26. Ecos de una injusticia
Era ya mediodía cuando Marta se cruzó con Dani en el pasillo del búnker.
Él llevaba unos auriculares colgando del cuello y sostenía una tableta llena de pantallas abiertas.
En ese momento entró en su oficina, que estaba en el lugar más apartado del búnker, y se sentó en su silla de gaming. Marta le siguió.
—¿Descubriste algo nuevo? —le preguntó ella.
Dani tenía ante sí un mosaico de varias pantallas: rampas de acceso, pasillos interminables de plazas, ascensores, escaleras, cada centímetro del parking de Alfonso XIII cubierto por una cámara.
—Treinta cámaras y treinta días de grabación —dijo mientras tecleaba—. Por suerte, sabemos cuándo empezó todo.
Marta se inclinó sobre su hombro.
—¿Hora exacta?
—Sí. El Audi negro sale del hotel Real a las 8:03 del sábado 15 de noviembre. Tardó treinta y cuatro minutos en llegar aquí. Lo tenemos entrando a las 8:37.
En una de las pantallas, el coche descendía la rampa iluminada con fluorescentes, el reflejo del techo como una ola metálica.
—Ticket localizado, matrícula confirmada —añadió Dani—. Pero el registro de salida está vacío. No hay hora, no hay cámara que lo capte marchándose.
Marta puso cara de fastidio.
—¿Error del sistema?
—No lo sé. Misterio —replicó Dani—. Ahora me toca buscarlo a mano entre setecientas veinte horas de vídeo.
—¿Cómo demonios se puede salir de un parking sin dejar rastro? —preguntó Marta.
—Varias formas —respondió Dani, sin apartar la vista de la pantalla—. Cambias de coche dentro. Te llevas el ticket de otro. Sobornas al operario para que levante la barrera sin registrar nada.
—O alguien borra la salida del sistema —añadió ella.
—Exacto. Y en todos los casos, necesitas un cómplice o una planificación de relojero.
—Otra opción es que el coche siga dentro.
—También, y si lo piensas bien es la más probable. Tendríamos que mirar uno a uno cada coche y son unos quinientos.
Marta se le quedó mirando un segundo de más.
Su aire desaliñado y brillante tenía algo magnético.
Él captó la mirada y guiñó un ojo con naturalidad.
Gómez, desde su mesa, alzó ambas cejas pero no dijo nada.
Apoyado en un termo de café, intentaba mantenerse en pie y con la atención que por momentos le fallaba. Se levantyó y fue a por Marta.
—Vamos —dijo él secamente asomándose por la puerta—. Tenemos que ver a la abogada.
El coche avanzaba entre carreteras encharcadas y transeúntes que cruzaban con paraguas sin mirar. Marta pensó que aquel caso se parecía cada vez más a un laberinto sin salida.
La mujer los esperaba en un despacho acristalado del Colegio de Abogados de Cantabria. Tenía el rostro tenso y muy maquillado, como quien se ha mirado demasiado al espejo antes de salir de casa buscando generar una imagen positiva en los demás. Vestía elegante con un toque tradicional.
—Yo solo defendí a Marina —dijo, nada más sentarse—. Ella fue la víctima. Félix la agredió. Intentó matarla.
—¿Dónde? ¿Cuándo? —preguntó Gómez sin rodeos.
—En su casa. Fue un forcejeo, pero Marina acabó en urgencias. Tenía moratones. Uno de ellos era terrible. Le pegó con saña. Dijo que él le había propinado un puñetazo y luego varios golpes. Que se volvió loco.
—¿Había testigos? —inquirió Marta.
—No. Pero había antecedentes de insultos, de celos, y ella presentó correos electrónicos bastante comprometedores. Tenía el labio partido y mucha sangre en la cara. Puedo enseñaros las fotos.
—Sí ¿Podrías facilitarnos los correos? —preguntó Gómez.
La mujer evitó la mirada.
—No. No tengo por qué —dijo la abogada—. Esa información es parte del secreto profesional de mi clienta. No sé si conoce la normativa sobre secreto profesional, el artículo…
—Ya, ya —le cortó Gómez—. Solo te lo estoy pidiendo por cortesía y tú, si eres de verdad alguien que cree en la justicia, deberías facilitar mi trabajo. Dime una cosa. ¿Crees que Félix es de verdad culpable?
La abogada dio un suspiro prolongado.
—No tengo por qué responder a eso, pero te diré que el juicio fue rápido.
Hubo mucha presión mediática y ocurrió justo después de un caso muy sonado de violencia de género.
No había ambiente para dudar de la víctima.
Félix fue condenado a tres años y seis meses.
Yo ya no estoy segura de que fuera justo.
Pero en su momento creí que hacía lo correcto.
—¿Por qué haría Félix algo así? ¿Lo has pensado?
La abogada se recolocó en el asiento.
