21. Cárcel del Dueso
La brisa del Cantábrico acariciaba las rocas con una cadencia rítmica, como un susurro que lo envolvía todo.
Frente a la playa de Berria, la cárcel de El Dueso se alzaba con su arquitectura penitenciaria austera, encajada entre el verde de las colinas y el azul intenso del mar cantábrico.
El sonido de las gaviotas se mezclaba con el rumor de las olas que rompían contra la playa, recordando que incluso los muros más altos no podían aislar del todo la belleza que los rodeaba.
—Si es verdad lo del abogado vamos a alucinar —dijo Marta.
Gómez llevaba noches durmiendo mal, y ese día, con el salitre pegado al rostro, parecía un hombre envejecido. La noche anterior habían llegado al hotel a las cuatro y media de la madrugada.
El inspector tenía los ojos hundidos, con ligeras ojeras, la camisa desabrochada en el cuello y un montón de cafeína para aguantar. Por su parte, Marta presentaba un aspecto desordenado, algo cansado, pero que, sin embargo, el maquillaje lograba aún disimular.
Gómez y Marta cruzaron el portón de acceso. Tras identificarse, les acompañó un funcionario mayor, de cejas hirsutas y paso lento. Les habló del lugar como quien habla de un viejo amigo con cicatrices.
—Aquí pasó el Lute una temporada. Y también Rafael Escobedo, ¿les suena?
—El de los marqueses de Urquijo —confirmó Gómez.
El funcionario se encogió de hombros.
—Esto ha sido siempre un hervidero de nombres y silencios.
Fueron conducidos a una pequeña sala de registros. Un lugar lleno de estanterías a medio llenar. Marta hojeaba los listados con atención mientras Gómez anotaba nombres y fechas. Habían venido buscando el rastro de Carrasco.
—Necesitamos acceso a los registros de visitas de los últimos cinco años. En especial, de Rafael Carrasco.
El funcionario asintió. Mientras esperaban los archivos, les condujo a una sala de vigilancia.
—Luis Vallejo vino varias veces. Siempre decía que era su abogado. Pero hubo algo curioso. En los registros consta que también visitó a otro recluso: un tal Félix Varela.
Gómez levantó la cabeza por primera vez en toda la mañana. Pareció resucitar.
—¿Félix Varela?
—Estuvo interno durante año y medio. Compartía celda con un tipo mayor. Todavía sigue aquí. Se llama Eralio.
Minutos después, les abrieron la sala de entrevistas. Eralio entró encorvado, con una manta sobre los hombros y una mirada de perro viejo que olfatea peligro. Llevaba el brazo izquierdo en un cabestrillo y arrastraba un pie. Se sentó sin pedir permiso. Aquel era su territorio.
—¿Félix? —repitió, dejando una pausa en donde pareció estudiar a sus visitantes—. Un buen tipo, pero con los demonios mal ordenados.
Gómez lo observaba en silencio. El hombre tenía la voz ronca, parecía que le hubieran quemado la garganta con un soplete.
—No se quejaba nunca —continuó—, pero por las noches lo veías ahí, boca arriba, mirando el techo. Esperando algo. Y al final, se lo trajo.
—¿Qué le trajo? —preguntó Marta.
Eralio esbozó una sonrisa cínica.
—Problemas y poder. Le estaban sangrando. Un abogado le pedía pasta por sacarlo. Todo lo que tenía. Y no era poco.
—¿Por qué dice eso? —insistió Marta.
—Porque Félix sabía moverse con el rollo ese de los bitcoins —dijo, bajando la voz, como si la palabra fuera prohibida allí dentro—.
Decía que lo había aprendido en el trabajo o antes.
Metió pasta en una moneda rara y le salió da buten.
Lo supo Carrasco, y empezaron las presiones. Querían su parte. Lo rodearon.
—¿Y qué hizo? —preguntó Gómez.
Eralio se inclinó hacia delante. Se agarró el brazo malo.
—Lo que haría cualquiera que no quiere morir: pagar a los que cortan el bacalao.
Solo que él no pagó para sobrevivir, pagó para mandar y no solo lo hizo aquí sino también fuera.
En una semana, el tipo callado tenía medio patio comiéndole de la mano.
Le trajeron un ordenador en un dron que aterrizó en el mismo patio.
Hizo una pausa. Sus ojos, pequeños y húmedos, parecían medir cada palabra. Miró hacia la puerta como vigilando sus espaldas.
—Aquel día en el patio, teníais que haberlo visto…