El búnker (La Herencia 2) 20 La astronauta
29%

20 La astronauta

Felisa caminaba por el módulo de investigación con paso firme. No se acostumbraba a la humedad, pero le encantaba la selva tropical. Miró por la ventana.

Fuera, el calor húmedo se pegaba como una manta empapada, y el zumbido de los insectos parecía no tener fin. El aire olía a tierra mojada. Desde las ventanas altas del módulo de investigación se veía, más allá del vallado de seguridad, el mar verde de la selva ondulando bajo la brisa cálida.

Dentro, todo cambiaba: el frío constante del aire acondicionado, el olor a metal limpio y plástico nuevo, el silencio amortiguado por las paredes acolchadas y el ronroneo grave de los sistemas de ventilación.

Los trajes presurizados colgaban en fila, como cuerpos en hibernación, y las pantallas mostraban datos incomprensibles.

Recién graduada y con excelentes resultados académicos, Felisa había sido seleccionada para un programa espacial de entrenamiento de astronautas en la Guayana Francesa en pleno centro de operaciones espaciales de la ESA.

El curso se desarrolló en Kourou, la base de lanzamiento, un lugar pintoresco y con un clima suave.

Aquella noche les encerraron en el módulo de investigación. La prueba duraba doce horas: cálculos de órbitas, ajustes para alunizajes, cambios de variables sin previo aviso y decisiones críticas que debían tomarse en segundos.

El objetivo no era solo medir la precisión técnica, sino provocar fricciones y empujar al equipo al límite.

La cuenta atrás, las alarmas, las órdenes contradictorias o interrumpidas y la prohibición de dormir formaban un cóctel diseñado para exprimirles hasta la última reserva de energía.

La prueba era famosa por su crueldad: muchos, convencidos de estar preparados, se estrellaban allí, a pocos pasos de su sueño.

Aquella noche el módulo de investigación se sentía como una cápsula cerrada en mitad de la selva. El aire acondicionado funcionaba a plena potencia, pero Felisa tenía la nuca empapada de sudor.

—Recalcula el vector de aproximación —ordenó alguien a su izquierda.

Tecleó deprisa, repasando la secuencia mentalmente. Tres cifras, coma, otras dos… No, no cuadraba. Miró la hoja: las variables habían cambiado otra vez. El supervisor había introducido una desviación de última hora.

La cuenta atrás resonaba en los altavoces: cuarenta y cinco segundos.

A veces podían recurrir al ordenador; otras, como ahora, había que hacerlo a mano. Felisa tomó el lápiz, trazó las operaciones con pulso firme mientras un compañero discutía con otro sobre quién debía tomar la decisión final. Nadie tenía la autoridad clara: esa era parte del juego.

La tensión subía como una marea invisible. Las alarmas sonaban sin motivo aparente, alguien gritó una orden contradictoria, y un pitido constante taladraba los oídos. Llevaban horas sin dormir, y la fatiga les mordía los reflejos.

Felisa apretó la mandíbula. Sabía que la prueba estaba diseñada para romperlos, para hacerles fallar justo antes de la meta. Ella no pensaba rendirse.

Sonó otra vez un pitido. Tenía que acercarse a una pantalla y resolver un problema espacial en menos de diez segundos, para luego seguir con la tarea principal.

El lápiz resbaló de sus dedos y rodó hasta quedar junto a las botas de uno de los instructores.

Él se agachó para devolvérselo pero cuando levantó la cabeza, el instructor ya no era un hombre cualquiera: llevaba un traje negro impecable, gafas oscuras, y sonreía sin mover un solo músculo del rostro.

Felisa parpadeó. El aire acondicionado soplaba más frío, pero el sudor le corría por la espalda.

—Vector de aproximación, Felisa —dijo el hombre de negro, y entonces vio que no apuntaba a la pantalla del ordenador, sino a un mapa tridimensional de un planeta azul verdoso, con un halo de luz blanca en su atmósfera. Gaia. Su exoplaneta.

Las cifras en la pantalla empezaron a cambiar solas, convirtiéndose en coordenadas estelares. Felisa sabía que no eran parte del ejercicio. Eran un mensaje. El murmullo de sus compañeros se volvió un eco metálico: No quieren que lo encuentres… no quieren que llegues.

