El búnker (La Herencia 2) 25. El búnker de Santander
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25. El búnker de Santander

Una nueva borrasca había regresado a Santander. En el polígono industrial donde se ubicaba la nave de operaciones, apodada por todos como "el búnker", el viento inflaba las paredes convertidas en velas de un gran barco corsario.

Gómez llevaba ese día un jersey grueso y revisaba los paneles con fotografías y notas que cubrían la pared.

Había amanecido en Madrid y viajado durante toda la mañana.

Mini se encontraba mucho mejor y la última vez que la vio comía bien y con apetito.

El antibiótico la dejaba un poco adormilada, pero se notaba su recuperación.

Tuvo que contratar a Conchi, una rescatista con muchísima experiencia en colonias, que se instaló en su casa hasta que Gómez regresara.

No podía dejar a los gatos solos por más tiempo y tampoco era factible que se los trajese a Santander.

Así que prácticamente tuvo que empeñar su sueldo en pagar a Conchi.

—Que sepas que te cobro porque necesito el dinero —dijo Conchi.

—No es ningún problema, de verdad —respondió Gómez.

Cuando entró en el búnker, en su imaginación, no dejaba de repetirse la frase que habían descubierto en el muñeco del señor Maxwell. La justicia es una mierda .

Ya dentro, se encontró con el equipo. Marta llevaba el pelo recogido en dos pequeños moños, uno a cada lado, que le daban un aire juvenil y repasaba las fichas de cada uno de los herederos sin levantar la vista.

Dani estaba sentado en su mesa con dos portátiles abiertos, Iván trabajaba concienzudamente con varias carpetas y Laura seguía la pista del dinero.

Gómez convocó a todo el equipo en la pequeña sala de reuniones situada en el interior del búnker, junto a su despacho.

No tardaron ni cinco minutos en ocupar sus asientos.

Marta miraba la pantalla de su móvil; Iván había llegado con varias carpetas bajo el brazo; Dani abrió sobre sus rodillas el portátil que se había traído y Laura se dejó caer en uno de los extremos del sofá con el rostro visiblemente cabreado. Rogelio aún no había aparecido.

Gómez permanecía de pie frente a ellos, con una pizarra a su espalda.

Miró el reloj y después la silla vacía de Rogelio.

Se le hacía extraño volver a liderar un caso.

Había estado convencido de que se iba a jubilar, pero supo que aquella llamada de Pilar iba a resultar en una prórroga a su vida profesional.

No le molestaba tanto tener que trabajar como el hecho de tener que demostrar si iba a ser capaz de poder con todo lo que se le venía encima.

Miró a su equipo. Eran todos más jóvenes que él.

Estaban muy preparados y pese a la inexperiencia de algunos de ellos, gozaban de una energía muy superior a la suya.

Sin querer, recordó cuando empezó en el cuerpo.

Fue en 1982, con apenas veintidós años y recién salido de la academia, Gómez recibió su primer destino en la comisaría de Vallecas.

En aquella época, la delincuencia había crecido de forma muy pronunciada.

Se dispararon los atracos a bancos. Con la expansión de la heroína, los robos se multiplicaron y la inseguridad en las calles era palpable.

Gómez patrullaba las calles, acudía a reyertas, perseguía a atracadores y trasladaba detenidos.

La heroína comenzaba a devorar el barrio y la comisaría rara vez conocía una noche tranquila.

Se sentía orgulloso de llevar el uniforme.

Le daba una identidad y una pertenencia a un grupo que nunca había sentido.

Había camaradería. Se sentía alguien importante.

Le gustaba observar cómo la gente le dejaba pasar.

Llevar la pistola le recordaba que también era una profesión de peligro.

En cualquier momento, las cosas podían torcerse.

Había una enorme responsabilidad y siempre estaba la sensación de poder cometer un error.

Pero había compañerismo, se compartían las guardias, el cansancio, las tensiones y el estrés. Había mucho respeto por la policía.

Hoy todo eso se había perdido. Y Gómez lo añoraba.

—Lo primero, Felisa sigue siendo una incógnita —comenzó Gómez—. No tenemos motivos para detenerla ni pruebas suficientes para volver a interrogarla, pero tampoco quiero que desaparezca de nuestro radar.

—¿Qué propones? —preguntó Marta.

—Tenemos que sacar a Felisa de esa caravana —dijo Gómez—. Mientras no sepamos quién ha organizado todo esto ni dónde está Samantha, seguirá en peligro. Podrían ir a por ella.

Dani levantó la mano. Gómez le miró con cara de fastidio. Ese chico se pensaba que aún estaba en clase.

—¿Qué? —le preguntó Gómez.

—Me he encargado de transcribir las entrevistas a papel para que todo el mundo pueda leerlas —añadió Dani—. La de Felisa, de verdad que no tiene desperdicio.

—¡Bien! Empecemos —dijo Gómez—. Vamos a centrar esta reunión en los perfiles. ¿Quién tiene algo que decir? ¿Marta? ¿Iván?

—Si no te importa, Arturo —dijo Laura desde la última fila—. Tengo información y datos muy importantes que deberíamos analizar sobre la compañía y sus transacciones. Esto puede dar un giro al caso de ciento ochenta grados.

Gómez sabía que tenía razón. No quería admitirlo, pero todo ese intrincado mundo de las finanzas le hacía sentirse fuera de juego. Cada vez había más partes de la investigación que parecían avanzar mejor en manos de otros.

—Estupendo, Laura —dijo tratando de no parecer hostil—. Esta noche lo vemos.

—¿Esta noche? —exclamó Laura—. ¿No crees que es necesario que lo veamos ya?

