El búnker (La Herencia 2) 24. Los gatos
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24. Los gatos

Gómez se fue a su habitación. Tantas horas de pie le hacían polvo los pies. El día se había terminado alargando en exceso. Abrió la ducha del baño y estuvo un buen rato bajo el chorro tratando de relajarse. Cuando se estaba vistiendo sonó el móvil.

—¿Sí?

—¿Arturo?

La voz de Wendy sonaba al otro lado de la línea. Por la hora y el tono de voz no parecía una llamada de rutina.

—¿Qué ha pasado?

—Es Mini, no la veo bien.

—¿Qué le pasa?

—La noto rara, espera que te llamo por videoconferencia.

Wendy colgó. Gómez aprovechó para terminar de vestirse. El móvil sonó casi de inmediato.

—Esta tarde estaba sin energía, se escondió debajo del mueble. No quiere comer. Solo duerme.

Le puso una imagen de la gata, pero no había mucha luz debajo del mueble y casi no se veía. El inspector escudriñó la imagen tratando de ver algo.

—Arturo, yo justo salgo mañana muy temprano a Segovia a un curso. No me puedo quedar con ellos. Puedo llamar a una amiga que venga…

—No te preocupes, ahora mismo salgo para allá.

A los diez minutos ya estaba en el coche rumbo a Madrid. Le quedaban unas cuantas horas por delante de viaje y a esas horas, aparte de la lluvia, no se veía mucho tráfico en la autovía.

Mientras conducía observaba las sombras a ambos lados de la carretera.

Nunca había afrontado un caso tan rebuscado.

Antes los asesinos guardaban una lógica.

Había expectativas. Pero cada vez los asesinatos eran más caóticos y absurdos.

Muchas veces ni siquiera existían motivaciones claras.

El mundo estaba cambiando y Gómez se dio cuenta de que él ya no se adaptaba tan rápido, se estaba quedando atrás.

Por su imaginación desfilaron nombres y objetos: Carrasco, Mario, Ethan y Luis, las cuatro víctimas que hasta ahora habían aparecido en tan macabro suceso. Cuatro hombres. No se le escapaba ese detalle. ¿Acaso los hombres estaban más expuestos a morir? ¿Era solo una casualidad?

Según iba conduciendo recorría las habitaciones y las armas empleadas: las cápsulas de cianuro, la soga, la glock, el puñal, la Taser, las esposas y el picador de hielos. ¿Tendrían algún significado que hasta ahora se le había pasado por alto?

Miró el reloj. Aún le quedaba viaje y no había avisado a nadie. Pensó en detenerse, tomar un café y dejar un mensaje en el chat del grupo.

Cuando llegó a su casa, en el barrio del Quiñón, tras varias horas de conducción nocturna, abrió la puerta y se encontró a Maya que salió a recibirlo.

Buscó a Mini, pero no la encontró. Tras una primera inspección registrando sus escondites favoritos que Gómez conocía de memoria, la encontró hecha una bola debajo del sofá.

No quería salir.

Tuvo que mover el mueble para cogerla y comprobar que el animal estaba inmóvil. La chequeó el cuerpo y descubrió junto a la boca una inflamación. Cogió un transportín y la metió dentro. Mini apenas opuso resistencia.

Trató de darle un chuche, pero no comió. En su lugar lanzó un pequeño maullido. Gómez le dio un chuche a Maya antes de salir al veterinario.

Una vez allí, le atendieron muy rápido.

—Inspector, esto no parece solo un golpe. Tiene una pequeña herida junto al labio, probablemente de un colmillo. Eso puede formar un absceso.

Gómez miró a Mini y la acarició.

—¿Un absceso?

—Una bolsa de pus bajo la piel. Es muy típico después de una pelea entre gatos. Hay que vigilar que no afecte a la encía, a un diente o a la mandíbula.

—¿Y qué se hace?

—Vamos a drenarlo y limpiar la cavidad. Después, antibiótico y analgesia específica para gatos.

En ese momento entró otra veterinaria. Llevaba un transportín con dos gatitos muy pequeños recién nacidos. Los colocó en otra de las mesas metálicas y comenzó a inspeccionarlos. Los habían encontrado en un cubo de basura, según contó la mujer.

—Serán hijos de puta —exclamó Gómez.

Se acercó a ver a los recién traídos. Eran negros y tenían unos ojos aún pequeños, pero con un matiz amarillo. Parecían pequeños tigres.

—¿No te querrás llevar uno de ellos verdad? —le dijo la veterinaria.

—¡Me los llevaría a los dos ahora mismo! —respondió Gómez acariciando a uno de ellos—. Pero estoy destinado fuera ahora mismo.

Tras unos cuidados más, Gómez regresó a casa con Mini.

Empezaba a amanecer. Estaba destrozado, pero se sintió aliviado de estar con ellos. Puso el despertador y se permitió dormir unas horas, antes de partir otra vez a Cantabria.

Tenía que encontrar a alguien que estuviera con los gatos las 24 horas.

Solo se le ocurrió una persona. Pero tendría que pagarla bien. Mandó otro mensaje al grupo y dijo que en cuatro horas tendrían la reunión. Después se puso el pijama cerró las persianas y se metió en la cama.

Pronto Maya acudió a su lado y él se levantó para coger a Mini. Le hizo un hueco dentro de la cama para que estuviera a gusto. Mini dio unas cuantas vueltas y se acurrucó junto a Gómez.

Apagó la luz y se durmió.