Un pitido estridente la hizo alzar la vista: en la ventana del módulo, más allá de la selva, no había árboles. Había estrellas. Miles. Y flotando frente al cristal, tres siluetas con trajes negros, inmóviles, mirándola.

—Ya hemos despegado —dijo uno de ellos con voz hueca.

La cuenta atrás seguía, pero ya no descendía hacia cero: estaba subiendo, como si el tiempo se estuviera alejando de ella. Felisa sintió que si no introducía las coordenadas exactas, Gaia desaparecería para siempre.

Se levantó de golpe, volcando la silla. Una mano la agarró por el hombro, pero la piel era fría, como metal. Al volverse, vio un rostro sin ojos.

Y gritó.

Aquello fue suficiente como para darle de baja del programa espacial.

En el comedor de la base Felisa se sentó sola, con la bandeja delante, removiendo el puré sin hambre. Afuera llovía a cántaros, el agua golpeaba las ventanas. Parecía que quisiera entrar.

Escuchó pasos detrás. No los reconoció. Un reflejo oscuro se dibujó en el cristal: un hombre alto, traje negro, gafas oscuras.

Su corazón dio un vuelco. No podían estar allí. No en la base.

—Felisa, ¿puedo…? —La voz era la de Julien, su compañero de simulaciones. Pero ella ya no veía a Julien: veía al emisario, al enviado que había venido a impedirle llegar a Gaia.

La cuchara tintineó al caer contra la bandeja. Un chirrido grave llenó su cabeza, como un motor encendiéndose. Y entonces, la voz. No era de este mundo, hablaba desde algún lugar profundo de su mente:

Si no lo detienes ahora, borrará las coordenadas. No lo dudes. Hazlo.

Felisa apretó el mango del cuchillo de mesa. Sus dedos estaban húmedos, pero la presión le devolvía un extraño sentido de control. Julien dio un paso hacia ella, con las manos abiertas, diciendo algo que ya no podía entender.

La luz del comedor se volvió blanca. Todo lo demás se borró: el murmullo de las conversaciones, el olor a comida, la lluvia. Solo quedaba él y el filo del cuchillo, que brillaba como si esperara el momento.

—No me vas a quitar a Gaia —susurró, y se lanzó hacia delante.

El primer golpe fue rápido, instintivo. Julien gritó, pero en su mente, Felisa oyó un rumor eléctrico, algo que se rasgaba.

Clavó otra vez. Y otra. Los demás tardaron unos segundos en reaccionar, segundos que para ella fueron una eternidad en órbita.

Cuando la arrancaron de encima, sus manos seguían aferradas al cuchillo. Llenas de sangre.

La sala estaba fría y demasiado luminosa. Felisa se sentó entre dos guardias, esposada, el cabello recogido de cualquier manera. No apartaba la vista de la mesa de los testigos.

Y entonces lo vio. Ethan. Sentado en la segunda fila, traje oscuro, el rostro serio. Sus ojos se cruzaron un instante y ella sintió una descarga eléctrica. ¿Estaba allí como testigo? ¿Como observador? ¿O también formaba parte de ellos?

—La acusada —dijo el juez— presenta un cuadro compatible con trastorno psicótico agudo, con ideación delirante de tipo persecutorio.

Felisa se inclinó hacia el micrófono.

—No eran delirios. Ese hombre —señaló al vacío, como si Julien aún estuviera allí— iba a borrar las coordenadas de Gaia. Gaia existe. Está en la órbita de una estrella de tipo K. Tengo los cálculos.

Ethan no apartó la mirada. Ni siquiera cuando ella continuó:

—Y él lo sabe —dijo, apuntándole con el dedo. La sala murmuró.

El juez la reprendió, el fiscal pidió silencio, pero Felisa siguió hablando, cada vez más rápido, las palabras atropellándose:

—La ESA lo encubre. Los hombres de negro trabajan para ellos. No quieren que lleguemos. No quieren que nadie lo sepa.

Ethan ladeó la cabeza, tal vez transmitiendo algo sin hablar. Un gesto mínimo, casi un asentimiento o tal vez un tic. Felisa no podía estar segura.

