El búnker (La Herencia 2) 23. Cena Gómez y Marta
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23. Cena Gómez y Marta

Salieron de la prisión pasadas las ocho. El cielo era una lámina de plomo. Gómez no quiso volver directamente a Santander y le propuso a Marta cenar por la zona.

Cenaron en La Ola. Un merendero de Somo que con el paso de los años se había puesto tan de moda que no cabía un alfiler. Pidieron lo típico: sardinas, navajas, ensalada y una jarra de sangría que bajaba con extrema facilidad.

Entre plato y plato, Marta terminó confesando:

—Voy a dejarlo con mi novio. No me hace bien. Ya ni me escucha. A veces siento que si muriera no se daría cuenta hasta una semana después.

—¿Cuánto tiempo lleváis? —preguntó Gómez.

—Dos años, pero hace ya meses que no conecto con él. Y con este viaje…

Se interrumpió. Agarró el vaso de la sangría y se quedó mirándolo. Gómez no dijo nada al principio. Luego levantó la vista:

—Yo viví con alguien hace tiempo que se fue sin despedirse. Y cuando por fin me di cuenta, ya llevaba un año fuera. ¿Estás depre por eso?

Marta bebió un sorbo de sangría.

—¡No! —dijo con energía —. Para mí será una liberación más que otra cosa.

—Entonces es que no estás tan enamorada.

—Qué sé yo, jefe. Al principio alguien te gusta, luego te acostumbras, luego te da miedo soltarlo. Pero eso no siempre es amor.

—¿Ah no? —dijo Gómez—. ¿Esa atracción no es entonces amor?

—Eso del enamoramiento está muy bien para las películas. Luego cuando conoces a alguien de cerca ves lo que hay. En esta relación no estábamos en el mismo capítulo.

Se miraron. Sin juzgarse y sin apenas consuelo.

Cuando Marta le contaba cosas sobre su novio a sus amigas todas se lanzaban como posesas a darle consejos.

Le gustaba Gómez. No juzgaba. Simplemente escuchaba y mantenía el tipo.

Eran solo dos personas compartiendo una trinchera invisible distanciados por la edad.

—Supongo que en las relaciones pasa como en las cárceles: si no controlas, acabas controlado —añadió Marta mientras apuraba su flan de queso.

Sonó el teléfono. Era Iván. Gómez contestó con pereza. No tenía la cabeza ya para pensar.

—Jefe, ya tengo los perfiles —dijo Iván nervioso, casi tartamudeando—.

Esto se está poniendo interesante. Mira: Carrasco logró que su caso fuera sobreseído.

Luego está Vallejo, el abogado, ha tenido problemas con un traficante de hachís, creo que ya sabes quién es. Marina Velasco, un divorcio de aupa…

—¿Cómo de grave? —le cortó Gómez.

—Hubo juicio y su ex ingresó en prisión.

—Sí, lo acabamos de comprobar. Venga, cuéntame algo nuevo.

Hubo una pausa.

—Mario Suárez… —dijo Iván indeciso—. Esto no te lo esperas.

—¿Qué hizo?

—Imputado por homicidio, acusado de matar a su novia. Hubo juicio, pero se libró.

—¿Qué?

Gómez le hizo un gesto a Marta para que apuntara.

—Como lo oyes —continuó Iván ya más seguro—. No tengo los detalles todavía, pero debió de presentar una buena defensa y no encontraron pruebas suficientes.

Gómez reflexionó. Hasta ahora apenas se habían fijado en Mario. Quizá había sido la muerte más horrible de todas.

—¿Algo más?

—Bueno, viendo todos los perfiles, solo Ethan Davis parece limpio del todo. Es el único que no se ha visto envuelto en algo delictivo. O eso creo.

Gómez colgó. Iván hablaba pidiendo perdón, pero acababa de soltar una bomba. El camarero dejó el café sobre la mesa.

—¿Qué te ha dicho? —preguntó Marta que no había podido oír bien la conversación.

—Mario Suárez. Acusado de matar a su novia. Eso hay que investigarlo. Le juzgaron, pero salió absuelto. Por otro lado, Ethan parece ser el único que está libre de culpa y casualmente fue el primero en morir.

—Entonces solo quedan dos preguntas —dijo Marta.

—¿Cuáles?

—¿Quién es la Samantha que estuvo en el hotel?

Gómez asintió.

—Y ¿por qué entre tanto monstruo hay un único inocente? —añadió Gómez.

Y en ese momento, todo empezó a ordenarse de una manera inquietante.

Samantha, una especie de sombra que no saben quién es.

Ethan, un pintor atormentado, el primero en morir en el hotel, pero a la vez un posible inocente.

Mario, amante de Marina, un presunto asesino cuyo juicio le libró de la cárcel.

Muerto en el hotel, posiblemente con la peor de las muertes.

Y luego, como no, Varela. Félix. Ex marido de Marina. Preso en El Dueso. Chantajeado por Luis Vallejo. Acorralado por Carrasco. Líder de la cárcel. ¿En contacto, de alguna manera, con Ethan por ese cuadro? ¿Por qué?

Parecían pistas diseminadas con la intención de dispersarlos o un entramado muy bien tejido que no sabían cómo mirar.

Y no podía faltar Felisa. La variable independiente. Novia, ex novia o lo que fuera de Ethan. Presunta asesina. Posible brote psicótico o una actriz descomunal.

—En este caso —dijo Marta, pensativa— alguien lo hiló todo.

—¿Y ese alguien se llama Félix Varela? —concluyó Gómez—. ¿Tú crees?

—Uff —dijo Marta—. Ahora mismo no tengo ninguna certeza, pero mira lo que ha dicho Eralio. Se hizo con el control de la cárcel. ¡Alguien así tiene que tener muchos cojones!

—Eso es lo que me preocupa —remató Gómez—. Y nadie sabe dónde está.