡No le puedo decir otra cosa!
Marta se adelantó.
—A ver Marina, ha hablado de Mario como si le diera asco, luego de Félix como si quisiera condenarlo otra vez, pero cuando le he mencionado a Ethan, ahí se ha quedado bloqueada. ¿Por qué?
—Yo no me he quedado bloqueada.
—¿Qué recuerda de Ethan?
—¡No recuerdo nada!
—Tiene que cooperar —insistió Gómez—. No sé si lo sabe, pero ahora mismo es la principal sospechosa. ¿Qué es lo que vio cuando mataron a Carrasco?
—No vi nada.
Marina se estiró en la cama y pulsó el botón.
—Estoy agotada. ¡Necesito descansar!
—¿No lo vio? ¿Cómo es posible?
—¡Ya le he dicho que estoy agotada! ¡No quiero seguir!
En ese momento entró el doctor con dos enfermeras.
—Lo siento inspector, pero el interrogatorio se ha terminado.
Gómez cerró la grabadora. Se levantó sin más. Aquello no tenía el más mínimo sentido.
—Espero que se recupere pronto —dijo con gesto serio a Marina.
Marina no respondió.
Salieron. El pasillo del hospital estaba completamente solitario. Olía a lejía y orfandad. A lo lejos, había alguna enfermera. Gómez y Marta anduvieron en silencio hasta encontrar la salida.
Marina quedó sola en la habitación atrapada en sus recuerdos. El doctor le hizo unas preguntas de rutina y la administró un sedante.
No dijo nada. No se movió. Pero una lágrima se deslizó por su mejilla. Y entonces volvió el pasado a ella como si fuera una noche oscura sin luna.
El olor. La tela. La luz tamizada por una sábana colgada en una ventana. El pincel golpeando un bote de cristal. Estaba en su lujosa casa de Pedreña.
—Quédate así —le dijo Ethan.
Ella llevaba un conjunto negro que él había traído.
Una mezcla entre disfraz y encaje. No recordaba haberlo elegido.
Solo recordaba haber reído. Ethan era divertido, sí, pero tenía algo más: una intensidad rara.
Una pose de artista angustiado que no se adapta a las reglas de la sociedad.
Era un verso suelto en una sociedad en donde la rima solía ser perfecta dentro del ecosistema cultural.
Él le ofreció un cóctel. No sabía de qué. Gin, menta, algo dulce. Sintió la cabeza ligera, el cuerpo más lento. Lo bebió. Estaba delicioso. Pero entonces su cabeza empezó a mitigar los sonidos, a experimentar un desplazamiento.
Después, los recuerdos se convirtieron en fragmentos sin orden. Ella lo intuyó. La había drogado. Seguro.
Su espalda desnuda. La sábana blanca cayendo. La máscara negra.
Un zumbido lejano de una cámara encendida.
La voz de él:
—No tengas miedo, solo es arte.
Y la sombra de Ethan, o alguien que era Ethan, separando sus bonitas piernas. Embestidas. Sintió un extraño vaivén. Una y otra vez. La máscara negra encima de ella. Ella no podía sentir nada. No podía moverse. Los recuerdos eran lejanos. Como si le ocurrieran a otra persona.
Volvió al presente como quien sale de las profundidades de un océano negro.
Se llevó la mano al vientre y murmuró:
—¿Qué me hiciste, Ethan?
La enfermera entró a cambiarle la vía. Hablaron de nimiedades, pero ella ya no estaba presente. En realidad, no sabía dónde estaba.
Lo que sí sabía era que esa noche algo habían hecho con ella.
Algo que lo cambiaría todo.