El búnker (La Herencia 2) 22. Félix
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22. Félix

La salita de entrevistas estaba junto al módulo de aislamiento, una zona que los presos llamaban La Nevera .

Desde allí llegaban golpes secos, órdenes de funcionarios y algún grito perdido; el mismo agujero donde Félix había pasado sus peores semanas y del que Eralio esperaba salir si colaboraba.

Ya no se fiaba de los funcionarios. Instituciones Penitenciarias le había prometido un cambio de módulo si colaboraba con el inspector.

Eralio bajó la mirada y se colocó el brazo malo en el cabestrillo. Miró a Gómez y después a Marta.

—¿No tendrá un cigarro? —le preguntó.

Gómez movió negativamente la cabeza.

—La movida se complicó en uno de los talleres.

Fue en el taller de manualidades cuando le pasaron la nota. Apenas la leyó, no le dio importancia. En la nota solo ponía: Faltan pinturas rojas en el armario del pasillo . Creyó que era un recado del monitor.

Abandonó la sala y caminó dos puertas más allá para coger las pinturas. No lo pensó mucho. Pero entonces cuando avanzó por el pasillo su instinto le avisó. Era la hora del cambio de turno y el guardia se había retrasado. Nunca lo hacen. Dudó.

Abrió la puerta con cautela. Se esperaba una encerrona, encendió la luz y nada ocurrió. No había nadie. Se tranquilizó y fue a coger las pinturas.

Entonces apareció él.

Era el tipo más grande de la prisión y había puesto las reglas muy claras: todo aquel que le desafiara tendría que estar dispuesto a pagarlo con la vida.

Decían que era un asesino sin piedad. Carrasco se acercó.

Estaba flanqueado por otros dos internos más de nacionalidad rusa.

Hombres enormes llenos de tatuajes. Félix retrocedió. Ya no había posibilidad de huir.

—¿Qué ha pasado con mi dinero? —dijo Carrasco.

—No he tenido tiempo de reunir esa cantidad —exclamó Félix—. No tengo mis ordenadores aquí. ¿No lo ves? Estoy atado de pies y manos.

—A mí eso me da igual —bramó Carrasco.

Uno de los internos que le acompañaban lo empujó. Félix cayó al suelo y se golpeó la cabeza con la pared. Trató de ponerse en pie, pero el interno le plantó la bota en el pecho.

—Dame una semana más y lo conseguiré —dijo Félix.

—No tengo tanto tiempo —respondió Carrasco.

Esta vez el gigante se acercó, le agarró de la solapa y le clavó la mirada.

—Estoy hasta los huevos de listillos como tú. ¿Sabes qué? Todo lo que tú eres no te sirve de una puta mierda aquí.

Entonces le agarró con las dos manos y le estampó contra la pared. Félix escuchó su espalda crujir. Pensó con pánico que le había fracturado los huesos. Después le golpeó el estómago. Se retorció por el suelo lleno de dolor y un terror intenso le sobrecogió. Intentaba respirar, pero no podía.

Los otros le dieron varias patadas. En la cara, en las piernas, en la cabeza. Se encogió tratando de protegerse, pero los golpes no cesaban.

Nunca había sentido tanta angustia.

Carrasco lo levantó y le golpeó la nariz. Félix comenzó a sangrar y el dolor le nubló la vista.

—Te doy una semana —dijo Carrasco—. Si no me consigues el dinero, prepárate. Esto te habrá parecido una caricia.

Félix se desplomó. Tirado en el suelo como un perro, permaneció allí una hora hasta que los guardias dieron con él.

—Pasábamos horas sin hacer nada en las literas —continuó Eralio envuelto en su manta.

Gómez y Marta le escuchaban sin perder detalle.

—Logró que un preso le dejara un teléfono, le costó lo suyo porque allí todo el mundo le consideraba un hombre muerto.

—¿Qué es lo que hizo? —preguntó Marta.

Eralio se rascó el pelo.

—Hay cosas que no pienso contar. Bastante estoy diciendo. Yo espero que me saque de aquí algún día.

—Ya —dijo Gómez.

—Pero le puedo contar lo que pasó el día que consiguió un ordenador —dijo Eralio apretujándose la manta sobre los hombros.

Aquel día había una luz extraña en el patio. En la zona de basket un individuo, de etnia gitana, jugaba al baloncesto con un grupo de marroquíes.