—¿Por qué? Eso no tiene ningún sentido. Todos los días veo casos de maltrato y no tienen ninguna razón de ser. Admitir que tienen un motivo es simplemente justificarlos y eso no lo voy a hacer nunca.
—Pero tendrás una idea —insistió Gómez.
—Lo hizo porque ejercía poder sobre ella. Porque no soportaba perder el control. Eso es violencia de género, inspector. No hace falta buscar una causa más noble ni más rebuscada.
Salieron del despacho con la sensación de haber presenciado una farsa hasta cierto punto ensayada, aunque en el último momento cambió un poco el tono. Marta iba callada. Gómez, más aún.
—¿Tú crees que todo esto lo del hotel, los sobres, las muertes fue una venganza? —preguntó ella finalmente.
—Cada vez lo tengo menos claro.
—¿Viste cómo hablaba? —dijo Marta—. Estoy segura de que mentía. Empiezo a creer que Félix pudo ser inocente y que Marina no nos ha contado toda la verdad.
—Eso sería precipitarnos Marta. ¿Qué pruebas tienes?
—¡Cae todo por su propio peso! Ha entrado con la sentencia escrita en la cara. No venía a recordar. Venía a defender una versión.
—Ya. Es posible.
—Por mucho que lo repita y lo reformule no nos ha dicho la causa de un comportamiento violento. Me lo tragaría de un asesino en serie, pero no de un caso de violencia doméstica.
—Si estás en lo cierto, dime ¿Qué gana Marina con todo esto?
—Su dinero. La casa. Poderse liar con su amante de forma pública.
Gómez se quedó pensando.
—Si tienes razón esa sería una causa para ser invitada en la herencia, ya tenemos a varios así. Pero aún hay muchas cosas sin cuadrar. Mario por ejemplo…
—¿Qué?
—¿Qué gana Mario cometiendo un asesinato? Matando a su novia…
—No lo sé.
—Ese será nuestro próximo paso. Vamos a averiguarlo. ¿Agendaste la entrevista?
—Sí, pero aún nos falta una hora.
Pararon en un bar a tomar un café y comer algo. Mientras Gómez removía el café, no podía dejar de pensar que tal vez Marta estuviera en lo cierto y todo se construyó sobre una mentira: una denuncia, una sentencia, una reputación destruida y, años después, un hotel lleno de cadáveres.
Tras la pausa, visitaron a los padres de Mario en una urbanización de clase media periférica de Santander, en Cueto. El padre era un ingeniero técnico retirado, la madre una mujer delgada, casi transparente, que hablaba con un problema en la dicción.
—Sabíamos algo de su proyecto. Siempre estaba hablando de ello. Todo lo exageraba, a veces se creía Elon Musk —dijo el padre.
—¿Nos puede contar qué pasó con su novia?
Ambos padres se quedaron en silencio.
—Pensé que les interesaría saber más lo de la empresa de robótica —dijo la madre—. ¿Qué es lo que quieren saber?
—Su novia murió en la carretera —explicó Marta—. Según el informe pericial, saltó del coche en marcha. ¿Es eso cierto?
El padre se adelantó.
—Íbamos a verlos ese fin de semana. Nos llamaron de la Guardia Civil. Dijeron que ella había saltado del coche. Un suicidio. Que estaban discutiendo y ella perdió el control. Él dijo que ella estaba mal, que se puso histérica…
—¿Y hubo juicio?
—Sí. Pero no se encontraron pruebas. Fue absuelto. Aunque la prensa se cebó con él y ahora la familia ha logrado que reabran el caso. Ellos creen que mi hijo la mató.
—Y si fuera así… ¿por qué motivo cree usted que lo hizo?
El padre se puso triste y miró al suelo. Se encogió de hombros, destrozado. Murmuró algo en voz baja.
—¿Dónde ocurrió? —preguntó Marta.
—En la N-634. A la altura de la salida de Ribamontán. Una recta. Sin curvas —contestó la madre.
—Yo no creo que mi hijo haya sido capaz de algo así —dijo el padre—. Nunca hizo daño a nadie. Lo único que le puedo decir es que la mujer esa… Marina, le tenía completamente absorbido. Estaba obsesionado.
—¿Por qué lo dice? —preguntó Marta.
—Desde que la conoció estaba como cambiado —dijo el padre.
—Esa mujer le envenenó la cabeza —dijo la madre—. Mi hijo era raro, pero incapaz de hacer daño a nadie. Su novia era encantadora, ¿por qué matarla? Nada tiene sentido.
—¿Hizo algo extraño que les llamara la atención? —preguntó Gómez.
Ninguno de los dos supo qué decir, hasta que el padre de pronto pareció recordar.
—Me extrañó una cosa. Cuando le interrogaron por primera vez vino a casa y lo primero que preguntó fue si le había llamado Marina.
—¿Por qué le extrañó?
—Me pareció muy raro, porque lo normal es que le hubiera llamado a su móvil, sin embargo, insistió en si Marina había llamado a casa. No me lo explicó.