—No es eso, es que ahora debemos centrarnos en otras cosas.

—Pero si investigamos el dinero sabremos dónde poner el foco.

Tenía razón. Gómez lo sabía, pero había matices que Laura no veía en ese momento.

—Laura, esta noche lo vemos —dijo con tono firme Gómez—. No es que no sea importante. Lo es y mucho. Pero el tema financiero es una madriguera sin fondo. Una vez que nos metamos no vamos a poder ver otras cosas y ahora me interesa mucho ver los perfiles tanto de las víctimas como de los implicados.

—Vale, comprendido.

Laura cerró la carpeta y adoptó un gesto serio. Gómez se lo agradeció con una sonrisa.

—Empecemos pues —dijo Gómez—. ¿Marta?

—Después de nuestra visita a El Dueso hemos encontrado asociaciones directas entre los invitados, pero también asociaciones indirectas. Carrasco y Luis están directamente relacionados, por ejemplo. Luis fue el abogado de Carrasco —dijo Marta y comenzó a plasmarlo en la pizarra a la vista de todos.

Habían regresado del Dueso con mucha información que aún no sabían dónde encajar bien. Gómez decidió intervenir.

—Iván, cuéntanos tú ahora. ¿Qué tienes?

Iván estaba rodeado de una montaña de papeles, tenía el rostro bañado en sudor y las gafas torcidas.

Su mesa, junto a la entrada, parecía un campo de batalla entre informes judiciales, reportes financieros, artículos periodísticos impresos y notas manuscritas en letra apurada.

Se lo estaba tomando muy en serio, pero también era evidente que se le estaba empezando a ir de las manos.

Todos lo miraron. Se aclaró la garganta, abrió una de las carpetas y tragó saliva.

—Félix Varela, como sabéis, fue también el marido de Marina Velasco.

Casados durante cinco años. Marina lo denunció por intento de homicidio.

Hubo juicio. Él fue condenado, aunque con atenuantes, y cumplió condena en El Dueso.

Ahí hay otra relación. Extraña, pero nos puede servir. Nos hace sospechar.

Gómez se frotó los ojos. Miró a Marta, esta le devolvió la mirada.

—Salió hace tres años. Desde entonces, se le perdió la pista.

—¿No sabemos nada? —preguntó Marta.

—¡Nada! —respondió Iván—. Hemos iniciado una búsqueda rutinaria con resultados negativos, pero estoy esperando órdenes para ponernos en serio.

Gómez se puso en pie.

—¿Entonces qué conclusión hay? —preguntó Gómez—. Lo del cuadro, por favor.

—No estoy seguro, pero… —dijo Iván, temblando ligeramente— aparece un cuadro almacenado en El Dueso. Está firmado con las iniciales E.D. y pertenecía a Félix.

Marta se inclinó sobre la mesa. Allí estaba el cuadro en la pantalla del ordenador. Lo proyectaron en la pared. Era un medio cuerpo de Marina con poca ropa, muy insinuante.

—Exacto y pensamos que el autor no puede ser otro que Ethan Davis —dijo Marta.

—Sí. Y aquí viene lo inquietante —añadió Gómez—. En el cuadro, si no me equivoco, sale Marina. Así que tenemos otra conexión. ¿Marina y Ethan?

—¡Jefe! —saltó Dani—. Me gustan los acertijos, pero me estoy haciendo un lío de cojones.

—Espera y verás… ¿Por qué lo tendría Félix? —susurró Gómez.

El silencio que siguió se llenó de preguntas.

—¿Y si... —empezó Marta— ese cuadro tuviera un significado especial?

—Si Marina y Ethan se conocieron en algún momento. ¿Y tal vez el propio Ethan le propuso pintar el cuadro? —propuso Gómez.

—Hay una posibilidad que no hemos explorado —dijo Marta, pensativa.

—¿Cuál?

—Que los cuadros de Ethan fueran parte de algo más grande.

—¿Drogas?

—No me pega, yo diría que otra cosa. Un código. O incluso algo más turbio. Mira el cuadro.

Gómez se quedó mirando la pantalla, donde la imagen del cuadro del Dueso parecía devolvérsela como un espejo deforme. Era una pintura al óleo, tenue, casi monocroma. El cuerpo femenino, apenas insinuado, giraba el rostro hacia la sombra. Había algo en la mirada: deseo, miedo, o ambas cosas.

Anduvo por la habitación de arriba abajo.

—Necesito un poco de aire —dijo. Y salió del búnker.

Marta se quedó sola con Iván, que parecía a punto del colapso. Dani se fue a por un café y Laura volvió a su ordenador.

—¿Quieres que te traiga algo? —le ofreció ella.

—Solo una cama —susurró Iván con ironía.

Fuera, Gómez trataba de mantenerse calmado caminando por el exterior. Algo estaba cobrando forma. Un patrón, sí. Pero no era un patrón lógico. Era emocional.

Mientras caminaba fuera del búnker, con la lluvia golpeándole la cara, Gómez sintió un escalofrío.

No podía probarlo, pero estaba casi seguro de que algo no había terminado.

Todo aquello —los cuadros, las conexiones, las muertes— no parecía un final.

Tal vez era el principio de algo o incluso un ensayo.

Y la verdadera función, la siguiente herencia, ya estaría tomando forma en algún lugar.

Y la motivación detrás de todo empezaba a estar clara: una venganza. Sin embargo, el instinto de Gómez se agudizó. No era suficiente con mirar ahí.

Y un nombre acudió a su mente de forma obsesiva.

Ethan Davis.

El único que no le cuadraba.