Félix los observó. El único recluso que estaba con él, era un viejo al cual nadie quería. Tenía los ojos hinchados, la cara llena de moratones, la espalda encorvada. Miraba el reloj, una y otra vez.

Después volvía a mirar al gitano, apodado El Quiquina. Una leyenda en el Dueso. Un tipo nervioso, menudo, con sonrisa de cuchillo y dientes de advertencia. Le importaba muy poco la muerte.

Félix volvió a mirar el reloj.

—¿Cuánto falta? —preguntó Eralio.

—Solo cuatro minutos.

Esperaron. Miraron al cielo por un lado, pero nada pasaba. Dentro del patio, el Quiquina seguía jugando al basket y otros internos caminaban de un lado a otro haciendo círculos. Había miradas, algunas llenas de veneno.

El cielo se llenó de un zumbido intenso.

Apareció un dron. Luego otro. Gritos. Los internos señalaban.

Los guardias no sabían dónde posar su mirada si a los internos o a los drones.

Se activó el protocolo. Salió una unidad al patio.

Uno de los drones disminuyó altitud. Estaba a punto de tocar el suelo.

En uno de los laterales, alguien empezó una pelea. Pronto, varios reclusos se vieron envueltos en la reyerta. Uno sacó un punzón. Hubo sangre. Los drones sobrevolaban el patio. Ya no se sabía cuántos había.

Salieron varios guardias. Pero la pelea se extendió y todo se complicó. Se solicitaron refuerzos a Santander. Hubo heridos.

El sonido de los drones resultaba insoportable.

Se dijo algo por la megafonía, pero nadie lo entendió.

Apareció un tercer dron. Llevaba un pequeño paquete.

Félix corrió al punto pactado de encuentro.

El dron bajó rápido y soltó su presa. Un portátil casi minúsculo.

Félix lo cogió y lo ocultó entre la ropa.

Entonces el Quiquina se acercó a él y lo escoltó a las habitaciones.

Lo dejaron pasar. Nadie le puso trabas.

Ni siquiera los guardias.

—Ahí la cosa se puso interesante de verdad —explicó Eralio—. Félix se lo montó bien. De ser un pringao, pasó a ser un cazador. Estaba dispuesto a cargarse a Carrasco.

Gómez tomó nota mentalmente de este dato. No podía ser tan fácil.

—Iniciaron una investigación de la hostia —dijo Eralio—. Pero al cabo de cuatro días, todo se paró. Nunca me lo dijo, pero yo sospechaba…

Eralio continuó con su relato.

Félix entró en una habitación protegido por el Quiquina. Dentro del módulo de formación había conseguido una conexión wifi. Abrió el portátil. La conexión ya estaba preparada. Introdujo las contraseñas y se metió en el programa.

En el programa no buscó dinero: lo que hizo fue desbloquear una cuenta que llevaba años oculta.

Los internos le miraron como si hiciera magia.

Nunca habían visto esas aplicaciones. Lo máximo que sabían era jugar al solitario.

Y poco más. Aquello era muy diferente. Félix tecleaba con nervio.

Abría y cerraba cosas que los demás no entendían.

—Ya tienes tu ingreso —le dijo al Quiquina.

El gitano no se lo creía. Sacó un móvil y comprobó el saldo de su cuenta. Le habían ingresado cincuenta mil euros. Le costó creérselo. Tuvo que mirar varias veces la cifra.

Félix hizo varios ingresos más: uno a otro de los internos, la mano derecha del Quiquina y otros dos a guardias.

Uno de ellos era especialmente grande. No dejó que lo vieran.

Tampoco ellos sabían quién era, pero la cantidad era digna de una trama de corrupción: medio millón de euros. Con ese dinero caían jueces y fiscales.

Félix se dio cuenta: todos tenían un precio. La justicia se compra. Pero la gente sigue pensando que no. Tal vez para poder dormir tranquilos.

En la pantalla solo se vio una palabra: MAERUS. Félix la cerró enseguida. No necesitaba explicar nada. Acababa de recuperar la llave de su verdadero poder.

—A partir de ese momento se hizo el amo —dijo Eralio en la triste sala de interrogatorio—.

El estatus de la cárcel cambió de la noche al día.

Tenía una docena de reclusos dispuestos a matar por dinero a quien él quisiera.

Los guardias le obedecían. Yo no he visto nada igual en toda mi puta vida de preso.

—¿Estamos? —le dijo Félix al Quiquina.