Gómez y Marta viajaron esa misma tarde hasta el punto kilométrico en donde sucedió todo.
El lugar seguía igual. La carretera mordía un tramo de campo abierto.
En la cuneta, unas flores secas todavía marcaban la tragedia.
Había un ligero cambio de rasante, pero por lo demás no resultaba una carretera peligrosa.
Marta lo fotografió todo. Gómez se agachó a examinar el asfalto. Nada. Todo demasiado limpio, demasiado fácil. Si tenían que investigar esto, les llevaría meses y no contaban con tanto tiempo. Algo le decía que esto podría volver a pasar.
—¿Qué hacemos aquí? —preguntó Marta confundida.
—Estamos dando palos de ciego —dijo Gómez agotado—. Cada paso que damos nos acerca y nos aleja a la vez de la resolución del caso.
Luego caminó un rato por el arcén mientras numerosos coches pasaban a gran velocidad.
El límite era de cien kilómetros por hora, pero muchos lo superaban.
Gómez observó el arcén. Era bastante ancho, unos tres metros tal vez, lo suficiente como para poder caminar por él con seguridad de no ser atropellado.
Se imaginó lo que pudo haber sido. El viento levantó polvo y por un instante creyó ver la sombra de un cuerpo cayendo.
A su mente acudió otro caso. Una joven encontrada muerta junto a una autovía. Su pareja testificó que se había suicidado tirándose en marcha desde el asiento de atrás, pero la familia de ella nunca lo creyó.
Marta seguía sus pasos intrigada.
—¿Qué piensas jefe?
—Que aceptamos con demasiada facilidad algunas explicaciones —dijo Gómez—. ¿Cómo es posible tirarse de un coche en marcha?
—No me cuadra por ningún lado.
—Tal vez no hayamos perdido el tiempo viniendo. Lo que deberíamos investigar es si Mario decidió matar a su novia. Él no ganó nada, no parece ser un maltratador típico, ni siquiera ella parece que lo dejó. Entonces, ¿por qué asesinar a alguien?
Gómez se detuvo y se giró, lanzando la pregunta a Marta.
—Si es porque estaba con Marina —dijo Marta—. Le hubiera valido simplemente dejarla. Tal vez la dejó y ella se tiró del coche en marcha.
Gómez puso cara de fastidio.
—¿Y si fuera algo más rebuscado? —dijo Gómez—. Haz una cosa, Marta. Busca casos con una mecánica parecida: supuestos suicidios desde vehículos en marcha, especialmente cuando solo sobrevivió el conductor. Quiero saber qué errores se cometieron en las primeras investigaciones.
De regreso, Gómez pidió una orden judicial para investigar la casa de Marina Velasco y un requerimiento formal para incorporar al procedimiento los correos aportados en el juicio contra Félix.
Pero el padre de ella se negó en redondo como era de esperar.
Protestó a través de la abogada de Marina a la cual había pagado generosamente, pero poco tenían que hacer.
—Mi hija ha sido víctima de un psicópata y ahora la investigáis como si fuera sospechosa de algo. No permitiré que la conviertan ahora en culpable.
—No es ella a quien investigamos —respondió Gómez al teléfono—. Tiene que entender que tenemos que hacer nuestro trabajo, le guste o no.
Finalmente, un juez de instrucción le concedió acceso parcial al domicilio. Marta y Gómez sabían que dentro de esa casa quizás quedaban aún las huellas de una historia tergiversada. Una historia donde la víctima podía no ser quien todos creían.
—No sé, me da mala espina esa Marina —exclamó Marta.
—A mí también —contestó Gómez.
Por un momento, la diferencia de edad y de experiencia desapareció entre ellos. Gómez de pronto la vio como lo que posiblemente era: una nueva generación de policías sin complejos, muy formados y con la energía suficiente como para enfrentarse a las realidades más macabras de la sociedad.
Esa misma tarde, Gómez recibió un correo electrónico del funcionario del Dueso. Adjuntaba varias fotografías: tres cuadros más, firmados con las iniciales E.D. Eran pinturas de mujeres en poses provocadoras.
Los imprimió y fue directo al despacho de Dani. El joven dejó a un lado los cascos y se inclinó sobre las hojas con una sonrisa forzada.
—Quiero que confirmes si el estilo es coherente con el resto de obras atribuidas a Ethan Davis —le ordenó Gómez—. Si ves algo que no encaje, lo quiero en mi mesa mañana.
—Vale, jefe. Pero esto… —Dani levantó una ceja—. Esto es de locos.
—Bienvenido al club, hijo.
Gómez salió del despacho con la cabeza embotada y se dirigió al suyo. No podía dejar de pensar, aunque en todo ese galimatías, ahora había una pregunta que le aguijoneaba la curiosidad.
¿Por qué Mario esperaba una llamada al teléfono fijo de su casa?