—La acusada es declarada inimputable por enajenación mental transitoria —dictó el juez— y será internada en el centro psiquiátrico de Saint-Laurent.

Cuando los guardias se la llevaron, Felisa volvió la cabeza una última vez. Ethan seguía allí, inmóvil, observándola con esa mezcla de compasión y algo más, algo que parecía un secreto compartido.

*  *  *

Terminaron la cena y el doctor los acompañó a la salida.

—Hablamos muchos días —explicó el doctor—, pero ya saben, la mente es un pequeño universo cambiante.

Ella me insistió mucho en que todo era un plan.

Como una conspiración paranoide, pero fíjense.

Llevo toda una vida escuchando a pacientes así y jamás en mi vida he escuchado a alguien hablar con tanta convicción.

—¿Ella se lo creía? —preguntó Marta.

—No solo eso, es que el nivel de detalles y elaboración era sencillamente prodigioso —dijo el doctor—. Siempre me he preguntado si alguien se habrá tomado la molestia de calcular esas coordenadas galácticas.

Gómez frunció el ceño. Apuntó algo en su cuaderno.

—¿Cómo logró escaparse? —preguntó Gómez.

El doctor se encogió de hombros.

—Recibió unas llamadas y se fugó. Alguien la debió de ayudar desde luego. Ya se lo he dicho, la seguridad en estos centros tiene su límite.

—Muchas gracias doctor —dijo Gómez—. Ha sido de gran ayuda.

Se despidieron y el doctor se metió de nuevo en su madriguera. Gómez y Marta caminaron por el camino de grava que a esa hora estaba iluminado por farolas blancas.

De pronto alguien les chistó desde unos arbustos. Era Carmina.

—¡Inspector! —dijo Carmina apareciendo desde las sombras.

Marta pegó un brinco del susto.

—El doctor siempre defendió la locura de Felisa —dijo con los ojos muy abiertos—. ¿Pero sabe qué?

Gómez la miró con curiosidad.

—¿Qué?

Carmina miró en dirección a la puerta principal para comprobar que no había nadie que la escuchara.

—El doctor estaba enamorado de ella. Como todos aquí. Pero no estaba loca. ¡Ni mucho menos! Era una mujer superinteligente, quizás adelantada a su época, ¿Pero loca? Ni de lejos. Fue lista y lo fingió todo para no entrar en la cárcel. ¿Me entiende?

En el coche de regreso, Gómez no decía nada. Marta iba concentrada en la carretera.

—¿Crees que los nombres que mencionó existen de verdad?

—No lo sé —dijo Gómez, que sintió alivio al abandonar el hospital—. Tal vez esté todo en su cabeza. O tal vez no. Pero resulta fascinante.

Gómez miró por la ventana. No se veía nada. Era noche cerrada y tendrían que conducir parte de la noche para llegar a Santander y mañana por la mañana tener una reunión y luego ir al Dueso para investigar el perfil de Carrasco. Estaba agotado. No tenía cuerpo ya para seguir ese ritmo.

—Entonces esto no es solo un caso de herencia. Es una partida de ajedrez jugada con piezas que no sabemos ni que están en el tablero —reflexionó Gómez con aire de cansancio.

La sierra de Madrid se alzaba frente a ellos como una sombra tenebrosa mientras las luces de la ciudad contaminaban el cielo.

Y Felisa Beltrán, la astronauta en la sombra, seguía creciendo como un enigma. Un personaje que cada vez se parecía más a una película de ciencia ficción.

—¿Qué piensas? —preguntó Marta.

—¿Has visto la película de Donnie Darko? —dijo Gómez cerrando los ojos.

—No.

—Pues todo esto me recuerda a esa película.

—Tendré que verla. —contestó Marta y tras una pausa—. Y hablar con ese tal Theo. Quizá sea el único que sepa lo que se traían entre manos esos dos.

Gómez cogió el expediente de Felisa. Lo abrió, miró su foto y rebuscó en la infinidad de hojas que habitaban en aquella carpeta. Cerró los ojos y trató de dormir.

Al menos no tenía que conducir.

—Ethan —dijo para sus adentros—. El artista atormentado.