—¡Estamos! —respondió el gitano.

Había llegado el día. Varios gitanos caminaban junto a Félix. También lo hacía Eralio. Esperaron en el patio hasta que llegó la hora de entrada. Volvieron a las habitaciones pero Félix no fue a la suya.

Todo el mundo sabía lo que iba a pasar. Quedaban tres días para que Carrasco saliera de chirona.

Aquel abogado engominado había logrado sacarlo.

Pero eso no evitaba la excitación. Todos sabían que estaba sentenciado y que no iba a salir nunca.

Al menos vivo. Doblaron un pasillo. Los guardias les vieron y se retiraron.

Luego llegaron hasta la celda. Todo estaba tranquilo. Félix miró dentro.

—¿Y Carrasco? —preguntó Félix al compañero de celda.

—Acaba de irse.

—¿Qué?

—Han conseguido adelantar su salida.

Nunca se explicó cómo lo había logrado el hijo de puta. Félix se asomó a la ventana, se podía ver una esquina del parking. Y allí lo vio. El gigante junto al abogado. Caminaban tranquilos. Carrasco se zarandeaba con una sonrisa descarada. En ese momento Carrasco se giró y miró su ventana.

Sus miradas se cruzaron.

—Si quieres me ocupo de él fuera —dijo el Quiquina—. Mi gente lo puede arreglar.

—No, déjalo —contestó Félix.

Eralio terminó el relato.

—No pillaron a Carrasco —aclaró—, pero desde ese día, no se movía una hoja sin que él lo supiera. Ni un café, ni un traslado, ni una paliza. Controlaba hasta el economato.

—¿Te contó algún plan? —preguntó Gómez.

—No a mí. Pero los que sabían demasiado ya no están aquí para contarlo. Eso es todo lo que os puedo contar.

—¿Y no has vuelto a saber nada de Félix? —preguntó Gómez.

—No. Aunque estoy seguro de que me terminará sacando.

Gómez y Marta se levantaron.

—Hay otra cosa —dijo Eralio.

Gómez se detuvo junto a la puerta.

—¿Qué cosa?

El viejo se removió bajo la manta. Parecía arrepentido de haber hablado antes incluso de continuar.

—Félix no pintaba mucho. Cuatro rayajos, tonterías de esas para pasar el rato. Pero guardaba un cuadro que nadie entendía. No sé si lo pintó él o si se lo dieron. Nunca quiso decirlo.

Gómez miró a Marta.

—¿Dónde está? —preguntó Marta.

Eralio señaló al funcionario con la barbilla.

—Pregúntele a él. Igual sigue en el almacén.

El funcionario dudó, pidió permiso por radio y salió de la sala. Durante unos minutos estuvieron esperando. Solo se oían los ruidos apagados del módulo: una puerta metálica, pasos, voces graves, discusiones.

Cuando el funcionario regresó, traía un lienzo envuelto en un trapo viejo. Lo apoyó contra la mesa y retiró la tela.

Gómez observó el cuadro sin decir nada.

Era una mujer parecida a Marina, medio desnuda, con la piel pálida y una expresión ausente. No era un retrato exacto, pero había algo en la inclinación del cuello, en la boca entreabierta, en la forma de los ojos, que resultaba demasiado familiar para ser casualidad.

En la esquina inferior derecha había una firma mínima.

E. D.

Marta se acercó un poco más.

—¿Ethan Davis? —murmuró.

Gómez asintió. No quería decirlo todavía. Ni siquiera estaba seguro de que aquello significara algo. Pero el cuadro le dejó una incomodidad fría, muy profunda, como si Félix hubiera vuelto de algún lugar oculto para hablarles con este cuadro.

Hicieron los trámites necesarios y ordenaron que el lienzo fuera trasladado para su análisis.

Cuando terminaron, Eralio seguía sentado en la silla, encogido bajo la manta, con los ojos perdidos y el brazo dolorido. Parecía más viejo que al entrar. Tal vez estaba calibrando las consecuencias de haber hablado con el inspector.

Gómez se disponía a marcharse, pero se detuvo en la puerta.

—Eralio.

El viejo levantó la vista.

—¿Sí?

—¿Tú por qué estás aquí?

Eralio sonrió.

Fue una sonrisa decadente, propia de un hombre que lo ha perdido todo.

—Eso es otra historia, inspector. Y de verdad que no merece la pena.